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Time-dependent Simulation and Slippage

4.3 FEL Simulation with Genesis 1.3

4.3.3 Time-dependent Simulation and Slippage

«La basílica refulgía oro, el olor a incienso se diseminaba gracias a recipientes de plata y bronce que atravesaban la nave. Entre las columnas, lámparas votivas de gran tamaño; en el presbiterio, coronas que los reyes godos habían ofrecido durante años a Dios. Junto al altar, un palio bajo el cual yo, Liuva, futuro rey de los godos, observaba encogido y azorado la ceremonia. Se había convocado a toda prisa a los próceres del reino; antiguos obispos arríanos ahora católicos, obispos católicos pero de tendencia afín a Witerico; nobles de la Bética y la Lusitania, de la Narbonense y del convento astur; de la Tarraconense y la Tingitana.

«Como en un sueño oía invocar a los santos y a los ángeles, según el rito visigodo que no había adoptado la reforma del papa Gregorio y era afín al bizantino en suntuosidad y refinamiento.

»Se hizo un gran silencio en las oscuras naves de la basílica, todos volvían sus miradas hacia mí, que estaba sentado en un trono a la derecha del altar. De pie a mi izquierda, Witerico elevó la voz:

»—¡Gloria al gran rey Recaredo! »—¡Gloria! —contestaron todos.

»—Ante la hora de la muerte del gran rey Recaredo convoco a todo el reino, clérigos, obispos, nobles y soldados a tomar una determinación. La sucesión no debe demorarse al último momento. Hemos de asociar al trono a aquel que va a ser un digno heredero de tan gran rey. ¡Gloria al gran rey Recaredo!

»—¡Gloria! —repitieron todos.

»—Nuestro amado rey se enfrenta al Último Viaje, el viaje del que no hay regreso, va a ser preparado mediante los santos óleos y será decalvado. Nunca más podrá reinar. El noble rey Recaredo, piadoso por la fe, preclaro para la paz, tendrá un digno sucesor en su hijo, Liuva, noble príncipe al que Dios guarde muchos años.

»La camarilla de Witerico se levantó y desenvainó las espadas en lo alto, al tiempo que daban grandes voces de alabanza. Chindasvinto, junto a ellos, no se movió; permanecía quieto con el rostro impenetrable y endurecido. Junto a los de Witerico se levantaron Adalberto y Búlgar, con muchos de mis antiguos condiscípulos de las escuelas palatinas. El resto de los nobles finalmente también se alzaron, sorprendidos de la actitud de Witerico. Ninguno habría pensado que pudieran apoyarme en mi camino al trono.

»De distintos puntos de la nave se escuchó: »—¡Unción! ¡Unción!

»Witerico había organizado aquello, sus adláteres comenzaron a corear aquellas palabras que me conducirían hacia el trono. Isidoro y los nobles Claudio y

Gundemaro no entendían el cambio de postura del partido de Witerico. Sin embargo, no se oponían porque ellos eran fieles a Recaredo y, al fin y al cabo, yo era su hijo.

»Los gritos continuaron escuchándose por la sala; entonces, empujado por Witerico, me levanté y tomé la palabra.

»—Llevaré la corona que me ofrecéis con la misma dignidad que la llevó mi padre. Como adjunto al trono, nombraré al noble Witerico, que será jefe del Aula Regia, y comandante general de todos los ejércitos de Hispania.

«Entonces, Gundemaro y Claudio entendieron al fin la maniobra. Witerico había decidido que yo fuese rey, de momento, pero él se reservaba el poder ejecutivo, es decir, el Aula Regia y el poder militar, el ejército.

»Se hizo un silencio entre los partidarios de Claudio y Gundemaro, los que habían sido fieles a mi padre. Los otros continuaron gritando. La cara de Leandro se ensombreció. La tensión se palpaba en el ambiente.

»En aquel momento, se escuchó el toque de una trompeta, y la puerta del templo se abrió. Quizá yo, que estaba de frente a la puerta principal de la iglesia, fui el primero en ver quién era el que interrumpía de aquella manera el concilio. De pie, de espaldas al sol que alumbraba la puerta de Santa Leocadia, un hombre, medio doblado, apoyado en una mujer y en un siervo, entraba en la basílica: era mi padre, el rey Recaredo, enfermo pero no muerto.

»Un susurro se extendió entre los asistentes al concilio. Después, un silencio expectante y doloroso recorrió las naves del templo, el silencio de la traición descubierta, el silencio de la culpabilidad. En la quietud del templo, sólo se oían los pasos de mi padre, arrastrándose con dificultad por el pasillo central. A su paso, los hombres doblaban la cabeza. Llegó al presbiterio, junto a la reja que separaba el lugar sagrado de la nave, bajo un baldaquino; después, ascendió unos peldaños y, por último, apoyado ya únicamente en mi madre, se volvió y habló al pueblo:

»—Durante dieciséis años he regido por la gracia de Dios la Híspanla y la Gallaecia. He vencido a los francos, he pacificado a los astures, he empujado a los imperiales hasta arrojarles casi al mar. Estos años he mantenido con la fuerza de la razón lo que mi padre, el rey Leovigildo, ganó con las armas. Durante mi gobierno la pestilencia arriana ha desaparecido y el reino está unido. ¿Por cuál de estos hechos queréis defenestrarme y alejarme del trono?

»Nadie respondió. La vergüenza llenaba los corazones. Al fin, el noble obispo de Hispalis, Leandro, se levantó:

»—Por ninguno de vuestros gloriosísimos hechos, mi señor. Se nos ha dicho que se convocaba este concilio porque no gozabais de buena salud para escoger un sucesor vuestro. El duque Witerico ha propuesto a vuestro noble hijo Liuva.

»El rostro de mi padre se tiñó del color de la ira; me miró a mí, duramente, y después a Witerico.

»—Pues como bien podéis ver... ¡No estoy muerto! El rey sigo siendo yo y, por gracia de Dios, elijo al que será mi continuador, mi hijo Liuva.

»Me apoyé en el trono donde me hallaba sentado para no caer, la vergüenza recorrió mis venas. Mi padre me nombraba su heredero. A pesar de los rumores que se me habían hecho llegar, yo iba a ser el heredero del trono godo.

»Mi padre siguió hablando:

»—A él le digo que aún no es tiempo. —Y fijó su mirada en mí, atravesándome con su decepción—. A él le digo que aún estoy vivo, y también le digo que todavía no está maduro para reinar. Mi hijo es joven y manipulable. Hay algunos que quieren controlar el reino... ¿No es así, mi noble amigo Witerico?

»—Yo, mi señor, quise salvaguardar a vuestro heredero...

»—Sí, y le mentisteis... porque no estoy muerto. ¡Hijo mío! —El grito de mi padre llegó a lo más profundo de mi corazón—. ¿Piensas que estoy acabado?

»—No, padre —dije yo en un susurro.

»—No estoy acabado, pero no me queda mucho tiempo. Después, Liuva, mi heredero, necesitará apoyo por parte de los nobles del reino. Nombro al fiel Gundemaro, lugarteniente y custodio del reino y de mi noble hijo, Liuva, y jefe del Aula Regia. Nombro a Claudio, el de las mil victorias, comandante supremo de todos los ejércitos del reino.

»La cara de Witerico se tornó terrosa y gris. Mi padre había tirado por tierra todos sus proyectos. Toda la basílica se llenó de gritos de alabanza al glorioso rey Recaredo; unos eran sinceros, de aquellos que se alegraron de librarse del control de Witerico, y de aquellos que realmente amaban a mi padre. Otros fueron de adulación, para congraciarse con aquel rey, Recaredo, mi padre, el mejor rey que nunca tuvo el reino godo.

»Mi padre parecía no escuchar los gritos y las alabanzas, su rostro estaba deformado por el sufrimiento moral de la traición que acababa de descubrir y por el dolor físico que le producía la enfermedad. Mi madre, junto a él, le sujetaba para que no cayese. Ambos salieron de Santa Leocadia escoltados por una multitud que les acompañaba en silencio expectante, intuyendo que su rey se moría.»

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