4. Stratigraphy
5.4 Trachytic stratigraphic sequences from different localities
Siempre que se trata de establecer en forma experimental, por medio de qué se ha bloqueado el camino al orar en un caso particular, examinamos minuciosamente si han existido costumbres arraigadas de formas de pensar, a cuyo cambio el Yo inferior se ha opuesto. Si uno examina sus reflexiones honestamente y con buena voluntad, está totalmente en condiciones de contestar solo ese punto, por cuanto los bloqueos se pueden determinar más fácilmente que los recuerdos vagabundos y complejos.
En el ofrecimiento de la oración HUNA, el bloqueo que más frecuentemente se ha presentado, es que no se ha sentido ningún tipo de emoción en el momento en que debería haberse alcanzado al Yo superior. De nuestros estudios acerca de la creencia de los Kahunas, sabemos que allí donde no se muestra ni la más mínima huella de entusiasmo, miedo o amor, es decir, donde no se percibe ningún tipo de reacción emocional – el Yo inferior fracasa en su colaboración. Recordemos que el Yo inferior produce con su trabajo emociones de un tipo o de otro. Es aquella sensación que brota con efervescencia y que habitualmente suponemos que se origina en la consciencia, en el Yo medio. Nos decimos silenciosamente a nosotros mismos “esto deseo tener o hacer”. O decimos: “Esto no deseo”. Todos los deseos o aversiones están matizados emocionalmente de algún modo, ya que de lo contrario se trataría en gran parte de acciones automáticas. Cada emoción tiene su origen en el Yo inferior.
La atención se puede equiparar con las emociones. Si el Yo inferior está interesado, hará con gusto lo que hay que hacer. Tal vez incluso se deje influenciar tan fuertemente por la importancia del asunto, que también realice labores desagradables y difíciles con concentrada atención y entregue lo mejor de sí, desde el principio hasta el final, para terminarlas.
Es difícil especificar las sensaciones que surgen del Yo inferior, cuando éste realiza en forma incondicional su parte en un trabajo o proyecto. Al jugar, éste muestra una mezcla de entusiasmo, alegría y atención. También tal vez se agregue el espíritu de competencia o la voluntad de perseguir, cazar o de repeler exitosamente ataques de otros.
Si al orar no se presenta ningún tipo de sensación, eso indica que el Yo inferior no colabora. Pero diferentes amigos de la HRA han tenido sensaciones débiles, que indicaban la actitud de sus Yoes inferiores: Así, por ejemplo, un miedo indefinido o una aversión que se presenta repentinamente; muchas veces ha aparecido el convencimiento de que “nada tiene sentido”. En otros casos igualmente frecuentes, se ha tenido menos que ver con una sensación que con la incapacidad de hacer que la atención del Yo inferior se fije en lo que se ha deseado. La atención parecía escaparse, y al mismo tiempo entraban otros pensamientos en la consciencia – por ejemplo, el recuerdo de trabajos urgentes o cosas que se hubieran querido hacer. Era interminable la cadena de disculpas que planteaba el Yo inferior, para no tener que trabajar. De pronto se sentía la urgencia de llamar por teléfono a un amigo o de preocuparse de que en la cocina o en la oficina algo no estaba en orden. Un miembro de la HRA constató que casi siempre que quería inducir al Yo inferior a producir el contacto con el Yo superior, aparecía una intensa picazón que distraía la atención. El Yo inferior demostraba ser extremadamente ingenioso y hábil en evasión. En el empeño por examinar a fondo las dificultades y averiguar por qué el Yo inferior dejaba de cooperar, los miembros de la HRA hicieron los más diversos experimentos. Se encontró que lo mejor es cuando se conversa con el Yo inferior por medio del péndulo. Miembros que se habían tomado suficiente tiempo para conocer bien a sus Yoes inferiores, obtuvieron importantes informaciones a través de un simple juego de preguntas con el péndulo. Después de haber establecido la convención acerca del significado de las oscilaciones del péndulo, se hacían
preguntas que el péndulo tenía que contestar con “sí”, “no” o “indefinido”. A raíz de tales investigaciones, se tomó conocimiento de que la dificultad principal consiste en que ciertas creencias características bloquean en el ilógico Yo inferior la voluntad o la disposición para colaborar en la realización de la oración.
Una amiga de la HRA se enteró, después de muchas preguntas de ese tipo, por qué tenía dificultades tan grandes con la oración para la sanación de una dolencia. Descubrió que su Yo inferior no quería transmitir la oración, porque le parecía sin sentido. El Yo inferior fundaba esa convicción en que muchas oraciones de tipo normal no habían tenido éxito. Esa obstinada opinión del Yo inferior combatía la confianza que el Yo medio había obtenido entretanto hacia la oración HUNA.
Afortunadamente se puede convencer al Yo inferior con argumentos y persuasiones razonables, en caso de que ninguna fijación grave bloquee el camino. En este caso la dama encontró el modo adecuado. Regresó hasta su infancia y hasta la creencia en Dios que le habían inculcado y luego creó cuidadosamente las bases para una nueva actitud hacia la oración y para una creencia de mayor fuerza y profundidad. El informe que recibí al respecto, era una conversación sencilla y muy personal con el Yo inferior:
¿Sigues creyendo en Dios? (El Yo inferior contestó por medio del péndulo) – Sí. Eso está bien. ¿Entonces crees también que Dios puede escuchar oraciones? – Sí. (Se recordaron diferentes casos de oraciones escuchadas).
¿Te acuerdas lo alegres y agradecidos que estábamos por eso? – Sí.
¿Piensas que deberíamos rezarle a Dios a través de nuestro propio Yo superior? – No. ¿Pero sabes tú que nosotros tenemos un Yo superior? – Sí.
¿Pero crees que deberíamos orar directamente a Dios? – Sí.
¿Piensas eso porque se nos ha enseñado así cuando todavía éramos pequeños? – Sí. ¿Crees que tendríamos que rezarle a Dios a través de Jesús? – Sí.
¿Percibes a Dios cuando oras? – No.
¿Lo percibes cuando oras a través de Jesús? – Sí.
¿Produces a menudo el contacto con el Yo superior? – Sí.
¿Qué diferencia existe entre el contacto con Jesús y el contacto con nuestro Yo superior? - Indeterminado.
Naturalmente no conoces la diferencia. Todas las oraciones se dirigen hacia el Cristo en nosotros, en el que te han enseñado a creer. Pero ese es el Yo superior. ¿Entiendes eso? – Indeterminado.
Te lo explicaré. Escucha bien. (Entonces siguió una descripción minuciosa y convincente del hecho que el Yo superior es para cada uno de nosotros comparable con el Cristo en nosotros y que solamente ese Yo superior le puede llevar las oraciones a Dios, si es necesario). ¿Comprendes ahora que tenemos que formar el contacto con el Yo superior y que tenemos que entregarle nuestras formas de pensamientos o imágenes de las cosas por las que oramos? – Sí. ¿Estás entonces dispuesto ahora a tomar contacto con nuestro Yo superior, a enviarle Mana a través de la cuerda-Aka conectora y al mismo tiempo las imágenes de las cosas que pedimos en la oración? – No.
¿Crees entonces que pedimos algo equivocado? – Sí. ¿Crees que pedimos demasiado? – Sí.
¿Pedirías por nuestro pan diario? – Sí.
¿Pedirías también mermelada para el pan? – Indeterminado. ¿Crees que no merecemos mermelada? – Sí.
¿Crees que merecemos una sanación? – No.
¿Crees que solamente se debería pedir sabiduría, de acuerdo con las palabras: Busca primero el reino de los cielos y el resto llegará por añadidura? – Sí.
¿Crees eso porque se nos ha enseñado así cuando éramos jóvenes? – Sí.
¿Crees que es erróneo decir en la oración cuáles cosas desearíamos tener aparte de sabiduría y dones espirituales? – Sí.
Ahora comprendo, tú estás todavía apegado a la antigua forma de pensar a la que estábamos acostumbrados en nuestra niñez. Pero existe una nueva y mejor forma de orar; yo creía que tú habías puesto atención y la habías comprendido. Ahora díme ¿te gustaría entonces tener mermelada para el pan? – Sí.
¿Crees que Dios nos pueda dar mermelada y pan? – Sí.
Pero tú dices que no merecemos la mermelada. ¿Quieres decir con eso que somos tan corruptos y malos, que sólo merecemos castigo? – Indeterminado.
¿Crees que estar enfermo es un castigo que merecemos? – Indeterminado.
¿Quieres que deje de comer, que todo el tiempo ayune y ore hasta que nos muramos los dos? – No.
¿Deseas que yo me enferme tanto, de modo que nos muramos? – No. ¿Crees que Dios solamente tiene amor para nosotros? – Indeterminado. ¿Crees que Dios es el amor? – Sí.
Entonces ahora regresas nuevamente a lo que aprendiste en la juventud. Ahora escucha con mucha atención. Voy a repasar una vez más todo en detalle contigo. Yo sólo te digo la verdad y te explico lo que hemos aprendido adicionalmente en el último tiempo (continúa entonces una explicación muy minuciosa).
Esas explicaciones son para aclarar el tipo de pregunta que hay que utilizar, cuando formas de pensar acostumbradas y tendencias del Yo inferior ocasionan el bloqueo. Tales preguntas e instrucciones se tienen que continuar la mayoría de las veces en varias sesiones, antes que desaparezcan las dificultades y el Yo inferior se convenza de los nuevos puntos de vista. En el caso anterior, los esfuerzos tuvieron éxito. Se logró finalmente efectuar las oraciones en forma correcta y éstas se cumplieron.
Entre otras cosas, los amigos de la HRA encontraron en aquellas conversaciones con sus entes- Yo inferior, una serie de otros motivos de por qué los Yoes inferiores muchas veces no colaboran en las acciones de oración. Por ejemplo:
(1) La sensación de no merecer ayuda, si no se reza también por otras personas y se les ayuda a obtener lo que necesitan.
(2) Miedo de Dios y del Yo superior. Éste se basa habitualmente en sentimientos de culpa, de falta de merecimiento o vergüenza (la causa de ese miedo se puede haber originado en la niñez y con el transcurso del tiempo se puede haber transformado en una forma de pensar acostumbrada y en una forma de comportamiento arraigada).
(3) En un caso, la negativa de cooperar en la oración era ocasionada por la fuerte aversión frente a un pariente ultradevoto, que había forzado a la persona en referencia a ciertas conductas estrictamente religiosas en su juventud.
(4) Una indefinida sensación general de miedo, que aparece en primer plano, cuando en el momento de formar la oración se está deprimido por necesidades, carencias y enredos del área social y del medio ambiente. A causa de esas aflicciones internas era casi imposible encontrar la tranquilidad y la “devoción” que es necesaria para una completa acción de oración.
(5) Pereza del Yo inferior. Éste a veces no quiere esforzarse en ayudar al Yo medio con sus deseos. En un caso difícil, se llegó a una negación completa de la vida. En otros dos casos, la dificultad se basaba en recuerdos de experiencias anteriores, donde a pesar de largos e intensos esfuerzos por corregir los líos y las relaciones sociales, no se tuvo éxito. Aquí primero se tuvo que despertar nuevamente el deseo de vivir, con cierta ambición y con la renovación de la confianza en el Yo superior, antes de que se pudieran efectuar nuevos experimentos para el desarrollo y el progreso. En un caso el Yo inferior se mostró desinteresado en la oración, porque
vio venir hacia él, como posible consecuencia de ésta, el enorme trabajo de tener que seguir tratando que la oración se cumpla por completo. Es decir, el Yo inferior estaba convencido de que lo solicitado en la oración no tenía suficiente valor como para hacer ese trabajo.
(6) El deseo de seguir viviendo con los antiguos sentimientos de odio y aversión, en vez de dejarlos, ofrecer la oración y despejar el camino.
(7) La sensación de tener que prescindir, en caso de conseguir la sanación solicitada, de los amorosos cuidados de los parientes, y verse obligado a asumir nuevamente la propia responsabilidad que había sido suspendida a causa de la enfermedad.
Resultó que las creencias y los pensamientos acostumbrados jugaban un papel mucho mayor que lo que hasta ese momento se había supuesto. En casi todos los casos el Yo inferior tuvo que ser reeducado en gran medida y se tuvieron que corregir antiguas formas de pensar acostumbradas, que el Yo medio ya había superado hacía mucho tiempo.
En el intento por corregir antiguas creencias religiosas dogmáticas, se constató que el Yo inferior confía en gran medida en las palabras escritas. Tal como en la escuela, también ayudaba en este caso, la continua repetición, revisión y disciplina estricta, para eliminar las antiguas ideas, por medio de las cuales estaba bloqueado el trabajo. Enormemente importante resultaba ser leer una y otra vez textos adecuados, sobre todo aquellos capítulos de mi libro “Conocimientos secretos detrás de milagros” o aquellos boletines de la HRA en los que se explicaba la doctrina HUNA en forma clara y lógica, o también otros textos que tuvieran una orientación semejante de pensamiento y de creencia. La lectura reiterada de las explicaciones de la doctrina HUNA entregadas en algunos pasajes de la Biblia, era especialmente convincente, porque al Yo inferior ya se le ha inculcado tempranamente que los textos bíblicos hay que aceptarlos sin preguntar. La lectura de aquellos pasajes de la Biblia que tratan de las antiguas doctrinas secretas, también ayudaban al Yo medio a diferenciar claramente entre lo que había sido real y original y los dogmas que habían sido agregados, puesto que en la Biblia se expone mucho acerca de HUNA. Hay que hacerse el hábito de creer solamente en las palabras auténticas de Jesús del Nuevo Testamento, ya que después de su muerte se inventaron muchas teorías dogmáticas y se agregaron al texto original, tal como nuevos ritos y doctrinas que – al igual que las antiguas interpretaciones erróneas del sacrificio de sangre – evidentemente sólo servían para impresionar a la gente y darles más énfasis a las doctrinas. Que eso parece haber sido necesario en general, tiene tal vez como fundamento que la propagación de la doctrina HUNA y la designación de nuevos instructores, o se habían detenido, o que a pesar de haber instructores adecuados, la gente de aquel entonces simplemente no podía comprender todavía la nueva doctrina.
Casi cualquiera que haya crecido en círculos cristianos, puede constatar que en su interior existen creencias dogmáticas a las que todavía se aferra su Yo inferior, cuando el Yo medio ya se ha deshecho de ellas hace mucho tiempo. Muchas de esas personas saben que sus Yoes inferiores, con sólo pensar en dudar de los dogmas religiosos normalmente aceptados, son atacados por temores (eso puede conducir finalmente a la superstición). Si se quieren modificar antiguas creencias que aún sobreviven, resulta más fácil hacerlo aclarando los núcleos de verdad ocultos en éstas, que tratando de rebatirlas rotundamente. Si el Yo medio está convencido, éste debe entonces instruir minuciosamente al Yo inferior, como si se tratara de volver a aprender de memoria una larga poesía que ha sido escrita equivocadamente y en la que se tienen que aprender de nuevo algunas líneas.
En algunos que no avanzaban con el trabajo de oración, parecía haber un bloqueo por medio de egoísmo, codicia o intolerancia, que las personas no podían reconocer. No se podía hablar con ellos de esas cosas, sin ofenderlos gravemente. Una actitud así, hacía manifestar a veces un inesperado comentario, como por ejemplo: “¿Por qué tenemos que pagar tantos impuestos, para que gente que jamás ha ahorrado un centavo se pueda retirar con una gruesa pensión”? “Se les debería hacer trabajar en vez de darles la oportunidad de flojear”. U otro comentario igualmente
revelador: “Se debería simplemente cerrar las fábricas y dejar que los miembros de los sindicatos padezcan hambre, hasta que aprendan a estar conformes con cinco mil pesos por un día de 12 horas de trabajo y seis días de trabajo a la semana, como lo estaban nuestros padres”. (Estos son comentarios que efectivamente se expresaron).
Jesús, el gran Kahuna, enseñaba que nuestras acciones y pensamientos frente a los semejantes tenían que contener amor e indulgencia. Toda actitud mental que anula la compasión y la piedad frente a los demás, provoca inevitablemente en el Yo inferior sentimientos de culpa o de falta de dignidad, aunque éstos muchas veces se ocultan profundamente. Casi a cada uno de nosotros ya se le ha entregado tempranamente un sentimiento de honradez, decencia y recato, y cuando la consciencia lo pasa por alto o incluso se burla de él, se origina un conflicto con el Yo inferior, que protege esas enseñanzas, porque pertenecen a los más antiguos recuerdos. Casi cada caso de ese tipo del que nos enteramos, ha provocado enfermedades físicas persistentes, que le han opuesto resistencia a todas las medicinas y a veces incluso a la ayuda de la oración.
La reparación por daños que se les ha hecho a otras personas constituye un elemento fundamental del método Kahuna para despejar el camino. Qué tan correcta es esa opinión, lo indica la observación de las reacciones del Yo inferior. Tal vez en el torbellino de un día con muchos quehaceres, ni siquiera se ha tenido consciencia de haber estado irritable y haber sido impertinente frente a familiares o a colegas. Pero sin embargo, el Yo inferior no olvidará la mirada afectada por el dolor de la persona con la que hemos reaccionado de ese modo y no se dará por conforme hasta que uno no se haya disculpado sinceramente, haya pedido perdón y haya calmado con eso el dolor de la persona ofendida.
Si esas reparaciones no se han llevado a cabo desde hace mucho tiempo, el Yo inferior sigue conservando sentimientos de culpa profundamente arraigados. Si se toma consciencia de éstos sin poder acordarse a quien se ha dañado, o si ya no es posible una reparación personal, entonces hay que hacer reparaciones de tipo general durante un tiempo. Tales reparaciones generales son estimulantes físicos que impresionan fuertemente al Yo inferior. El esfuerzo serio por hacer el bien en forma desinteresada o de apoyar un buen asunto de manera tan intensa que se note, son medios excelentes para calmar y darle paz al Yo inferior.
A veces el Yo inferior tiene la sensación de que la persona a la cual pertenece merece castigo por una injusticia cometida hace mucho tiempo. En tales casos es beneficioso hacer uso de un estimulante físico: Se asume por una cierta cantidad de tiempo una penitencia, ya sea ayunando o absteniéndose de fumar o de otros placeres habituales. Hace muchos años se me impuso en Hawaii una reparación general de ese tipo, cuando uno de los Kahunas de aquel tiempo se puso a ayudarme.
Como en aquel entonces yo tenía que trabajar pesado, el Kahuna no me impuso un ayuno completo; sólo se me exigió permanecer sobrio durante tres días seguidos hasta el mediodía y no fumar. Le hice una donación grande al ejército de salvación, que realizaba un buen trabajo en Hawaii. Porque el Yo inferior desde la primera infancia está impresionado por el valor del dinero, siente especialmente grandiosa una ofrenda así – siempre que ésta afecte de manera suficientemente fuerte al donante. En mi caso, el Yo inferior estaba tan impresionado después de tres días, que consideraba bien merecida la ayuda de todos los poderes del mundo. La ayuda llegó