Conclusions & Recommendations.
10. Training and guidelines should be issued to those operating CCTV systems.
Después del fracaso de las revoluciones de 1848, Alemania sólo pensó en su unidad: la unión traería el poderío y la seguridad a los alemanes. En 1871, Ale- mania se reunificó bajo Prusia. Pero la unidad cambió poco las cosas. La trans- formación de la economía –que benefició a una minoría– permitió la creación de grandes fortunas, pero la gran masa de la población nada ganó con ello. La movilidad social siguió siendo muy débil; los campesinos pobres no tenían otra salida que emigrar a las regiones industriales; los agricultores, que vendían mal sus productos, estaban persuadidos de que se los había sacrificado para poder ofrecer sus mercados a las fábricas; los grandes propietarios, los junkers, su- plantados por los hombres de negocios, acumulaban su odio.
Pronto comenzó una etapa de crisis y empezaron a circular nombres, judíos todos, que eran acusados de participar en enormes especulaciones financieras en la Bolsa. Como éstos desempeñaron un papel considerable en el crecimiento industrial, se convirtieron en el símbolo del capitalismo apátrida y egoísta. De esta acusación a imputarles la decepción que siguió a la unidad no había sino un paso, y así, en 1873, estalló una violenta campaña antijudía. Un periodista de Hamburgo, Wilhelm Marr (1818-1904), a quien se le adjudica la creación del término “antisemitismo” –que reemplazó al de “odio a los judíos”–, utilizó este vocablo –por primera vez– en su obra, publicada en 1879, La victoria del juda- ísmo sobre Alemania. En ella advertía acerca de la dominación judía de la vida alemana e impulsaba a reaccionar para impedir dicho dominio.
A comienzos de la década del ochenta existían, en Berlín, varios grupos an- tisemitas, como el Partido Social Cristiano del predicador Adolf Stöcker (1835-1909). La influencia sobre ellos de los racistas todavía era limitada, al punto que se rechazó adoptar, como fundamento de la ideología antisemita, la doctrina racial de Eugen Dühing (1833-1921), propuesta en el Segundo Congre- so Antisemita Internacional de Chemnitz (abril de 1883). La mayoría de los an- tisemitas todavía estaba a favor de la defensa estatal de los campesinos y arte- sanos, de un severo control a las empresas judías y de la restricción a las acti- vidades y la influencia de sus organizaciones.
Heinrich von Treitschke (1834-1896), profesor de Historia en la Universidad de Berlín, sostenía que todo debía orientarse hacia la enseñanza de la conciencia na- cional. Afirmaba que si los judíos querían ser alemanes, debían borrar todo signo de identidad judía, absteniéndose de toda crítica a lo que se hacía en Alemania. El historiador Theodor Mommsen (1817-1900), enfrentado a Treitschke, tam- bién aseveraba que era difícil defender a los judíos, al postular que el ingreso a
Rassenschande, la contaminación racial / 107
una gran nación exigía pagar un alto precio: no mantener una identidad colec- tiva separada. Si no aceptaban este consejo, toda la responsabilidad por las com- plicaciones futuras sería sólo de ellos.
Los antisemitas organizados en el partido Social Cristiano y la Liga Antise- mita tenían una clara intención: retomar oficialmente la discriminación antiju- día en distintas áreas. Para impulsar esta política prepararon una petición, en el otoño (boreal) de 1880, para presentarla ante las autoridades.
Pero al poco tiempo, el antisemitismo conservador decayó, y en su lugar cobró importancia el antisemitismo racista y extremista, un contenido ideológi- co común a los grupos que habían surgido a lo largo de los ’80, unidos o sepa- rados. Este antisemitismo planteaba la defensa del “hombre sencillo” contra el “capital judío”, como ocurrió en Alemania, cuando Höckel y Ahlwardt –elegi- dos para el Parlamento en representación de partidos antisemitas– prometieron repartir las fortunas de los judíos alemanes entre los pobres.
En 1889, el Programa de Unificación de Bockus exigió eliminar la presencia judía de la educación, que puede entenderse desde desprenderse de los maes- tros judíos de las escuelas oficiales hasta impedir el acceso a éstas de alumnos israelitas. Esta exigencia se fundamentaba en la supuesta “judaización” de los colegios, especialmente los de nivel medio. El artículo 18 exigía anular la igual- dad de derechos civiles a los judíos, colocarlos bajo la jurisdicción de una ley especial para extranjeros (judenrecht) y prohibir el ingreso a Alemania de isra- elitas extranjeros. Este programa fue cancelado el mismo día de su propuesta, ante el fracaso de las distintas corrientes políticas en su intento de unificación.
Para el Partido Alemán Socialista, fundado por Liberman von Zonenberg, a pesar de la incitación antisemita que existía, los judíos no constituían el objeti- vo principal. En su programa de dieciocho puntos, dos se referían a los judíos: expulsar a los extranjeros, prohibir su ingreso desde Este y limitar su acceso a cargos públicos.
El antisemitismo racista estaba vinculado estrechamente al pangermanismo, cuyo objetivo era abarcar –en un marco político– a todos los pueblos de habla alemana. Los pangermanistas no se integraron en un espacio partidario delibe- radamente: para que sus simpatizantes pudieran estar dispersos entre los dife- rentes grupos políticos ultraconservadores.
¿Cuáles eran las propuestas del pangermanismo en relación a los judíos? En 1912 fue publicado, por Heinrich Class –fundador del movimiento–, bajo el seu- dónimo Daniel Frymann, el libro Si yo fuese el káiser. Realidades y necesidades políticas, rápidamente popularizado. En una de sus partes se refiere a la refor- ma del Reich, y en el capítulo “Los judíos bajo la legislación para extranjeros” propone a la opinión pública un amplio sistema de leyes discriminatorias, abar- cando todos los aspectos de la vida cotidiana y todas las jurisdicciones del país. Por primera vez se intentaba definir el concepto “judío” para satisfacer –de al-
108 / Nuestra Memoria
guna manera– las exigencias raciales planteadas por los nacionalistas. (Los na- cionalsocialistas habrían de afirmar que una de las dificultades que afrontaron los antisemitas en el pasado fue su incapacidad para concretar la definición del concepto “judío”.) Vinculando esa definición a un origen religioso, se daba una primera respuesta. Una vez resuelta la descripción, se debía implementar una serie de medias contra todos los incluidos en ella.
El autor sabe que sus exigencias son extremas, y las fundamenta sosteniendo que “su objetivo no es discriminar ni oprimir a los judíos, sino conducirse respon- diendo a esta pregunta: ¿Acaso crees que el judío honorable se rendirá ante estas leyes? (...) él limpiará de sus zapatos el polvo de la tierra alemana, que no es grata para sus huéspedes, y querrá irse buscando otra patria para asentarse en ella. Qui- zás ello sea difícil, pero no hay que desanimarse y pensar que no lo hará.”
En 1915 fue publicado un documento de 32 artículos, que es –a la vez– una “constitución discriminatoria”. Editado nuevamente como apéndice de Los se- cretos de los sabios de Sión (otro título para Los protocolos de los ancianos de Sión), contenía 65 artículos. Cinco años más tarde, una fracción de diputados antisemitas nucleada en el Partido de Liberación Nacionalista Alemán presentó este documento como programa, en el Reichstag.2
El proyecto determinaba, entre otros aspectos, que no serían autorizados a en- trar a Alemania judíos no alemanes, y quienes ya estaban serían obligados a abandonar el país en el plazo de un mes; quien no lo hiciera sería expulsado por la fuerza. Los bienes de estos judíos serían incautados antes de su salida. Los emigrantes alemanes de sangre judía debían entregar al Tesoro desde la mitad hasta los cuatro quintos de sus bienes, al salir del país. Se destaca, aquí, la vieja tendencia –que se transforma en la base de un programa político– de aislar a los judíos de la vida pública; eliminarlos del periodismo, cargos públicos y las ac- tividades cultural y artística; prohibirles ser abogados o farmacéuticos, estar vinculados al crédito financiero o hipotecario, y participar en empresas públi- cas o consideradas vitales para el país, como las del agua, la electricidad o los ferrocarriles. Los médicos judíos sólo atenderían a pacientes hebreos y las par- teras, a mujeres judías. La separación en el campo educativo llegaba, ahora, al nivel superior, quedando a disposición de los judíos la Universidad de Francfort.3
En los hospitales –comunes o psiquiátricos– los judíos también debían ser se- parados del resto de los pacientes, al igual que en las cárceles.
El racismo, estrechamente vinculado al pangermanismo, aparecía también como una ideología supernacionalista que no reconocía fronteras geográficas o
2 Esta presentación se hizo tres años después de difundirse la plataforma del Partido Nacio- nalsocialista de los Trabajadores Alemanes, en 1920.
3 Este hecho no es casual, pues cuando la universidad fue creada, en 1914, la mayoría de sus benefactores económicos fueron judíos.
Rassenschande, la contaminación racial / 109
políticas y se oponía –en gran parte– al Estado, las clases gobernantes y los mo- vimientos de izquierda. Para triunfar, el racismo inició una campaña basada en la “teoría de la raza”, sobre cuyo fondo se fue desarrollando lo que pretendía ser una disciplina científica: la doctrina racista.
¿Cómo se fue elaborando esta doctrina? Esta concepción se fundamentó en estudios en diversas áreas –especialmente las ciencias naturales, consideradas el foco de investigación de todos los fenómenos humanos–, las que concedieron una base presuntamente científica a la determinación de las relaciones entre grupos, pueblos y civilizaciones. Las conclusiones fueron luego volcadas a las ciencias sociales. Tres ramas científicas –la antropología, la biología y la lin- güística– aportaron los elementos principales que sirvieron de base a la teoría del racismo.
Desde la antropología se adoptaron distintas teorías acerca de la existencia de razas humanas diferentes, con características específicas. Esta ciencia comenzó a desarrollarse y acumuló abundante material sobre las cualidades físicas de los grupos humanos, datos sobre el perímetro de los cráneos, color de los cabellos y las pupilas, etc. Y a pesar de que hubo quienes llegaron a la conclusión –sobre la base de datos biológicos– que esas características no eran estables y se altera- ban conforme a las condiciones externas, fueron más los que vieron en ellas una base objetiva para la determinación de los grupos humanos y la valoración de sus cualidades.
Quienes se aferraron a las nuevas doctrinas se apartaron conscientemente de la tradición humanista de la época anterior. La sociedad humana no existía para realizar ideales morales o religiosos o asegurar el bienestar de los hombres, sino que en ella se daba un enfrentamiento constante entre los mejores, los más fuer- tes, los más capaces para la lucha por la existencia –por un lado– y los débiles, llamados a desaparecer –por el otro–. La misma naturaleza había decidido a quiénes otorgarles ventajas, y éstos eran quienes tenían características raciales preferentes. Esta idea se basaba en las teorías biológicas acerca de la lucha por la supervivencia y la evolución biológica, provocada por la vitalidad de los gé- neros más preparados. Esa teoría fue llamada “darwinismo social”. Entre los precursores de estas ideas estaba el pensador inglés Herbert Spencer, quien ya en 1850 señalaba el elemento biológico en la competencia en la sociedad, en la cual los débiles no tenían derecho a vivir: “Todo el esfuerzo de la naturaleza está dirigido a deshacerse de esto, a depurar al mundo de ellos, dejando su lugar libre a otros mejores”.4
Por eso se oponía Spencer a toda intervención oficial en ayuda de los pobres
4 Etinger, Shmuel. Las raíces del antisemitismo contemporáneo. Dispersión y unidad. Vol. 9. Jerusalén, 1970, pág. 238.
110 / Nuestra Memoria
y los débiles en el campo de la educación, las leyes laborales, las condiciones de vivienda, etc. La “selección natural” en los marcos de la sociedad humana era –en su opinión– el mejor camino para su progreso y perfeccionamiento. Luego de la aparición de libro de Darwin, Spencer y sus partidarios esgrimieron los conceptos “lucha por la existencia” y “los más aptos son quienes logran so- brevivir” para apoyar su principio:
Está prohibido interferir, por medios artificiales, en el proceso de se- lección que se da en la sociedad; no cabe mantener a quien no es capaz
de mantenerse por sí mismo.5
El darwinismo social introdujo un cambio profundo en la definición de las relaciones entre los grupos humanos y en los principios morales: se comenzó a rechazar los valores sociales comunes –como el amor al prójimo y la caridad– y en su reemplazo se levantó la bandera de la “competencia” y la “superviven- cia”, como valores supremos.
Les cupo a los lingüistas el ser los sostenedores de esta doctrina. Determina- das concepciones lingüísticas que relacionaban los idiomas con los pueblos po- sibilitaron acuñar los conceptos “ario” para denominar a los pueblos e idiomas indoeuropeos más elevados y “semita” para nombrar al grupo de idiomas y pue- blos del Cercano Oriente.
Christian Lassen (1800-1876), investigador de la lengua hindú y su literatura, convirtió la distinción lingüística entre lo ario y lo semítico en una diferencia- ción racial. Sostuvo, además, que –en oposición al indoeuropeo, que es toleran- te y receptivo a todas las ideas– el semita es egoísta y exclusivista. Ernest Renan (1823-1892) imitó a Lassen al relegar a los judíos a un status racial inferior y es- cribió que, frente a la talentosa raza indoeuropea, la semita es la representación inferior de la naturaleza humana, carente de imaginación y de poder creador.
Por esos mismos años, escribió el conde de Gobineau su Ensayo sobre la desigualdad de las razas. Allí repudia las revoluciones de 1789 y 1848 y todo lo que ellas defendieron. Su doctrina buscaba una base ideológica para una forma de Estado que excluyera a los obreros de los derechos políticos y asegu- rase un fundamento estable a la aristocracia. Gobineau consideró a la aristocra- cia condicionada por la raza. Estableció una jerarquía racial, en la cual el negro representaba el tipo inferior y la raza blanca, que era la única civilizada, tenía en una posición directiva especial a la raza germánica y de piel clara. En su perspectiva racista, la raza semita era física, moral y culturalmente inferior a la aria; en particular los judíos, que eran muy inferiores a los arios germánicos y, además, eran imposibles de asimilar.
Rassenschande, la contaminación racial / 111
La doctrina de Gobineau fue reelaborada por Houston Stewart Chamberlain (1855-1927), quien se desentendió por completo de los elementos físicos y de- finió a las razas por sus características espirituales: la creadora, fiel, respon- sable es la alemana; la amoral y parasitaria es la judía. Las razones derivadas de la biología desaparecieron de sus ideas, quedando sólo el contenido racis- ta. Y precisamente por ello su obra se difundió y obtuvo un masivo apoyo en Alemania.
La doctrina racial sirvió de fundamento para el fortalecimiento del odio a los judíos y su justificación. Como en muchos países europeos, los judíos ha- bían llegado –a fines del siglo XIX– a un grado de total integración cultural, siendo imposible señalar una diferencia entre ellos y su medio en cuanto al lenguaje, estilo de vida o educación. La explicación biológica-racial vino a justificar las diferencias por el origen. Una persona puede convertir su reli- gión, cambiar su idioma, hallar una fuente económica de sustento distinta, pero no puede reemplazar su origen o su “raza”. Por eso se empeñaron tanto los teóricos de esta doctrina en subrayar la estabilidad de los signos de la raza, que –supuestamente– no están sometidos a ninguna clase de cambios: las características raciales no solamente no eran influidas por el medio o las condiciones externas, sino que ni siquiera servían los casamientos interreli- giosos, porque en la convivencia de una pareja de distintas razas, la inferior siempre se sobreponía en el proceso de herencia. De ese modo, las razas in- feriores tenían la facultad de imprimir su sello sobre los más fuertes y nobles, y no al contrario. Así se conmovió el fundamento presuntamente científico de los racistas y se puso de manifiesto el viejo temor al poder destructivo del judío y su raza.
Al tiempo que los rasgos distintivos raciales sirvieron para remarcar el este- reotipo negativo existente del judío y para conceder un fundamento “científico” al odio histórico dirigido hacia él, doctrinas como el darwinismo social vinie- ron a justificar la guerra contra los judíos, la negación de sus derechos, su ex- pulsión y hasta su aniquilamiento.
Los antisemitas de todo tipo sostuvieron que el poder se debía cuidar de verse influido por ideas religiosas o intelectuales pasadas de moda y abste- nerse de defender a los judíos o concederles derechos civiles. Era preciso que la naturaleza realizara su obra: no impedir que la raza fuerte y superior ani- quilase a la inferior y dañina. Como dijera un antisemita a fines del siglo XIX, “con los microbios no se discute, se los extermina”. Apareció, pues, una idea clara: los judíos nada valían porque eran semitas, descendientes de una raza cuyo carácter inferior demostraba la ciencia. El racismo –continuidad y com- plemento del antisemitismo– comenzó a ganar Alemania, lentamente, a par- tir de 1900.
112 / Nuestra Memoria