consejadla respecto de la forma de vestir! —sisea lady Browne dirigiéndose a mí, como si fuera culpa mía que la nueva reina de Inglaterra luzca una imagen tan extravagante—. ¡Vos me diréis, Juana Bolena! ¿No podría haberse cambiado de vestido en Calais?
A
—¿Y quién podría haberla aconsejado? —pregunto yo, razonando—. Al fin y al cabo, todas sus damas visten igual.
—Podría haberla aconsejado lord Lisle. Él podría haberla advertido de que no podía llegar a Inglaterra con el aspecto de un monje vestido de arpillera. ¿Cómo se puede esperar de mí que tenga en orden a sus damas, cuando están partiéndose de risa al verla? Casi he tenido que propinar una bofetada a Catalina Howard. Esa niña lleva un día al servicio de la reina y ya está imitando los andares de la soberana, y lo que es peor, la imita a la perfección.
—Las doncellas siempre son traviesas. Ya impondréis orden entre ellas.
—No hay tiempo para confeccionar vestidos hasta que llegue a Londres. Tendrá que continuar tal como ha empezado, aunque parezca un paquete postal.
—¿Qué está haciendo ahora?
—Está descansando —contesto con cautela—. He pensado que debía concederle unos minutos de sosiego.
—Va a ser la reina de Inglaterra —replica milady—. Ésa no es una vida sosegada para ninguna mujer.
No respondo nada.
—¿Deberíamos decirle algo al rey? ¿Debería hablar con mi esposo? —me pregunta lady Browne bajando mucho la voz—. ¿No deberíamos decirle al secretario Cromwell que abrigamos... reservas? ¿Vais a decirle algo al duque?
Pienso a toda velocidad. Juro que no voy a ser la primera que hable en contra de esta reina.
—Tal vez deberíais hablar con sir Anthony —digo—. En privado, como esposa.
—¿He de decirle que estamos de acuerdo? Sin duda lord Southampton se ha dado cuenta de que no es una persona adecuada para ser reina. ¡Es tan desgarbada! ¡Y casi muda!
—Yo no tengo una opinión propia —me apresuro a decir. Ella suelta una carcajada.
—Oh, Juana Bolena, vos siempre tenéis una opinión, hay pocas cosas que se os escapen.
—Puede ser. Pero si el rey la ha elegido porque trae consigo la alianza protestante, si lord Cromwell la ha elegido porque nos proporciona seguridad frente a España y Francia, quizá no le importe el hecho de que su cofia tenga el tamaño de una casa. Siempre puede cambiar de cofia. Y yo no tengo la menor intención de ser quien sugiera al rey que la mujer con la que ha firmado un compromiso tan solemne e inquebrantable no es adecuada para ser reina.
Eso frena en seco a lady Browne.
—Según vuestro parecer, ¿sería un error que se supiera que la he criticado?
Me viene a la memoria la jovencita de rostro blanco que se asomó por la puerta del reservado en Calais, demasiado tímida y aterrorizada para sentarse en una habitación acompañada de su propia corte, y me doy cuenta de que deseo defenderla de esta falta de bondad.
—Bien, yo no tengo ninguna crítica que hacerle —respondo—. Soy su dama de compañía. Puedo aconsejarla en lo referente a los vestidos y los peinados si ella así me lo pide, pero no tengo una sola palabra que decir en contra de ella.
—Por lo menos, de momento —me corrige lady Browne con frialdad —. Hasta que veáis en ello una ventaja para vos.
Dejo pasar ese comentario, porque justo en el momento en que me dispongo a responder se abre la puerta y el guardia anuncia:
—La señorita Catherine Carey, dama de compañía de la reina.
Es ella. Mi sobrina. Por fin he de enfrentarme a la pequeña. Busco una sonrisa y le tiendo las manos. —¡La pequeña Catherine! —exclamo—. ¡Cómo has crecido!
Ella me toma las manos pero no levanta la cara para besarme en la mejilla. Me mira en silencio, como si estuviera midiéndome. La última vez que la vi fue en el patíbulo, detrás de su tía Ana, la reina, asiendo la capa en el momento en que ella apoyaba la cabeza en el tajo. La última vez que ella me vio a mí fue junto a la sala del tribunal, cuando me llamaron para que entrase a prestar testimonio. Recuerdo el modo en que miró entonces: con curiosidad. Me miró con curiosidad, como si nunca en su vida hubiera visto a una mujer semejante.
—¿Tienes frío? ¿Qué tal el viaje? ¿Te apetece un poco de vino? —Al tiempo que entra en la estancia voy conduciéndola hacia el fuego, pero no muestra ningún entusiasmo—. Ésta es lady Browne —digo.
Ella ejecuta una reverencia adecuada, es una joven grácil y ha sido bien enseñada. —¿Y cómo está tu madre? ¿Y tu padre?
—Están bien. —Tiene una voz clara, apenas con un leve acento de campesina—. Mi madre os manda una carta.
La extrae del bolsillo y me la entrega. Yo me la llevo hacia la luz del enorme cirio cuadrado que utilizamos en la casa real y rompo el sello.
Juana Bolena:
Así comienza María Bolena, sin una sola palabra de tratamiento, como si yo no llevase el mismo apellido que ella, como si no fuera lady
Rochford mientras ella vive en Rochford Hall. Como si ella no tuviera mi herencia y mi casa al igual que yo tengo la suya, que equivale a nada.
Hace mucho tiempo escogí el amor de mi esposo por encima de la vanidad y el peligro de la corte, y acaso todos seríamos más felices si vos y mi hermana hubierais hecho lo mismo, Dios tenga piedad de su alma. No siento ningún deseo de regresar a la corte, pero os deseo a vos y a la nueva reina Ana mejor fortuna que antes, y espero que vuestras ambiciones os procuren la felicidad que buscáis y no lo que algunos tal vez crean que merecéis.
Mi tío ha ordenado que mi hija Catherine asista a la corte, y en obediencia a él llegará para el Año Nuevo. Es mi instrucción para mi hija que obedezca tan sólo al rey y a su tío, que se deje guiar únicamente por mis consejos y su propia conciencia. Le he dicho que al final vos no fuisteis amiga de mi hermana ni de mi hermano, y le he aconsejado que os trate con el respeto que merecéis.
MARÍA STAFFORD
Tiemblo al terminar de leer la nota, y la leo de nuevo, como si esta vez fuera a encontrarla distinta. ¿El respeto que merezco? ¿El respeto que merezco? ¿Qué hice yo, salvo mentir y engañar para salvarlos a ambos hasta el último momento, y qué hice después, sino proteger a la familia del desastre que nos habían causado a todos nosotros? ¿Qué más podía hacer? ¿Qué otra cosa podría haber hecho? Obedecí al duque, mi tío, tal como era mi obligación, tal como él me ordenó, y mi premio es éste: el de ser su pariente fiel y ser honrada como tal.
¿Quién es ella para decir que soy una mujer que podría haber sido una buena esposa? Yo amaba a mi esposo con toda mi alma y todo mi ser, y lo habría sido todo para él si no hubiera sido por ella, por su hermana y por la red que tejieron de la que él no pudo escapar ni de la que yo pude encontrarle una salida. ¿Acaso no estaría todavía vivo si no se hubiera visto arrastrado por la caída de su hermana? ¿No sería actualmente mi esposo y el padre de nuestro hijo si no hubiera sido acusado con Ana y decapitado con ella? ¿Y qué hizo María para salvarlo? ¿Qué ha hecho ella durante toda su vida, más que servir a sus propios intereses?
Podría gritar de pura rabia y desesperación diciendo que ha vuelto a meterme estos pensamientos en la cabeza, que ha dudado de mi amor por Jorge, que se atreve a hacerme reproches. Me faltan las palabras al ver el rencor que destila su carta, la velada acusación que se lee en la misma. ¿Qué otra cosa podría haber hecho yo?, quisiera gritarle a la cara. Tú estabas presente, tú no fuiste precisamente la salvadora de Ana y Jorge. ¿Qué otra cosa podría haber hecho cualquiera de nosotros?
Pero María siempre ha sido así, ella y su hermana; siempre han sabido hacerme creer que ellas eran más perspicaces, que entendían
mejor, que reflexionaban mejor. Desde el momento en que me casé con Jorge comprendí que sus hermanas supuestamente eran jóvenes de más valía que yo: la una, amante del rey, y posteriormente también la otra. Una, al final, esposa del rey y reina de Inglaterra. ¡Habían nacido para alcanzar la grandeza! ¡Las hermanas Bolena! Y yo fui durante todo el tiempo simplemente una cuñada. Bien, pues que así sea. No he llegado a donde me encuentro hoy, no he rendido testimonio y prestado juramento para ser reprendida por una mujer que salió huyendo a la primera señal de peligro y se casó con un hombre para ocultarse en el campo y rezar oraciones protestantes pidiendo que llegaran los buenos tiempos. Su hija Catherine me mira con curiosidad.
—¿Tu madre te ha mostrado esta carta? —le pregunto con voz trémula. Lady Browne me está mirando, ávida e inquisitiva.
—No —responde Catherine.
Arrojo la misiva al fuego, como si fuera una prueba contra mí. Las tres nos quedamos contemplando cómo arde hasta quedar reducida a un puñado de cenizas grises.
—Ya le contestaré más tarde —digo—. No decía nada importante. De momento voy a cerciorarme de que te hayan preparado la habitación.
Es una excusa para huir de ellas, de ellas dos y de la blanda ceniza de la carta que ha quedado en la chimenea. Salgo de prisa, llamo a las doncellas y las reprendo por su falta de atención, y acto seguido me dirijo en silencio a mi propia habitación y apoyo la frente contra el cristal grueso y frío. No voy a hacer caso de esa calumnia, de ese insulto, de esa enemistad. Sea cual sea la causa. Yo vivo en el corazón de la corte. Sirvo a mi rey y a mi familia. Con el tiempo, todos reconocerán que soy la mejor de la familia, la Bolena que sirvió al rey y a la familia hasta el final, sin arredrarse jamás, sin flaquear, aunque el rey se haya convertido en un individuo obeso y peligroso y todos los miembros de la familia estén muertos excepto yo.