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nacía de manera espontánea: quizá no un fracaso, pero sí la claridad, para sociedades y gobiernos, de que no bas- taba ni un teléfono ni conectividad ni acción colectiva por sí mismas para ge- nerar cambios duraderos y profundos en el orden mundial y también en el nivel local. No obstante, también que- dó asentada una capacidad de unión frente a lo injusto, un descrédito cre- ciente hacia las formas tradicionales de participación política, y una ciudada- nía latente, a la espera de que las indi- vidualidades pudiesen ser convocadas y organizadas frente a nuevos temas quizá ya no de ambición tan extensa y sí al menos que lograsen incidir en un espacio más próximo al ciudadano.

Esas movilizaciones en el espacio prepolítico, en suma, tuvieron eco pa- sajero en la clase gobernante, azuzaron momentáneamente la esperanza de la ciudadanía de sumarse más allá de los mecanismos tradicionales de par- ticipación —partidos, sobre todo— y fueron retomadas por un mínimo de representantes que, pronto, cedieron en su insistencia frente a agendas que se sumían de nuevo en lo cotidiano, lo electoral, el orden y la obtención del poder —en el caso de los países musul- manes— y una recuperación económi- ca global que urgía antes que cualquier otra prioridad. El orden de las cosas volvió a su cauce con nuevos actores —isis, el terrorismo en Occidente y los contingentes de migrantes hacia Euro- pa— que se instalaron como temas de primer orden.

El secuestro del espacio político

Mucho del descontento social que hoy viven las democracias hacia la clase gobernante proviene de esa reiterada cerrazón de la política. Falta de ima- ginación, incapacidad de atender el mediano y largo plazos, poca capaci- dad de renovación, burocratismo en exceso, entre otros, son las expresio- nes que se suelen emplear para des- calificar e incluso dar la espalda a las instituciones que otrora contenían la participación política tradicional. Ante este escenario, y en el peor de los ca- sos, la ciudadanía acusa la reducción de su participación al acto de votar, su instrumentalización como materia de elecciones, el ser atendida solamen- te cuando se desarrollan comicios; en el mejor, se retira al espacio privado y busca otras formas de incidir en lo público, y ese camino suele ser el de la sociedad civil organizada.

« La participación

política que nació

de la indignación

organizada desde las

redes sociales demostró,

así, sus límites, sus

resultados ambiguos,

su potencialidad

acotada, su incapacidad

de transformar en

estructural lo que nacía

de manera espontánea »

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Diálogo Político 1 | 2018

Para Mair (2015) esto representa un doble retraimiento que construye un vacío donde debe darse lo que lla- ma «una nueva forma de democracia»: No es que los ciudadanos se es- tén desentendiendo y dejando atrás a los desventurados políticos, o que los políticos se estén retirando y de- jando sin voz a los ciudadanos cuan- do más los necesitan. Ambas partes se están retirando, y de ahí que en vez de pensar […] que solo una par- te sería responsable del vacío creado —la interpretación populista más burda— tiene mucho más sentido hablar de un proceso de refuerzo mutuo. (p. 117)

Frente a esta situación se exploran una serie de conceptos y prácticas que, volviendo a lo local, buscan cerrar esa brecha mediante una cercanía del go- bierno hacia sus gobernados. Así, go-

bernanza, política del cara a cara, polí- tica de proximidad, entre otros, forman

parte de un vocabulario que generan respuestas en ocasiones positivas, pues inciden y promueven de manera efec- tiva y activa una nueva relación entre gobierno y sociedad.

No obstante, los partidos políticos tradicionales parecen presentar mayo- res resistencias a esta incorporación de la sociedad civil, en una evolución que llevó de los partidos populares —ca- paces de contener afinidades ideoló- gicas— a los llamados catch all parties —que buscan incorporar a todo aquel que garantice apoyos electorales—, y hasta un modelo que en no pocos casos termina por establecerse y que se ha de-

nominado partido cartel: aquel que no se entiende sin el poder y cuya estrate- gia se vuelve una transacción cupular o de elites que asegure mantener plazas ya sea en los Congresos, la administra- ción pública o los gobiernos locales.2

Más allá de que este modelo sea en sí mismo positivo o negativo, lo cierto es que obedece a una nueva confor- mación del espacio público en el que la política se profesionaliza a tal grado que no admite —o deja mínimo lu- gar— a cualquier actor que no proven- ga de la propia política; de nuevo con Mair (2015): «Los ciudadanos dejan de ser participantes y se convierten en espectadores, mientras que las élites ocupan un espacio cada vez mayor en el que perseguir sus intereses particu- lares» (p. 107).

Queda así determinado un nuevo acomodo en los espacios de poder que, no obstante, deja al ciudadano fuera de lo público, o lo impele a recluirse en centros desde los cuales ser capaz de influir. La sociedad civil es pues uno de esos centros que adopta el mismo gra- do de especialización pero de manera monotemática: la academia, los think

tanks, las organizaciones sociales, en-

tre otros, se convierten en zonas de de- sarrollo de un conocimiento preciso, que aporta desde el análisis técnico sus puntos de vista, estudios, diagnósticos o propuestas de solución, y busca me- diante distintas estrategias influir ya sea en la agenda del gobierno o en los programas de los propios partidos.

2 Sobre este proceso de cambio en el interior de un partido en específico, véase Brown (2017).

No es posible hablar pues de ciuda- danía como un ente abstracto, sino que esta debe además poseer una cultura política que la lleve a romper la apatía para reunirse en esos espacios desde los cuales influir. Esta cultura partici- pativa requiere, por su parte, de una organización que la contenga y la pro- yecte hacia lo político de manera tal que pueda hacerse escuchar. Para ello se utilizarán medios como las redes so- ciales, la relación con autoridades, los canales tradicionales de información como radio o televisión, todo en bus- ca poner la atención pública en temas nuevos, urgentes o específicos.

Estas estrategias, si bien han re- sultado efectivas, y no pocas veces son capaces de aprovechar ciertas coyun- turas sociales, económicas o políticas, carecen en muchos casos de vías ins- titucionales para ser atendidas, es de- cir, apelan más a la presión mediática o social, a la capacidad de acercarse de manera no institucional a partidos o gobiernos (nepotismo) o a sus posi- bilidades de movilizar protestas, ya sea en las calles o desde las redes sociales. Es decir, no hay una ruta de acceso que permita a la sociedad civil influir de manera institucional, lo que afecta una de las características tradicionales que distinguían a las fuerzas políticas: la re- presentatividad.

Este secuestro del espacio político ha generado un divorcio que añade ra- zones al desprestigio de los partidos, vistos entonces como entes cerrados, indiferentes o incapaces de responder a otras agendas que no sean las pro- pias, o solamente dispuestos a apro- vecharlas cuando les reditúan votos

(mantenimiento o acceso al poder), ante lo cual la respuesta es, por supues- to, más condena, más acusación, más distanciamiento. Una inestabilidad, en palabras de Daniel Innerarity (2015), que debiera forzar «a las organizacio- nes políticas a desarrollar una inteli- gencia adaptativa y a recomponer su capacidad de representar y gobernar a una sociedad que se ha vuelto más exigente, que controla celosamente sus delegaciones de autoridad».

No es apelar sin duda a una tecno- cracia ni mucho menos a la fantasiosa posibilidad de dar voz a todos los que no la tienen, ni mucho menos en caer en un discurso antipolítico que «de manera artificial contrapone ciuda- danos impolutos, fuente de todas las virtudes, a partidos y políticos que no son más que la cara perversa de la so- ciedad» (Woldenberg, 2015, p. 69).

Se trata, por el contrario, de hallar la forma de que los partidos sean ca- paces de aportar elementos de deba- te a una nueva vertebración donde la sociedad civil deberá tener una forma precisa, transparente e institucional de sumar aquello que de positivo existe

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