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3.4 International convergence

4.1.2 Tradable and Non-tradable Goods

Las jugadas de toros introducidas por la barbarie, reprobadas por el buen sen- tido, y toleradas no obstante por la realidad que ha perpetuado otos tantos abusos monstruosos, hace tiempo tienen tan contra si la opinión de las personas ilustradas, que apenas fue propuesto el proyecto de su abolición por el ilmo. honorable señor ministro de estado, presidente de la sociedad patriotica, en la primera de sus sesiones ordinarias, para que sirviese de asunto de discusiòn en la siguiente, conforme al règimen anterior de la sociedad: cuando se levantó un clamor universal de todos los miembros que se hallaban presentes, decididos por que dicha abolición se llevase à debido cumplimiento. Fue delicioso ver este ardiente testimonio de obsequio à la ra- zon, y considerar la inmensa distancia que con solo este paso andaba el Perú en la carrera de su civilización.

Y á la verdad, que entre los errores practicos del linage humano apenas habrá uno que pueda compararse á la insensatez y á la demencia de ponerse un hombre vo- luntaria, innecesaria, y aun perjudicialmente en riesgo inminente de la vida, por hacer alarde de una habilidad cuya profesion le constituye infame: y que se hagan festivos espectadores, y por lo mismo provocadores de su temeridad, millares de otros hom- bres, que dedican su tiempo, su afan y su dinero para proporcionarse la concurrencia, con todas las regulaciones, aparato, y pompa que demanda forsosamente un acto pú- blico. El interés no pudo ser el movil de aquel miserable, que si puede vivir dos me- ses con el fruto de su oficio, tiene que sacar de otro genero de industria su subsisten- cia por los dias restantes del año. Y si lo fue la vanidad, no la hay mas loca que la que compromete á un tiempo honra y vida: puesto que el duelista siquiera gana en honor, aunque falso, cuando arriesga de su existencia. La depravacion moral del tore- ro llega por lo tanto al estremo: y el robo, el asesinato, y todo genero de violencias viene á ser el resultado del arrojo en que se ha ensayado á la fez de un pueblo entero. La autoridad que los consintiera, siendo consiguiente à sus principio, y equitativa con ellos, debia declararlos impunes de estos crimenes, para que recayera el castigo sobre

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la comunidad que con su aprobacion y aplausos les enseñó á violar todos los dere- chos en el quebrantamiento del que el hombre debe guardarse á sí mismo.

Nada influye tanto en pervertir las costumbres y viciar el corazón como la ejecución meditada de un acto que reprueba el sano consejo, y á que no es uno movi- do por algun vehemente impulso. Por grande pues que se suponga entre los nuestros la afición á toros, no siendo esta mas que una pasión factica, entretenida por el ejem- plo y el habito, muy diversa de las que hallan cierta disculpa en los impetus natura- les: el que asistiendo al espectáculo vence sus sentimientos en materia que le costaría poco evitar, queda muy mal dispuesto para observar en otros los dictámenes de su razón. El daño es mucho mayor atendida la publicidad del acto, y la clase de los afextos que excita: por que como el soldado en batalla, y el hombre de estado en un congreso se inflaman de ardor marcial, y entusiasmo por el amor de la patria, así esta gran sociedad de gentes frivolas y atolondradas, ansiosas de un placer que no pueden disfrutar sin apoderarse de un furor insano, ó sofocar su sensibilidad, se exaltan y encienden mutuamente, y desprendidas con su concurso del miramiento y rubor que acompaña á una accion irregular, se retiran con un caudal de voluptuosidad y desor- den muy superior al que cada cual puso en fondo comun. El frenesí tauromaniaco trasciende á las clases mas graves y circunspectas, y las demas reciben con escandalo lecciones incompetentes de los que por su instituto debieran ser maestros de compos- tura y decencia.

La sensibilidad, ó sea la compasion, este afecto tan provechoso para el cum- plimiento de los oficios sociales, auxiliar de mil virtudes, y que los amigos de la humanidad han cuidado siempre fomentar, es ofendida de infinitos modos en la lucha de que tratamos. Por que si el lidiar corre riesgos que á menudo paran en desgracias efectivas, todo otro viviente que entra al circo sufre mas ó menos una cruel carnice- ría; y al toro sigue el caballo, el perro….el cuy y la candida paloma. Al toro, blanco directo de los tiros, antes de la salida se le hinca con punzones, y se le cosen los adornos en la piel viva para irritar una bravura que no es suya, y puesto en plaza cae sobre él en enjambre de horribles instrumentos que dan fin á su vida con tormentos exquisitos: cuya impresión explica en aquellas maneras doloridas, pero graves y ma- gestuosas, propias de su especie, una de las mas bellas y elegantes que tiene el reyno animal: y con las cuales parece se queja al cielo de la ingratitud del hombre, con

quien ha partido las tareas de la labranza y acarreo, á quien ha alimentado con sus carnes y su leche, y suministrado últimamente el admirable preservativo contra la enfermedad mas atroz. Pero nada de esto importa en la consideración del fiero ó aturdido espectador que se complace en las agonías de la víctima inmolada á su ca- pricho, ó se endurece para no sufrirlas. No olvidemos que somos usufructuarios de la naturaleza, y no dueños: y que el uso es ilegitimo cuando no se dirije à un fin lauda- ble. ¿Y cual es el que llevan las corridas de toros? La diversion. ¡la diversion!!! ¿No las hay honestas é inocentes? ¿y es menester ir á buscarlas en unos juegos positiva- mente perniciosos?

Perniciosos si, no menos en la substancia, que por la embriaguez, rijas, lujo y disipación que ocasionan. En lo que si las gentes acomodadas ofrecen sus diferencias respecto de la plebe, el daño relativo á sus facultades es casi el mismo. Aquellas v.g. malgastan un remanente que pudiera haberse empleado en capital productivo, y otras de menores proporciones contraen deudas que ponen en estrechez sus familias, mien- tras que el menestral pierde en un dia lo que ganó en otros cinco, el indijente va y vende por nada su alhajilla ó su vestuario, y el vago apura sus males artes. Un dia de toros es un dia perdido para el trabajo y los negocios, y un dia que se absuerve el producto del trabajo y negocios de muchos dias.

Si el lujo y la disipacion son de los inconvenientes mas inmediatos y pálpa- bles que en la capital traen las corridas de toros, en las poblaciones interiores infeli- ces destituidos de toso arte, en quienes la casualidad se convierte en golpe cierto, y cuyo modo de torear se hace increible. Espanta ver á un hombre inerme preparado de intento para tenderse en tierra al acercarse el toro, ó esperarle de pie firme con los brazos cruzados. Atonito con la escena; de que por cerciorarme fui una vez testigo, preguntaba á los circunstantes como era posible permitir aquellos horrores. A veces han muerto cinco y seis en una tarde, me respondiéron, y se repetian tanto semejantes accidentes, que el subdelegado de este partido (que era el de Jauja) D.N. no consintió que en su tiempo se jugaran toros por ningun caso. Mas luego viniéron otros menos escrupulosos, y los miserables paisanos tornáron á ser muñecos del toro, para libran- do bien ir à perecer en un rincon sin auxilio, ó arrastrar una vida miserable. Toda fiesta, toda funcion se solemniza con toros, y en las mas de ellas se rinde la oblacion

de sangre humana que exije la deidad idolotrada. ¡Que poblacion la del perú para su- frir esta perdida!

Agregemos á estas razones el desfalco de considerable numero de reses cria- das con particular esmero, que, fuera de su prole, hubieran dado otros tantos bueyes excelentes: y los daños que en consecuencia reciben asi los campos, como los inge- nios de azucar, produccion principal del pais, á los cuales no se han aplicado aun to- davia los poderosos efectos de las bombas de vapor, no menos que los transportes confiados en mucha parte á bueyes por la escasez de las mulas. Y se verá que en las tristes circunstancias, que en la penuria á que ha reducido á estas provincias una gue- rra asoladora, sostenida por la improba y contumaz resistencia comparable solo con la barbarie que ha mantenido por tantos siglos los toros: es de absoluta necesidad la abolicion de una costumbre que, sobre ser contraria á la humanidad, destructora de la moral, de la economía y del órden, y por lo mismo infamante al pueblo que la con- serve, es actualmente incompatible con nuestras urgencias públicas.

Cuando el rey Carlos IV., en cuyo infausto gobierno viò sin embargo España algunos establecimiento útiles y leyes saludables, prohibiò perpetuamente las corri- das de toros, y mandò demoler las plazas destinadas á este objeto, no dio otra causal de su resolución que los daños inferidos á la agricultura; ni le estaba bien aducir otras por no poner mas en descubierto el honor de su nacion. Tampoco es de nuestra in- cumbencia acusarla de lo que no diga relacion á los intereses de la gran familia ame- ricana: una vez que la defensa de nuestra sagrada causa, llevada casi á su conclusion, no tiene por qué valerse de unos medios tan menguados. Pero no podemos ni debe- mos disimular que el pueblo peruano se cubriria de oprobio a los ojos de los demas que tienen puesta en él si vista, si en lugar de aprovechar los ejemplos de sobriedad y prudencia que dejáron á la posteridad las naciones recien formadas, si en lugar de convertir toda su atención á reparar los males de la administracion colonial, y de ex- tirpar los vicios á que mal enseñados hemos cooperado hasta aquí nosotros mismo, siguieramos fomentando una costumbre con que se hadado siempre en cara á la Es- paña, y que sus celebres hijos Cadahalso y Jovellanos no pudieron perdonarle.

La religion cristiana es muy sublime para alternar sus ecos con las razones que juegan en los discursos profanos. Si ella habla ha de ser sola, por que su mages- tad se ultraja, interrumpida con otro acento. Bástenos pues decir, al tomar su nombre,

que ha dejado ori su voz, y muy recio, en la materia de estas reflexiones: y que el si- lencio á que la rebeldia ha obligado despues á los pastores es mas terrible que todos sus anatemas.