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Chapter 4 Case Study

4.6 Time for Quality Management System

New Historicism, Feminismo, Cultural Studies

Tras la presentación del postestructuralismo en su génesis francesa y en su desa- rrollo más influyente, europeo y norteamericano, a través de lo que supuso la decons- trucción y el pensamiento de J. Derrida, el presente epígrafe pretende referirse a lo que algunos autores han denominado segundo postestructuralismo. Autores como Melquior han señalado a este respecto que la nota más relevante de los movimientos que pueden

agruparse dentro de los últimos postestructuralismos sería el intento por recobrar “a sense of literature as a wordly discourse” (Merquior, 1986: 253), rasgo que podría estar incluso en oposición con algunos de los planteamientos iniciales de la deconstrucción, tal como fue planteada por los círculos intelectuales y universitarios de los Yale Cri- tics.13

Frente a las posibles observaciones, con frecuencia prodecentes de autores con- siderados formalistas o reminiscentes del New Criticism, las nuevas orientaciones de los postestructuralismos se apoyan en determinadas condiciones sociales, históricas e in- cluso institucionales, que deben ser destacadas, e implican una importante apertura teó- rica, y una defensa de la relevancia social y política, tanto de la literatura como del pro- pio discurso teórico y crítico sobre ella. De un modo u otro, la discusión sobre la litera- tura como ámbito discursivo definido está planteada. Por lo que se refiere a la dimen- sión teórica y metodológica ha de insistirse en la presencia, siempre renovada, de los nombres de Marx, Lacan o Foucault, sin marginar en absoluto a Derrida, autores en quienes los últimos postestructuralismos encuentran posibilidades para una actitud que va desde el tono militante hasta la reflexión revisionista.

Hay que evitar, una vez más, la imagen de un movimiento homogéneo o esta- blemente concordante, pues, pese a la afinidad teórica y metodológica, y a su implica- ción en un mismo marco o modelo histórico (postmodernidad), las diferencias de orien- tación son aún más notables. El New Historicism ocupa un lugar especial, como movi- miento que supone una reacción desde la historia de la literatura frente al modo tradi- cional de ser entendida esta disciplina, y como método que discute, al menos teórica- mente, el rigor inmanentista de buena parte de la teoría y crítica literarias de las últimas décadas.

Desde este punto de vista, autores como L. Monroe postulan una doble exigen- cia, que se traduce en “the historicity of texts and the textuality of history”, desde la que la relación entre texto e historia, considerada por determinados autores como relación intertextual, pasaría a ocupar un primer plano muy destacado. Del mismo modo, la in-

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Cfr. P. Brantlinger (1990), A. Callinicos (1989, trad. 1995), R. Cohen (1989), G. Colaizzi (1990, 1993), M. Coyle et al. (1990), J. Dollimore y A. Sinfield (1985), J. Donovan (1975), T. Eagleton (1995), C. Geertz (1973, trad. 1989), Ph. Goldstein (1990), S. Greenblatt (1980), G. Gunn (1987), H. Heuermann (1990), H. Heuermann y P. Lange (1991), L. Irigaray (1990), F. Jameson (1981, trad. 1989; 1984, trad. 1991), B. Johnson (1980), B.P. Lange (1990), V. Leitch (1988, 1992), F. Lentricchia (1983), J.H. Miller (1982, 1987, 1987a, 1991, 1992), E. Pechter (1987), R. Poster (1989, 1990), K.K. Ruthven (1984, trad. 1990), E.W. Said (1978, 1978a, 1983), R.A. Salper (1991), E. Showalter (1983), G. Spivak (1987), C.R. Stimpson (1988), G. Turner (1990), H.A. Veeser (1989), M.J. Vega (1993), H. White (1973; 1975; 1978; 1987, trad. 1992), R. Williams (1958; 1977, trad. 1980), K.J. Winkler (1993), I.M. Zavala (1991). Vid. los siguientes volúmenes monográficos de revistas: Feminist Readings: French Text / American Context, en Yale French Studies, 62 (1981); The Forms of Power and the Power of Forms in the Renaissance, en Stephen Greenblatt (ed.), Genre, 15 (1982); Cherchez la Femme. Feminist Critique / Feminist Text, en

Diacritics, 12, 2 (1982); L’écriture féminine, en Contemporary Literature, 24, 2 (1983); Marx after Der- rida, en M.P. Mohanty (ed.), Diacritics, 15, 4 (1985); New Historicismus, New Histories and Others, en New Literary History, 21, 3 (1990); M. Bakhtin and the Epistemology of Discourse, en Clive Thompson

(ed.), Critical Studies, 2, 1-2 (1990); A Feminist Miscellany, en Diacritics, 21, 2-3 (1991); Cultural Stud-

ies. Crossing Boundaries, en Critical Studies, 3, 1 (1991); Female Discourse, en Mester, 20, 2 (1991); Writing Cultural Criticism, en South Atlantic Quarterly, 91, 1 (1992); Loci of enunciation, en W.D. Mi-

vestigación histórica queda visiblemente implicada en una historia política de los hechos culturales, en la medida en que esta última se refiere y se relaciona con un con- junto muy amplio de sistemas de poder que guardan con los textos y discursos literarios una relación de implicación o dependencia mutua.

Buena parte de estos planteamientos metodológicos e ideológicos son comparti- dos por los llamados Cultural Studies, denominación que ha alcanzado una fuerza muy notable en las universidades norteamericanas, y que identifica a un conjunto de investi- gadores que muestran una marcada influencia de las posiciones marxistas del materia- lismo cultural, muy en la línea de Raymond Williams y de los estudios culturales del Birmingham Centre for Contemporary Cultural Studies. Subrayar estas conexiones parece importante desde el momento en que tales afinidades permiten percibir algunas de las líneas fundamentales de la actual encrucijada teórica.

Ha de insistirse, en este punto, en la discusión sobre el concepto de literatura —especialmente en la definición de sus límites respecto a otras formas de discurso, estéticas o convencionales, y en general respecto a las diversas prácticas culturales—, que tienden a considerar como un vasto discurso, desde el que el receptor es conducido a una textualización generalizada de la cultura. El rechazo del idealismo estético en favor de una concepción del arte y la literatura como práctica social, constituye otra de sus notas más destacadas. Por otro lado, los representantes de la tendencia de los Cultu- ral Studies confieren al acto y discurso interpretativos una actitud marcada de oposición y responsabilidad política, con una visible voluntad de intervención institucional, y un declarado énfasis en la posición teórica, crítica y cultural en que se sitúan. A todos estos aspectos hay que añadir la inquietud exigida desde las llamadas perspectivas margina- les, de índole social, colonial, racial, sexual...

En este contexto debe considerarse la problemática planteada desde la teoría y la crítica literaria feminista, que algunos autores entienden como una de las múltiples ma- nifestaciones de los Cultural Studies. De un modo u otro, ha de reconocerse su comple- jidad, así como la diversidad de su desarrollo, vinculado en unos casos al psicoanálisis lacaniano (Irigay), a la deconstrucción (Cixous, Spivak), e incluso a la hermenéutica y la semiología, en pugna por la revisión canónica de la literatura.

Precisamente en el contexto de esta revisión del canon pueden inscribirse las últimas consideraciones de H. Bloom, en la más segura línea del constructivismo, al reivindicar, frente a las ideologías marginales que tratan de determinar el estudio del fenómeno literario desde criterios marginales, y socialmente comprometidos, la recupe- ración de los clásicos en el más puro sentido de la tradición: “La originalidad se con- vierte en el equivalente literario de términos como empresa individual, confianza en uno mismo y competencia, que no alegran los corazones de feministas, afrocentristas, marxistas, neohistoricistas inspirados por Foucault o deconstructivistas; de todos aque- llos, en suma, que he descrito como miembros de la Escuela del Resentimiento [...]. El estudio de la literatura, por mucho que alguien lo dirija, no salvará a nadie, no más de lo que mejorará la sociedad [...]. Estamos destruyendo todos los criterios intelectuales y estéticos de las humanidades y las ciencias sociales en hombre de la justicia social” (H. Bloom, 1994/1996: 30 y 37).

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