La actividad reproductora considerada
como forma de crecimiento Tomado en su conjunto, el erotismo es una infracción a la regla de las prohibiciones: es una actividad humana. Ahora bien, aunque esa actividad comience allí donde acaba el animal, lo animal no es menos su fundamento. Y la humanidad, ante ese fundamento, aparta la cabeza con horror al mismo tiempo que lo mantiene como tal. Lo animal se mantiene incluso tanto en el erotismo que constantemente se lo relaciona con términos tales como animalidad o bestialidad. Si la transgresión de lo prohibido tomó el sentido de un retorno a la naturaleza -cuya expresión es lo animal-, fue por un abuso en los términos. Sea como fuere, la actividad a la cual se opone una prohibición es semejante a la de los animales. Siempre asociada al erotismo, la sexualidad física es al erotismo lo que el cerebro es al pen samiento. Es que, de manera muy parecida, la fisiología no deja de ser el fundamento objetivo del pensamiento. Si es que he mos de situar en la relatividad objetiva la experiencia interior que tenemos del erotismo, entonces debemos añadir a los da tos que tenemos la función sexual del animal. Hasta deberíamos ponerla en primer lugar. En efecto, la función sexual del animal presenta unos aspectos que, tomados en consideración, nos fa cilitan el acceso al conocimiento de la experiencia interior.
Así pues, y para acceder a la experiencia interior que tene mos de él, vamos a hablar ahora de las condiciones físicas del erotismo.
En el plano de la realidad objetiva, la vida siempre moviliza, a no ser en caso de impotencia, un exceso de energía que debe consumir; y ese exceso se consume efectivamente, bien en el crecimiento de la unidad considerada, bien en una pérdida pura y simple.1 En este sentido, la sexualidad presenta un aspecto fundamentalmente ambiguo; y esto aunque una actividad sexual independiente de sus fines genésicos no sea menos, y ya desde el principio, una actividad de crecimiento. Las gónadas, consi deradas en conjunto, aumentan de tamaño. Para damos cuenta del movimiento del que se trata, hemos de basamos en el más simple modo de reproducción, es decir, en la escisiparidad. En efecto, el organismo escisíparo crece como organismo único pero, una vez que ha crecido, llega un momento en que se trans forma en dos. Sea por ejemplo el infusorio a que se transforma en a' + a "; el paso del primer estado al segundo no es indepen diente del crecimiento de a; y, a la vez, a' + a" representa, en relación con el estado más antiguo representado por a, el cre cimiento de este último.
Lo que hay que observar entonces es que, aun siendo a' y a" distintos entre sí, ninguno de los dos es distinto de a. Algo de a subsiste en a', tanto como algo del mismo a subsiste en a ". Volveré sobre el carácter desconcertante de un crecimiento que cuestiona la unidad del organismo que crece. Para empezar me referiré al hecho de que la reproducción no es más que una forma de crecimiento. Esto resulta así, de una manera general, por la multiplicación de los individuos, que es el resultado más claro de la actividad sexual. Pero el acrecentamiento de la es pecie a través de la reproducción sexuada es tan sólo un aspecto del acrecentamiento propio de la escisiparidad primitiva, como caso de reproducción asexuada. Como el conjunto de las células del organismo individual, las gónadas sexuales son, a su vez, es cisíparas. En la base, toda unidad viva tiende al aumento. Si en su aumento alcanza un estado pletórico, puede dividirse; pero el crecimiento (la plétora) es la condición de la división que, en el mundo vivo, llamamos reproducción.
El crecimiento del conjunto y el don de los individuos Objetivamente, si hacemos el amor, lo que está en juego es la reproducción.
Se trata pues, si me han seguido hasta aquí, de un creci miento. Pero ese crecimiento no es el nuestro. Ni la actividad sexual ni la escisiparidad garantizan el crecimiento del mismo ser que se reproduce, tanto si se empareja como si, más sim plemente, se divide. Lo que la reproducción pone en juego es el crecimiento impersonal.
La oposición fundamental, que afirmé ya desde el comienzo, entre la pérdida y el crecimiento es, pues, reductible, en un caso, a otra diferencia en la que el crecimiento impersonal, y no la pérdida pura y simple, se opone al crecimiento personal. El aspecto básico, egoísta, del crecimiento sólo se da si el indivi duo se acrecienta sin cambio. Si el crecimiento tiene lugar en provecho de un ser o de un conjunto que nos supera, ya no se trata de un crecimiento sino de un don. Para quien lo hace, el don es una pérdida en su haber. A quien da, le salen las cuentas, pero antes debe dar: debe renunciar, más o menos enteramente, a lo que, para el conjunto que lo recibe, tiene un sentido de acrecentamiento.
La muerte y la continuidad en la reproducción sexuada
y en la asexuada Debemos empezar considerando de cerca la situación abierta en la división.
En el interior del organismo asexuado a había continuidad. Al aparecer a' y a", la continuidad no fue suprimida de una vez por todas. No importa saber si desapareció hacia el co mienzo o hacia el final de la crisis, pero sí que hubo un mo mento suspendido.
En ese momento, lo que aún no era a' estaba en continuidad con a", pero la plétora comprometía la continuidad. Es la plé tora la que comienza un deslizamiento en el cual se divide el ser; pero ese ser se divide en el momento crítico del desliza-
miento, en el momento en que esos seres, que más tarde se opondrán uno a otro, aún no se oponen. La crisis separadora nace de la plétora; la crisis separadora no es aún la separación misma, sino la ambigüedad. En la plétora, el ser pasa de la tran
quilidad del reposo a un estado de violenta agitación; y esa tur
bulencia, esa agitación, afectan al ser enteramente, afectan a su continuidad. Pero la violencia de la agitación, que comienza en el seno de la continuidad, lleva consigo la violencia de la se paración, de la que procede la discontinuidad. Y la calma re torna al fin una vez terminada la separación, de la que resultan dos seres distintos.
La plétora de la célula, que, en estas condiciones, lleva a la crisis creadora de uno, de dos seres nuevos, es rudimentaria en
relación con la plétora de los órganos masculinos y femeninos
que desemboca en la crisis de la reproducción sexuada.
Pero ambas crisis tienen en común aspectos esenciales. En ambos casos, lo que está en el origen es una sobreabundancia, el crecimiento que afecta al conjunto de los seres, tanto repro ductores como reproducidos. Y el resultado es, al fin, la desa parición individual.
En efecto, si se confiere inmortalidad a las células que se dividen, es por equivocación. La célula a no sobrevive ni en a' ni en a "; a ' es distinta de a, y es distinta de a". Positivamen te, a, en la división, deja de ser; a desaparece; a muere. No deja rastro ni cadáver, pero muere. La plétora de la célula acaba en la muerte creadora, a la salida de la crisis en la que aparecie ron las continuidades que son los nuevos seres (a' y a "); éstos, si bien en el origen son sólo uno, es para que esa unidad de saparezca en la división definitiva.
La significación de este último aspecto, común a ambos mo dos de reproducción, es de una importancia decisiva.
En ambos casos la continuidad global de los seres se revela en su límite. (Objetivamente, esa continuidad se da entre un ser
y otro y entre cada ser y a la totalidad de los demás, sólo en los pasos de la reproducción.) Pero la muerte, que siempre suprime la discontinuidad individual, aparece cada vez que, profunda-
mente, se revela la continuidad. La reproducción asexuada la hurta al mismo tiempo que la asume; en ella lo muerto desa parece en la muerte, y ésta es escamoteada. En este sentido, la reprodurción asexuada es la verdad última de la muerte: la muerte anuncia la discontinuidad fundamental de los seres (y del ser). Sólo el ser discontinuo muere; la muerte revela la men tira de la discontinuidad.
Retorno a la experiencia interior En las formas de la reproducción sexuada, la discontinuidad de los seres es menos frágil. Después de muerto, el ser discon tinuo no desaparece enteramente, deja un rastro que puede in cluso durar infinitamente. Un esqueleto puede durar millones de años. En su culminación, el ser sexuado está tentado -in cluso se supone que debe hacerlo-, de creer en la inmortalidad de un principio discontinuo que residiría en él. Contempla su «alma», su discontinuidad, como su verdad profunda, engaña do como está por una supervivencia del ser corporal; pero ésta se reduce a la descomposición, aunque sea imperfecta, de los elementos que lo formaban. A partir de la perduración de las osa mentas, hasta llegó a imaginar «la resurrección de la carne». Los huesos, «el día del juicio final», debían reunirse, y los cuer pos resucitados reconducir a las almas a su verdad primera. En esta hipertrofia de una condición exterior, lo que no se perci be es la continuidad, que no es menos fundamental en la re producción sexuada. Las células genéticas se dividen y, entre
una y otra, es posible captar objetivamente la unidad inicial. Bá
sicamente, entre una división escisípara y otra, es siempre evi dente la continuidad.
En el plano de la discontinuidad y de la continuidad de los se
res, el único hecho nuevo que interviene en la reproducción sexuada es la fusión de los dos seres ínfimos, de las células que son los gametos masculinos y femeninos. Pero la fusión acaba revelando la continuidad fundamental; lo que en ella aparece es que la continuidad perdida puede ser recobrada. De la discon tinuidad de los seres sexuados procede un mundo pesado,
opaco, donde la separación individual está fundada en lo más horroroso; la angustia de la muerte y del dolor confirieron al muro de esa separación la solidez, la tristeza y la hostilidad de un muro carcelario. No obstante, en los límites de ese mundo triste, la continuidad extraviada se recobra en el caso privile giado de la fecundación: la fecundación -la fusión- sería in concebible si la discontinuidad aparente de los seres animados más simples no fuese una añagaza.
Sólo la discontinuidad de los seres complejos parece intan gible de entrada. No podemos concebir sensatamente la reduc ción a la unidad o el desdoblamiento (el «cuestionamiento») de su discontinuidad. En los momentos de plétora en que los ani males son presa de la fiebre sexual, entra en crisis su aisla miento. En esos momentos se supera el temor a la muerte y al dolor. En esos momentos adquiere bruscamente un nuevo vigor el sentimiento de continuidad relativa entre los animales de una misma especie; sentimiento que constantemente mantiene en un segundo plano, pero sin graves consecuencias, una con tradicción de la ilusión discontinua. Cosa extraña, no lo es ordinariamente en condiciones de perfecta similitud entre in dividuos del mismo sexo; parece que en principio sólo una di ferencia secundaria tenga poder suficiente para hacer que sea apreciable una identidad profunda que, a la larga, llegaba a ser indiferente. Del mismo modo, a veces sentimos más intensa mente aquello que se nos escapa en el instante mismo de su desaparición. Aparentemente, la diferencia de sexos aviva, en gañándolo, tomándolo penoso, ese vago sentimiento de conti nuidad que mantiene la similitud de especie. Después de este examen de los datos objetivos, resulta discutible aproximar la reacción de los animales a la experiencia interior del hombre. La manera científica de ver las cosas es simple: la reacción ani mal está determinada por unas realidades fisiológicas. A decir verdad, para su observador, la similitud de especie es una rea lidad fisiológica. La diferencia entre los sexos es otra realidad fisiológica. Pero la idea de una similitud que una diferencia torna más sensible se basa en una experiencia interior. Sólo puedo ahora, al pasar, subrayar este cambio de plano. Esto es característico de la presente obra. Creo que un estudio que
tenga al hombre como objeto está condenado a esta clase de cambios en algunos momentos de su desarrollo. Ahora bien, un estudio que se quiera científico, reducirá la participación de la experiencia subjetiva; pero yo, por método, hago lo contrario y reduzco la participación del conocimiento objetivo. De hecho, si he dado por sentados los datos de la ciencia sobre la reproduc ción, ha sido con la intención de transponerlos luego. Ya lo sé; no puedo poseer la experiencia interior de los animales, y menos aún la de los animales microscópicos. Tampoco puedo conjeturada. Pero los animales microscópicos tienen, corno los animales complejos, una experiencia de su interior: no puedo hacer depender de la complejidad, o de la humanidad, el paso de la existencia en sí a una existencia para sí. Confiero incluso a la partícula inerte, por encima del animal microscópico, esa exis tencia para sí que prefiero denominar experiencia de dentro, ex periencia interior, y para la cual jamás se hallan términos ver daderamente satisfactorios que la designen. De la experiencia interior que no puedo tener, ni tampoco representarme hipo téticamente, no puedo sin embargo ignorar que, por definición, fundamentalmente, implica un sentimiento de sí. Ese senti miento elemental no es la conciencia de sí. La conciencia de sí es consecutiva a la conciencia de los objetos, que sólo se da dis tintamente en la humanidad. Pero el sentimiento de sí varía ne cesariamente en la medida en que quien lo experimenta se aísla en su discontinuidad. Ese aislamiento es más o menos gran de en función de las facilidades ofrecidas a la discontinuidad objetiva, y en razón inversa a las posibilidades ofrecidas a la continuidad. Se trata de la firmeza, de la estabilidad de un lí mite concebible, pero el sentimiento de sí varía según el grado del aislamiento. La actividad sexual es un momento de crisis del aislamiento. Esa actividad es conocida por nosotros desde fue ra, pero sabemos que debilita el sentimiento de sí, que lo cues tiona. Hablamos de crisis: se trata del efecto interior de un acontecimiento objetivamente conocido. Aun conocida objeti vamente, la crisis no introduce menos por ello un dato interior fundamental.
Los datos objetivos propios de la reproducción sexuada en general
El fundamento objetivo de la crisis es la plétora. En la esfera de los seres asexuados, este aspecto aparece ya desde el primer momento. Hay crecimiento; y el crecimiento determina la re producción; lo cual implica, en consecuencia, la división; y ésta a su vez determina la muerte del individuo pletórico. Ahora bien, en la esfera de los seres sexuados, este aspecto resulta me nos claro. Pero no por eso la sobreabundancia de energía deja de constituir la base sobre la cual se ponen en actividad los órga nos sexuales. Y, tal como sucede con los seres más simples, esta sobreabundancia impone la muerte.
Pero no la impone directamente. Por regla general, el indi viduo sexuado sobrevive bien a la sobreabundancia, y también a los excesos a los que le conduce la sobreabundancia. Sólo en muy raros casos, la muerte es la salida de la crisis; y la signi ficación de esos casos es, hay que decirlo, sorprendente. Resulta tan impresionante para nuestra imaginación que el decaimiento consecutivo al paroxismo final es considerado una «muerte cita». La muerte es siempre, humanamente, el símbolo de la re tirada de las aguas posterior a la violencia de la agitación. Pero si es su símbolo no lo es a partir de la figuración de una equi valencia lejana. No debemos olvidar nunca que la multiplica ción de los seres es solidaria con la muerte. Quienes se repro ducen sobreviven al nacimiento de los engendrados, pero esa supervivencia es sólo una prórroga. Se otorga un plazo, que en parte se dedica a la asistencia efectiva que hay que dar a los recién llegados; pero la aparición de esos recién llegados es el anuncio de una desaparición de los predecesores. Si bien la re producción de los seres sexuados no comporta una muerte in mediata, sí comporta una muerte a largo plazo.
La consecuencia inevitable de la sobreabundancia es la muerte; y sólo un estancamiento sostiene el mantenimiento de la discontinuidad de los seres (los mantiene aislados). Esta dis continuidad es un desafío al movimiento que fatalmente derri bará las barreras que separan a los individuos, distintos entre sí. La vida, su impulso y su movimiento, puede exigir por un
instante las barreras sin las cuales no sería posible ninguna or ganización compleja, ninguna organización eficaz. Pero la vida es movimiento, y nada en el movimiento está fuera del alcance del movimiento. Los seres asexuados mueren de su propio de sarrollo, de su propio movimiento. Los seres sexuados, a su pro pio impulso hacia la sobreabundancia -como a la agitación ge neral- sólo le oponen una efímera resistencia. Es cierto que en ocasiones sólo sucumben al debilitamiento de sus propias fuer zas, a la ruina de su organización. Sobre esto no podemos en gañarnos. Sólo la muerte innumerable saca a los seres que se multiplican del callejón sin salida en el que . están. Pensar un mundo en el que una organización artificial garantizase la pro longación de la vida humana, es algo de pesadilla. No podemos
entrever nada que vaya más allá de un ligero aplazamiento. Al
final la muerte estará ahí; la habrá traído la multiplicación, la sobreabundancia de la vida.
La proximidad de los dos aspectos elementales vistos desde dentro y desde fuera Estos aspectos de la vida en los que la reproducción está li gada a la muerte, poseen un innegable carácter objetivo; pero, como dije, hasta la vida elemental de un ser es ciertamente una experiencia interior. Incluso podemos hablar de esta experiencia rudimentaria, siempre y cuando admitamos que no nos es co municable. Es la crisis del ser: el ser tiene la experiencia interior del ser en la crisis que lo pone a prueba. La crisis del ser es su entrada en el juego, en un pasaje que va de la continuidad a la discontinuidad, o de la discontinuidad a la continuidad. El ser más simple tiene, admitámoslo, un sentimiento de sí mismo y de sus límites. Si esos límites cambian, ese sentimiento funda mental le afecta; esa afección es la crisis del ser que tiene sen timiento de sí.
De la reproducción sexuada, he dicho que sus aspectos ob jetivos eran a fin de cuentas los mismos que en la división es cisípara. Y cuando nos ocupamos de la experiencia humana que tenemos de esa reproducción en el erotismo, aparentemente nos
alejamos de esos aspectos objetivos fundamentales. En parti cular, en el erotismo, nuestro sentimiento de plétora no está li