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Chapter 2: RAEM : An Expectation-Maximization Algorithm and Tool to

2.1 Transcript Quantification

En el amor no hay temor, pues el amor perfecto excluye el temor; porque el temor supone un castigo, y el que teme no es perfecto en el amor.

1 Jn 4, 18.

En estos días de cambios catastróficos y de gran incertidumbre, ¿quién no se siente deprimido y turbado por un miedo paralizante que, como perro rabioso, sigue todos nuestros pasos?

En todos los rincones del mundo, hombres y mujeres se enfrentan con temores que a menudo se presentan bajo extraños y variados disfraces. Alar- mados ante la posibilidad de perder la salud, descubrimos en el síntoma más insignificante una prueba de la enfermedad. Perplejos ante el transcurso rapi- dísimo de los días y de las noches, vamos tomando drogas que prometen la juventud eterna. Aunque somos fuertes físicamente, nos volvemos enfermizos ante la posible perspectiva de un hundimiento de nuestra personalidad, lle- gando a desarrollar un complejo de inferioridad, y caminamos por la vida con sensación de inseguridad, falta de confianza en nosotros mismos y temor a un repentino fracaso. El temor a lo que nos puede deparar la vida induce a cier- tas personas a vagar sin rumbo fijo por el camino escabroso de la bebida y de la promiscuidad sexual. Apenas sin darse cuenta del cambio, muchas personas han dejado que el temor transformase el alba del amor y de la paz en el cre- púsculo de la represión interior.

Si no lo combatimos, el temor proliferará en una serie de fobias —temor al agua, a los sitios elevados, a las habitaciones cerradas, a la oscuridad, a la soledad, y otros— cuya acumulación culmina en fobiofobia, o sea, el miedo al miedo.

Lo más normal en nuestra sociedad altamente competitiva son los temo- res económicos, la mayoría de los cuales, según opina Karem Horney, pro- vienen de los problemas psicológicos de nuestro tiempo. Los dirigentes de la industria se ven atormentados por el posible fracaso de las industrias y la volu- bilidad de la Bolsa. Los empleados están obsesionados ante la perspectiva de la falta de ocupación y ante las previsibles consecuencias de una automoción en aumento.

Y considerad, también, la multiplicación de los temores religiosos y onto- lógicos actuales que incluyen el miedo a la muerte y aniquilación racial. El advenimiento de la era atómica que debería habernos introducido en una época de abundancia y prosperidad, ha elevado el temor a la muerte en pro-

porciones morbosas. El terrorífico espectáculo de la guerra nuclear ha puesto las palabras de Hamlet: «Ser o no ser» en millares de labios temblorosos. Mirad vuestros fanáticos esfuerzos para construir refugios contra la lluvia radiactiva. ¡Como si estos refugios pudieran ofrecer seguridad contra la bomba H! Fijaos en la tremenda desesperación de las peticiones del Gobierno para que aumen- ten sus reservas atómicas. Pero nuestra exigencia fanática para que se man- tenga un «equilibrio del miedo» no hace sino incrementar nuestro temor y deja a las naciones con la angustia de ver cómo un paso diplomático en falso puede conducir a un holocausto horripilante.

Comprendiendo que el temor mina las energías del hombre y agota sus recursos, Emerson escribió: «Quien no supera cada día un nuevo temor no ha aprendido aún la lección de la vida»1.

Sin embargo, no quiero dar a entender que debamos eliminar totalmen- te el temor de la vida humana. Si esto fuese humanamente posible, sería prác- ticamente indeseable. El temor es el sistema de alarma elemental del organis- mo humano que nos advierte de los peligros inmediatos, y sin el cual el hombre no hubiera podido sobrevivir en el mundo primitivo ni en el moder- no. Además, el temor es una fuerza creadora considerable. Cualquier gran invento o progreso intelectual representan un deseo de huir de algunas cir- cunstancias o situaciones temidas. El temor a la oscuridad llevó al descubri- miento del secreto de la electricidad. El temor al dolor trajo los maravillosos avances de la ciencia médica. El temor a la ignorancia fue una de las razones que llevaron al hombre a construir grandes centros de enseñanza. El temor a la guerra fue uno de los motivos que impulsaron la creación de las Naciones Unidas. Angelo Patri ha dicho muy razonablemente: «La educación consiste en tener miedo en el momento adecuado». Si el hombre llegara a perder la capacidad para sentir miedo, se vería despojado de su capacidad para crecer, inventar y crear. Por eso, en cierto modo, el miedo es algo normal, necesario y creador.

Sin embargo, debemos tener presente que los temores anormales son emocionalmente ruinosos y psicológicamente destructivos. Para ilustrar la dife- rencia entre temores normales y temores anormales, Sigmund Freud hablaba de una persona que sentía un miedo justificado por las serpientes en medio de la jungla africana, y de otra persona que temía, neuróticamente, que las ser- pientes estuvieran bajo la alfombra de su casa de la ciudad. Los psicólogos dicen que los niños normales nacen sólo con dos temores —el de caer y el de los ruidos excesivos—, y que todos los demás se adquieren como consecuen- cia del medio ambiente. La mayoría de estos temores adquiridos son serpien- tes bajo la alfombra.

A estos miedos nos referimos comúnmente cuando hablamos de librar- nos de un temor. Pero éste es sólo un aspecto de la cuestión. El temor normal nos protege; el temor anormal nos paraliza. El temor normal nos empuja a mejorar nuestra condición individual y colectiva; el temor anormal envenena y trastorna constantemente nuestras vidas interiores. El problema no es tanto el de librarnos del temor como el de reducirlo y dominarlo. ¿Cómo es posible dominarlo?

I

En primer lugar, debemos enfrentarnos directamente con nuestros temo- res y preguntarnos honradamente por qué tenemos miedo. Esta confronta- ción, en cierto modo, nos proporcionará fuerzas. Nunca llegaremos a desha- cernos del miedo por medio de la huida o de la represión, porque cuanto más intentamos ignorar o reprimir nuestros temores más multiplicaremos nuestros conflictos internos.

Enfrentándonos honradamente a nuestros temores sabremos que la mayoría son residuos de alguna necesidad o aprensión infantiles. Por ejemplo, una persona víctima del temor a la muerte o de la obsesión al castigo del más allá, descubre que ha proyectado inconscientemente sobre la realidad total la experiencia infantil de los castigos que le infligían sus padres cuando lo ence- rraban en una habitación y lo dejaban abandonado. O alguien víctima de un complejo de inferioridad y de repulsa social, que en su juventud ha sido aban- donado por una madre egocéntrica y un padre demasiado ocupado, y cuyo descubrimiento de la realidad le dejó una sensación autodestructora de ina- daptación y una hostilidad reprimida hacia la vida.

Situando nuestros temores en el primer plano de la conciencia, podemos comprobar que son más imaginarios que reales; la mayoría de ellos resultarán ser serpientes bajo la alfrombra.

Recordemos también que, muchas veces, el temor lleva aparejado un mal uso de la imaginación. Si exponemos nuestros temores a la luz del día, nos rei- remos de casi todos, y eso siempre es un bien. Un psiquiatra decía: «El ridícu- lo es el mejor tratamiento del temor y de la angustia».

II

En segundo lugar, podemos dominar el temor con una de las virtudes más excelsas que conoce el hombre: el valor. Platón consideraba que el valor es como un elemento del alma que hace de puente entre la razón y el deseo.

Aristóteles decía que el valor era la afirmación de la naturaleza esencial del hombre. Tomás de Aquino aseguraba que el valor era la fuerza del espíritu capaz de vencer todo lo que amenazaba la consecución de un bien mayor.

Así pues, el valor es la capacidad del espíritu para superar el temor. A diferencia de la angustia, el temor tiene un objeto definido que puede ser afrontado, atacado, analizado y, cuando conviene, soportado. ¡Cuántas veces se repite el objeto de nuestro miedo! Henry David Thoreau escribía en su

Journal: «No hay nada que deba temerse más que el miedo». Siglos antes, Epi-

tecto escribió: «La muerte y las dificultades no son temibles, pero sí el miedo a la muerte y a las dificultades». El valor separa al temor del objeto definido que lo produce, y de esta forma lo domina. Paul Tillich ha escrito: «El valor es la propia afirmación “a pesar de”... todo lo que tiende a impedir que se afir- me la propia personalidad». Es la propia afirmación a pesar de la muerte y del no-ser, y el valeroso absorbe el miedo a la muerte en su propia afirmación y actúa en consecuencia. Esta afirmación audaz de sí mismo, que seguramente es un remedio contra el miedo, no es egoísmo, pues la autoafirmación inclu- ye también un amor adecuado por sí mismo y un amor adecuadamente plan- teado respecto a los demás. Erich Fromm ha demostrado de manera convin- cente que la forma correcta de amor a sí mismo y la forma de amor correcta a los demás son interdependientes.

El valor, la determinación a no dejarse someter por nada, por espantoso que sea, nos capacita para enfrentarnos con cualquier miedo. La mayor parte de nuestros temores no son más que serpientes bajo la alfrombra. Los pro- blemas son una realidad en esta extraña mezcla que es la vida; los peligros se emboscan alrededor de cada acción; los accidentes se suceden, la pérdida de la salud es una posibilidad siempre amenazante, y la muerte un hecho real, desagradable, inevitable de la experiencia humana. El mal y el dolor, en este enigma que es la vida, están muy cerca de nosotros, y nos hacemos un triste favor, y también a los que nos rodean, cuando intentamos demostrar que en este mundo no hay nada que pueda asustarnos. Estas fuerzas que amenazan con neutralizar la vida deben desafiarse con el valor, que es el poder de la vida para afirmarse por encima de todas las ambigüedades. Esto exige el desarro- llo de una voluntad creadora que nos capacite para sacar una piedra de espe- ranza de una montaña de desesperación.

El valor y la cobardía son antitéticos. El valor es una resolución interna de ir adelante a pesar de los obstáculos y las situaciones que nos asustan; la cobardía es una rendición sumisa a las circunstancias. El valor produce una autoafirmación constructiva; la cobardía crea una autonegación destructiva. El valor desafía al miedo y lo domina. Los hombres valientes no pierden nunca las ganas de vivir, aunque su situación sea desesperada; los hombres cobardes, anonadados por la incertidumbre de la existencia, pierden la voluntad de vivir. Debemos construir sin descanso diques de valor para detener la riada del miedo.

III

En tercer lugar, el temor es dominado por el amor. El Nuevo Testamen- to afirma: «En el amor no hay temor». La clase de amor que llevó a Cristo a la cruz y mantuvo a Pablo sereno en medio de las desenfrenadas persecucio- nes no es un amor blando, anémico o sentimental. Este amor afronta el mal sin doblegarse ante él, y demuestra una posibilidad infinita de «poderle», como solemos decir vulgarmente. Este amor domina el mundo, incluso desde lo alto de una cruz levantada hacia el cielo.

Sin embargo, ¿tiene el amor alguna relación con el miedo moderno a la guerra, la inestabilidad económica o la injusticia racial? El odio se basa en el temor, y la única medicina que existe contra el temor-odio es el amor. La situa- ción internacional, tan precaria, está herida por los letales dardos del miedo. Rusia teme a América, y América teme a Rusia. Igual sucede con China y la India, y los israelitas y los árabes. Estos temores incluyen la agresión, la supre- macía técnica y científica y el poder económico de la otra nación, la pérdida de nuestro propio prestigio y poder. ¿Acaso no es el temor uno de los princi- pales causantes de la guerra? Decimos que la guerra es la consecuencia del odio, pero un examen más minucioso revela esta graduación: primero el temor, después el odio, a continuación la guerra y, finalmente, el miedo a la muerte. Si una guerra nuclear apocalíptica tuviese que extenderse por el mundo, en el fondo la causa no sería que una nación odiase a la otra, sino que se temen la una a la otra.

¿Qué sistema utiliza el sofisticado ingenio del hombre moderno para hacer frente al temor a la guerra? Estamos armados hasta los dientes. Y tanto Oriente como Occidente se han lanzado a una febril carrera de armamentos. Los presupuestos para la defensa han aumentado en forma gigantesca, y las armas destructivas han adquirido prioridad por encima de cualquier otro pro- yecto humano. Las naciones han creído que los armamentos impresionantes harían desaparecer el temor. Pero, ¡he aquí que han aparecido temores más fuertes! En estos días turbulentos, agitados, nos hemos vuelto a acordar de las antiguas y prudentes palabras: «El amor perfecto ahuyenta el temor». No las armas, sino el amor y la buena voluntad organizada son los que pueden ahu- yentar el temor. Solamente el desarme, basado en la buena fe, hará que la confianza mutua sea una realidad viva.

Nuestro propio problema de la injusticia racial debe ser resuelto con la misma fórmula. La segregación racial está sostenida por temores irracionales, tales como la pérdida de los privilegios económicos, la alteración del estatuto social, el matrimonio interracial y la adaptación a las nuevas situaciones. A lo largo de noches de insomnio y días sin descanso, numerosos blancos intentan por diversos métodos combatir los temores corrosivos. Practicando la política del avestruz, mientras unos intentan ignorar la cuestión de las relaciones racia- les y cerrar su espíritu a los problemas que plantea, los otros, confiando en

maniobras legales, aconsejan la resistencia pasiva. Aún hay otros que intentan ahogar su miedo lanzándose a actos denigrantes de violencia contra sus her- manos negros. Sin embargo, ¡cuán inútiles son estos remedios! En lugar de eli- minar el miedo, inspiran temores mucho más profundos y patológicos, que dejan a sus víctimas afectadas de extrañas psicosis y peculiares casos de para- noia. Ni la represión, ni la resistencia en masa, ni la violencia agresiva conse- guirán hacer desaparecer el temor de la integración; sólo el amor y la buena voluntad pueden hacerlo.

Si nuestros hermanos blancos quieren dominar el miedo, depende no sólo de que ellos acepten el amor cristiano, sino también del amor cristiano que los negros sientan por ellos. Únicamente por nuestra adhesión al amor y a la no-violencia será mitigado el temor en la comunidad blanca. Una minoría blanca, consciente de su culpabilidad, teme que si los negros llegan al poder se vengarán sin freno ni piedad de las injusticias y brutalidades acumuladas año tras año. Un padre que maltrata continuamente a su hijo acaba dándose cuen- ta de que llega un momento que ya es más alto que él. ¿No utilizará ahora su hijo esa nueva fuerza física para vengarse de los golpes recibidos en el pasa- do?

El negro, antaño niño desamparado, ha crecido actualmente en el aspec- to político, cultural y económico. Muchos blancos tienen miedo a la vengan- za. El negro ha de demostrarles que no deben temer nada, porque perdona y está dispuesto a olvidar el pasado. El negro debe convencer al hombre blan-

co de que busca justicia tanto para él como para el hombre blanco. Un

movimiento totalmente consagrado al ejercicio del amor y de la no-violencia y que demuestre potencialidad y disciplina debería convencer a la comunidad blanca de que, si este movimiento llegara al poder, haría uso de él en forma constructiva y no vengativa.

Entonces, ¿cuál es el remedio contra este morboso temor a la integra- ción? Lo conocemos. ¡Que Dios nos ayude a alcanzarlo! El amor ahuyenta el miedo.

Esta verdad tiene relación con nuestras angustias personales. Tememos la superioridad de los demás, la derrota, el escarnio, la desaprobación de aque- llos cuyas opiniones valoramos más. Envidia, celos, falta de confianza en uno mismo, sensación de inseguridad, y un molesto sentimiento de inferioridad están enraizados en el miedo. No es que primero envidiemos a la gente y des- pués la temamos; primero la tememos y después nos sentimos celosos. ¿Exis- te algún remedio para los enojosos temores que pervierten nuestras vidas? Sí, una profunda y constante conservación del camino del amor. «El amor per- fecto elimina el miedo».

La amargura y el odio no podrán curar nunca la enfermedad del miedo; sólo el amor puede hacerlo. El odio paraliza la vida; el amor la armoniza. El odio oscurece la vida; el amor la ilumina.

IV

Cuarto, el dolor es dominado por la fe. Una fuente habitual de temor es la conciencia de no disponer de recursos suficientes y, por tanto, estar desar- mado ante la vida. Demasiada gente intenta afrontar las tensiones de la vida con recursos espirituales inadecuados. Pasando unas vacaciones en Méjico, mi mujer y yo quisimos ir a pescar a alta mar. Por razones de economía, alquila- mos un bote viejo y mal equipado. No le dimos importancia hasta que, ya a diez millas de la costa, las nubes estaban muy bajas y empezaba a soplar un viento huracanado. Entonces nos quedamos paralizados por el miedo, pues sabíamos que nuestro bote era insuficiente. Muchas personas se encuentran en una situación similar. Su temor se debe a los vientos tempestuosos y a las embarcaciones frágiles. La mayoría de los temores anormales pueden ser tra- tados por medio de técnicas de siquiatría, una disciplina relativamente nueva iniciada por Sigmund Freud, que investiga las tendencias subconscientes del hombre e intenta descubrir cómo y porqué unas energías fundamentadas se desvían hacia canales neuróticos. La siquiatría nos ayuda a contemplar sere- namente nuestro ser interno y a descubrir las causas de nuestros fracasos y temores. Pero buena parte de nuestro vivir timorato comprende un reino donde el papel de la siquiatría es insuficiente, a no ser que el siquiatra sea un hombre dotado de fe religiosa. El problema consiste simplemente en intentar combatir el temor sin fe; zarpamos rumbo a los mares tumultuosos de la vida sin botes espirituales adecuados. Uno de los principales médicos siquiatras de Ámerica ha dicho: «La única medicina contra el temor es la fe».

Los temores anormales y las fobias que se manifiestan en forma de angustia neurótica pueden ser curados por el siquiatra; pero el miedo a la muerte, al no-ser y a la nada, expresado en angustia existencial, sólo puede ser tratado con una fe religiosa positiva.

Una fe religiosa positiva no ofrece la ilusión de poder eximirnos del dolor y de los sufrimientos, ni nos infunde la idea de que la vida es una sucesión de comodidades y placidez nunca turbadas. Por el contrario, nos proporciona el equilibrio interior necesario para combatir las tensiones, cargas y temores ine- vitables, y nos asegura que el universo es digno de confianza y que Dios se interesa por nosotros.

Por otra parte, la irreligión querría obligarnos a creer que somos huérfa- nos lanzados a las vertiginosas inmensidades del espacio, en un universo sin propósito ni inteligencia. Un concepto como éste disminuye el valor y las ener-

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