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6. Implementing the Framework for Corporate Data Quality Management

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Aunque la vida implica un devenir continuo, y cada día es diferente y en el que hay que recrear lo que ayer desapareció, la migración exige recrear cosas básicas, fundamentales, que se creían

hechas de una vez y para siempre: volver a crear un ámbito de trabajo, establecer relaciones afectivas con nuevas gentes, volver a contar con un entorno de amigos, instalar nuevamente una casa que no sea una tienda de campaña, sino un hogar, y muchas cosas más.

Hacer todo eso demanda mucho esfuerzo psíquico, renuncias, aceptación de muchos cambios en poco tiempo. Pero poder hacerlo, hace sentir que se tiene dentro de sí una fuerza, una capacidad de desear, una capacidad de construir, una capacidad de amar.

Las adquisiciones externas son los correlatos de las adquisiciones internas, de nuevas experiencias, de nuevos sentimientos: el nuevo país, la nueva sociedad, entran poco a poco a formar parte de la propia vida como lo fue el país de origen; el inmigrante va perteneciendo cada vez más al nuevo entorno y éste le pertenece, a su vez, cada vez más. Cada rincón de la ciudad donde vive le va siendo familiar, se va cargando de significados y recuerdos, se ya asociando con situaciones vividas, va siendo querido: esto le hace sentirse más rico, más pleno; hay más personas y cosas a quienes querer.

Pero es frecuente que, simultáneamente, descubra que su integración tiene un límite, que nunca será «uno de ellos», los nativos: que puede compartir con la gente que le rodea muchas cosas pero no otras, y que lo mismo ocurre a los demás respecto de él.

Y es por entonces que suelen comenzar a rondar por la mente fantasías de retorno al propio país, buscando recuperar el «arraigo» perdido. No estamos hablando, en este momento, de los deseos obsesivos y compulsivos de retorno, que surgen con carácter torturante como consecuencia de la desadaptación, o de la intolerancia intensa a estar lejos del hogar (homesickness).

Un paciente argentino, al comenzar su terapia con un analista también argentino, le ofreció durante la entrevista inicial pagar sus honorarios cuando ambos estuvieran de regreso en Buenos Aires. Su vivencia era la de ser «pobre» en el extranjero y «rico» en su país, proyectando, además, su propia fantasía de retorno sobre el terapeuta.

En sus primeras sesiones llegaba demasiado tarde o demasiado temprano: lo asoció con lo que llamaba «su lealtad» y su deseo de cumplir con lo que suponía que los demás esperaban de él, sin conseguirlo. El terapeuta le interpretó que su problema con el tiempo debía representar un símbolo de su vínculo con la gente: que pecaba por exceso o por defecto, y le costaba encontrar la medida justa en el trato con los demás y con el analista en la transferencia en ese momento. El paciente admitió que eso le ocurría desde que había llegado al nuevo país; en efecto, había notado su dificultad en saber cómo comportarse para ser aceptado por los nativos, decidiendo que debía conducirse con «lealtad». Se pudo ver que, inconscientemente, lo que él llamaba «lealtad» implicaba su sometimiento para aplacar a los que temía como perseguidores, así como, en otros momentos, correspondía a una formación reactiva tendiente a contrarrestar su propio desprecio y rechazo por los demás.

Con posterioridad surgió en el análisis que se sentía culpable del suicidio de una hermana que había quedado en su país de origen, por haberla abandonado y no haber contestado «a tiempo» sus cartas. En otro nivel, esa culpa correspondía a un sentimiento de «deslealtad» con su país,

por haberlo abandonado.

Toda esta problemática coincidió con el ofrecimiento que había recibido de ocupar un cargo muy importante en «otra» institución y aunque las ventajas referentes al tipo de trabajo y la remuneración le entusiasmaban, no se decidía a aceptarlo para no ser «desleal» con los colegas de la institución en la que se encontraba trabajando.

A raíz de que su hijo sufriera un accidente de moto por el que tuvieron que escayolarlo y se quejara de no aguantar el yeso, se sintió identificado con él, descubriéndose que había vivido su migración como «un accidente» que le hacía sentirse oprimido, y quería encontrar la forma de liberarse de «su escayola».

Tiempo después pasó por un período depresivo bastante intenso, durante el cual, entre otros tópicos, se refirió a su sentimiento de culpa ante su mujer por no saber cómo satisfacerla y contrarrestar las permanentes añoranzas y los fuertes deseos de regresar a la Argentina que ella manifestaba con mucha frecuencia. Se pudo analizar su proyección sobre ella de sus propias fantasías de retorno, complicadas por su gran ambivalencia para tomar una decisión firme en ese sentido como, por ejemplo, fijar un plazo de estadía limitado a cierto número de años y luego concretar el regreso. Decía que se sentía en el «otoño» de su vida y con grandes dudas acerca de su capacidad para empezar algo nuevo en su propio país.

Significativamente, la idea de regresar a su patria y retomar contacto con familiares, amigos y colegas de otra época no era vivido como un volver hacia lo conocido de su pasado, sino como un ir hacia lo desconocido de una nueva experiencia, situación que contrastaba con la proposición maníaca formulada en la primera entrevista.

Migraciones temporarias

Muy distintas son las migraciones que tienen «retorno previsto» desde el inicio: los becarios, profesores invitados, representantes de empresas, etc. Tienen algo en común con las migraciones corrientes, pero muchos aspectos que las diferencian profundamente.

La nueva situación provoca inevitables angustias por la pérdida de todo lo conocido y, especialmente, el temor al fracaso en los objetivos fijados; pero hay un elemento básico que convierte esta migración en algo diferente. El saber que el retorno no sólo es posible sino seguro, hace que toda la experiencia pueda ser vivida como una aventura o un viaje excitante hacia lo desconocido.

Pensamos que el sentirlo de esa manera está vinculado con la convicción interna de que las propias «raíces» están a salvo: el sujeto puede estar lejos de su país y de sus seres queridos y familiares, pero no se siente «desarraigado».

Sabe de dónde es y dónde están sus objetos. Las partes propias proyectadas en ellos y que impregnan los objetos abandonados se sienten a buen recaudo y no expuestas a la desesperación. Por lo tanto, con esta vivencia tranquilizadora que calma las ansiedades persecutorias y el temor a la pérdida del sentimiento de identidad, no obstante las partes del self expuestas al cambio, el

individuo puede vivir este cambio en forma gozosa, permitiéndole estar abierto a todo nuevo descubrimiento, conocimiento o experiencia.

Por otra parte, la existencia de un plazo conocido para el reencuentro con los objetos y partes propias abandonadas sosiega el ánimo porque establece un límite en el tiempo de alejamiento. Tanto gravita este hecho, que hemos podido observar que muchas personas en estas condiciones, al sobrepasar «la mitad» del tiempo prefijado para su permanencia en el extranjero, empiezan a sentirse en camino de regreso, «volviendo a casa» (no importa cuánto haya sido ese tiempo en términos absolutos).

A pesar de todo, una persona que había residido temporariamente en varios países contaba que tenía la vivencia de haber dejado cosas olvidadas en todos los lugares donde había estado. Repetidamente le ocurría que creía tener a su disposición determinados materiales para su trabajo, para terminar descubriendo que los había poseído en otra ciudad, pero no los tenía consigo en su ciudad natal.

Los jóvenes, en general, emigran con mucha más liviandad y soltura que las personas de más edad, no sólo porque son más fuertes y flexibles ante los cambios, sino porque, además, tienen la vivencia, consciente o inconsciente, de que «no queman las naves»: de que hay padres que permanecen en su sitio y adonde siempre pueden volver. Ya hemos hablado de cómo la edad modifica las vivencias en relación con las migraciones, que el «poder volver» modifica aún más. Las fantasías de retorno

Las fantasías de volver, presentes en toda migración, pueden sufrir diversos destinos: quedar como proyectos pospuestos para el futuro pero que, entre tanto, son fuente de secreto placer y compensan las vivencias de desarraigo que subsisten; pueden realizarse parcialmente a través de viajes esporádicos, de visita; y pueden concretarse en un retorno más permanente. Cada una de estas posibilidades está preñada de implicaciones posibles y puede dar lugar a sentimientos muy complejos y variados.

Un paciente, al volver de unas vacaciones durante las cuales se había encontrado con uno de sus hermanos, manifestó: «Esta vez, el despedirme de mi hermano me costó mucho. Me di cuenta de muchas cosas de las que no me había apercibido cuando ocurrieron. Me alivia reconocerlo, pero también me aterroriza.»

»Estoy como si recién ahora sintiera lo que no sentí cuando emigré: rabia, dolor y pánico. Yo siempre me despido con toda facilidad; digo: 'hasta pronto', y me voy.

Pero esta vez me sentía como un niño pequeño que va el primer día a la escuela y no quiere ir, quiere quedarse en casa, con la mamá. La ciudad donde vivo ahora me daba rabia y miedo. Pensaba que ahí todos tienen lo que yo no tengo: una familia, buena o mala, pero que existe.» «Lo peor es que sentía que 'no soy de ningún sitio'. Pensé en el proyecto, tantas veces imaginado, de volver a ver mi ciudad, y recordaba lugares donde he vivido, pero me daban pánico: ahí están mis muertos, mis ausentes, lo que se ha terminado. Para mí, 'la ciudad que era' ya no está.»

Estos o parecidos sentimientos expresa el poeta en doloridos versos: «Eso dicen: que al cabo de nueve años, todo ha cambiado allá. Dicen que la avenida está sin árboles, y yo no soy quién para ponerlo en duda. ¿Acaso yo no estoy sin árboles, y sin memoria de esos árboles que, según dicen, ya no están?» (M. Benedetti.)

Los viajes de visita

Los viajes de «visita» al propio país (¿se podrían llamar de otra manera?), aun cuando no impliquen un tanteo de las posibilidades de volver, significan una confrontación. El deseo manifiesto es el reencuentro con todo lo abandonado, pero conlleva el gran temor al desencuentro. En otro plano, es como si se quisiera y pudiera penetrar en lo incognoscible, de saber cómo hubieran sido las cosas si no hubieran sido como fueron, y a través de ello ratificarse o rectificarse en cuanto a haber tomado la decisión de partir.

Por último, y creemos que lo más importante, es la necesidad de comprobar que lo que se ha dejado sigue estando, efectivamente, allí: que no todo ha desaparecido, transformándose sólo en un producto de nuestra imaginación. Y que allí, los que hemos dejado nos han perdonado por haberlos abandonado, que no nos han olvidado, que aún nos quieren.

Por eso, muchas veces, los viajes de visita están precedidos de sueños de contenidos persecutorios, en que el emigrante que regresa es acusado de algo, actual o remoto, indefinido, pero por lo cual es castigado o rechazado.

Una persona contaba con gran emoción los agasajos de que habían sido objeto, ella y su marido, en su visita a su ciudad natal, después de varios años de ausencia. Pero más que la multitud de invitaciones y las grandes recepciones que se hicieron en su honor, le había sorprendido que todos, unánimemente, elogiaran su buen aspecto: habían utilizado adjetivos poco corrientes, como «relucientes», «resplandecientes», etc.

Es posible que el reencuentro con los amigos, el ver que todos «estaban», la cálida y cariñosa acogida, el «estar en casa» les hiciera tener un aspecto muy feliz, que los demás registraban. Pero pensamos también que debían estarse expresando fantasías grupales en relación con «los que se fueron». Parecería que el «tiempo» en que los que emigraron estuvieron lejos hubiera sido un «tiempo distinto», como si fuera un tiempo extraterrestre: como si pensaran que hubieran sido diez o veinte los años de ausencia, mientras que para los emigrantes hubieran sido tres o cuatro (como era en realidad).

Por otra parte, también el grupo parecía manifestar extrañeza ante el hecho de que la hostilidad inconsciente que pudieron haber sentido por el abandono no dañó irreparablemente a los que se fueron: no los mató, ni siquiera los enfermó ni envejeció cuanto creían.

Para algunos integrantes del grupo la partida pudo haber sido sentida no con hostilidad, sino con alivio, colocando inconscientemente en los emigrantes el rol de «chivo emisario» que, como en los antiguos mitos, es enviado al «desierto» con la proyección de la culpa colectiva para que

deambule cargado con ella, o se despedace en trozos diminutos (splitting), para que los restantes miembros del grupo puedan permanecer en casa (en el país), liberados de sus culpas. Esto también explicaría las extrañezas inconscientes: «¿no habéis cumplido con el rol implícitamente asignado?, ¿estáis contentos y relucientes?» El adjetivo «relucientes» puede vincularse con el mito de la resurrección y su halo de «resplandor»; la sorpresa significaría también: «¿no estáis muertos?, ¿habéis resucitado?»

Las visitas de regreso despiertan también otras vivencias: algunas personas se sienten muy disociadas, percibiendo que todo ha cambiado mucho y nada es igual, al mismo tiempo que sienten que es como si no se hubieran ido nunca.

En algunos despierta deseos de quedarse ya para siempre y otros, por el contrario, se sienten reasegurados al saber que tienen un nuevo sitio que es suyo, aunque sea lejos, pero que ahora es su ancla en la realidad.

En general, ni el que se ha ido está igual, ni lo que ha quedado sigue igual. Salvo aquellas relaciones muy fuertes y sólidas, de raíces tan profundas que hacen a la identidad misma del sujeto, durante las visitas suele haber una reorganización de los valores y los vínculos: se puede sentir más extraño a aquel con quien antes se compartían más cosas y sentir muy cercano al que antes no lo era tanto.

Un paciente que había regresado a su país de visita, pero también para terminar de llevarse efectos personales que no había trasladado en su migración, comentaba luego: «Fui a retirar lo que quedó, pero se me hacía muy difícil clasificar qué tirar y qué llevar: los valores de las cosas habían cambiado, lo que había guardado como aparato de lujo, 'último modelo' en su momento, ahora era obsoleto.» Lo mismo ocurre con algunos afectos y relaciones personales: algunos han perdido actualidad y otros conservan un valor inalterable, con las cosas nobles, auténticas.

Ese mismo paciente recordó un único sueño de esos días: «Cuando todo había sido despachado ya, encontré un paquete olvidado; no sabía qué hacer con él: no podía ni dejarlo ni llevarlo.» Partir es también «partirse». Es llamativo ese doble significado del término. El sueño parecería aludir a lo imposible que resulta partir completo, por entero.

Inevitablemente, durante las visitas, así como hay vivencias de recuperación de cosas, también las hay de comprobación de pérdidas, que pueden ser vividas por algunas personas como consecuencia de haber sido «despojadas» de sus pertenencias y «echadas» de su casa, aunque se hayan ido voluntariamente.

La casa que fue del emigrante ya no lo es más: otras gentes viven en ella; su sitio de trabajo también está ocupado por otros: las cosas que amó y fueron suyas están desperdigadas (como partes de su propio self escindido y disperso, pero que no ha podido recoger y llevar consigo). Todo ello provoca, además de dolor y celos, un sentimiento de extrañeza, como podría ser ver el mundo después de haber muerto.

Si estos duelos, por los demás y por sí mismo, pueden ser re-elaborados, pensamos que la experiencia de la visita es valiosa.

19. ¿Retornar?

La decisión de retornar no es fácil, tanto para los que han emigrado voluntariamente como para los que sufrieron el exilio. Aun para aquellos que desearon ardientemente, con todas las partículas de su ser, golpeados por la nostalgia que incesantemente les traía imágenes queridas de su gente y de su tierra y que soñaban, día y noche, con el reencuentro con todo lo que habían dejado atrás, decidir volver es difícil. Cuando el cambio de las circunstancias los enfrenta con la posibilidad del regreso y el poder concretar la ilusión —tanto tiempo acariciada— de reintegrarse a los suyos, muchos son los que dudan y vacilan. Algunos proyectan su propia ambivalencia en sus familiares, como en el caso de un famoso actor para quien el exilio había sido muy duro pero que, después de mucha lucha, había alcanzado el éxito, en base a su talento y perseverancia. En su primer viaje de regreso a su país de origen, para cumplir con unos compromisos profesionales, después del cambio político ocurrido en el mismo, le preguntaron: «¿Qué piensas hacer, vuelves definitivamente?» Y su respuesta fue: «No estoy seguro. Nunca creí que sucedería esto. Para mí es terrible. Mis hijos han hecho su vida allí, ya son adolescentes y tendré que consultarles. No puedo abandonarlo todo, me ha costado demasiado. Veremos cómo funciona la situación aquí. De momento voy a seguir así, viajando en cuanto pueda. Al fin y al cabo, siento que no soy de aquí ni de allí.»

La periodista española Maruja Torres, al entrevistar a intelectuales argentinos exiliados que se planteaban dudas sobre la posibilidad de volver a su país, se refería al desgarro del desexilio, y a la «herida del regreso». Reproduciremos un fragmento de su artículo: «... Al principio, muchos creyeron que no iba a durar, otros con el horror todavía prendido en sus gargantas, la piel salvada justo a tiempo, cerraron los ojos al ayer inmediato y se dispusieron a ablandarse a la vida, a darse tregua en una tierra extraña que debían conquistar. Los unos se negaron a deshacer maletas, a comprar nuevos objetos con qué amueblar el futuro; los otros echaron edredón de plomo sobre la memoria y se dedicaron a dibujar la supervivencia. Unos y otros se enfrentan ahora con el desgarro del desexilio. Porque incluso aquellos que juraron no amar la tierra que no era suya, flaquean al despedirse de quienes han ido queriendo a lo largo de esos años. Porque incluso aquellos que van a quedarse tienen que despedirse otra vez de parte de su entorno: los que ahora se vuelven. La herida del regreso atraviesa a esos hombres y mujeres que llegaron a España huyendo de atrocidades, que guardaron al mismo tiempo la vida y la culpa de seguir viviendo y que nunca, hagan lo que hagan, volverán a ser lo que fueron en el país donde nacieron.»

No hay duda que, en ocasiones, la migración del retorno resulta tan difícilmente elaborable como la emigración primitiva, con alta vulnerabilidad personal y familiar.

Una paciente de uno de nosotros, había vivido varios años lejos de su país, de donde había tenido que huir precipitadamente. Había logrado superar muchas dificultades y hacerse una situación cómoda y satisfactoria, cuando un cambio político favorable en su patria creó condiciones aptas para el regreso.

haber ganado espacio, libertad: tener la posibilidad de elegir. Sentía tener, de pronto, una patria

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