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Key messages

6.2.6 Tissue sample processing and analysis

¿Puede aportar una política pública a construir una voluntad colectiva capaz de impulsar transformaciones sociales? Esta es una pregunta que introduce una tensión. Si distinguimos –junto a Claude Lefort (1991:187)– entre los movimientos de la política (lo instituido) y lo político (lo instituyente), una hipótesis como esta anunciaría un privilegio de la primera sobre la segunda. La política sería la promotora o “habilitante” de las prácticas transformadoras de lo político. Ello significaría que el orden social se transforma bajo sus propios impulsos y lógicas o, lo que probablemente es más inquietante aún, que la transformación social sigue

sus libretos. Señalaríamos, al fin y al cabo, que el cambio social se produce “desde arriba”.

Pero la problematización debería comenzar un poco antes: ¿qué son las políticas públicas? Si partimos de la comprensión de que la propia formulación de las políticas públicas responde a una dinámica de coproducción socioestatal, sus posibles puntos de emergencia se multiplican. En otras palabras, los discursos y las prácticas asociadas a un programa de gobierno no brotan del “vacío social”. Creemos que la lectura que aísla entre acciones que son dirigidas “desde arriba” de otras que emergen “desde abajo” va aparejada al presupuesto de que la esfera pública –moderna y occidental– conjuga dos elementos, “Estado” y “sociedad civil”, y que cada cual cuenta con agentes e instituciones propios. Pero, como pudimos dar cuenta en el relato que antecede este capítulo en la voz de Pedro y de los desplazamientos de la posición enunciativa del su “nosotros”, las identificaciones de los sujetos con uno y otro campo son móviles y hasta contradictorias. Será más apropiado, entonces, pensar las articulaciones Estado-sociedad en su complejidad, yuxtaposición y multidireccionalidad.

Entre la política (como instancia instituida) y lo político (como instancia instituyente) hay una distinción analítica, pero los sentidos sedimentados y los sentidos innovadores se implican mutuamente. En todo caso, en lo que aparece como “necesario” están las huellas de su contingencia, ya que antes de instituirse sólo existía como una alternativa entre otras.

Adherimos en este trabajo a la concepción simbólico-discursiva de la política de Javier Franzé, que entiende que la política es la lucha por el sentido por la cual se da la constitución misma de una comunidad. Podemos desagregar los momentos de la política y lo político, no obstante:

…ambas participan de la novedad y a la vez de lo dado: la política porque busca reproducir un sentido cristalizado, pero para hacerlo necesita adaptarse a una realidad que (…) es siempre fluida y por tanto, incontrolable para el propósito de la reproducción; y lo político porque

busca quebrar un sentido hegemónico, pero sólo puede hacerlo en el contexto de ese mismo sentido sedimentado, pues incluso la ruptura implica relación y, así continuidad con lo trastocado. (2014:11)

Convendría entonces seguir utilizando un solo significante, que incluya ambos movimientos, para nombrar a la política desde y con sus tensiones irresolubles. Para Rinesi (2011:16), el racionalismo científico occidental no nos da herramientas para comprender la política porque pretendió eliminar su característica constitutiva: el conflicto. No piensa con y desde el conflicto, sino que pretende representarlo y ordenarlo. Por el contrario, el pensamiento trágico nos propone un modo de tratar con el conflicto en su inevitabilidad. Es un modo de pensar que convive con el conflicto, no a pesar de él o contra él. Este posicionamiento implica admitir que no hay síntesis posible, no hay terreno de encuentro y los consensos no pueden ser más que parciales y precarios. Por este motivo, Chantal Mouffe (2007:17) dice que la política es el punto ciego del liberalismo.

La política es la lucha por el sentido, pero ¿qué sentido? Norbert Lechner lo enuncia de este modo:

…la lucha política es ante todo una lucha por determinar esos objetivos comunes y por organizarlos en una voluntad colectiva (...) La política es el conflicto acerca del sentido del orden. Por consiguiente, es hegemonía la capacidad de un grupo social por traducir el sentido de su práctica en el sentido del orden, o sea por determinar el buen orden" (1977:24).

Este punto es particularmente importante. La política no solo pone en conflicto el orden social, sino que pretende organizar lo común, reordenar el sentido:

Lo político ya no sería una entidad externa y superior a la política, sino que la primacía de la novedad sobre la repetición permitiría pensar lo político como una configuración configurada, en la cual la política es interior y no exterior a ella. Al ser creación humana, lo político se encuentra a la vez mediado por ese mundo en el cual se crea. (Franzé, 2014:11)

En síntesis, aquí adherimos a la concepción de lo político como una configuración configurada. Y, aunque la palabra configuración incluya su doble desenvolvimiento, explicitemos: es una configuración configurada y configurante.

Volvemos a cuestionarnos: ¿puede una política pública, como el PROG.R.ES.AR, ser a la vez configurada y configurante? ¿Puede una política pública poner en conflicto el sentido del orden y luchar por determinar el buen orden? ¿Puede el discurso de una política pública ser contrahegemónico? Comprendemos que sí. De lo contrario, presumiríamos que el Estado es una totalidad monolítica, puro orden, y no un escenario de luchas.