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El Pipa es el primer personaje hallado por los prófugos Cova y Alicia. Es un truhan de las llanuras, que como se mencionó tiene la capacidad de sobrevivir de acuerdo a lo que el entorno le exige o le motiva. Lo que llama la atención es su posición como Comisario de un pueblo. En palabras del mismo Pepe Morillo se le ha acusado de robar ganado y le dieron el pueblo por cárcel, se le nombró con tal envergadura. Su condición de protegido del alcalde le hizo acreedor de tal nombramiento:

Tengo el inconveniente de que me achacan el robo de una novilla y me trajeron preso, pero mi padrino me dio el pueblo por cárcel; y luego, a falta de Comisario, me hizo el honor a mí. Yo me llamo Pepe Morillo Nieto, y por mal nombre me dicen Pipa. (Rivera, 2006, p. 85).

Esta situación con el Pipa hace pensar en las incoherencias administrativas que rigen las zonas periféricas del país y de la corrupción que domina la gestión política y administrativa. Los nombramientos a cargos gubernamentales responden a prácticas como el clientelismo, favorecimiento de intereses individuales y demagogia. Estos comportamientos políticos no son exclusividad de la sociedad urbana, ya que también corresponden a la sociedad rural que habita el paisaje natural colombiano, como lo expresa la novela. Además, al parecer, no hay mecanismos de control tanto para nombrar cargos públicos, como realizar seguimientos del desempeño individual. Estas prebendas perpetúan un status quo donde en zonas rurales permiten el mantenimiento del sistema de castas de la sociedad tradicional.

Sin embargo, la figura del Pipa, que inicialmente funciona como ayudante de Cova, se constituye como un agente que inquieta el orden social. En El Pipa, lo que es fuera de la ley se torna en el hábito y la forma para hallar soluciones económicas. Encontrar proyectos de vida particulares, donde se elija lo dignificante se torna en una contradicción en un país que pareciera no ofrecerlas. Es obvio que la falsificación, el hurto y la delincuencia son resultantes de la inestabilidad económica y la falta de posibilidades, lo que obliga a buscar recursos ilegítimos e ilegales. Es así que aparece una situación que colinda con los problemas identatarios de la axiología colombiana: buscar y hallar alternativas indebidas.

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De la misma manera en el ámbito de la seguridad pública, aparece el Jefe de la Gendarmería, el general Gámez y Roca. Tal encuentro que sucede en Villavicencio y es significativo porque es la entrada a un universo políticamente inestable. Gámez y Roca es el primero que reconoce a Cova como poeta y este hecho contrasta con la forma como comporta el sujeto. Gámez y Roca conoce o por lo menos está al tanto de los movimientos literarios del centro del país y tiene conocimiento de la poesía creada por el protagonista de La Vorágine, pero cuando el general reconoce a Alicia éste se le insinúa en forma grotesca y atrevida, no sin antes loar los atributos físicos de la compañera de Cova en un retórica figurada y elegante: ―-¡Oh, poeta! Esta chica es digna hermana de las nueve musas. ¡No sea egoísta con los amigos!‖ (Rivera, 2006, p.87). Aparece una referencia a las figuras de la mitología griega. Las musas, hijas de Mnemosine, son las diosas de las artes en el universo antiguo griego, y aquí aparece el referente en la voz de un personaje caricaturesco y chocante. Como es sabido los poemas homéricos fueron lecturas obligadas en la vida de Rivera y fueron sus referentes culturales de mayor incidencia en los procesos de autoconstrucción como escritor y es por eso que el autor Rivera ‗deja escapar‘ facetas de su yo individual en personajes que requieren de una construcción estética que responda a otros niveles de complejidad. No es una presunción moral el creer que un militar no pueda ser un individuo instruido y culto, pero la forma como se erige el personaje no da cabida a que este sea un sujeto ‗dominado‘ por la cultura creando una disonancia discursiva. Por el contrario, su mordacidad y morbosidad evidentes para acercarse a Alicia muestran a una figura militar alejada de actitudes nobles y meritorias; de hecho, Cova lo rotula como un ‗quídam‘ que es un sujeto despreciable. La institución militar representada en Gámez y Roca no infunde respeto ni admiración tanto en el narrador Cova como en aquellos que viven en la región. El General abusa de su poder para pretender físicamente a Alicia y considera que su condición de general lo viabiliza para obtener lo que desea, en este caso Alicia; tal proceder es coherente con la visión que los hombres poseen sobre las mujeres, donde sus relaciones con o sobre ellas son meramente objetuales. Todo encuentro de los prófugos con aquello que colinde o simbolice el estado se torna en una confirmación de bajeza, ineptitud o inexistencia, es decir es un ‗desencuentro‘ entre el ideal político de un estado central, lo vivido por Cova y Alicia pues vienen de la ciudad, y la realidad con que se tropiezan. Luego de la corrupción mostrada con el cargo de comisario de Pepe Morillo,

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aparece la degradación de la institución militar en la voz de Gámez y Roca. Incluso es significativo que lo militar sólo se enuncie en la primera parte de la novela, exactamente en la ciudad de Villavicencio, y luego desaparezca, siendo esta ciudad el portal al Llano y a la Selva. Sin embargo al analizar el sociolecto utilizado por Gámez y Roca éste responde a una figura letrada propia del centro y va a tener muchas similitudes con el estilo discursivo de Narciso Barrera, lo cual se permite inferir que estos personajes provienen del centro y su estilo enunciativo refinado es disyuntivo de las acciones que acometen: uno, tomar por la fuerza a Alicia y el segundo, esclavizar a habitantes de la región, lo que indica que son los del centro quienes explotan, usurpan y desfalcan a la región periférica y se tornan más salvajes y bárbaros que aquellos oriundos de tales terruños.

Luego de encontrar a Gámez y Roca y al Pipa, aparece una de las apreciaciones del protagonista sobre los dirigentes y los grandes capitalistas que dominan el territorio colombiano. Cova dilucida mandatarios, como representantes del estado, inhábiles para desempeñar sus cargos y percibe en ellos una postura que se pueda asociar a la falta de compromiso político para crear y desarrollar un proyecto que unifique al país y dirija a los gobernados hacia una nación igualitaria, justa y progresista: ―¿No resultaban misérrimos nuestros potentados en parangón con los de fuera?‖ (Rivera, 2006, p. 97).

Existe una intención en Rivera que las personas que escuchan las denuncias o velan por los derechos de los ciudadanos sean poco construidas como personajes en la obra para mostrar su poca efectividad con los asuntos del Estado. Uno de estos personajes, el Cónsul para quien van dirigidos los manuscritos de Cova. El texto de Cova es su último proyecto de redención particular y colectivo. Sin embargo, el cónsul no tiene una voz explícita, solo se conoce su existencia porque es nombrado, tal como lo menciona Pope (1980) esa frase final ―Los devoró la selva‖ (Rivera, 2006, p. 385), puede ser enunciada por un funcionario incólume, al que no le importó el proyecto descomunal de Cova. Es la voz final de la ineficacia estatal a quien sus compatriotas no le importan.

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