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El XIX fue un siglo de consolidación de la economía inglesa, la que pasó de la expansión industrial de la producción de consumo a la de producción de bienes de capital y la acumulación de excedentes financieros que permitieron exportar las inversiones hasta los territorios de ultramar a donde llegaban sus cañoneras, dando lugar a la existencia de una nueva clase social de rentistas, ya no de la tierra sino del dinero. Esa expansión fue apoyada en la estabilidad política y gran sentido nacionalista que se vivió con el largo reinado de Victoria I, quien ascendió al trono en 1837 y murió en 1901.

83 La expansión de la industria de bienes de capital y de servicios financieros fue impulsada además por aquello países que decidieron industrializarse y por tal razón demandaban tanto bienes de capital como recursos financieros. Así Inglaterra se convirtió en el taller y el banco del mundo. Todo esto fue acompañado por un proceso de concentración de la propiedad productiva y financiera.

Otro cambio notable fue el paso de la explotación extensiva –más horas de trabajo y menos salarios- a una explotación intensiva soportada en el cambio técnico acumulado desde la revolución industrial. En efecto, desde la década de 1840 se inició la costumbre de establecer semanas de trabajo de cinco y medio días, algo que se volvió oficial hacia 1860. También apareció la necesidad del trabajo calificado que sólo se podía retener mediante mejoras en los salarios y en las condiciones de trabajo, algo que indujo a la abolición de la ley del Señor y el Sirviente en 1875. Las mejoras salariales indujeron además una expansión de la demanda de bienes de consumo masivo y de bienes durables. La reforma electoral de 1867 amplió el derecho al voto para incluir a la clase obrera. La situación social tuvo tal avance que incluso Federico Engel se quejó del ―aburguesamiento‖ de la clase obrera.

El pensamiento económico se había consolidado a partir de los trabajos de Ricardo (1817), un hecho que no fue opacado por John Swart Mill quien no había logrado un avance que le permitiera exponer un sistema de pensamiento; las mentes europeas tampoco estaban dispuestos a evaluar la diferencia entre la ciencia aplicable a una potencia como Inglaterra y la necesaria para desarrollar países atrasados, tal como lo exponía Friederich List y se había aplicado en Estados Unidos bajo la dirección de Alexander Hamilton (promoviendo el mercado interno y regulando el externo). Tampoco estaban dispuestos a discutir las propuestas de los socialistas utópicos, quienes andaban preocupados por al desigualdad pero sin producir documentos de fondo. Esta posición estaba acorde con las circunstancias pues el sistema económico imperante era exitoso y parecía ser capaz de superar cualquier dificultad, incluso el reto que implicaba la creciente agitación de la clase obrera que reclamaba una mejor distribución del ingreso.

Así el ambiente europeo liderado por Inglaterra era propicio entonces para que se iniciara una discusión de los fundamentos de la ciencia económica dentro de dos líneas de desarrollo, por un lado aquella cuyo propósito fuera justificar y dar luces al sistema imperante y en expansión, y por otro la que desnudara sus dificultades y vislumbrara una alternativa. Como era de esperarse, ambas partieron del estado en que Ricardo dejó la ciencia económica; Marx tomó la vía de la crítica, mostró la crueldad de la forma como se había llegado al estado de la economía, describió su funcionamiento así como sus puntos críticos y anunció que tal sistema era incapaz de sobrevivir. Fue un ataque de gran profundidad que no podía ser eludido y debía ser enfrentado con argumentos sólidos y sistemáticos.

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La respuesta de la línea de defensa fue extensa y de largo aliento, aunque con resultados a veces contradictorios, pero consistente con el hecho de que la sociedad europea empezaba a vivir una época de abundancia y de predominio. Por esta razón, al igual que la Grecia clásica y la Roma imperial, la respuesta fue de tipo hedonista; en efecto los nuevos autores como Gossen, Jevons, Walras y Menger expusieron la utilidad (el grado de satisfacción) como la fuente del valor, hicieron énfasis en la libertad individual y defendieron el derecho no sólo de exportar sus productos y obtener renta de sus capitales sino también de usufructuar los bienes ajenos existentes más allá de sus fronteras.

Los marginalistas no fueron los primeros en hablar de utilidad, pero sí fueron los primeros en integrar la utilidad en un sistema de pensamiento cuyo propósito era superar las limitaciones de la economía clásica. El hedonismo había sido expuesto y defendido desde 1758 por Claude Adrien Helvetius (1715-1771) con la publicación del ensayo Del espíritu en el que argumentó que todas las facultades humanas incluidas el juicio y la memoria son atributos de las sensaciones físicas, además afirmó que la motivación humana es el interés personal, que no hay elección entre el bien y el mal o lo correcto e incorrecto pues todo se reduce a una elección entre placeres, incluso el sacrificio. Jeremías Benthan (1748 - 1832) por su parte fue el primero que se propuso incorporarlo a las bases de la economía; en efecto, en la Introducción a los principios de la moral y la legislación (1780) propuso el utilitarismo como la base de las reformas sociales.

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