PART II: SCIENTIFIC INFORMATION
TOXICOLOGY Repeat-Dose Toxicity
L A V I D A E S A H O R A
des que cumplimos en el día a día, dejar la sexualidad rele gada al ámbito de lo «espontáneo» es casi como destinarla v a desaparecer.
Tanto mujeres como hombres llegamos al final del día cansados, unos queriendo dormir, otros queriendo sexo. Y aún cuando finalmente llegamos a un momento de acuerdo en el cual tenemos sexo, suele ocurrimos como a Claudia: nuestra cabeza está en cualquier otro lugar. Nuestro cuerpo está aquí, presente junto a nuestro compañero, pero nuestra cabeza divaga muy lejos, pensando en las lentejas que debi mos dejar remojando o en la reunión que tendremos al día siguiente.
Al no estar presentes, la experiencia del momento se em pobrece. Las sensaciones se pierden detrás de tantos pensa mientos, pendientes y «deberías». La novedad y vitalidad del momento se interfieren y diluyen tras el cuento que estamos contándonos en nuestra cabeza. El fatal resultado de esto es que el sexo se vuelve mecánico, rutinario, repetitivo y fome. Como todo lo que hacemos en piloto automático.
Para aclarar este punto, vale la pena hacer una analogía: ¿ha comido usted alguna vez frente al televisor? ¿Cómo se sienten los sabores, las texturas y los aromas? Al parecer, a la mayoría nos pasa que cuando estamos frente al televisor o al computador, con nuestra mente absorta en cualquier otro lugar menos en el sándwich que estamos comiendo, los sabores casi ni se sienten. Nos damos cuenta, con sorpresa, que nuestro plato ya está vacío, ¡y lo peor de todo es que quedamos con hambre! ¿Y cómo no quedar con hambre, si no estuvimos ahí mientras comíamos?
Cuando estamos ausentes nuestra vida se empobrece, se vuelve repetitiva, deslavada, rutinaria, aburrida. Cuando vi vimos de esta manera, siempre quedamos insatisfechos. Por otro lado, ¿recuerda alguna vez haber degustado su comida
M I N D F U L N E S S Y P A R E J A
favorita con plena conciencia? Un chocolate, una buena copa de vino o el manjar más preciado para su paladar: ¿cómo se sentían los sabores, las texturas, los aromas? Intensamente, dirán muchos.
Cuando nos detenemos y llevamos nuestra atención a nuestros sentidos, estando presentes, nuestra vida se enri quece. Podemos sorprendernos descubriendo aspectos nue vos que, de no haber estado aquí presentes, habríamos pasa do por alto. Quedamos satisfechos con lo justo y necesario. No requerimos comer grandes cantidades, ni tampoco bus car sabores nuevos. Basta recordar lo felices y satisfechos que quedamos cuando volvemos a degustar ese rico plato de po rotos, preparado con la receta casera de nuestra infancia. No necesitamos cambiar la receta, sólo nos basta estar presentes para degustarlo una y otra vez.
Sexo con amor (y conciencia)
Hay una gran diferencia entre comer automáticamente que hacerlo con plena conciencia, eligiendo poner nuestra atención a la información que entra por nuestros sentidos. Lo mismo ocurre con el sexo. Cuando estamos tan interferi dos con nuestros pensamientos y distracciones, difícilmente podemos conectar y percibir lo que estamos sintiendo, por que para sentir y disfrutar, primero que todo hay que estar presentes. Suena obvio, pero no lo ponemos en práctica. Día a día dejamos pasar miles de pequeños momentos de disfru te, porque estamos tan ocupados en nuestros cuentos que nos perdemos lo más elemental de nuestras vidas.
En Estados Unidos existe una frase que dice: been there,
done that («ya estuve allí, ya hice eso»), como intentando
explicar la sensación que tenemos cuando hemos hecho tan tas veces lo mismo que ya «sabemos» como será. Creemos que no necesitamos ir a la experiencia nuevamente. Hemos
L A V I D A ES A H O R A
comido manzanas muchísimas veces, por lo que ya sabemos cuál es su sabor y no necesitamos prestarle atención cuando nos comemos una, ¿para qué perder el tiempo?
Lo interesante de esto es que, cuando nos comemos una manzana con plena conciencia, podemos descubrir que nin guna es igual a otra. Cada una trae consigo una experiencia nueva e irrepetible. Algunas son dulces, otras ácidas; algunas son de textura suave y blanda, otras son más fibrosas y fir mes. Algunas se deshacen rápidamente en la boca, mientras que otras requieren de más tiempo en el paladar.
Llevando esta reflexión al ámbito de la pareja, podemos hacernos la pregunta: si tenemos una pareja estable, ¿hemos sentido alguna vez que el sexo se ha vuelto rutinario? A to dos les pasa tarde o temprano, dirá usted. Es como decir: «Ya estuve allí, ya hice eso». Creemos que ya conocemos a nuestra pareja y podemos anticipar cómo será cada paso del encuentro, volviéndolo algo mecánico y aburrido. Mientras tanto, tratamos de aprovechar el tiempo durante el sexo in tentando «resolver» lo que quedó pendiente en el día o, peor aún, fantaseando con otra persona, tiempo y lugar. Después de todo, si ya sabemos cómo va a ser, ¿para qué perder tiem po prestando atención?
Podemos estar convencidos de que lo que necesitamos es innovar, probar nuevas posiciones, nuevos juguetes sexuales o disfraces. Esto está muy bien si tiene el ánimo y la energía para hacerlo, y si esto le ayuda a generar más intimidad y complicidad con su pareja. Pero lo importante aquí es dar nos cuenta de si estamos recurriendo a estos elementos de manera automática, buscando escapar de nuestro aburri miento.
A veces caemos en la trampa de creer que buscando la novedad lograremos sentir algo, sin detenernos a observar y reconocer cuál es el origen de nuestro aburrimiento. Busca
M I N D F U L N E S S Y P A R E J A
mos la medicina sin darnos cuenta de cuáles son las causas de la enfermedad. Entonces podemos dar palos de ciego, porque probablemente gran parte de nuestra desidia se ori gina en el hecho de que nuestra mente está absolutamente en otro lugar. Nos convencemos de que necesitamos cosas nuevas y pirotecnia para regresar por unos instantes al pre sente, porque éste, tal cual es, no nos es suficiente. Necesita mos un juguete nuevo, algo distinto y atrevido, que atraiga nuestra atención, aunque sea por algunos momentos. Y pue de ser que esto funcione por un rato, pero tarde o temprano nuestra mente terminará haciendo lo que hace siempre: se distraerá, desconectándose del momento, por pirotécnico que éste sea.
Lo peor de todo es que nuestra sensación de desco nexión y aburrimiento puede terminar ahondándose aún más, porque nos daremos cuenta de que ni siquiera con el mejor juguete podemos disfrutar. Entonces, pensamos en que nos equivocamos de juguete o de pareja, y partimos en búsqueda de algo nuevo, iniciando así un círculo vicioso sin fin. Seguimos buscando la novedad, sólo para volver a desilusionarnos.
¿Cómo nos podemos dar cuenta de si estamos en este círculo vicioso? Cuando ni siquiera con los disfraces más atrevidos e insólitos usted puede conectarse con su pareja y disfrutar, probablemente ya hemos entrado en él. Si bien estos elementos pueden ayudar a volver más lúdica una re lación algo rutinaria, también es cierto que hay casos en los que sólo sirven para aumentar la distancia emocional. Si los usamos para no reconocer o evadir lo que estamos sintiendo en el momento, pues vale la pena detenerse y prestar aten ción al fondo del asunto.
La búsqueda de novedad puede, incluso, llegar al pun to de querer «innovar» buscando otra pareja. Justificamos
L A V I D A E S A H O R A
la búsqueda incansable de nuevas parejas, dando por hecho que el aburrimiento, la desconexión y el distanciamiento van a suceder sí o sí una vez que haya terminado la etapa de enamoramiento inicial. Pensamos que las únicas alternativas que nos quedan ante este fenómeno inevitable son la resig nación o desesperanza, la infidelidad o la ruptura de la rela ción. Así, caemos en lo que mencionábamos anteriormente: engancharnos en la ilusión de que allá afuera existe alguien con el cual fluiremos en el ámbito sexual sin ningún tipo de esfuerzo. Y seguimos eternamente buscando.
Sin embargo, es importante saber que no estamos desti nados a vivir de esta manera. Existe un camino alternativo, que nos invita a no dar por sentado que la vida en pareja siempre termina de la misma forma: sumida en una rutina frente a la que hay que resignarse.
Mindfulness no es un viagra
La práctica de mindfulness nos abre a la posibilidad de tomar conciencia de las razones por las cuales nos desconec tamos y mecanizamos, pudiendo elegir hacer algo distinto. Este camino nos facilita llegar a ser conscientes de nuestros automatismos, eligiendo cultivar la presencia, conexión e intimidad con nosotros mismos y nuestra pareja. Podemos abrir un espacio para, voluntariamente, traer nuestra aten ción al presente, facilitando una sintonía nueva y cómplice.
Es tentador pensar que la práctica de mindfulness po dría ser una especie de viagra para la relación. «Practique
mindfulness y tendrá un sexo increíble» podría incluso ser el
título de un best seller.
Nuestra mente en automático nos lleva a hacer más de lo mismo. Podríamos atraparnos en la ilusión de que ya no es el viagra, si no la práctica de mindfulness lo que necesita mos para lograr lo que queremos —en este caso, una fan
M I N D F U L N E S S Y P A R E J A
tástica vida sexual. Nos aferramos a la solución de moda, enfocándonos en el logro del objetivo, de la meta que nos hemos propuesto, dejando de lado todo lo demás. Sólo nos preocupa lograr un desempeño excepcional, un disfrute sin límites o el logro de la fantasía que tengamos, sin darnos cuenta de que el intento de solución es justamente lo que agrava el problema. Nunca encontramos la satisfacción en el momento presente, pues estamos cegados, obnubilados y totalmente absortos en la fantasía de alcanzar el «ideal». Es tamos tan encerrados en nuestras ideas y opiniones de cómo debería ser nuestro desempeño, o la perform ance de nuestro compañero, que dejamos de estar presentes en el momento, lo que impide el disfrute.
Qué paradoja, ¿no? Mientras más deseamos disfrutar, menos lo logramos, porque quedamos atrapados en nuestra mente, con el cuerpo disociado, mecanizado, anestesiado. Centrados en el logro final, caemos justamente en profundi zar lo que produce el problema: desconectarnos del presen te, de lo que se despliega aquí y ahora para quedar absortos en el ideal que queremos lograr —y nunca terminamos de lograr.
Es importante reconocer que la práctica de mindfulness no nos invita a aferramos a soluciones mágicas ni a logros inalcanzables. No es un viagra con el cual potenciar rela ciones sexuales alicaídas. Es una práctica que se funda en cultivar la intención de estar presentes en nuestras vidas, sea lo que sea que se esté desplegando en el momento, sin la necesidad de aferramos a un objetivo que alcanzar. Al estar más conectados con nosotros mismos y con el otro, natu ralmente nuestra vida sexual puede enriquecerse. Pero esto es casi un efecto secundario de la presencia, atención y conexión hacia el momento presente, de la sintonía con nuestro cuerpo y con nuestro compañero. Si buscamos el
L A V I D A ES A H O R A
disfrute mientras estamos distraídos en nuestras fantasías o intensamente centrados en el logro de nuestras metas, el dis frute se volverá esquivo y escurridizo.
La posibilidad de disfrutar surge como una consecuen cia natural de la atención, de la conexión y de la sintonía con nosotros mismos y nuestra pareja; no como un objetivo más que agregar a nuestro checklist de logros necesarios para ser felices.
INFIDELIDAD: DE LA CRISIS A LA REPARACIÓN
Ana acaba de enterarse de que su marido ha sido infiel. Lleva quince años casada con Jorge, y ambos coinciden en que se casaron enamorados. Sin embargo, fueron perdien do el entusiasmo inicial con la rutina que se generó por el exceso de trabajo, la llegada de los hijos y las dificultades económicas. Los espacios de encuentro fueron disminuyen do entre ambos, hasta que el único tema en común fue lo relacionado a los hijos y lo doméstico.
Jorge dice que con el paso de los años, se fue sintiendo cada vez menos visto y más dejado de lado por Ana. Según él, ella siempre tenía algo más importante que hacer o resol ver, y él siempre quedaba en último lugar. No sabe explicar cómo comenzó su relación con Paulina, una compañera de trabajo. Al principio conversaban en la oficina y luego en los almuerzos. Poco a poco se fue sintiendo atraído por ella, que lo escuchaba y aconsejaba, hasta que luego de una comida de fin de año del trabajo terminaron en un motel. Si bien el sentimiento de culpa lo embargaba, cada vez que estaba con Paulina no podía dejar de sentirse atraído por ella. Trató de terminar la relación varias veces, pero no pudo.
Ahora Ana se ha enterado de lo sucedido y está devas tada. Se siente traicionada, pasada a llevar, humillada. Está
L A V I D A ES A H O R A
enfurecida con Jorge, a quien cataloga de inmaduro, egoísta y mentiroso. Jorge no quiere separarse de su mujer. Dice que está arrepentido, que ya terminó su relación paralela y que quiere hacer lo que esté en sus manos para recuperar su matrimonio.
Cuando Ana descubrió que Jorge le estaba siendo infiel pensó que moriría. La invadió una rabia intensa. La sensa ción de traición y desilusión fueron muy fuertes. Pensó en la separación. Pensó en sus hijos y en la vida que les quedaba por delante. La invadían pensamientos en los que imaginaba a su marido siéndole infiel: «¿Cómo será esa mujer? ¿Será más joven? ¿Más atractiva? ¿Será mejor en la cama que yo? ¡Lo odio! ¡Cómo pudo hacernos esto!».
La infidelidad puede ser una experiencia devastado ra. Quienes la han vivido podrán reconocer que las sen saciones de traición, de dolor y de desconfianza son muy fuertes. Es común que entre las personas engañadas surjan pensamientos muy potentes e intrusivos —que aparecen con mucha frecuencia, en cualquier momento del día—, relacionados con todo lo que la pareja pudo haber sentido y hecho con el «otro». Por eso la infidelidad es una de las principales causas de separación. Sin embargo, hay pare jas que deciden no divorciarse, sino tomar esta experiencia como una crisis mediante la cual pueden aprender y sacar algo en limpio.
Sea lo que sea que decidamos hacer, lo primero será dar nos un tiempo para detenernos y reconocer lo que estamos sintiendo. Tal cual, sin maquillar nada. El golpe que hemos sentido ha sido fuerte y es necesario parar.
Muchos quizás elegirán taparse de actividades o vida so cial con tal de no sentir lo que está pasando. O peor: pode mos buscar rápidamente una nueva pareja para «pagar» ojo por ojo, diente por diente, o porque pensamos que un clavo
M I N D F U L N E S S Y P A R E J A
saca a otro. Dejarnos llevar por estas reacciones sólo profun dizará nuestro sufrimiento y el de quienes nos rodean. Encerrados en una trinchera
A partir de una infidelidad podemos caer también en una guerra de trincheras. Cada uno encerrado en su bastión, en una guerra ciega, pues en nuestra vista nunca aparece el otro. Estamos enfocados únicamente en defendernos, reac cionando automáticamente ante las balas y bombas que nos llegan. En este caso, estamos en un estado de hiperalerta, to talmente enfocados en el daño que nos hicieron y continúan haciéndonos. Tenemos muy claras las acciones, palabras, omisiones mediante las cuales el otro nos daña, atribuyén dole las intenciones más nefastas. Es como si literalmente es tuviéramos en un agujero oscuro, sin posibilidad de ver nada más que los disparos que nos llegan. No tenemos ninguna posibilidad de ver al otro ni a nosotros mismos.
Es interesante notar que en la historia de la humanidad, muchas veces las guerras de trincheras se han mantenido aún cuando la guerra formalmente ya ha terminado hace semanas. Los soldados, en medio de la nada, han seguido peleando incluso cuando ya no hay nada por lo que pelear. Algo similar ocurre en las peleas de parejas. A veces entra mos en una dinámica destructiva, que se instala a partir de algún conflicto y que se perpetúa en el tiempo aun cuando ya no recordemos la razón original por la cual comenzamos a pelear.
En el caso de la infidelidad, podemos llegar a pensar que sí tenemos razones para seguir peleando toda la vida. Sin embargo, aun cuando éste es un hecho sumamente doloro so, puede ser todavía más dolorosa y dañina la guerra que se puede generar y mantener por muchos años a partir de ese hecho, sobre todo si hay hijos de por medio.
L A V I D A ES A H O R A
Lo importante es reconocer que es posible hacer algo distinto. Por un lado, podemos ampararnos en la idea de que el otro es la peor persona que existe y que todo lo que hace tiene como objetivo dañarnos. Podemos quedarnos encerrados en nuestra trinchera para siempre, centrando nuestra vida entera en reaccionar rápida y destructivamente ante las bombas que nos llegan. O bien podemos hacer algo diferente, algo realmente insólito: en vez de enfocar nuestra atención en las balas que nos llegan, podemos empezar a prestar atención a las que nosotros lanzamos. ¿Cuál es nues tro tono de voz al hablar, nuestra postura corporal, nuestra actitud e intención final? ¿Será que nuestro tono, postura y actitud pueden estar generando dolor en el otro? ¿Será qui zás posible que lo que nosotros estamos haciendo esté con tribuyendo de alguna manera a que el otro haga lo que está haciendo?
Para que exista una guerra tienen que haber al menos dos. Una excelente estrategia para salir del estado de guerra es detenerse y observar. Si uno de los dos centra su energía en reconocer lo que está aportando al conflicto, surge un tre mendo poder en él, porque mediante críticas, balas y bom bas es imposible hacer cambiar al otro, reparar una relación o resolver el conflicto.
La posibilidad de reparación y de cambio sólo es posible cuando tomamos conciencia del poder que tenemos en la relación, y eso se logra prestando atención a lo que cada uno hace y dice. ¿Qué es lo que yo aporto a esta relación? ¿Qué estoy haciendo que puede estar perpetuando el conflicto? Esto sólo se puede lograr si nos detenemos y reconocemos la emoción que hay detrás de nuestras ganas de tirar la bomba.
Podemos darnos el tiempo para acoger nuestra rabia, rencor, desilusión, tristeza. Podemos hacer una pausa y dar nos el tiempo suficiente para decantar nuestros sentimientos
M I N D F U L N E S S Y P A R E J A
antes de decidir lo que tenemos que hacer. Podemos validar que nos sentimos heridos, rabiosos, desilusionados, y al mis mo tiempo, darnos cuenta de que mantenernos en estado de guerra nos desgasta, nos hace sufrir, nos daña aún más. Lo que necesitamos para sanarnos es espacio, tiempo y paz sufi ciente como para poder decantar lo ocurrido y luego decidir lo que haremos con conciencia.
Cuando la intensidad de nuestras emociones es tan fuer te, lo mejor es que invirtamos nuestra energía en reconocer y acoger lo que nos está sucediendo. Más adelante podremos tomar las decisiones, cuando exista más espacio y claridad en nuestra mente. Lo mejor es abstenernos de actuar por unos momentos, para no seguir aumentando el dolor, el sufri miento, el desencuentro.
Esto puede ser sumamente difícil de lograr a solas. Cuan do estamos solos, somos presa fácil de nuestras emociones, que pueden fluctuar desde el miedo paralizante a la rabia más destructiva. Por eso, en esta fase podemos darnos cuen ta de que necesitaremos ayuda o compañía. Las emociones suelen ser muy fuertes y los pensamientos muy repetitivos e