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« Al principio este mundo era sólo el At- man en form a de un hombre. Éste m iró a su alrededor y no vio otra cosa que a sí mismo. Inmediatamente gritó: “¡Soy Y o!" Así es com o se originó el nombre Yo. P or esto, también cuando alguien es llamado, responde inmediatamente: “Soy Y o ”, y lue­ go añade el otro nombre, el que soporta

( Br i h a dAr a n y a k a-Up a n i s h a d)

Numerosas discusiones acerca de los principios psicológicos se deben a las diferencias caracterológicas individuales entre los que disienten. Como ya se ha dicho, a la caracterología podría corres­ ponder, pues, un papel importante: mientras uno añrma que en­ cuentra en sí una determinada cosa, el segundo, por el contrario, dice hallar algo diferente, y esto nos enseña el p o r qué la autoob- servación de uno de los individuos difiere de la del otro, o al me­ nos muestra lo que hay de diferente entre las personas conten­ dientes. En efecto, no veo otro camino para llegar a la solución de las cuestiones psicológicas debatidas. La psicología es la ciencia de la experiencia, y por ello no procede, como las ciencias supra- individuales de la lógica y de la ética, de lo general a lo particu­ lar, sino que, por el contrario, parte del individuo aislado. No exis­ te una psicología general empírica, y fue un error emprender su estudio sin ocuparse simultáneamente de la psicología dife­ rencial.

La responsabilidad de esta pobreza en los resultados debe atri­ buirse a la posición ambigua que ocupa la psicología entre la fi­ losofía y el análisis de las sensaciones. Los psicólogos, cualquiera que sea el campo donde actúan, tienen siempre la pretensión de que sus resultados posean validez general; pero quizá no se pue­ dan resolver problemas tan fundamentales como el de si en la sen­ sación se da o no un acto activo de la percepción, cierta esponta­

neidad de la conciencia, sin recurrir a las diferencias caracteroló­ gicas.

Uno de los principales fines de este trabajo es resolver median­ te la caracterología una pequeña parte de tales anfibolias, particu­ larmente respecto a la psicología de los sexos. Los diferentes mo­ dos de tratar el problema del Yo resultan no de las diferencias psicológicas de los sexos, sino, en primer término, quizás exclusi­ vamente de las diferencias individuales en el talento.

Precisamente, la diferenciación entre Hum e y Kant es también posible caracterológicamente, del mismo modo que también lo sería, por ejemplo, diferenciar dos individuos uno de los cuales

estimara superiores las obras de M akart y Gaunod, mientras el otro creyera que lo eran las de R em brant y Beethoven. En primer término, diferenciaré tales individuos según su talento, y, por lo tanto, también en este caso será necesario no dar el mismo valor a los juicios sobre el Yo cuando provengan de dos individuos cuya inteligencia sea muy diferente. N o existe un hom bre verdadera­

mente superior que no esté convencido de la existencia del Yo;

quien niegue el Yo, seguramente no podrá ser un hombre supe­ rior.1

En las páginas siguientes demostraremos la necesidad absoluta de afirmar esta tesis, a la par que se buscará también el funda­ mento para la más alta valoración del juicio del genio.

No existe ni podrá existir un hombre superior para quien en el curso de su vida no llegue un momento (tanto más precoz cuan­ to más genial sea) en el que obtiene la completa seguridad de poseer un Yo en el sentido más elevado.2 A continuación compa­ raremos las manifestaciones de tres hombres muy diferentes, pero altamente geniales.

Jean Paul hace la siguiente narración en su bosquejo autobio­ gráfico Verdad de m i vida:

«Jamás olvidaré la sensación, no confiada todavía a ningún hom­ bre, que sentí cuando nació mi autoconciencia, y podría añadir el lugar y el momento. Siendo muy niño me hallaba una mañana bajo el portón de mi casa observando a la izquierda un montón de leña, cuando como un relámpago se me ocurrió la siguiente idea: "Y o soy un Y o ”, y ese mi Yo que por primera vez constaté me acompaña eternamente. Difícilmente puede suponerse que se tra­ te de un engaño del recuerdo, pues ninguna narración externa se habría podido sobreponer a un acontecimiento acontecido en la intimidad más sagrada del individuo, ni mezclar su novedad con las circunstancias secundarias de la vida cotidiana.»

El mismo significado tienen las palabras de Novalis en sus Frag­

mentos de contenido vario:

«Este hecho no se puede explicar, y cada uno debe experimen­ tarlo por sí mismo. Es un acontecimiento de elevada categoría,

que sólo ocurre a los individuos superiores; los hombres deberán, sin embargo, aspirar a que se produzca. El filosofar es un dis­ curso de ese tipo que uno se hace a sí mismo, una autorrevelación singular, una excitación del Yo real a través del Y o ideal. El filo­ sofar es el fundamento de las restantes revelaciones. Quien a ello se dedica exige al Yo real hacerse consciente, despertarse y espi­ ritualizarse.»

En una obra de juventud poco conocida, la octava de sus Car­

1. Con esto no queremos decir que todo individuo que reconozca el Y o sea un genio.

2. Como veremos más adelante, de esto depende que los hombres sobresalientes puedan amar muy precozmente, por ejemplo, a la edad de cuatro años.

tas filosóficas sobre el dogm atism o y el criticism o, Schelling em­ plea las hermosas y profundas palabras siguientes para expresar el mismo fenómeno: «En todos nosotros... existe una capacidad secreta y maravillosa de recogernos en nuestra intimidad, ponién­ donos al abrigo de los cambios del tiempo, y desnudando nuestro Y o contemplar la eternidad bajo la forma de la inmutabilidad.

Esta contem plación es la más íntim a y peculiar experiencia de la que depende todo cuanto sabemos y creemos de un mundo tras­ cendental. La contem plación nos convence, en p rim e r térm ino, de que existe algo en el verdadero sentido, mientras las restantes co­ sas a las que aplicamos ese verbo sólo aparecen. Se diferencia de las contemplaciones sensoriales en que sólo es producida por la

libertad, y queda ignorada y oculta a aquellos individuos cuya li­ bertad sofocada por la potencia invasora de los objetos apenas es suficiente para provocar la conciencia. También para aquellos que no poseen la libertad de la autocontemplación existen, al menos, experiencias mediatas que permiten aproximarse a ella, a través de las cuales pueden presentir su existencia. Existe inconscien­ temente un cierto sentido profundo del que no somos conscientes y que en vano aspiramos a desarrollar. Jakobi lo ha descrito... Esta contemplación intelectual tiene lugar en el momento en que dejamos de ser un ob jeto para nosotros mismos, y volvemos nues­ tras mirada hacia nuestro interior, con lo que el Y o contemplativo se identifica con el objeto contemplado. E n este m om ento de la

contem plación desaparece para nosotros el tiem po y la duración; no estamos en el tiempo, sino que es el tiempo, o p o r m e jo r decir la eternidad pura y absoluta la que está en nosotros. No estamos perdidos en la contemplación del mundo objetivo, sino que es éste el que se pierde en nuestra contemplación.»

El inmanente, el positivista, quizá sonría ante el engañador en­ gañado, el filósofo, que pretende poseer tales experiencias. Con­ tra esto es difícil hacer algo e incluso sería superfluo. Sin embar­ go, no soy de la opinión de que aquel «acontecimiento de tipo su­ perior» se presente en todos los hombres geniales en la forma mística de una identificación de sujeto y objeto, de una superpo­ sición de ambos como suponía Schelling.

Poco nos debe importar que existan experiencias indivisas en las que el dualismo se haya superado en vida, como afirman Pla­

tino y los Mahatmas hindúes, o si aquéllas son únicamente inten­ sificaciones supremas de la experiencia que en principio son igua­ les a las demás. La identificación del sujeto y del objeto, del tiem­ po y de la eternidad, la contemplación de la divinidad por los seres vivos, no puede ser afirmada como posible ni puesta en duda como imposible. El conocimiento teórico no comienza con una ex­

periencia del propio Yo, y nadie ha intentado valorarla como una filosofía sistemática. En consecuencia, aquel acontecimiento de «orden superior» que en unos individuos se cumple de un modo y

en otros de otro, no lo denominaré experiencia del propio Yo, sino advenimiento del Yo.

Todo hombre superior conoce el advenimiento del Yo, sea que alcance a encontrar el Yo y la conciencia, por vez primera, en el amor a una mujer (el hombre superior ama más intensamente que el mediocre); sea que a través de la conciencia de culpa, en virtud de contraposición, alcance el sentimiento de su más eleva­ do y verdadero ser, al cual ha sido infiel (también la conciencia de culpa es más violenta y destacada en los hombres superiores); sea que el advenimiento del Yo le conduzca a confundirse con el todo, a la contemplación de todas las cosas en la divinidad o se mani­ fieste en él el terrible dualismo entre la naturaleza y el espíritu del universo, despertando la necesidad de la redención, la nece­ sidad del milagro interior. Siempre y eternamente junto al adve­ nimiento del Y o se origina al propio tiempo el núcleo de una

concepción del mundo sin participación del individuo que piensa.

La concepción del mundo no es la gran síntesis que en los pri­ meros días de la ciencia pueda elaborar un hombre particular­ mente diligente que sentado ante su mesa, en medio de una bi­ blioteca, se dedica al estudio de todas las ramas de la ciencia. La concepción del mundo es algo experimentado, claro y evidente en

su totalidad, aun cuando en sus particularidades existan aún mu­ chos puntos oscuros y contradictorios. El advenimiento del Y o constituye, sin embargo, la raíz de todo acontecimiento, es decir de toda concepción del mundo com o conjunto, y no menos para el artista que para el filósofo. Y aunque difieran de modo tan ra­ dical las distintas concepciones del mundo existe algo común a todas ellas, en tanto que merecen este nombre3 y es aquello que les transmite el advenimiento del Yo, la creencia que todo hom bre

im portante posee: el convencim iento de la existencia de un Y o o de un alma solitaria en el universo, a la que el universo todo se opone y que todo el mundo contempla.

Desde el advenimiento del Yo el hombre superior vivirá de ordinario con alma, aunque pueden sobrevenir con frecuencia in­ terrupciones impregnadas del sentimiento más terrible: del sen­

tim iento de estar muerto.

Por esta razón, y no sólo por la elevada estimación de lo que han creado, los hombres geniales poseen en todos los casos y en todos los sentidos la máxima autoconciencia. Nada más equivo­ cado que hablar de la «modestia» de los grandes hombres, quie­ nes, según se afirma, ni siquiera tendrían conciencia de lo que en

3. No pertenecen a este lugar el darwinismo y los sistemas monísticos, en cuyo centro se halla el «pensamiento de la evolución». El dominio de la especie y de la reproducción que reinan en nuestro tiempo no podían manifestarse de modo más claro que con el hecho de que se relacione la doctrina de la descendencia con la expresión «concepción del mundo», oponiéndola al pesimismo.

ellos se alberga. No existe ningún hombre superior que no sepa que se diferencia extraordinariamente de los demás (con excep­ ción de los períodos depresivos en los cuales, a pesar de los bue­ nos propósitos sustentados en los tiempos mejores, permanecen estériles), que no se considere altamente importante en cuanto ha creado alguna cosa, y, como es natural, no existe ninguno cuya vanidad y ambición de gloria sea tan pequeña que no lo lleve a creerse superior a su propio valor. Schopenhauer se consideraba muy superior a Kant. Cuando Nietzsche proclamó que su Zara-

tustra era el libro más profundo del mundo, ello se debía en parte a la desilusión experimentada por el silencio de los comentaristas y a la necesidad de estimularlos; motivos que de todos modos no son muy nobles.

Pero en la opinión de que los hombres superiores sean modes­ tos hay algo exacto: jamás son presuntuosos. Presunción y auto- conciencia son cosas contrapuestas que no deben confundirse, como ocurre de ordinario. Un hombre es tanto más arrogante cuanto menor es su autoconciencia. Seguramente la presunción es sólo un medio de incrementar la autoconciencia rebajando ar­ tificialmente a las personas que le rodean, con lo que se puede llegar a la afirmación de la personalidad. Como es natural, esto sólo puede afirmarse de la arrogancia inconsciente, pudiéramos decir fisiológica, pues cualquier hombre superior puede adoptar ese continente para mantener su propia dignidad frente a sujetos despreciables.

El convencim iento de que poseen un alma, convencimiento in­ dependiente de toda demostración, es, pues, común a todos los hombres geniales. Hay que poner fin al ridículo temor que hace ver un teólogo propagandista en todo aquel que habla del alma como una realidad hiperempírica. La creencia en el alma nada tiene que ver con las supersticiones ni con los medios de seduc­ ción empleados por la clerecía. También los artistas hablan de su alma sin haber estudiado filosofía ni teología, y otro tanto puede decirse de los ateos más escépticos, como Shelley, que creen sa­ ber lo que entienden con esa palabra.

¿Podría pensarse que el «alma» sea para ellos sólo una bella palabra vacía de sentido, que repiten sin comprender? ¿Puede creerse que el gran artista emplee esta expresión sin conocer cla­ ramente lo que con ella quiere designar, que en este caso es la máxima realidad imaginable? El empírico inmanente, el fisiólogo puro, deben considerar todo esto como una charla sin sentido, o afirmar que Lucrecio es el único gran poeta. Aun cuando cierta­ mente se haya abusado de la palabra, cuando los artistas eminen­ tes afirman la existencia de su alma, deben saber bien lo que hacen. Existe para ellos, al igual que para los filósofos, cierto sen­

tim iento lím ite de la realidad suprema. H um e no ha conocido se­ guramente ese sentimiento.

pronto demostraremos, por debajo de los filósofos y de los artis­ tas. Éstos son los que únicamente merecen el calificativo de ge­ nios, mientras que el simple científico jamás puede aspirar a ese título. Sin embargo, sería conceder una extraordinaria y hasta ahora no siempre justificada preferencia al hombre de genio fren­ te al científico, si sus opiniones sobre determinado problema, por el hecho de ser suyas, fueran consideradas de mayor peso que las emitidas por este último. ¿Sería razonable esta preferencia? ¿Pue­ de el genio investigar problemas que están vedados al hombre de ciencia como tal? ¿Puede penetrar con su mirada a una profun­ didad que jamás éstos han alcanzado?

Según hemos dicho, la genialidad incluye en su propia noción la universalidad. Para el hombre entera y completamente genial (lo que es una ficción necesaria) nada existe que no esté en vital, íntima y fatal relación con él. Genialidad sería la apercepción uni­ versal y, por lo tanto, memoria completa, eternidad absoluta. Se debe, sin embargo, para poder apercibir alguna cosa tener ya cier­ ta afinidad con ella. Se apercibe, comprende y capta sólo aquello con lo que se tiene semejanza. Hemos llegado a considerar al ge­ nio, a pesar de todas sus complicaciones, como el hombre en el que el Y o es más intenso, vital, consciente, continuo y único. El Yo, sin embargo, es el punto central, la unidad de la apercepción, la «síntesis» de toda variedad.

El Yo del genio debe, pues, ser en sí la apercepción universal; el punto encerraría el espacio infinito. E l hom bre superior tiene

en si el mundo entero, el genio es el m icrocosm os viviente. No se trata de un mosaico muy complicado, no es una combinación quí­ mica de una pluralidad siempre ilim itada de elementos, ni esto es lo que queríamos significar cuando en el capítulo IV hablába­ mos de su más íntima afinidad con el mayor número de hombres y de cosas: el hom bre genial es todo. Como en el Y o y a través del Y o se funden todos los fenómenos psíquicos, como esta fusión es vivida de un modo inmediato y no arrastrada a la vida aními­ ca fatigosamente por una ciencia (como se ve obligado a hacer aquel que sólo mira la cosas externas),1 como en este caso el todo es anterior a las partes, el genio, en el cual el Y o vive com o un

todo, contem pla en la naturaleza y en las acciones de todos los seres en su conjunto las relaciones que existen, y no construye un edificio valiéndose de trozos dispersos. En consecuencia, el

4. Por esto en el interior de cada individuo no existe el concepto de azar y nunca puede surgir la idea de que éste intervenga. A consecuencia de largas ex­ periencias e inducciones comprendo inmediatamente que una barra calentada se di­ late por efecto de la energía térmica, y no a consecuencia de la contemporánea apa­ rición de un cometa: la exacta relación no es obtenida en este caso directam ente del acontecimiento observado. Si, por el contrario, me irrito de mi propio com­ portamiento en una determinada sociedad, sé inm ediatam ente, aunque ello ocurra por primera vez y aunque al mismo tiempo se intercalen otros sucesos psíquicos, el m otiv o de mi descontento, o puedo darme cuenta, si no intento engañarme a mí mismo, de que estoy en condiciones de adquirir esa seguridad.

hombre superior no puede ser un simple psicólogo empírico para el cual sólo se dan las singularidades que intenta reunir con el sudor de su frente mediante asociaciones, vías de conducción, etc., ni tampoco es un simple físico, que ve el mundo compuesto de átomos y moléculas.

Partiendo de la idea del todo, en el que vive continuamente, el genio reconoce el sentido de las partes. Valora todo, trátese de lo que está en él o de lo que se encuentra fuera de él, y sólo p or esto lo independiza del tiempo como un grande y eterno pensamiento. En ese sentido el hombre de genio es al mismo tiempo el más p ro­

fundo; sólo él es profundo y únicamente cuando es profundo es genial. De aquí que su opinión posea un valor mayor que la de los demás. Como partiendo del todo construye su Yo, que comprende el universo (a diferencia de los restantes individuos que no alcan­ zan jamás a la completa conciencia de su propio ser), todas las cosas tienen para él un sentido, una significación y siempre ve en ellas símbolos. La respiración es algo más que simple intercam­ bio de gases a través de las delgadas paredes de los capilares he- máticos; el azul del cielo es algo más que luz solar en parte po­ larizada y difusamente reflejada en las nebulosidades de la atmós­ fera; las serpientes algo más que reptiles sin extremidades. Aun

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