CHAPTER 4: THE CASE STUDY POWER STATION TO HOTEL
4.10. The typological debate
La desobediencia constituye de hecho un problema con los jóve nes excéntricos, pero antes de considerarlo, el terapeuta debe acep tar, como premisa fundamental, que la conducta excéntrica y loca es, básicamente, una conducta protectora.1 No importa lo extraña,
violenta y extrema que sea esa conducta, su función es estabilizar una organización. Desobedecer es en sí una manera de obligar a un grupo a que se organice en forma más estable.
Quizá podamos ilustrar con un ejemplo este punto de vista sobre la locura. En cierta oportunidad se me pidió que diera una charla para el personal de una sala de psiquiatría, integrado por una mezcla de enfermeras, auxiliares, asistentes sociales, psicólogos y psiquiatras de todas las edades, sexos y razas. Esperé a que el grupo se ubicara en sus asientos y se dispusiera a escuchar. En ese momento entró en la habitación en que estábamos reunidos un joven con el piyama he cho jirones y cubierto por una bata arrugada, que parecía confun dido y desconcertado. Un hombre de barba, miembro del personal, se le acercó y le dijo: “No puedes entrar ahora, Peter, esta reunión e; sólo para el personal”. Lo tomó del brazo y lo hizo salir; cuando el profesional volvió, los asistentes cuchichearon y se sonrieron, com partiendo su embarazo ante la intrusión. Volví a esperar que se aco modaran antes de empezar a hablar, y entonces Peter reapareció en la sala. El hombre de barba se levantó y le dijo: “Peter, la terapia de grupo no empieza hasta la una. Esta reunión es para el personal sola mente”. Tomó otra vez al joven del brazo y lo sacó. Al volver, son reía, y hubo risas sofocadas en los demás, que se volvieron hacia mí, expectantes. Cuando Peter entró por tercera vez todo el mundo soltó
1 Debo a Qoé Madanes la idea acerca de la protección que ejerce el joven
sobre sii familia; véase su trabajo “The Prevention of Rehospitalization of Adolescents and Young Adults", en prensa.
la carcajada. Alguien que parecía estar a cargo le dijo a un auxiliar: “ ¡Sácalo afuera! ”. Un individuo corpulento escoltó a Peter hasta el pasillo, volvió y se sentó. El joven no entró de nuevo.
Mientras yo observaba al grupo y reflexionaba sobre lo sucedido, tenía la convicción de que mi propia explicación acerca de las entra das y salidas de Peter era distinta de la que se darían ellos. Desde luego, hay toda una gama de explicaciones posibles. En un ambiente médico, la idea más común sería que Peter estaba desorientado en el tiempo y en el espacio, y que mientras deambulaba entró casi por azar en ese cuarto particular. Otra explicación sería que las entradas del joven fueron en parte fortuitas, pero en parte obedecieron a su deseo de expresar su hostilidad hacia la autoridad, y por ende al per sonal que allí la simbolizaba. La extraña vestimenta que se le había puesto, así como su confusión y sus gestos idiotas, instarían a los demás a observarlo de manera condescendiente y divertida.
Permítaseme que describa qué pensé yo que había hecho el joven conmigo y con el personal del establecimiento. Mientras este se reu nía y tomaba asiento, percibí entre ellos un sentimiento sumamente negativo. Es habitual que haya tensión y conflictos encubiertos entre las personas que trabajan en un hospital neuropsiquiátrico, pero en ese momento y en esa sala, parecían particularmente serios. El perso nal había acudido a regañadientes a mi conferencia y expresaba con sus gestos el desagrado que sentían mutuamente y hacia mí. Cual quiera podía advertir, por su hosquedad y malhumor, las pugnas y rencillas entre ellos.
Yo percibí este sentimiento desagradable y cada vez tenía menos ganas de dar la charla. Me pregunté qué podría hacer para aligerar ese talante adusto o aliviar la tensión, y me dije a mí mismo que nada podía hacer. En ese punto comenzaron las entradas y salidas de Pe ter. En su tercer arribo y partida todos rieron, y el grupo se trasfor- mó. Les encantaba que Peter demorase al orador que los visitaba; con su acción, Peter había conseguido unirlos en un grupo amable y estable. El disenso desapareció de la superficie; todos se mostraban amigables en su conversación recíproca y conmigo. Me sentí aliviado de poder hablar ante un agradable auditorio. Concluida su misión, Peter no retornó: había logrado lo que ni yo ni ninguna otra persona habríamos conseguido en ese lugar. Ese joven excéntrico había pues to orden y cierta armonía en una organización en la que hasta enton ces esos elementos eran casi inexistentes.
En este libro sostenemos que la locura de los jóvenes cumple pre cisamente esa función en los hospitales neuropsiquiátricos y en las familias.
Es conveniente partir del supuesto de que los jóvenes excéntricos que estabilizan a un grupo mediante su sacrificio personal lo hacen a conciencia y voluntad. Con este supuesto se evita el vano intento de que el excéntrico entienda lo que hace. El sabe lo que hace y cómo lo hace mucho mejor que el terapeuta que pudiera señalárselo. Es un
sacrificio perpetrado por un individuo que está dispuesto a convertir se en un payaso, provocarse algún daño o hacer cualquier otra cosa necesaria con tal de cumplir con esa función. Las tentativas de per suadir al joven excéntrico de que renuncie a su carrera sacrificada casi siempre fracasan. En raras ocasiones, el terapeuta puede mera mente asegurarle que conoce la gravedad de la situación familiar y es lo bastante competente como para manejarla. El joven volverá enton ces a la normalidad, y dejará a sus padres en manos del terapeuta. Pero sólo una acción competente puede conseguir persuadirlo de ese modo, no una simple charla o la promesa de que uno hará todo lo posible.