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1. THE PLANT IMMUNE SYSTEM

1.3.2 Transcriptional reprogramming in immunity

“Lo que aún no pudieron lograr Engels y Marx, lo lleva a cabo M. Hess”.

¡Grande y divino tránsito que tan firmemente ha que­ dado adherido a los dedos del santo varón por obra del rela­ tivo “poder” y “no poder” de los evangelistas, que necesaria­ mente tiene que encontrar acomodo, venga o no a cuento, en todos y cada uno de los trabajos del Padre de la Iglesia!

“Lo que aún no pudieron lograr Engels y Marx, lo lleva a cabo M. Hess”. ¿Y qué es “lo que aún no pudieron lograr Engels y Marx” ? Nada' más ni nada menos que el criticar a Stimer. ¿Y por qué Engels y Marx “no ptídieron lograr”

“aún" criticar a Stirner? Por la sencilla y suficiente razón

de que el libro de Stim er aún no se había publicado cuando aquéllos escribieron La Sagrada Familia.

Este ardid especulativo de construirlo todo y de reducir lo más dispar a una supuesta conexión causal es algo que a nuestro santo le brota realmente de la cabeza y le corre por los dedos. Este ardid alcanza en él la más completa va­ cuidad y desciende basta una manera burlesca de decir con gesto muy im portante las mayores perogrulladas. Así, por

ejemplo, ya en la Allgemeine L itera tu r-Z eitu n g I, 5: “La di­ ferencia entre mi trabajo y las hojas que llena de escritura, por ejemplo, un Philippson” (es decir, las hojas en blanco en que escribe, “por ejemplo, un Philippson”) “tiene que ser

necesariamente la que en efecto es”.

“M. Hess”, por cuyos escritos no asumen Engels y Marx responsabilidad alguna, representa para el sagrado crítico un fenómeno tan singular, que ante él no puede hacer otra cosa que transcribir largos pasajes de los Últimos Filósofos y emi­ tir el juicio de que “esta crítica, en algunos puntos, no ha sabido captar a Feuerbach, o de que también” (¡oh, teología!) “la vasija pretende rebelarse contra el alfarero”, Cfr. Ep. a los Rom. 9, 20-21. Y tras un nuevo “amargo trabajo” de citas, nuestro sagrado crítico llega por último al resultado de que Hess copia a Hegel, porque emplea las dos palabras “combi­ na” y “desarrollo”. Como es natural, San Bruno tenía que rechazar la prueba, aportada por La Sagrada Familia, de su total supeditación a Hegel, mediante un rodeo por Feuer­ bach.

“ ¡Véase, así tenía necesariamente que acabar Bauer! Ha luchado contra todas las categorías hegelianas”, con excepción de la autoconciencia, “cómo y en lo que pudo”, especialmente en la famosa lucha de la Literatur-Zeitung contra el señor Hinrichs. Cómo luchó contra ellas y las venció, ya lo hemos visto. Para mayor abundamiento, citaremos todavía el pasaje de Wigand pág. 110, donde afirma que la “verdadera” (1)

“disolución?* (2) “de las contradicciones” (3) “en la natu­

raleza y en la historia” (4), “la verdadera unidad” (5) “de las relaciones dislocadas” (6), “el verdadero” (7) “funda­ mento” (8) “y el abismo” (9) “de la religión, la verdadera” “personalidad” (10), “infinita” (11), “irresistible, autocréa- dora” (12) “aún no se han descubierto”. En tres líneas, no dos categorías dudosas, como en Hess, sino toda una docena de “verdaderas, infinitas e irresistibles” categorías, que, además, se demuestran en cuanto tales por “la verdadera unidad de las relaciones dislocadas” : “ ¡véase, así tenía necesariamente que acabar Bauer!” Y si el santo varón cree descubrir en Hess a

un cristiano creyente, no porque Hess “espere”, como dice Bruno, sino porque no espera y porque habla de la “resu­ rrección”, el gran Padre de la Iglesia nos pone en condiciones de demostrarle, a la luz de la misma página 110, el más mani­ fiesto judaismo. Declara allí ¡ j ¡ “que el real, vivo y corpóreo

hombre aún no ha nacido'9!!! (nueva clase acerca del destino

del sexo único”) y que “la forma híbrida engendrada”

(¿¡Bruno Bauer!?) “no se halla aún en condiciones de do­

minar todas las fórmulas dogmáticas9', etc.; es decir, que el

Mesías aun no ha nacido, que el Hijo del Hombre tiene que

venir todavía al mundo y que este mundo, como el mundo de la Antigua Alianza, se halla *nm bajo la vara disciplinaria de la ley9 “de las fórmulas dogmáticas”, etc.

Del mismo modo que, más arriba, San Bruno utilizó a Engels y Marx” como un paso hacia Hess, Hess le sirve aquí para volver a poner a Feuerbach, por último, en conexión causal con sus digresiones sobre Stirner, La Sagrada Familia y los Últimos filósofos:

“ ¡Véase cómo tenía necesariamente que acabar Feuer­ bach!” “La filosofía no tenía más remedio que acabar piado­

samente”, etc., Wigand, pág. 145.

Pero la verdadera conexión causal está en que esta ex­ clamación no es sino una parodia de un pasaje de los Últimos

filósofosjle Hess, prólogo, pág. 4, dirigido, entre otros, contra

Bauer: Así [ . . . ] y no de otro modo tenían necesariamente que despedirse del mundo los últimos descendientes de los ascetas cristianos

San Bruno pone fin a su alegato contra Feuerbach y su­ puestos consortes con un discurso dirigido a Feuerbach en el que le reprocha que sólo sabe “trom petear”, “emitir trompe­ tazos”, mientras que B. Bauer o Madame la orifique,* “la forma híbrida engendrada”, para no mencionar la incesante destrucción , se pasea en su carro triunfal y recoge nuevos

triunfos” (pág. 125), “se yergue en el trono” (pág. 119),

“debela” (pág. 111) y envía “truenos” (pág. 115) hacia aba­ jo, “lo pulveriza todo” (pág. 120), lo “hace trizas” (pág. 121),

* La señora Crítica (N. de la ed.).

sólo permite a la naturaleza “vegetar” (pág. 120), construye “cárceles” “más rígidas” (!) (pág. 104) y, finalmente, des­ arrolla lo “existente de un modo fijo y firme” con debela- dora elocuencia de púlpito, lozana, contenta y jubilosa (pág. 105) ; le tira a Feuerbach por la cabeza (pág. 110) “lo rocoso y la roca” y, por último, supera también a San Max con un giro de pasada, complementando la “Crítica crítica”, la “sociedad social”, lo “rocoso y la roca”, mediante “la más abstracta abs­ tracción” y la “más dura dureza” (pág. 124).

Todo esto lo ha llevado a cabo San Bruno, “por sí mismo y en sí mismo y consigo mismo”, puesto que él es “Él mismo” ; más aun, es “siempre y por sí mismo el más grande y puede serlo” (¡lo es y puede serlo!), “por sí mismo, en sí mismo y consigo mismo” (pág. 136). Selah.*

No cabe duda de que San Bruno sería verdaderamente peligroso para el sexo femenino; sabiendo que tiene una “per­ sonalidad irresistible”, no teme “aplicar a la otra parte, igual­ mente,” “la sensualidad, como el límite en que el hombre tiene necesariamente que asestarse el golpe de muerte”. Por eso, “por sí mismo, en sí mismo y consigo mismo” no recogerá, pro­ bablemente, ninguna clase de flores, pero sí las dejará m ar­ chitarse, llevado de un incontenible anhelo y de un angus­ tioso histerismo hacia la “irresistible personalidad” que “posee este sexo tínico y estos únicos y determinados órganos se­ xuales”.(14)

* ¡No hay más que hablar! (N. de la ed.).

Ill

Ill

S AN MAX

“¿Qué me importan a mí los verdes árboles?".

San Max explota el Concilio, “usa” y “abusa” de él para ofrecernos un largo comentario apologético “del Libro”, que no es otro que “el Libro”, así, sin más, e\ libro por antonoma­ sia, es decir, el libro perfecto, el Libro sagrado, más aun, lo sacrosanto hecho libro, el libro celestial, a saber: “El Único

y su propiedad99. Como es sabido, “el Libro” descendió del cielo

sobre la tierra allá por los finales de 1844, para encarnar bajo figura de siervo humano en la editorial de O. Wigand, de Leipzig. Se entregó, así, a las vicisitudes de la vida terrenal y hubo de sufrir los ataques de los tres “Únicos”, o sea de la misteriosa personalidad llamada Szeliga, del gnóstico Feuer­

bach y de Hess. Y aunque San Max, como augusto Creador,

se halle en todo momento muy por encima de su propia cria­ tura y de todas las demás, ello no le impide apiadarse a las veces de su tierno vástago prorrum pir, en su defensa y protección, en un “jubiloso grito crítico”. Para poder penetrar en toda la significación y profundidad tanto de este “jubi­ loso grito crítico” como de la misteriosa personalidad de Sze­

liga, no tenemos más remedio que detenernos aquí un poco

en la Historia Sagrada y pararnos a examinar de cerca “el libro”. O, para decirlo con San Max: nos proponemos “in­ sertar episódicamente” “en este punto” una “reflexión” his- tórico-sagrada acerca del “Único y su propiedad”, “sencilla­ mente porque” “se nos antoja que ello puede contribuir a esclarecer lo demás”.

“Levantad, oh puertas, vuestros dinteles, y alzaos, por­ tones antiquísimos, para que entre el Rey de la gloria! ¿Quién es este Rey de la gloria? Jehová, fuerte y poderoso; Jehová, poderoso en la batalla. ¡Levantad, oh puertas, vues­ tros dinteles, y alzaos, portones antiquísimos, para que entre el Rey de la gloria! ¿Quién es este Rey de la gloria? Es el Señor Único. Él es el Rey de la gloria”. (Salmos, 24, 7-10).

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EL ÚNICO Y SU PROPIEDAD

El hombre que “ha cifrado su causa en la nada” comienza, como buen alemán, inmediatamente, la larga tirada de un “jubiloso grito crítico” con una jeremiada, “ ¿Qué no será mi causa?” (pág. 5 del libro). Y nos dice, con lastimero tono que le desgarra a uno el corazón, que “todo tiene que ser su causa”, que sobre sus hombros se hace pesar “la causa de Dios, la causa de la Humanidad, de la Verdad, de la Libertad, la causa de Su Pueblo y de Su Príncipe” y qué sé yo cuántas buenas causas más. ¡Pobre hombre! El burgués inglés y el francés se lamentan de la falta de débouchés,* de las crisis comerciales, de los pánicos bursátiles, de las coyunturas políticas del momento, etc.; el pequeño burgués alemán, cuya participación activa en el movimiento de la burguesía es sólo ideal y que, por lo demás, sólo puede llevar al mer­ cado su propio pellejo, se representa su propia causa simple­ mente como “la buena causa”, como “la causa de la Liber­ tad, de la Verdad, de la Humanidad”, etc.

Y nuestro maestro de escuela alemán toma tout bonne-

ment** como moneda de buena ley tales quimeras y dedica

tres páginas enteras a tratar de todas estas virtuosas causas. Investiga, en las págs. 6 y 7, la “causa de Dios” y la “causa de la Humanidad” y encuentra que son éstas “cosas puramente egoístas”, de que tanto “Dios” como “la Humanidad” sólo se preocupan de lo suyo, de que “la Verdad, la Libertad,

* * Mercados (N. de la ed.).Sin más ni más (N. de la ed.).

la Humanidad y la Justicia” sólo se interesan por ellas mismas y no por nosotros, por su bien solamente y no por el nuestro; para llegar a la conclusión de que a todas estas per­ sonas “les va extraordinariamente bien con ese proceder”. Y llega, incluso, a convertir estas frases idealistas, Dios, la Ver­ dad, etc., en ciudadanos bien intencionados a quienes “les va extraordinariamente bien” y que se complacen en un “ren­

table egoísmo”. Lo cual aflige al santo egoísta, quien ex­

clama a la vista de ello: ¿Y yo? “Yo, por Mi parte, saco de eso una enseñanza y, en vez de seguir sirviendo a esos gran­ des egoístas, prefiero ser el egoísta Yo” (pág. 7).

Vemos, pues, cuán nobles son los designios que guían a San Max, al pasarse al campo del egoísmo. No son los bienes de este mundo, no son los tesoros que las polillas y el orín devoran, no son los capitales de sus Co-Únicos, sino los tesoros del cielo, los capitales de Dios, de la Verdad, la Libertad y la Humanidad, etc., los que a él le roban la quietud. Y si no se le atribuyera la misión de servir a las muchas buenas cau­ sas, jamás habría llegado a descubrir que también él tiene su causa “propia” ni habría llegado tampoco jamás a “cifrar” esta causa suya “en la nada” (es decir, en “el Libro” ) .

Si San Max se hubiese parado a considerar un poco más de cerca las diferentes “causas” y a los “propietarios” de ellas, por ejemplo, a Dios, la Humanidad o la Verdad, habría lle­ gado, de seguro, a la conclusión contraria, a saber: la de que un egoísmo basado en el comportamiento egoísta de estas personas tiene necesariamente que ser algo tan imaginario como estas personas mismas.

Pero, en vez de ello, nuestro santo se decide a hacer la competencia a “Dios” y a la “Verdad” y a cifrar su propia causa en Sí mismo, “en Mí, que soy, lo mismo que Dios, la nada de todo lo demás, Mi todo, Yo, el Único. No soy nada en el sentido de lo vacío, sino Za nada creadora, la nada de la que Yo mismo, como Creador, lo creo todo”.

El santo Padre de la Iglesia habría podido también in­ terpretar esta últim a afirmación del siguiente modo: Yo lo soy todo en el vacío de la carencia de sentido, “sino” el nulo creador, el todo, del que yo mismo, como creador, no creo nada.

Cuál de estas dos variantes es la exacta, se verá más tarde. Hasta aquí, el prólogo.

“El Libro” mismo se divide, como el Libro “de otro tiem­ po” en el Antiguo y el Nuevo Testamento, a saber: en la his­ toria única del hombre (la Ley y los Profetas) y la historia no humana del Único (el Evangelio del Reino de D ios). La primera es la Historia dentro de la Lógica, el Logos sujeto al pasado; la segunda, la Lógica en la Historia, el Logos libe­ rado, que lucha con el presente y lo domina victoriosamente.

EL ANTIGUO TESTAM ENTO: EL HOMBRE

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