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Transmission electron microscope (TEM) 61

Chapter 3 Methods and methodology 44

3.4. Electron Microscopy 60

3.4.2.   Transmission electron microscope (TEM) 61

Estas dos primeras reglas de la Primera semana han sido agregadas a las restantes de la misma semana y tienen, además, cierta unidad, que es doble. Por una parte, tratan del actuar variado del malo y del buen espíritu, mientras que las restantes hablan de ese modo particular de actuar de los espíritus que se llama, en general, consolación y desolación. En segundo lugar, tratan del actuar “contrario modo” del malo y del buen espíritu (EE 314) en personas que, en su camino hacia Dios, van en sentido contrario. Como dirá en la regla séptima de la Segunda semana: las „que proceden del mal en peor” y las que lo hacen” de bien en mejor” (EE 335).

1. Todo hombre es un caminante hacia Dios (un “pere- grino”, diría san Ignacio, que en su Autobiografía se llama a sí mismo, “el peregrino”). En este camino, o bien avanza seguro, o bien se desvía, o bien también, si se queda, re- trocede (porque, en el camino espiritual —según toda la tradición— quedarse es retroceder).

El mal espíritu ayuda, en general, al que se desvía o se queda; el buen espíritu, en cambio, se lo impide. Por el contrario, el mal espíritu impide al que avanza y el bueno lo ayuda.

Esta “contrariedad” en las tácticas de un espíritu y de otro es una constante en todas las reglas ignacianas de discre- ción. Por esta contrariedad es más fácil discernir las mo- ciones de uno y de otro espíritu cuando se las experimenta alternativa o sucesivamente y se puede comparar el efecto en nosotros de uno y de otro espíritu. En tales casos, la claridad que se tiene en discernir uno de los espíritus —el malo, por ejemplo— nos permite discernir mejor el espíri- tu contrario (en este caso, el bueno). Por ejemplo, es más fácil discernir que una tristeza que experimentamos es del mal espíritu, cuando se alterna, en el mismo sujeto, con una alegría que sabemos proviene del buen espíritu (o viceversa).

1.1. ¿Cómo ayuda el mal espíritu al que se desvía o se que- da y, como dijimos, retrocede?

Proponiéndoles —dice san Ignacio— “placeres aparentes”: apariencia que consiste en ser falsos, en el sentido que son contrarios a la verdad propia del espíritu de Cristo o en que son propuestos por nuestra imaginación, como a con- tinuación dice el mismo san Ignacio.

En esta etapa de la vida espiritual, es importante conocer la idiosincrasia del mal espíritu, o sea, el uso que hace de nuestra ima

ginación, que es especialmente rica —como dice san Igna- cio— en los “deleites y placeres sensuales” (o sea, en nues- tro cuerpo y en los sentidos corporales). Pero hay que no-

tar que también se dan deleites en el alma. Por ejemplo, los que son objeto de la “gula espiritual”, cuando buscamos “las consolaciones de Dios”, en lugar de buscar al “Dios de las consolaciones” y dejándolo de lado (EE 331-333). E incluso los deleites sensuales y carnales también se pue- den dar en almas santas y no sólo en pecadores empeder- nidos. Como dice el beato Fabro, uno de los primeros compañeros de Ignacio cuando estaba en París estudiando con él:

“Las tentaciones que entonces sentía eran sobre malas y feas imaginaciones de las cosas carnales (como dice la regla de discernir que estamos comentando, haciéndole imaginar “deleite y placeres sensuales”), por sugestión del espíritu de la fornicación” (Memorial, 9).

1.2. ¿Cómo impide el buen espíritu a los que se desvían —o se quedan y retroceden— en su camino hacia Dios?

“Punzándoles y remordiéndoles las conciencias”: son dos palabras que, en el fondo —y en este contexto— significan lo mismo. La primera —el punzar, como se hace con un absceso purulento— es una metáfora que, unida a la otra palabra —remorder—, tradicional en la Iglesia, indica no sólo el remordimiento, sino también el alivio que la per- sona experimenta cuando se deja llevar de esta inspiración del buen espíritu y deja de desviarse de su camino (o deja de quedarse, retrocediendo en el mismo camino).

“Por la sindéresis de la razón”, añade san Ignacio: la “sin- déresis” es una palabra que usaba la teología escolástica del tiempo de san Ignacio para designar un hábito de los primeros principios de la moral, que ahora se llama sim- plemente conciencia moral.

Es evidente que esta “sindéresis” —o, más simplemente, conciencia— no se refiere solamente a los diez manda- mientos de la ley de Dios, sino a cualquier género de obli- gación, familiar, profesional o religiosa. El buen espíritu nos la recuerda, antes de obrar y, después de haber obrado contra cualquier obligación, nos hace sentir arrepenti- miento o remordimiento, con el objeto de que volvamos por el mismo al buen camino o reiniciemos, con brío, nuestro caminar hacia Dios, allí donde nos habíamos de- tenido.

1.3. Veamos ahora cómo actúa el mal espíritu con las per- sonas que van “de bien en mejor subiendo” (EE 315 y 335). La descripción del modo propio de actuar del mal espíritu es rica y abundante: mientras que en la primera regla de esta Primera semana la

tentación se reducía a una sola cosa (“proponerles placeres aparentes”), aquí se indican varios sentimientos y mocio- nes: tristeza y, a la vez, sentirse “mordido” por una in- quietud o inquieto por falsas razones.

“Morder”: esta metáfora puede haber sido sugerida por el “remorder” de la regla anterior, que expresaba lo propio del buen espíritu con los que van “de mal en peor”.

Y lo mismo diríamos del segundo sentimiento, el de la tristeza: también el remordimiento de la regla anterior va acompañado de tristeza, pero es una tristeza muy distinta de esta, que lleva a la “muerte” y no a Dios (cf. 2 Cor 7, 8-11).

En la vida espiritual es importante captar esta diferencia fundamental entre el modo de obrar de uno y de otro espí- ritu, cuando se trata de personas que van en sentido con-

trario. El buen espíritu, con su “punzar y remorder”, le- vanta el alma hacia Dios y la hace volver a él (cf. Lc 15, 18-20: “Me levantaré e iré a la casa de mi padre”); mien- tras que el mal espíritu, con su “morder y entristecer”, deprime, encierra en sí mismo y no deja pensar ni recordar la misericordia de Dios, más pronta a perdonar que a cas- tigar.

Antes de seguir adelante, insistamos —por la importancia que tiene— en esta distinción entre el “punzar y remorder” de la primera regla de discernir de la Primera semana y el “morder y entristecer”, de la segunda regla de la misma semana. En cualquier vida espiritual, por avanzada que sea, se cometen faltas. Como dice san Ignacio en una carta a Borja:

“No sólo antes que en el obrar se reciban gracias, dones y gustos del Espíritu Santo, más aun venidos y recibidos tales gustos, venimos a desatarnos aun en pensamientos de poco momento, no sabiendo conservar tanto bien celes- tial. De modo que antes que venga tal gracia, ponemos impedimentos; y, después de venida, lo mismo. Yo para mí me persuado que antes y después soy todo impedimento; y de esto siento mayor contentamiento y gozo espiritual en el Señor nuestro, por no poder atribuir a mí cosa alguna que buena parezca; sintiendo una cosa —si los que entien- den, otra cosa mejor no sienten—, que hay pocos en esta vida, y más echo, ninguno, que en todo pueda determinar o juzgar cuánto impide de su parte, y cuánto desayuda a los que el Señor nuestro quiere en su ánima obrar. Bien me persuado que cuanto más una persona será experimentada de humildad y caridad, que sentirá y conocerá hasta los pensamientos mucho menudos y otras cosas delgadas que le impiden y desayudan, aunque sean al parecer de poco o casi ningún momento, siendo tan tenues en sí” (Obras completas de san Ignacio, Carta 26; y del arrepentimiento verdadero de estas pequeñas faltas, ibid., Carta 40). Ahora bien, ante tales faltas (“impedimentos, pensamien- tos mucho menudos y otras cosas delgadas que le impiden y desayudan”, etc.), puede sentirse el remordimiento; pero también puede experimentarse el “morder y entristecer”. Hay, pues, que estar vigilante: cuando experimento que “soy todo impedimento”, no debo dejarme envolver por “la tristeza que lleva a la muerte” (2 Cor 7, 10), sino buscar la que lleva “a la vida” (ibid., w. 9 y 11); no dejarme detener por el “morder y entristecer” propio del mal espíritu, sino llegar al “punzar y remorder”, propio del buen espíritu, que nos levanta y nos lleva hacia Dios.

1.4. Nos falta ver cómo actúa, en estas mismas personas que “van de bien en mejor”, el buen espíritu.

Y lo que hace el buen espíritu es —dice san Ignacio— “dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud”; su objetivo es “para que (la persona que va “de bien en mejor…”) proceda adelante en el bien obrar”. “Dar ánimo y fuerzas” es —junto con la nota final de la “quietud”— tal vez la fundamental de la acción del buen espíritu en un caminante que marcha derechamente y sin detenerse hacia Dios.

“Inspiraciones” es como el contenido —digamos, intelec- tual—: a dónde nos lleva (como dice en EE 318) el buen espíritu.

Finalmente, la “quietud”: ya dijimos que este estado de ánimo es, junto con el “ánimo y fuerzas”, lo fundamental de la acción del buen espíritu en una persona que “va de bien en mejor”; mientras que lo más propio del mal espí- ritu en estas mismas personas es el “inquietar con falsas razones, para que no pase adelante”.

2. En síntesis, si quisiéramos resumir la segunda regla de la Primera semana teniendo en cuenta la primera, diría- mos que el mal espíritu alienta a los que van “de pecado (actual o capital) en pecado (actual o capital)” y desalienta a los que van “de bien en mejor en el servicio de Dios nuestro Señor”. El buen espíritu procede en forma “con- traria”, desalentando, mediante “la sindéresis de la razón” (o conciencia) a los unos, y alentando —con “ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quie- tud”— a los otros.

Y lo más importante es discernir el desaliento que provoca el mal espíritu —el “morder y entristecer” de la segunda regla—, del “punzar y remorder” de la primera regla, no- tando que el desaliento del mal espíritu nos deprime y encierra en nosotros mismos, mientras que el “punzar y remorder” nos levanta hacia Dios.