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¿Cuál es el factor en virtud del cual nos encaminamos a la nega- ción de la voluntad? Una cierta concepción de lo real –de una natu- raleza distinta de aquella otra sometida al principio de razón sufi-
23 WWV, IV, E, 48, II/3, 698. La noción de Sansara y su coincidencia con el mun- do tal y como es concebido por Schopenhauer queda ilustrada por un pasaje recogi- do en el segundo volumen de los Parerga en el que se menciona una justicia eterna que gobierna todas las cosas dando a la vida del hombre los padecimientos que propician su purgación: “Si se observa, como aquí sucede, la maldad humana y se queda horrorizado ante ella, hay que lanzar la mirada sobre la miseria de la existen- cia humana, y si de nuevo uno se espanta, se debe volver sobre aquélla; se verá que se mantiene un equilibrio, la justicia eterna, pues se advierte que el mundo mismo es su propio tribunal, y se comprende que todo lo que vive ha de expiar su existencia, primero en la vida y después al morir. Coincide el malum poenae con el malum
culpae. Desde el mismo punto de vista se pierde la indignación sobre la incapacidad
intelectual, que nos repugna en casi todos. La miseria humana, nequitia humana y la
stultitia humana, corresponden completamente al Sansara de los budistas y son del
mismo tamaño; pero si las observamos especialmente, parece que exceden en tama- ño a los otros dos; pero eso es ilusión y consecuencia de su tamaño natural.
Todo anuncia este Sansara: moralmente predominan en la humanidad maldad e infamia, e intelectualmente incapacidad y necedad. Sin embargo, aun esporádica- mente y sorprendiéndonos siempre aparecen la honradez, la bondad y hasta la gene- rosidad, así como la gran inteligencia del genio que piensa, el genio. Nunca desapa- recen por completo; brillan cual puntos luminosos en las extensas sombras. Debe- mos comprenderlo como garantía del principio bueno y salvador del Sansara, que puede irrumpir llenándolo todo e inundándolo todo”. PP II, VIII, § 114, 232s. Es la última parte de esta cita un pasaje que da mayor fuerza al argumento defendido por mí en el epígrafe anterior acerca de ciertas ocasiones que Schopenhauer presenta para advertir la posibilidad de lograr la salvación.
ciente– que revela la unidad y la unicidad del ser del mundo y su condición, y que propicia la posibilidad de la cesación de la volun- tad, esto es, de la salvación (Erlösung). “La voluntad de vivir – afirma Schopenhauer– no puede ser suprimida más que por el cono- cimiento”25.
En un entendimiento semejante tienen su origen “la bondad per- fecta y el amor a la humanidad por hacerles reconocer como propios los dolores del mundo entero”26. Tal revelación –advierte el filósofo
de Danzig– sólo es alcanzada por propio impulso por muy pocos hombres: los elegidos y los santos27. La asunción de los dolores
ajenos en virtud de la penetración del mundo –sólo posible tras la emancipación del principium individuationis– funda una vía de sal- vación.
Otro camino, el seguido por la mayor parte de los hombres, lleva a la renuncia después de sufrir el dolor y la pena en sí mismo28. Así,
el hombre se acrisola por medio del padecimiento, se purifica de todo lo que no le conviene, extingue sus propias inclinaciones, ani- quila la individualidad y, expresándolo con un cierto tono budista, se absorbe en el todo29.
De este modo la aflicción produce el entendimiento que revela a la voluntad su antagonismo y le conduce a negarse a sí misma. Este
25 WWV, IV, § 69, I/2, 474; cfr. WWV, IV, § 60, I/2, 390.
26 WWV, IV, § 68, I/2, 464; cfr. WWV I, § 68, 470s. Abolida la diferencia Scho- penhauer sostiene que “todo amor ajgavpe, caritas) es compasión”. WWV, IV, § 66, I/2, 443. A estas consideraciones está consagrado el epígrafe 67 del volumen prime- ro de El mundo como voluntad y representación.
27 Cfr. WWV, IV, E, 49, II/3, 734.
28 Ibidem. Schopenhauer ilustra este camino de salvación refiriéndose a la historia de Margarita en el Fausto de Goethe. Cfr. WWV, IV, § 68, I/2, 464. Menciona asimismo cierto artículo escrito por Matthias Claudius incluido en el Mensajero de
Wandsbeck que cuenta también la profunda conversión de un hombre. Cfr. WWV,
IV, § 68, I/2, 466.
29 Cfr. WWV, IV, § 68, I/2, 464. Schopenhauer defiende el efecto purificador del dolor, que santifica al hombre al empujarlo a negar la voluntad de vivir. La muerte, por ser el mayor de los dolores, tiene aquélla misma virtud en grado sumo. Acerca de la muerte, como el trance en que se descubre y se manifiesta la naturaleza de la vida y se toma la decisión de afirmarla o negarla, y de la vejez como la edad en la que –en algunos casos–, por la desazón de la voluntad, se alcanza el conocimiento profundo de la significación de la existencia y se rechaza o bien –en otros– el deseo se refina mediante la astucia y la sagacidad, cfr. WWV, IV, E, 49, II/3, 732ss.
es el sentido que Schopenhauer atribuye al dolor: la desazón de la voluntad que hace posible la revelación del mundo, la conversión de nuestro ser y por tanto, la integridad del ánimo y la bondad de la vida “y al contrario, –percibe el de Danzig– los goces y las satisfac- ciones de la tierra como un sendero que nos aleja de la salvación”30.
Una vez negada la voluntad se adquiere el estado de resignación absoluta o lo que Schopenhauer denomina enfáticamente santidad: una suerte de serenidad imperturbable y cierta alegría ante la llegada de la muerte, pues no se ve en la propia voluntad sino el origen de lo terrible31. Ahora bien, todo fruto de la abolición de la individualidad,
de la superación de la inclinación por lo agradable y la repugnancia ante lo desagradable, del detenimiento del flujo de los humores, lejos de conducir a la indiferencia, lleva al martirio o a la ascesis.
Schopenhauer, en virtud de su convicción, de cuño luterano, de una voluntad originalmente manchada, cuyas obras no pueden ser causa de su redención, y de la concepción de la naturaleza como vaho del querer, propone como propiciadora de salvación la accción de una inteligencia extraordinaria y singular, cuya actividad no se poduce según las leyes de la naturaleza.
Para el de Danzig las buenas acciones son el vislumbre de un cierto conocimiento que ha superado el principio de razón suficiente y que por tanto atisba la negación de la voluntad de vivir. La inteli- gencia esclarecida da la certeza de que el querer que alienta en cada ser es idéntico al de todos los demás, lo cual es ya señal de la libera- ción del error y dispone para la auto-negación32.