APPENDIX 2 ECONOMETRIC DIAGNOSTICS A DATA
C. TIME SERIES ANALYSIS
No se puede negar que, ya desde el principio de los tiempos, el trabajo ha jugado un papel ambivalente, casi siempre ligado al menester de satisfacer necesida- des primarias. No otro parece ser el origen del castigo divino derivado del pecado original. Que ganarse el pan con el sudor de la frente se considerara un castigo (o que San Pablo en la Primera Epístola a los Tesaloni- censes negase el pan a aquel que no trabajase) denota la percepción que durante mucho tiempo se tuvo del trabajo. Desde que el ser humano ha tenido que ganarse el pan con el sudor de su frente, se ha planteado la disyuntiva respecto a la naturaleza del trabajo, bien como mero medio para la satisfacción de necesidades (aspecto que resaltaría el carácter instrumental del tra- bajo) o bien como un medio de perfección, de integra- ción en la comunidad e, incluso, como una actividad autotélica, es decir, aquella actividad cuya ejecución en sí misma genera satisfacción4.
En las sociedades primitivas, el trabajo no era una esfera de la vida aislada del resto (de hecho no existía una palabra específica para definir lo que el trabajo re- presenta). Con el desarrollo de la división del trabajo, el fenómeno del excedente y la aparición de estructu- ras de distribución del mismo basadas en formas de organización social más complejas, la organización de la actividad productiva y, por ende, del trabajo, sufre una transformación relevante. El trabajo deja de ser una mera actividad tendente a la satisfacción de necesida- des para incorporar algún componente de socializa-
ción que en estos primeros tiempos también solía ir vinculado a fenómenos religiosos como la aprobación por la comunidad, la tradición o el prestigio. Al mis- mo tiempo, conforme se va ensanchando la estructura social y desarrollando la división del trabajo, se va iden- tificando cada vez más la idea de trabajo con actividades degradantes y, por tanto, el trabajo va pareciendo cada vez más algo penoso ligado a aquellos que no tienen otro medio de ganarse la vida mas que con sus manos. En la Edad Media, va ganando terreno la visión del trabajo como obligación5. Así, según Medina6, San Agustín
opuso el otium (sinónimo de pereza) al trabajo7. Pero el
ascetismo del cristianismo, que veía el trabajo como algo significativo no tanto por los productos que per- mitía obtener, cuanto por lo que significaba de perfec- ción moral, dio paso de forma paulatina a la visión del trabajo como mecanismo de creación de riquezas y sa- tisfacción de necesidades. Se suele fijar como punto de partida de la moderna concepción de trabajo, el desa- rrollo de la ética protestante. Como es sabido, Lutero sostenía que la mejor manera de servir a Dios era ha- ciéndolo lo mejor posible en la respectiva profesión.
No fue hasta la llegada del protestantismo que em- pezó a cambiar la percepción social del trabajo. Así,
5. Prácticamente todas las sociedades previas a la revolución industrial, tenían una percepción del trabajo como una maldición. En la Biblia, el trabajo era percibido como castigo divino, mientras en Grecia o Roma el trabajo era algo propio de esclavos. En la Edad Media, bajo estricta influencia cristiana, el trabajo no fue nada más que el mecanismo de satisfacción de necesidades de la familia (o la comunidad).
6. J. E. Medina, Crisis de la sociedad salarial y reparto del trabajo, Granada, Comares, 1999, p. 22.
7. De hecho, opuso el otium a labor y opus, términos utilizados de forma indistinta. La utilización de la misma expresión (opus) para definir la obra humana y divina, supuso un avance en la exaltación de los as- pectos positivos del trabajo.
Lutero creía que se podía servir a Dios a través del tra- bajo y que el trabajo era la base de la sociedad. La no- ción de tarea impuesta por Dios, o Beruf (calling), que puede ser tanto vocación como profesión es fundamen- tal en este cambio en la idea de trabajo8. A esta idea de
Beruf se le añadió pronto la idea calvinista de predesti- nación, según la cual, sólo los elegidos por Dios alcan- zarían la vida eterna, siendo la muestra de esta elec- ción precisamente la predisposición al trabajo, inde- pendientemente de cualquier otro factor (significativa- mente, del nivel de riqueza)9.
La Ilustración británica del siglo XVII supuso otro paso en el desarrollo de la idea moderna de trabajo. Así, Bacon o Hobbes defendieron el desarrollo de las artes manuales y del conocimiento científico como me- dio de progreso humano; aunque fue, sin duda, la teo- ría de Locke acerca del origen de la propiedad privada la que supuso un hito. No fue sólo que Locke tuviera un concepto de Dios como hacedor y, por tanto, consi- derara el trabajo como una actividad moral, sino que su teoría del valor situaba el trabajo como el dispositivo que producía la diferencia de valor entre las cosas y ade- más, era el título que permitía la propiedad privada.
Con Adam Smith se puede decir que arranca la vi- sión moderna, industrial, respecto al trabajo. Su defensa de la división del trabajo se ha esgrimido con frecuen- cia como el punto de partida de la sociedad industrial. Lo que interesaba a Smith era la capacidad del trabajo
8. M. Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, México, Edi- ciones Coyoacán, 1994.
9. En su Ética Protestante, Weber pretendía reflejar la influencia de ciertos ideales religiosos en la formación de la mentalidad, del ethos econó- mico capitalista. Las características del moderno capitalismo no son, para Weber, la avidez y el lucro a toda costa, sino el compromiso disciplinado con el trabajo.
humano adecuadamente organizado para crear valor, para hacer crecer la riqueza. Así, su teoría del valor/ trabajo (heredera de la de Locke), que tanto repercuti- rá en los economistas clásicos, incluido Marx, ejercerá una considerable influencia en la difusión de la ideo- logía del trabajo; a saber la identificación del trabajo como el elemento fundamental que dota de sentido a la vida de las personas y, además, la constitución del trabajo como pretendido mecanismo fundamental de distribución de recursos. Será esta elevación del trabajo a categoría social central la que se difundirá en la obra de la mayoría de los clásicos de los siglos XVIII y XIX y llegará hasta nuestros días. Igual de relevante que la división del trabajo, fue la idea de la reificación del tra- bajo, la transformación del trabajo en mercancía y la con- figuración del mercado de trabajo como lugar donde se organiza la producción y la distribución como una re- lación de intercambio entre fuerza de trabajo y salario. Pero no fue cosa pacífica esta centralidad del traba- jo10. Los trabajadores no digirieron sin problemas la dis-
ciplina, el control o la dependencia que el sistema fabril industrial les iba a imponer. Esta tensión entre la ideo- logía glorificadora del trabajo y las condiciones histó- ricas y sociales en la que desarrolla el trabajo real, será un eje recurrente desde la aparición de la sociedad in- dustrial.