Entre las virtudes de las que adolece el genio atiende Schopen- hauer con dedicación mayor a la ciencia y a la prudencia (Klügheit) o buen juicio en la conducta. Son cualidades que denotan cierta ex- celencia y que distinguen a los pocos que las poseen de los hombres vulgares.
En realidad entre los hombres hay una gran variedad de talentos y una diferencia enorme en la velocidad con que se desenvuelve el pensamiento y en la capacidad de reflexión; cualidades todas que hacen que el que las posea extienda y haga mayor el mundo que se representa. Por esas mismas características su comprensión es más clara y su pensamiento más preciso63. Sin embargo, estos hombres
distan mucho de ser genios; es más, la genialidad comporta la caren- cia tanto de la una como de la otra, pues ambas, aunque frutos de una objetividad excepcional en el conocer, se obtienen por el ejerci- cio del intelecto conforme al principio de razón suficiente64 y se
atribuyen a la razón, que en el caso del genio en nada contribuye a la contemplación de las ideas.
La ineptitud que presenta el genio para el cultivo de las ciencias se advierte en alto grado en el rechazo que en ellos produce la ma- temática, cuyo desarrollo precisa un uso del intelecto casi opuesto a la inspiración del genio, pues el tiempo y el espacio, cuya intuición
62 WWV, III, § 38, I/2, 233. 63 Cfr. WWV, I, E, 15, II/3, 157s. 64 Cfr. WWV, III, § 36, I/2, 222.
pura constituye la base que sostiene la aritmética65 y la geometría
respectivamente, no consisten sino en relaciones fijadas por el prin- cipio de razón suficiente del ser. El cometido de la matemática es hacer explícito mediante razonamientos las intuiciones de las formas más generales del fenómeno. Con esta raigambre netamente relativa y con su desarrollo meramente argumental, no ha de sorprendernos la resistencia a las matemáticas del genio que intuye ideas. Así lo consigna Schopenhauer: “Estas ciencias [las matemáticas] son preci- samente lo contrario de aquella consideración que se refiere exclusi- vamente al contenido del fenómeno, o sea la idea, que en él se mani- fiesta con exclusión de todas sus relaciones”66.
Con la prudencia ocurre algo semejante, pues sólo es el producto de una dirección determinada de la conciencia. En efecto, la sensatez es la cualidad de la razón por medio de la cual se sopesa con argu- mentos y, por tanto, con arreglo al principio de razón suficiente del conocer, los motivos que le presenta el entendimiento a la voluntad. A su vez la facultad reflexiva suministra otros de su propia inven- ción para que nuestro comportamiento, consecuencia de la reflexión, no resulte falto de juicio. En última instancia conducirse razonable- mente se resuelve en examinar los medios y los fines según conven- ga para obtener una cierta felicidad y esto es labor que corresponde a la razón, que se mueve, en definitiva, por influjo de la voluntad. Precisamente la combinación de una inteligencia aguda en grado suficiente que presente a la voluntad un reflejo vivo del mundo, y de una voluntad vigorosa que alimente dicha facultad es la condición presente en el hombre destinado a empresas dignas de ser recordadas y, en menor medida, son también requisitos de aquél que ha de go- bernar y guiar a los pueblos, es decir, del hombre de acción. La fir- meza, la resolución y la tenacidad, notas de la voluntad de tales hombres, sólo destacan si ésta no se ve perturbada por un intelecto que por su predominio prodigioso obstruya la acción del querer. El genio intuye el mundo objetivamente y su facultad sólo actúa movi- da por una fuerza puramente intelectual. De ahí la diferencia entre las gestas del héroe y las obras del genio: “La aptitud para producir obras requiere objetividad y profundidad del conocimiento la cual
65 Schopenhauer considera la aritmética, por ejercerse mecánicamente, como la
más ínfima de las actividades del espíritu. Cfr. PP II, XXVI, § 356, 646.
vale tanto como la separación completa de entre la inteligencia y la voluntad; la aptitud para ejecutar acciones o hechos exige, por el contrario, que el conocimiento se aplique a los casos particulares, presencia de ánimo y decisión, todo lo cual necesita que la inteligen- cia se consagre sin interrupción al servicio de la voluntad”67.
La conveniencia, la mesura, la resolución en la decisión propias de la prudencia que adorna a estos hombres en ocasiones brilla por su ausencia en la conducta del genio que, arrobado por la contem- plación de las ideas, posee disminuido el ejercicio práctico de la razón y se comporta extravagantemente: “(...) Es raro encontrar mu- cho genio unido a mucha razón; por el contrario un talento genial esta sometido muchas veces a vivos afectos y a pasiones poco razo- nables”68.
La razón del desarreglo del genio en el obrar y en el pensar estri- ba también en su voluntad que, compasada con una facultad intelec- tual desmesurada, no es flaca y poco vigorosa, sino que más bien se muestra tempestuosa, enérgica y, en muchas ocasiones, presa de las pasiones más encontradas que le sumen tanto en la alegría más exul- tante como en la aflicción más inconsolable.
Sea como fuere la causa de lo poco conforme a razón de la con- ducta del genio no hay que atribuirla a cierta lasitud que aqueje a la facultad racional, sino al ardor con que la voluntad se manifiesta en el carácter genial y a la naturaleza intuitiva predominante en su fa- cultad de conocer.