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hambre?

La respuesta corta a la pregunta planteada por este “Pero” es que no lo estás. Tampoco estás varado en medio del océano a la deriva en un bote salvavidas con otro humano y una vaca y alguien tiene que ser arrojado por la borda. Tampoco estás pasando por una casa en llamas en la que hay dos ocupantes, un humano y un animal, de los cuales tienes tiempo para salvar sólo a uno.

Este “Pero,” y otros similares, busca identificar una situación en la cual consumir animales puede que sea necesario pero en la cual no estás, para extrapolarla a situaciones en las que sí estás, y en las cuales no hay ninguna necesidad de consumir productos animales. No

funciona.

Por alguna razón, parece que muchos de nosotros queremos formular principios morales generales en islas desiertas y botes salvavidas, y estando parados frente a casas en llamas. Estos son lugares notoriamente malos para tratar de idear reglas morales porque usualmente requieren que elijamos entre varias opciones moralmente insatisfactorias en una situación de emergencia. Después buscamos generalizar esa opción para cubrir situaciones en las cuales la emergencia que limitaba las opciones ya no existe.

Pero vayamos a la isla desierta. Ahí estás, muriéndote de hambre y no hay ni un coco ni una zanahoria disponible. Sí hay, sin embargo, conejos (aunque no estamos seguros qué están comiendo si no hay vegetación en la isla). ¿Es moralmente aceptable matar y comer un conejo en esas circunstancias?

Asumamos que sí lo es.

¿Y qué? ¿Qué nos dice eso a aquellos de nosotros, quienes no estamos muriéndonos de hambre en una isla desierta con respecto a si es moralmente aceptable comer un bistec esta noche?

No nos dice nada. En la primera situación, hay un conflicto; en la segunda, no lo hay. Nuestras intuiciones morales nos dicen que en

una situación de conflicto real, los humanos

prevalecen. Así que comer el conejo en la isla desierta es moralmente aceptable de acuerdo a esa intuición. Pero esa intuición no tiene nada que ver con situaciones en las cuales no hay ningún conflicto.

Pensemos sobre la situación en un contexto humano. Estás varado en la isla desierta con Juan y María. Todos se están muriendo de hambre pero Juan está también enfermo y

morirá pronto. María y tú matan y se comen a Juan.

Sí, es una idea asquerosa pero cosas como estas sí han sucedido. Sigue siendo asesinato y sigue siendo un crimen pero con frecuencia es castigado menos severamente porque entendemos que, como una cuestión moral, matar y comerse a Juan en tales circunstancias es diferente a un asesinato común y corriente. Comerse a Juan en tales circunstancias, aunque está mal, sería por lo menos comprensible y no merecería el tipo de condena moral evocada por otros actos de homicidio no provocado. Después de todo, si te estás muriendo de hambre, en realidad no tienes opción y la condena moral requiere que hubieras podido escoger de manera diferente pero no lo hiciste y escogiste hacer lo que está mal.

De forma similar, en el ejemplo que involucra al conejo, tengo la opción de

morirme de hambre o de matar al conejo. Esa no es realmente una buena opción. De hecho, en realidad no es una opción en ningún sentido.

¿Así que por qué deberíamos aplicar el análisis que tendría sentido en una situación en la cual no hay opción a una situación en la cual

sí hay opción? No diríamos que, aun si un acto

de canibalismo en una situación extrema de aislamiento e inanición es moralmente excusable, el comer a otro ser humano está bien cuando sientas hambre y elijas comer a otro humano porque eso es lo que prefieres. Lo que es moralmente aceptable en la situación en la cual no hay opción no es necesariamente aceptable en la situación en la cual sí hay opción. De manera similar, el hecho de que diríamos que es moralmente aceptable comer un conejo en una circunstancias extrema similar no significa que es aceptable hacerlo cuando sí hay opción.

Ahora asume que has sido rescatado de la isla desierta. Estás ahora caminando por la calle y pasas frente a una casa en llamas en la que se hallan un humano y un perro. Nuestra intuición moral nos dice que en situaciones de conflicto real, los humanos ganan y los animales pierden. Prometimos no perturbar nuestras intuiciones morales y estamos cumpliendo esa promesa. ¿Entonces a quién salvas? Salvas al humano. Después de este acto tremendo de heroísmo, te diriges a tu casa a cenar. ¿Qué te dice tu elección de salvar al humano sobre la moralidad de comer pollo para cenar?

Nada. Absolutamente nada. Nuestras intuiciones morales pueden decirnos que en situaciones de conflicto genuino entre humanos y animales, los humanos ganan. Pero nuestras intuiciones también nos dicen que en situaciones en las cuales no hay conflicto, no

podemos infligir sufrimiento a animales simplemente porque obtenemos placer al hacerlo.

Otra vez, para ver esto claramente, todo lo que necesitamos hacer es considerar lo que pensaríamos si en la casa en llamas hubiera dos humanos. No conoces a ninguno de los humanos pero uno es bastante más viejo que el otro y tus intuiciones morales te dicen que deberías salvar a la persona más joven simplemente porque ella es más joven., ¿Tú concluirías de esto que sería moralmente aceptable torturar a personas mayores, empezar a criarlas en granjas o empezar a usarlas en investigación biomédica?

Por supuesto que no. Tus intuiciones morales puede que te lleven a salvar a la persona más joven precisamente porque sólo podías elegir a una para salvar y, en esa situación desafortunada, elegiste salvar a la

persona más joven. Pero esa elección no afecta tu otra intuición que dice que hacerle daño a alguien—a quien sea—requiere una justificación moral.

Se tiende a usar estos escenarios de la isla desierta, el bote salvavidas y la casa en llamas para demostrar que, debido a que nuestra intuición moral es que los animales tienen valor moral pero menos valor moral que el de los humanos, y debido a que escogeríamos al humano en vez del animal en una situación de conflicto genuino, los animales no tienen

ningún valor moral y podemos infligirles

sufrimiento aun cuando no hay un conflicto. Pero eso simplemente no tiene sentido, y explica por qué muchos de nosotros nos sentimos profundamente incómodos con respecto a continuar consumiendo productos animales en ausencia de cualquier necesidad. Aun si pensamos que los animales tienen

menor valor moral que el que tienen los humanos, lo que este libro propone es que si ellos tienen algún valor moral en absoluto, no podemos justificar imponerles ningún

sufrimiento sólo porque obtenemos placer de ello. De manera similar, sólo porque elegiríamos a un humano en lugar de otro en una situación de emergencia no significa que apoyaríamos el punto de vista de que es aceptable someter a algunos humanos a cualquier sufrimiento sólo porque disfrutamos de ello.

Si los animales importan moralmente en lo más mínimo, si no son sólo cosas, imponerles

cualquier sufrimiento porque nos gusta o

porque disfrutamos los resultados del mismo no puede ser moralmente aceptable. Así que el hecho de que te comerías el conejo en la isla desierta, o que arrojarías a la vaca fuera del bote salvavidas, no afecta en ninguna manera el

principio moral de que imponer sufrimiento innecesario está mal moralmente y el sufrimiento en nombre del placer del paladar es, por definición, innecesario.

Una variante de este “Pero” involucra a personas que viven en lugares donde no existen alternativas en su alimentación. Hay unos pocos ejemplos de pueblos indígenas en partes remotas de Canadá, o en el continente africano (Kenia), quienes consumen una dieta de carne donde existen pocos o ningunos alimentos que no sean de origen animal. La idea es que tales situaciones son similares a las del escenario de la isla desierta donde uno puede elegir comer animales o morirse.

No necesitamos entrar en una indagación factual sobre la gente en Canadá o en África y sobre si realmente no tienen opción y deben comer alimentos de origen animal o perecer. La postura sobre la cual estamos argumentando

a favor aquí es que en cualquier situación en la cual realmente no hay opción, el uso de animales podría ser considerado moralmente aceptable bajo la regla convencional de que no debemos imponer sufrimiento innecesario. En situaciones en las cuales realmente no hay alternativa, hay una especie de necesidad que libera la conducta de la proscripción de la regla moral general.

Pero nuestra suposición es que así como no hay nadie leyendo esto que esté varado en una isla desierta, o a la deriva en un bote salvavidas, tampoco hay nadie leyendo esto que viva en alguna parte donde realmente no tiene manera de obtener alimentos que no sean de origen animal.

La idea sigue siendo la misma: para quien sea que sí tiene una opción—y eso incluye prácticamente a todos los que están leyendo esto ahora—la elección de imponer

sufrimiento en la ausencia de necesidad viola lo que afirmamos que es el principio moral que todos nosotros aceptamos.

Pero… ¿Qué les pasaría a todos esos

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