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Recapitulemos algunas ideas centrales. Decimos que una de las tareas más nobles de la política consiste en acoger todos nuestros deseos, miedos y esperanzas, e incorporarlos en un discurso político común. El discurso político sería el canal propicio mediante el cual la política haría visible la subjetividad y su relación con el orden existente. En el discurso político todos nuestros fantasmas reciben el nombre que les corresponde y, una vez que salen del anonimato, pasan a ser materia de la política.

En fin, hay que conversar los miedos. Sacarlos de la oscuridad. Darles nombres. Solo entonces somos capaces de compartir los miedos, de acotarlos y enfrentarlos. (…) Lo grave del fenómeno es

el silencio que lo envuelve. El mundo subjetivo de las personas, sus carencias afectivas no se encuentran verbalizadas. Un malestar sin contenido claro ni destinatario preciso. Ahora bien, esa falta de palabras no sólo cubre de silencio a la opinión ciudadana. También la democracia estaría faltando de discurso.130

Todas las prácticas de contrapoder, expuestas anteriormente, son un medio para hacer frente al discurso político del imperio y, en consecuencia, para reelaborarlo a través de nuestras subjetividades. De este modo, podemos obtener un discurso político subjetivo. El desencanto y la desafección postmoderna, afirma Lechner, es el resultado de cambios indeseables para el individuo, que no tienen en cuenta la dimensión subjetiva: “Insertas en un proceso de cambios acelerados que no controlan, las personas

129El “mapa mental” es donde se enlazan la realidad objetiva y la subjetiva. Construimos las

“representaciones” del complejo orden existente, y una vez que la realidad se torne inteligible la contrastamos con nuestros valores, creencias, expectativas, pasiones y disposiciones mentales y, a partir de esto, nos orientamos, aunque sea utópicamente. Después de descubrir en qué contexto estamos, este descubrimiento provoca reacciones subjetivas, por medio de las cuales organizamos nuestros sentimientos más ocultos y, posteriormente, tomamos decisiones sobre hacia dónde queremos ir. La utopía aparece como una posibilidad de orientarnos, es una tarea subjetiva que se realiza a partir del conocimiento de lo que somos y dónde estamos. Los mapas mentales son las herramientas que permiten a la política establecer el vínculo entre las dos realidades. A la vez que los mapas mentales se vuelven una representación, por medio de códigos interpretativos, del imperio, también son los mecanismos de manifestación de la subjetividad.

130 LECHNER, Norbert.

dan señales de desafección: parece que no sienten dichos cambios como algo suyo”.131 Esta insistencia en un discurso político consiste justamente en el deseo de otorgar sentido a la política y a la vida, para que todos tengan la tranquilidad de que sus preocupaciones e intereses son considerados en la política pública.

El discurso político reelaborado a partir de la subjetividad contiene en sí motivaciones suficientes para construir un contexto social más favorable a una vida digna. Para que tengamos una visión más clara de la potencia constructora de la subjetividad, abordaremos el miedo como una motivación al cambio: “Nuestros miedos pueden llegar a ser productivos, si contribuyen a traducir las carencias en tareas”.132 Veamos en qué sentido el miedo puede llegar a ser productivo.

Cuando hablamos en el primer capítulo sobre el origen del imperio, vimos que éste aparece como una respuesta a los miedos y a la debilidad de los ciudadanos, como respuesta a las amenazas de la paz nacional y a los desajustes económicos. Con la esperanza de que, una vez edificada la soberanía universal, sería más fácil evitar gobiernos dictatoriales y agravios a los derechos humanos, la idea de una sociedad civil global parecía en el momento como una alternativa razonable a las necesidades económicas y sociales. El imperio es fundado en la necesidad de paz y de una garantía de justicia para todas las personas. La creación de una soberanía global y unitaria era la esperanza de que sería posible un único conductor capaz de mantener la paz y de producir verdades éticas.133

Pues bien, la idea aquí es mostrar que la tesis lechneriana sobre el miedo es razonable. Lechner afirma que los miedos son una motivación poderosa en cualquier actividad humana y, de modo especial, en la acción política. El autor encuentra en su estudio sobre América Latina el miedo como una fuerza peligrosa, capaz de realizar cambios radicales. Además, el autor afirma que el miedo es una presa fácil de

131 LECHNER, Norbert.

Las sombras del mañana: la dimensión subjetiva de la política…, p. 111. 132 LECHNER, Norbert

. Las sombras del mañana: la dimensión subjetiva de la política…, p. 58. 133

manipulación.134 Con estas ideas previas, quiero concluir que el imperio nace a partir de una manipulación de los miedos de la multitud. Todos se subyugan bajo la maquinaria de integración universal del imperio por una necesidad subjetiva, es decir, en busca de protección, de sentido a la vida y de orden frente a la amenaza de caos. Hardt y Negri nos dicen que en la fase inclusiva del imperio todas las subjetividades se deslizan sin oponer resistencia.135 Este fenómeno ocurre gracias a la capacidad de la soberanía imperial de acoger los miedos y manipularlos según sus intenciones.

Los miedos son fuerzas peligrosas. Pueden provocar reacciones agresivas, rabia y odio que terminan por corroer la sociabilidad cotidiana. Pueden producir parálisis. Pueden inducir al sometimiento. Hay

“campañas de miedo” que buscan instrumentalizar y apropiarse de los temores para disciplinar y censurar. Más difusos son los temores y más tentador exorcizarlos mediante drásticas invocaciones de la seguridad. A veces la seguridad toma forma de cárcel: no haga esto, no diga aquello, mejor no piense.136

Como vimos, el imperio lejos de ser una respuesta a los miedos, por el contrario, ha profundizado aún más los temores de los ciudadanos. Con el progreso del individualismo y con la erosión de los imaginarios colectivos, por los cuales la sociedad se reconocía a sí misma, la vida social se vuelve una desintegración cada vez más insoportable, originando un ambiente de desconfianza y de miedo al otro. El individuo aislado se restringe a un ambiente de miedo y de desamparo. La desintegración del tejido social trae consigo un aire de miedo.

No obstante, nos damos cuenta que los miedos ocasionados por el imperio tienden a superar su antiguo perfil manipulador y a configurarse en una nueva estrategia de producción. El miedo que al principio fue manipulado por el imperio, actualmente parece revertirse contra el propio imperio. Los miedos encarnados en un nuevo discurso político, contienen las mismas fuerzas peligrosas que antes eran utilizadas por el imperio. Como la manipulación del miedo fue la clave para la instauración del imperio,

134

Cfr. LECHNER, Norbert. Las sombras del mañana: la dimensión subjetiva de la política…, p. 43. 135

Cfr. HARDT, Michael y NEGRI, Antonio. Imperio…, p. 179. 136 LECHNER, Norbert.

ahora, será la clave para la construcción de una nueva realidad por parte de la política subjetiva. ¡El hechizo se volvió contra el hechicero!

En el imperio el individuo se encuentra atemorizado, aislado y molesto con las circunstancias presentes. El orden existente no ofrece sentimientos de protección y acogida al individuo, sino que lo mantiene controlado, de acuerdo con sus dispositivos de dominio. El miedo a la violencia, a la exclusión social y a una vida sin sentido es la fuerza primaria e inmediata que impulsa al individuo a requerir su facultad de construir un contexto de acuerdo con sus necesidades subjetivas.

Un discurso político reelaborado a través de las prácticas de resistencia es el resultado de las motivaciones propiciadas por el miedo y, por tal motivo, el nuevo discurso político debe tener en cuenta los miedos predominantes y proponer una respuesta a sus causas. Ahora bien, estos miedos fijados en un nuevo discurso político serán la fuerza que convertirá el orden establecido en un nuevo orden como objeto de la voluntad humana, que triunfará sobre los dispositivos de control. Los miedos reúnen la multitud en resistencia a determinados nudos de la organización social establecida. El miedo es la garantía de una política subjetiva.

CONCLUSIONES: la democracia como una nueva forma de vida

Entiendo por democracia un movimiento histórico cuyo

sentido ha de actualizarse siempre de nuevo, cada época

ha de redefinir su significación. Lechner La creación de la multitud, su capacidad de innovar en redes y su habilidad para tomar decisiones en común

hacen posible hoy la democracia por primera vez. Hardt y Negri A modo de conclusión, quisiéramos perfilar todos los temas desarrollados a lo largo de este trabajo, a partir de una única óptica: la democracia. En ninguna ocasión, por lo menos directamente, abordamos la democracia como tema principal, no por negligencia investigativa, sino con el propósito de sellar el presente escrito con una concepción distinta de democracia, como punto de convergencia de todo lo que hemos venido enfatizando. A la vez que vayamos construyendo una concepción de democracia que sea compatible con el nuevo orden, intentaremos abordar todos los temas desarrollados bajo este nuevo concepto de democracia.

En el epígrafe mencionado, Lechner nos da una clave importantísima para entender tanto la democracia, como el desencanto postmoderno frente al régimen democrático: la democracia a pesar de ser un hecho histórico, no se puede entender como un punto de llegada fijo y unívoco, sino que debemos concebirla como un proceso dinámico, donde cada generación tendrá la misión de redefinir su significación. El desencanto postmoderno ante la democracia, según Lechner, radica en la limitada concepción de

democracia que se ha tenido hasta ahora, pues no hemos logrado superar una democracia meramente institucional.

Esa democracia meramente institucional tiene raíces en su concepción moderna, que aparece intrínsecamente ligada a la idea de soberanía: sólo uno puede gobernar. Pues bien, la soberanía debe ser ejercida por uno, y no puede haber práctica política sin la soberanía. La democracia, como gobierno de la mayoría o de todos, será posible en la medida en que ese uno que gobierna sea una expresión de la figura de pueblo. De tal modo que la democracia moderna requiere de un sujeto político unitario, sea este el pueblo o la nación. El pueblo ha sido entonces una representación que hace de los individuos una unidad. La democracia moderna se construye a partir de la idealización de una unidad de sujetos (pueblo), como representados por sus instituciones, y esto puede entenderse como un esfuerzo por lograr la identificación de la democracia con la soberanía moderna (unitaria).137 Queda claro que para entender la noción moderna de democracia no se puede prescindir del Estado-nación, es decir, la democracia moderna consiste en el esfuerzo por formar una soberanía popular o nacional que sea unitaria.

La democracia de la modernidad requiere de una unidad nacional que sustente su práctica institucional en la idea de la necesidad de representación. Para ello la multiplicidad social es forzosamente convertida en unidad a través del proceso de la representación. Para que haya un pueblo soberano debe primero haber un pueblo unitario.138 Hardt y Negri están en desacuerdo con esta concepción de democracia:

“Quede claro, sin embargo, que este precepto del pensamiento político, de que sólo una entidad pueda gobernar, vacía de sentido y niega el concepto de democracia. La democracia, al igual que la aristocracia en ese aspecto, son meras fachadas, porque de

hecho el poder es monárquico”.139 La democracia se debilita por el intento de construirla

sobre la base de una soberanía unitaria: cuando se habla de una soberanía popular, se

137

Cfr. HARDT, Michael y NEGRI, Antonio. Multitud: guerra y democracia en la era del Imperio.

Traducción de Juan Antonio Bravo. Editorial Debate. Barcelona 2004. pp. 373-377. 138 HARDT, Michael y NEGRI, Antonio.

Multitud: guerra y democracia en la era del Imperio…, p. 374. 139 HARDT, Michael y NEGRI, Antonio.

pretende construir una única voluntad que sea representada por las instituciones democráticas.

Sin embargo, la historia nos ha proporcionado pruebas fehacientes de que el intento de construcción de esta voluntad general es el intento por construir una realidad ficticia, donde nos forzamos a renunciar a nuestras propias subjetividades en vista de una subjetividad única y universal que sólo aparentemente nos brinda las respuestas a nuestras necesidades, deseos e ilusiones. No obstante, esto nos obliga a vivir en una realidad donde nuestras subjetividades son desconocidas y subvaloradas por el sistema y por el contrario las ofertas de este sistema no son valiosas para estos ciudadanos. Entonces, la democracia dejó de ser un sistema que buscaba recoger las subjetividades de los ciudadanos, para convertirse en un sistema que construye subjetividades que garantizan la permanencia y el fortalecimiento del sistema como soberanía unitaria. En definitiva, la democracia se volvió un juego de azar donde pocos ganan y muchos pierden.

La democracia moderna como intento por preservar la idea de soberanía unitaria nos deja actualmente en el vacío, pues ¿cómo se puede construir una subjetividad única (pueblo) que sea representada por las instituciones democráticas, particularmente en un contexto marcado por tantas diversidades como el latinoamericano? La figura de pueblo de la modernidad, de cierto modo, va en contra de la diversidad cultural en que vivimos en el continente de la esperanza. Pues, a pesar de que somos afectados por las mismas circunstancias, no podemos desconocer que no compartimos en su totalidad los mismos deseos, miedos, creencias, valores y esperanzas.

El aparente éxito de la democracia moderna se apoyaba en el Estado-nación que permitía crear la idea de soberanía democrática unitaria. Antes, las fronteras definían lo nacional y desde allí había una mayor posibilidad de consolidar la figura de pueblo o nación. Pues antes de los fenómenos de la globalización y de la lógica del mercado, compartíamos en mayor medida el mismo universo subjetivo. Ahora bien, la postmodernidad se caracteriza por un cambio radical de soberanía, se da el paso de la soberanía del Estado-nación a una nueva forma de soberanía ilimitada que, según Negri,

actúa por encima de los Estados-nación como autoridad suprema. La democracia en la postmodernidad no puede apoyarse en el Estado-nación como su fundamento, sino que debe adecuarse a la nueva soberanía imperial. La representatividad propia de la democracia moderna colapsa con el desplazamiento de las fronteras nacionales y el establecimiento de una nueva soberanía.

En el paso al imperio el espacio nacional pierde su definición y las fronteras nacionales (aunque todavía importantes) se relativizan. Incluso los imaginarios nacionales se desestabilizan. Cuando la

soberanía nacional es desplazada por la autoridad del nuevo poder supranacional, el Imperio, la realidad política pierde su dimensión, y en esta situación se hace cada vez más clara la imposibilidad de representar al pueblo, y el mismo concepto de pueblo tiende así a evaporarse.140

Concebir una representación a nivel global es hoy en día una tarea completamente ficticia. La soberanía imperial que actúa a través de la lógica del mercado no tiene el propósito de representación, por el contrario, su intención es ejercer cada vez más el dominio con sus dispositivos de control. Para la soberanía capitalista la representación popular va en contra de su propia naturaleza que, en definitiva, consiste en restringir al individuo al ámbito del consumo.

Con la llegada de la postmodernidad la pretensión de una soberanía popular unitaria se va al suelo, debido a la creciente complejidad de nuestras sociedades. La naturaleza de la democracia se encuentra totalmente alterada por los recientes cambios, como el proceso de globalización y el avance de la lógica del mercado como fuerza reguladora del espacio social. La democracia moderna se sustentaba antaño en nociones básicas como soberanía popular, representación, participación, interés general o voluntad colectiva, sin embargo, nos damos cuenta de que dichas nociones se deterioran con las recientes megatendencias. Los antiguos símbolos de este sistema no son compatibles con la complejidad social ocasionada por el imperio. Por tal motivo, para que los nuevos símbolos permitan una mayor inteligibilidad sobre la complejidad actual deben ser construidos a partir de este orden macizo y distante.

140 NEGRI, Antonio.

Con la globalización la democracia no cuenta con un mundo compartido de valores, normas y hábitos, sino que ahora encontramos un amplio panorama de experiencias. El contexto actual no posee lazos de cohesión social fundados en los mismos valores y creencias. ¡No compartimos el mismo mundo de la vida! Así, ya no tiene sentido hablar de una democracia donde ni siquiera haya un interés en común. La democracia moderna no se encuentra en capacidad de dar cuenta de los nuevos retos. “Las identidades colectivas se fragmentan a la par con la disgregación de los valores y hábitos, las creencias y experiencias que estructuraban la trama social”.141

En lo que se refiere a la democracia, también encontramos mucha similitud entre Hardt, Negri y Lechner, ellos están de acuerdo en que no tiene sentido insistir con la democracia moderna en un mundo completamente distinto como el nuestro. No podemos continuar atados a la democracia moderna como si fuera algo dado e inmutable. La democracia representativa de la modernidad no es la meta final del proceso democrático, sino que es apenas el inicio de un largo camino. El desencanto de nuestros días en relación con la democracia se deriva de la falta de actualización de la misma. Estamos insistiendo en una democracia irrealizable en el contexto contemporáneo. Definitivamente todos los símbolos democráticos, como la soberanía popular, las instituciones representativas, la deliberación ciudadana y otros, se vuelven obsoletos.

Los mitos y símbolos, las imágenes y liturgias que movilizaban y cohesionaban las creencias de gobernados y gobernantes en torno a ciertos principios básicos como soberanía popular, representación política, deliberación ciudadana, opinión pública, pierden eficacia y dejan al desnudo

el “juego democrático”. En este sentido, vivimos una época de desencanto; desencantamiento que no

se refiere tanto a la frustración de determinadas expectativas acerca del funcionamiento del régimen democrático como al desmoronamiento de las representaciones simbólicas que sustentaban la democracia. La democracia pierde su aura mediante la cual apaciguaba y domesticaba las

incertidumbres ancestrales acerca del orden colectivo.142

Esta desafección actual con respecto a la democracia radica en su misma concepción moderna. El filósofo norteamericano John Dewey encuentra el problema en

141LECHNER, Norbert. “¿Por qué la política ya no es lo que fue?..., p. 12. 142 LECHNER, Norbert.

el hecho de que no pudimos avanzar en el proceso democrático justamente por haber entendido la democracia como la tierra prometida. El problema de la democracia es antes que todo conceptual.

Si enfatizo que la tarea sólo puede ser emprendida por medio del esfuerzo inventivo y de la actividad creativa, ello es en parte porque la profundidad de la crisis actual se debe, en una parte considerable, al hecho de que, por un largo período, actuamos como si la democracia fuese algo que se