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gún tiempo), la expansión económico-política de los europeos dotados de técnicas avanzadas no ha hecho que los restantes países del mundo adoptaran los modos de vida ni las normas de producción de los que pretendían «civilizarlos».

Capitalismo y «subdesarrollo»

Este tema ha suscitado una literatura tan abundante que no pretendemos sintetizarla aquí.

Limitémonos a constatar, en cuanto a los efectos del ca­ pitalismo a largo plazo, que los éxitos del modo de vida americano están demasiado localizados para justificar las es­ peranzas, manifestadas por el liberalismo universalista, de que la libertad de comercio internacional debía bastar para obtener una división del trabajo entre las regiones del globo, calcada armoniosamente sobre sus vocaciones geográficas. Aunque Marx, que había analizado las contradicciones del capitalismo, dudaba de una armonía de este tipo, sí imagi­ naba, en cambio, en la medida en que se permitía visiones de futuro, un capitalismo presente por doquier, capaz en todas partes de desarrollar sus capacidades económicas y sus antagonismos de clase, y, por tanto, de trasponer la lucha entre proletariado y burguesía del marco nacional al plano mundial.

Pero, a mediados del siglo xx, lo que al contrario llamaba la atención era la incapacidad de la mayor parte de Asia, de África, de América latina e incluso de una fracción de Etiro- pa para entrar lisa y llanamente en la era industrial y capita­ lista. Fenómeno que el vocabulario, pretencioso o condescen­ diente, de los publicistas occidentales calificó de «subdesa- rroilo», y al que se sometió a un análisis calcado del de los «despegues» europeos.

Vino después la reacción de los intelectuales surgidos de

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los mismos países «subdesarroUados», apoyados por econo­ mistas independientes y por algunas corrientes marxistas: para ellos, el «subdesarrollo» no era un «retraso» en un pro­ ceso universal, un «estancamiento» en costumbres y actitu­ des tradicionales, sino al contrario una consecuencia de la expansión capitalista, un efecto de la «dependencia» de in­ mensas regiones respecto a un «imperialismo» cuya compleja naturaleza - a la vez tecnológica, económica, política, ideoló­ gica— se ajustaba bien al carácter coherente atribuido al «mo­ do de producción capitalista», y concebido a nivel mundial.

Entre estos esfuerzos analíticos recordemos los de A. Em- manuel sobre el «intercambio desigual» como fuente del «desarrollo desigual»; de A. Gunder Frank sobre el «desa­ rrollo del subdesarrollo»; de Samir Amin sobre la distinción entre una «periferia» y un «centro» en la economía del mun­ do contemporáneo; de la escuela latinoamericana que ha es­ crito sobre la «dependencia» (Faletto, los Cardosos, Ferrer, Quijano, Dos Santos, Stavenhagen, Sunkel...); de Palloix, de Jalée... Ninguna de estas aportaciones nos deja indiferentes. Todas son parcialmente discutibles. Unas lo son teóricamente, como la noción de «salarios elevados» de Emmanuel, que olvida que el obrero norteamericano, a pesar de su aparente nivel de vida, es el obrero más explotado del mundo, si se compara su parte en el producto con la parte del capital. Otras son discutibles históricamente, como las tesis de Gun­ der Frank sobre el carácter «capitalista» de las colonizaciones ibéricas, que por mucho que se encuentren en los orígenes del capital europeo, no dejaron de ser feudales y esclavistas. También cabe inquietarse, en algunos temas inspirados por el «tercer mundo», ante una posible explotación, en el sen­ tido reaccionario, del complejo de los colonizados: ilusiones nostálgicas centradas en las realidades precapitalistas (comu­ nidades indígenas, civilizaciones campesinas, etc.), o despla­ zamiento de los antagonismos de clase hacia los antagonismos

de grupo y de raza, desplazamiento favorable a las clases do­ minantes tanto en un tipo de sociedad como en otro.

¿Qué debemos concluir de todas estas observaciones? Después de doscientos años de un enorme progreso material en una parte limitada del globo, el modo de producción capi­ talista, en todos aquellos sitios en que ha intervenido — y ha intervenido un poco en todas partes, hasta su eliminación en algunos países socialistas— no ha desencadenado sino frena­ do sin duda, y quizá detenido, los posibles procesos de desa­ rrollo. Las clases trabajadoras de los países dependientes han sido «sobreexplotadas», puesto que han sido explotadas a la vez por sus antiguas clases dominantes y por los diversos re­ presentantes (comerciantes, financieros, empresarios, adminis­ tradores) del capital extranjero. La masa de los «excedentes» acumulados ha ido a parar a este capital extranjero. Y las oligarquías locales, aristocracias decadentes o burguesías na­ cientes, se han subordinado a él de forma más o menos cons­ ciente, invirtiendo poco o mal su parte de beneficio, gastán­ dolo en un mimètico consumo de lujo. No han faltado los signos precursores de las «revoluciones burguesas», de los nacionalismos redentores. Pocos son los que han llegado a la fase de eliminar a la vez los vestigios precapitalistas (tri­ bales, comunitarios, aristocráticos, feudales) y la penetración capitalista extranjera.

¿El resultado? Sin conceder un valor absoluto a las esti­ maciones de «producto nacional por habitante» que colocan a Arabia Saudita en cabeza de la clasificación, y que se apar­ tan profundamente de la jerarquía de las fuerzas productivas, es lícito pensar que el abanico declarado, que va de 74 dóla­ res per capita a 7.000 para los Estados Unidos y 8.500 para Escandinavia y Suiza, describe un mundo de la desigualdad y del desequilibrio. El mundo de la historia (desde 6000 a. de C. hasta 1700-1750) había sido, incluso en los «siglos de oro» de las «grandes civilizaciones» (China, Egipto, Roma,

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España de Felipe II, Francia de Luis XIV ), un mundo po­

bre, sm sobreabundancia de objetos, y en el que los bienes

alimenticios estaban sometidos a variaciones anuales catastró­ ficas. Era también un mundo de la desigualdad, de la escla­ vitud, de la servidumbre, de la carga, del tributo, de la choza aplastada por el palacio. Pero entre dos civilizaciones rurales, aunque diferían las formas, las cantidades disponibles de bienes eran comparables. La calidad de los objetos artesana­ les, las ventajas comunitarias, los bienes culturales colectivos, compensaban en parte las carencias cuantitativas individuales. Ahora bien, actualmente, en los países asiáticos, africanos y americanos, tocados pero no transformados por el capitalis­ mo, éste ha destruido lo que Marx denominaba (no sin iro- ma por otra parte) las «condiciones idñicas» compensadoras de la miseria, pero no ha asegurado ni el salto cuantitativo ni la regularidad en la producción de los bienes necesarios. Cuan­ do lo ha hecho para algunos objetos, el resultado puede pa­ recer amargo. El pastor del Sahel muere de hambre al lado de su transistor; y la desnudez descarnada de los niños afri­ canos o amazónicos se esconde tras los rascacielos de Abidjan o de Sao Paulo. Y todavía una última contradicción: en el te­ rreno relativamente autónomo de la demografía, la interven­ ción de la ciencia ha limitado la mortalidad antes que la nata­ lidad, sobrepoblando un mundo que podía ser alimentado por las otras conquistas científicas, si los progresos de la produc­ tividad y el mecanismo de intercambios asegurados por el capitalismo tuvieran una eficacia general. Pero, ni en los sec­ tores pobres, mediocremente poblados y políticamente frag­ mentados, como África, ni en los estados gigantes y sobrepo- blados que han permanecido fieles al capitalismo, como la India de Indira Gandhi, «la mayor democracia del mundo», no parecen haberse resuelto ni el problema de la alimenta­ ción, ni el del desarrollo industrial, ni, finalmente, el de la misma democracia.

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