Que nuestra conducta intencional tiene causas mentales es algo que presuponemos habitualmente. La mayoría de nosotros, sobre todo cuando no hacemos filosofía, damos sencillamente por sentado que el modo en que actuamos depende de lo que creemos, deseamos y decidimos hacer. Atribuimos a nuestras creencias, deseos e intenciones eficacia causal en nuestro comportamiento. Es difícil ver en qué nos distinguiríamos de otros seres si las causas de nuestra conducta intencional no fuesen nuestras propias creencias, deseos y decisiones. Sin este supuesto nuestra concepción de los seres humanos cambiaría de modo irreconocible, así como el modo en que vivimos nuestra vida cotidiana. Si lo que creemos y deseamos, y lo que decidimos hacer como consecuencia de esos deseos y creencias, no fuese eficaz en lo que hacemos, no tendría sentido que deliberásemos acerca de lo que vamos a hacer. Nuestra autoconcepción como agentes quedaría destruida. Esta dependencia causal de nuestra conducta intencional respecto de nuestras creencias, deseos e intenciones es un aspecto importante de lo que ha dado en llamarse «causalidad mental». La causalidad mental tiene también otras manifestaciones relacionadas con los estados fenomenológicos, pero nos limitaremos aquí a los estados dotados de contenido intencional: creencias, deseos, intenciones y otros semejantes. La causalidad mental, entendida en este sentido, parece una condición de propiedades que pensamos tener, como la racionalidad y la responsabilidad, así como de nuestro carácter de agentes. Permítasenos citar un texto de Jerry Fodor que expresa con claridad la sensación de catástrofe que puede asaltarnos cuando imaginamos la inexistencia de la causalidad mental:
Si no es literalmente verdadero que mi deseo es causalmente responsable de que trate de alcanzar algo, o que el prurito que siento es causalmente responsable de que me rasque, o que mi creencia es causalmente responsable de que diga algo..., si nada de eso es literalmente verdadero, prácticamente todo lo que creo sobre cualquier cosa es falso, y es el fin del mundo.[1]
Podemos denominar «epifenomenismo» la doctrina según la cual las propiedades mentales son causalmente ineficaces. El epifenomenismo niega, pues, la existencia de la causalidad mental.
Dada la importancia central de la causalidad mental, una teoría que no permita dar cuenta de ella es, por esa sola razón, insatisfactoria. De hecho, como es sabido, la incapacidad de hacer inteligible la influencia de la mente sobre el cuerpo, es una de las objeciones decisivas contra el dualismo cartesiano. Sin embargo, el surgimiento de diversas formas de monismo materialista en el siglo XX no ha supuesto una solución satisfactoria a este problema,[2] lo que
conlleva cierta dosis de ironía, porque la gran ventaja que estas teorías reclamaban para sí era su capacidad de explicar el talón de Aquiles del dualismo: la interacción psicofísica.
El problema que plantea la causalidad mental no consiste meramente en mostrar cómo es posible que sucesos o actos que son mentales puedan tener efectos físicos, sino en mostrar cómo es posible que su carácter mental (y en particular su contenido intencional) sea causalmente relevante en la generación de tales efectos. Si un suceso o un acto que es mental causa un determinado efecto físico, pero no en virtud de sus propiedades mentales, sino de otras propiedades de carácter físico, no estamos ante un caso de causalidad mental. Según Burge,
la mayoría de nuestras normas y evaluaciones intelectuales y prácticas presuponen que somos agentes. Si nuestro querer o decidir hiciesen que ocurriera algo, pero su carácter de volición o decisión no fuese causalmente eficaz (de modo que la eficacia residiera en alguna propiedad neurológica subyacente), no seríamos agentes de ese efecto.[3]
La distinción que tratamos de establecer puede verse claramente si utilizamos un ejemplo de Dretske. Imaginemos que una soprano ataca las notas más agudas de un aria de ópera, cuya letra es «veremos un día hermoso». El canto de estas palabras causa la rotura de una copa de cristal. Aunque el suceso que causa esta rotura, el canto de las palabras indicadas, tiene significado o contenido y, en este aspecto, es un suceso mental, no estamos ante un caso de causalidad mental, porque el contenido o significado del canto no es causalmente eficaz en la producción del efecto. Si esos sonidos hubiesen tenido un significado distinto, o ningún significado en absoluto, la copa se habría roto igualmente. Fueron las propiedades físicas del sonido, y no sus propiedades mentales, las responsables del efecto en cuestión.[4]
A pesar de su importancia crucial y del hecho de que la damos por sentada en nuestra vida cotidiana, la causalidad mental se enfrenta con importantes dificultades filosóficas. Diversos autores perciben una tensión, e incluso una incompatibilidad, entre la causalidad mental y determinadas tesis aparentemente aceptables. Las dudas sobre la posibilidad o la inteligibilidad de la causalidad mental derivan de tres fuentes principales. La primera es la tesis del carácter anómalo (o anómico) del ámbito mental, la inexistencia de leyes estrictas de índole psicofísica o psicológica. La segunda es el externismo semántico e intencional, la doctrina según la cual el significado de nuestras palabras y el contenido de nuestros estados mentales están parcialmente determinados por relaciones extrínsecas con determinados aspectos de nuestro entorno. Y la tercera es el principio de la clausura causal del mundo físico, según el cual todo cambio físico tiene una explicación física completa. Vamos a analizar cada una de estas objeciones a la posibilidad de la causalidad mental en el orden en que las hemos enunciado.
La tesis del anomalismo o anomicidad de lo mental ha sido defendida por diversos autores, pero ha sido Donald Davidson uno de sus partidarios más decididos. Como vimos en el capítulo correspondiente,[5] esta tesis es una de las premisas del monismo anómalo davidsoniano. De acuerdo con esta tesis, no existen leyes estrictas que conecten propiedades mentales con propiedades físicas o propiedades mentales entre sí. No existen, pues, leyes estrictas psicofísicas o psicológicas. La inexistencia de leyes psicofísicas imposibilitaría la reducción de los conceptos mentales a conceptos físicos a través de leyes-puente. No existen, según Davidson, equivalencias nomológicas, y mucho menos lógicas o semánticas, entre predicados mentales y predicados físicos. La tesis del anomalismo o anomicidad de lo mental constituye, pues, una defensa de la autonomía del lenguaje intencional y psicológico frente al lenguaje de las ciencias físicas, una defensa de la irreductibilidad de la psicología a la física.
No hay, según Davidson, «ningún sentido importante en que la psicología pueda reducirse a las ciencias físicas».[6] El principal argumento de Davidson en favor de la tesis del anomalismo o anomicidad de lo mental parte, como vimos, de que la aplicación de predicados mentales a un sujeto, a diferencia de la aplicación de predicados físicos, tiene carácter holista y, sobre todo, está sujeta al principio constitutivo de la racionalidad:
Todo esfuerzo por incrementar la precisión y el poder de una teoría de la conducta nos fuerza a tomar directamente en cuenta una parte cada vez mayor del sistema entero de las creencias y motivos del agente. Pero al inferir este sistema a partir de la evidencia, necesariamente imponemos condiciones de coherencia, racionalidad y consistencia. Estas condiciones no tienen eco en la teoría física, y ésta es la razón por la que no podemos esperar más que vagas correlaciones entre fenómenos psicológicos y físicos.[7]
Este carácter normativo y holista de la aplicación de predicados psicológicos da cuenta también de la inexistencia de leyes psicológicas estrictas.
Veamos ahora por qué distintos autores han visto en la tesis de la anomicidad de lo mental una amenaza para la causalidad mental y una tendencia hacia el epifenomenismo. Esta tendencia es, en cierto modo, paradójica en el contexto de la filosofía de Davidson, una consecuencia indeseada de la misma, puesto que este autor fue inicialmente conocido por su defensa de la tesis según la cual las razones (que son, típicamente, pares de creencias y deseos, y, con ello, estados mentales) son causas de la acción, frente a aquellas escuelas filosóficas, vinculadas bien a las tendencias hermenéuticas, bien a la filosofía wittgensteiniana, que sostenían el carácter no causal de las razones. Recordemos que uno de los argumentos empleados por estas escuelas en favor de su posición consistía en señalar que la conexión entre razones y acción no era nomológica, es decir, que no había leyes que vinculasen razones con acciones. Así, si se sostiene, en la línea de Hume, que una relación causal es un caso particular de una ley general, la consecuencia es que la relación entre razones y acción no puede ser causal. Esta es la principal razón por la que diversos autores siguen viendo en la anomicidad de lo mental una amenaza para su eficacia causal. Recordemos la respuesta de Davidson a este argumento. Davidson acepta la concepción de la causalidad indicada, que él denomina el principio del carácter nomológico de la causalidad. Así, para defender el carácter causal de las relaciones entre razones y acción, Davidson sostiene que estas relaciones son subsumidas por leyes estrictas. Ahora bien, dado que niega la existencia de leyes estrictas psicofísicas o psicológicas, las leyes que subsumen las relaciones entre razones y acciones habrán de ser de carácter físico y conectarán predicados o propiedades físicas. De este modo, la inexistencia de leyes psicofísicas o psicológicas no implica, frente a lo que sostenían las tendencias hermenéuticas y wittgensteinianas a las que Davidson se opone, que la relación entre razones y acción no sea causal.
Esta defensa davidsoniana de la causalidad mental ha sido considerada insatisfactoria por diversos intérpretes.[8] Podemos caracterizar las raíces de esta insatisfacción como sigue. Cabe aceptar que la propuesta de Davidson da cuenta de que un suceso mental pueda causar un suceso físico. Pero, como hemos señalado, el problema de la causalidad mental consiste más bien en mostrar cómo es posible que el carácter mental de un suceso, sus propiedades propiamente mentales, sean causalmente eficaces en la generación de sucesos físicos. Recordemos el ejemplo de la soprano. La sospecha que recae sobre la propuesta de Davidson es que la imagen de la relación causal entre lo mental y lo físico que se desprende de ella sea
análoga a la que se da en este ejemplo. En la propuesta davidsoniana, las únicas propiedades causalmente relevantes de un suceso mental parecen ser sus propiedades físicas, las propiedades que hacen de él un suceso físico, y no sus propiedades mentales, puesto que, según Davidson, las leyes que subsumen las relaciones causales entre sucesos mentales y físicos vinculan entre sí únicamente propiedades físicas. La propuesta de Davidson permite entender que un suceso mental con cierto contenido (por ejemplo, una creencia o un deseo) cause un evento físico (por ejemplo, cierta conducta), pero no permite entender que lo cause en virtud de sus propiedades mentales, en virtud, por ejemplo, de ese contenido. En el marco de la teoría davidsoniana, el contenido de una creencia parece tan ocioso para su eficacia causal sobre el comportamiento como el significado de las palabras cantadas por la soprano para la rotura de la copa. Las propiedades mentales parecen ser, pues, meramente epifenoménicas.
Tras varios años de silencio acerca de la acusación de epifenomenismo dirigida contra él, Davidson trató finalmente de rechazar esta acusación.[9] David-son señala que, en su concepción, las relaciones causales (a diferencia de las explicaciones causales entendidas de acuerdo con el modelo nomológico-deductivo) son relaciones extensionales entre sucesos particulares, de modo que si hay una relación causal entre dos sucesos particulares, la hay no importa cómo se describan esos eventos. Así, dada esta concepción extensional de la relación causal, «no tiene sentido literal... hablar de un suceso que cause algo en tanto que es mental, o en virtud de sus propiedades, o en tanto que es descrito de un modo u otro».[10]
En su respuesta al artículo de Davidson, Brian McLaughlin subraya (con razón, en opinión de quien esto escribe) que la concepción extensional de la relación causal, como tal, no implica que carezca de sentido decir que un evento causa algo en virtud de alguna de sus propiedades.[11] La concepción extensional de las relaciones causales (llamémosla «E») es consistente con la tesis (llamémosla «P») según la cual, si un suceso c causó el suceso e, c causó e en virtud de alguna de las propiedades de c. Tiene perfecto sentido, frente a Davidson, sostener a la vez E y P. Sin embargo, puesto que E no implica lógicamente P, es también posible sostener E y negar P. Según McLaughlin, «esto parece ser lo que David-son hace en «Thinking Causes». Parece sostener que, cuando un suceso causa otro, no hay nada en los sucesos en virtud de lo cual ello es así».[12] Sin embargo, McLaughlin señala correctamente que esta posición compromete a Davidson con la tesis, ciertamente implausible, según la cual las relaciones causales entre sucesos particulares son hechos brutos, primitivos, que no admiten ulterior explicación.
Por otra parte, Davidson sugiere que sostener P puede deberse a una confusión entre sucesos particulares y tipos de sucesos. Para Davidson, sólo los eventos particulares, y no los tipos de eventos, o las propiedades en cuyos términos clasificamos los sucesos particulares, pueden intervenir en las relaciones causales. Sin embargo, McLaughlin responde que el hecho de que c causó e en virtud de que c tenía la propiedad F no implica que el estado de cosas consistente en que c tuviera F (o que la propiedad F, podríamos añadir) causó e. P es perfectamente compatible con la tesis según la cual sólo los sucesos, y no las propiedades o los estados de cosas, son causas y efectos. Para mostrar esto, McLaughlin subraya el paralelismo entre la relación causal y la relación «pesar menos que». Supongamos que el objeto A pesa 10 kg y el objeto B pesa 11 kg. Podemos decir que A pesa menos que B en
virtud de que A pesa 10 kg. Pero esto no implica que el estado de cosas consistente en que A pese 10 kg. (o que la propiedad de pesar 10 kg) pese menos que B. Los estados de cosas (y las propiedades) no tienen peso. Así, y paralelamente, «un defensor de P puede sostener, consistentemente, que los estados de cosas [o las propiedades, C. M.] no son nunca causas (o efectos), que sólo los sucesos son causas y efectos».[13] Ulteriores esfuerzos de Davison para defenderse de la acusación de epifenomenismo tienen también un éxito dudoso, pero no vamos a entrar en ellos. Baste señalar que Davidson acaba reconociendo que su monismo anómalo es consistente con el epifenomenismo.[14] Pero una doctrina compatible con el epifenomenismo de lo mental, una doctrina que no incluye o implica una explicación positiva de la importancia causal de las propiedades mentales es, cuando menos, incompleta o insatisfactoria.
La conciencia de esta incapacidad de la propuesta de Davidson para dar cuenta de la causalidad mental frente a la objeción de la anomicidad de lo mental se halla entre las razones que han llevado a algunos autores a adoptar una respuesta diferente a la objeción mencionada. Según estos autores,[15] si queremos dar cuenta de la posibilidad de la causalidad mental, y si aceptamos la concepción nomológica de la causalidad, hemos de aceptar, con Davidson, que hay leyes que subsumen las relaciones causales entre razones y acciones, pero que, a diferencia de lo que Davidson sostiene, estas leyes no son físicas, sino psicológicas o intencionales: leyes que relacionan tipos de creencias y deseos con tipos de acciones. Sólo así será posible afirmar que una razón causa una acción en virtud de sus propiedades mentales, evitando los problemas a que Davidson se enfrenta. La objeción obvia a esta propuesta es que las leyes en cuestión no son leyes deterministas estrictas, sino que contienen cláusulas de salvaguardia o ceteris paribus. La respuesta que ofrecen los partidarios de esta propuesta es que lo mismo sucede con las leyes propias de ciencias especiales o no básicas como la geología, la biología o la meteorología, y esto no implica que propiedades geológicas como ser un río o meteorológicas, como ser un área de bajas presiones, no sean causalmente relevantes. La psicología, como ciencia especial o no básica, se hallaría así en pie de igualdad con ciencias como las mencionadas. Como señala Audi,
la disponibilidad de leyes de cobertura precisas y universales no es una condición de la explicación de sucesos en general, ni siquiera un requisito de la explicación causal. Podemos considerar la exposición a la hiedra venenosa como una explicación adecuada (y una causa) de la erupción cutánea de una persona aun cuando ni tenemos, ni siquiera suponemos que existan, leyes universales precisas del tipo en cuestión, por ejemplo leyes que especifiquen una condición suficiente de una erupción en términos del tipo y duración de la exposición a cierta clase de hoja y, en relación con una cierta clase de piel, etc., de un tipo específico de erupción. ¿Por qué los criterios de nomicidad y causalidad habrían de ser más estrictos en el caso de lo mental de lo que son aquí?[16]
La pregunta es retórica, la respuesta negativa es razonable y la propuesta parece prometedora. Sin embargo, no carece de dificultades y no es claro que satisfaga nuestras intuiciones sobre la causalidad mental. La razón es que la propuesta presupone que, aun cuando hay leyes de las ciencias especiales, los mecanismos básicos en cuya virtud rigen dichas leyes son de carácter físico. Pero esto supone que la relevancia causal de las propiedades mencionadas en las leyes de las ciencias especiales depende de (o sobreviene a) la eficacia causal de las propiedades mencionadas en las leyes de la física. Así, la psicología, como ciencia especial, estaría en el mismo caso: las propiedades mentales heredarían su
relevancia causal de las propiedades físicas. Pero no es esta nuestra intuición sobre el modo en que las propiedades mentales causan nuestro comportamiento. Naturalmente, necesitamos un trasfondo de condiciones físicas normales para que la conducta sea posible. Pero, dado este trasfondo, nuestra convicción es que lo que creemos y deseamos es, en cuanto tal, lo que nos lleva a actuar como lo hacemos. Y una propuesta capaz de integrar esta convicción sería preferible a otra que se ve obligada a negarla.
¿Es posible una propuesta semejante? En este punto quisiéramos solamente apuntar a una posibilidad no contemplada en las dos respuestas que hemos analizado a la objeción de la anomicidad de lo mental. Ambas propuestas comparten la concepción nomológica de la causalidad. Un camino a explorar sería rechazar esta concepción, considerando la noción de causa como primitiva, o al menos como irreductible a la noción de ley. En este marco, la relación entre razones y acción sería causal, pero no nomológica. El papel explicativo desempeñado por las leyes científicas en el caso de las relaciones causales en el mundo físico podría ser sustituido en este caso por principios de carácter normativo que regirían las relaciones entre razones y acciones.[17] Sin embargo, esta posibilidad genera dificultades nada desdeñables. Concretamente, puesto que pretende conceder a las propiedades mentales relevancia causal autónoma, se ve obligada, aparentemente, a negar la clausura causal del mundo físico, tropezando con ello con la tercera de las objeciones a la posibilidad de la causalidad mental que hemos mencionado más arriba.
La segunda dificultad con que se enfrenta la tarea de mostrar cómo es posible la causalidad