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Acabamos de pasar revista a dos discursos clásicos en todo análisis de Mister Witt en el Cantón. Uno de ellos hace referencia a la invención de una revolución, llevada a cabo por Sender, sobre la base de unos hechos históricos transcurridos sesenta años antes, y sobre la base, también, de la situación subjetiva de ánimo que corresponde a un escritor “comprometido”, perplejo ante la marcha de la historia que advierte en los acontecimientos de 1933, 1934 y 1935. Y el otro hace referencia al tipo del protagonista: un inglés, conformado según las pautas de la civilización burguesa victoriana, que comparece en la acción movido por las exigencias de una “personalidad” que saltó por encima de la “hombría”, desviándola y bastardeándola; que será arrastrado y destruido por la pasión de los celos, engendrada por sus sentimientos de inseguridad. Ya quedó indicado que la mayoría, por no decir la práctica totalidad de los análisis críticos de que ha sido objeto esta novela, se han circunscrito a estos dos componentes —el Cantón y Mister Witt—, otorgando prioridad a uno u otro, o bien llamando la atención, como Carrasquer y Collard, acerca de la perfecta ensambladura y equilibrio que se da entre ambos en el cuerpo de la narración.
En el marco de un planteamiento así delimitado, corresponde al gran personaje femenino de la novela, Milagritos, una función subordinada en ambos planos. Con referencia a Mister Witt, Milagritos es “la mujer” que motiva de manera inmediata el drama de celos del protagonista. Quizá sea Carrasquer, que yo sepa, quien más detenidamente ha parado hasta ahora la atención en Milagritos como contrapunto de Witt —generosidad frente a egoísmo, espontaneidad frente a norma disociada de la vida, “españolismo” frente a “prudente pragmatismo británico”—; como posible “símbolo de la mujer española atada de cuerpo y volandera de espíritu”. Pero siempre dentro de esa relación al principal protagonista cuya tragedia psicológica requiere la presencia de una mujer en el contexto de la acción novelesca. Y con referencia a la revolución cantonal, Milagritos significa la
personificación de un subconsciente colectivo; el trazado de un arquetipo humano que parece resumir, en su entraña, las motivaciones y el talante del pueblo lanzado a la aventura de aquella revolución.
Ahora bien, basta una lectura atenta de Mister Witt en el Cantón para advertir que Milagritos es, en el conjunto de la narración, algo más vivo, rico y complejo de lo requerido por la doble función que queda apuntada. En efecto, lo primero que nos llama la atención es la consistencia interna del personaje, que apunta inequívocamente a una parcela autónoma de realidad que se ha hecho converger, en el proceso de creación novelesca, con los otros dos “discursos” principales. La procedencia real del personaje viene sugerida, como he escrito en otro lugar, por los perfiles de discordancia que ofrece con respecto al contexto social y humano en que el autor lo coloca. Ni su extracción social (“¡Una revolucionaria con sus rentas bien seguras!”, ironizará Mister Witt, en el cap. IV) rima bien con los niveles populares que prevalecen en la versión senderiana de la revolución cantonalista, ni su condición de lorquina —tan insistentemente recordada por el autor— encaja bien con la función que este último le atribuye de símbolo de la revuelta popular cartagenera, —ni son frecuentes entre las cartageneras los ojos "de un verde claro” (cap. X), — ni deja de ofrecer el personaje de Milagritos unos contrastes de carácter que obligan a pensar en el trasunto de una mujer real detenida y hondamente observada. Pero no es sólo la mujer en sí misma, la personalidad exenta de Milagritos, lo que se despega de los otros discursos que se anudan en la trama de Mister Witt en el Cantón. Milagritos comparece en la novela rodeada de un pequeño, pero significativo universo peculiar, que nos remite a planos igualmente peculiares en el proceso de gestación de aquélla.
En primer lugar, al mundo de Lorca, ciudad murciana del interior, de base económica fundamentalmente agraria y estructuras sociales de corte tradicional, sobre las que gravita ese “empaque señorial” analizado en sus fundamentos por Gil Olcina y que llama poderosamente la atención del visitante a través de la abundancia de muros blasonados. En el marco regional de los acontecimientos de 1873, Lorca asume una significación contrapuesta a la de Cartagena en razón de su carácter conservador. La referencia de Milagritos al ámbito lorquino aparece ya en las primeras páginas de la novela (“tenía algunos bienes en Lorca”, cap. 1), y en los capítulos VI y VII la mujer de Jorge Witt dejará bien claro dónde presiente su seguro refugio si ocurre lo peor, al repetir por tres veces: “Como amarren aquí barcos ingleses y echen tropas al muelle me voy a Lorca”. De Lorca llegaban los “postres de sartén” que tanto gustaron al cónsul británico (cap. VII); “aquella etapa de Lorca había sido para Milagritos la época dorada de su vida”.. Los recuerdos de Lorca, de la casa y el huerto de Lorca, saltan a un primer plano de la narración en este mismo capítulo VIl: “En Lorca había un huerto pegado a la casa...
En segundo lugar, no puede dejar de llamar la atención el marco y los caracteres que presta Sender al idilio frustrado —si es que puede ser llamado así— de Milagritos con Froilán Carvajal. Sabemos que Froilán Carvajal fue un personaje histórico; creo tener motivos para poder afirmar —como lo hago en el lugar correspondiente de mis notas que la recreación senderiana de tal personaje se basó en la breve semblanza del mismo que aparece en la obra de Puig Campillo. Pero lo que quisiera recoger aquí es el hecho de que nuestro novelista hiciera gravitar la personalidad de Froilán Carvajal —sin el menor apoyo histórico real, que yo conozca— sobre el mundo y los recuerdos de Lorca, en los términos que el lector podrá apreciar a través de la lectura del decisivo capítulo octavo de la novela. Este mismo capítulo nos muestra el fusilamiento de Carvajal como evento central en la consistencia dramática del relato, evento simbolizado en el objeto más significativo
entre cuantos aparecen minuciosamente descritos por el narrador: la venda ensangrentada. Por lo demás, Sender no se limita a esbozar una relación amorosa entre Froilán y Milagritos: inventa un parentesco, testimoniado por un apellido común.
En efecto, “Rueda”, el apellido que su creador otorga a Milagritos, hubo de ser, en la realidad histórica, el segundo apellido de Froilán Carvajal.
En fin, basta recordar el inesperado desenlace de la novela, “lo más enigmático de la novela” desde un cierto punto de vista moral, según Carrasquer, para acabar de llevarnos a la certidumbre de que, en el cuerpo de la narración, corresponde a Milagritos y a su mundo algo más que una función ancilar, complementaria, con respecto a los dos discursos predominantes. Al final toda la acción será reconducida a ella, y serán ella y su proyecto —el hijo que puede venir— lo que sobreviva a la destrucción del protagonista y al fracaso definitivo de la utopía cantonal; lo que testimonie que la vida y que la historia prosiguen más allá del desenlace de la novela, y que por tanto quedaba abierto el horizonte para la esperanza humana y para el alumbramiento de nuevas utopías.
Todo esto nos sugiere la conveniencia de plantearnos, también aquí, el problema de la posible procedencia autobiográfica de algunos de los elementos relacionados con el tema de Milagritos; de preguntarnos por las experiencias personales de Sender que pudieran haber promovido la injerencia de este “discurso lorquino” en el universo narrativo de Mister Witt en el Cantón. Sólo que aquí el empeño es más difícil que en el caso de los dos discursos principales que quedan referidos en páginas anteriores, ya que se trata de contenidos que, por lo general, no aparecen reflejados en la abundante producción periodística y literaria del primer Sender. Comencemos, pues, por afirmar lisa y llanamente que lo ignoramos prácticamente todo acerca de la gestación del personaje Milagritos y acerca de las implicaciones autobiográficas reales que pudieran haber motivado este discurso lorquino, de tan marcada presencia, por otra parte, en la novela de que venimos tratando. Disponemos, en cambio, de algunas pistas nada despreciables, a las cuales me he referido con algún detenimiento en otra ocasión y que, a mi manera de ver, constituyen buenos puntos de partida para intentar un mejor conocimiento de esa “biografía esencial” de Sender presente en el conjunto de su obra.
La primera de tales pistas me fue sugerida por don Juan Guirao, archivero municipal de Lorca, y se fundamenta en “la amistad que mantuvo Ramón J. Sender con el novelista lorquino contemporáneo Joaquín Arderius”. Guirao se plantea la “posibilidad de que Sender visitara Lorca en los años treinta; “la breve descripción de la casa lorquina de Milagritos —continúa— me ha hecho pensar siempre (...) en el Huerto de la Rueda, donde nació y vivió largas temporadas nuestro novelista”. La verdad es que la coincidencia del nombre del huerto con el apellido atribuido a Milagritos —coincidente, por otra parte, con el segundo apellido de Froilán Carvajal—, abre caminos a la imaginación. Pero la sugerencia de Guirao, conocedor de la familia Arderius, llega más lejos, apoyada en el recuerdo de una doña Dolores Arderius, hermana del novelista, mujer bellísima y bondadosa, rubia y de ojos claros, moradora del Huerto de la Rueda, casada con un ingeniero de ferrocarriles de nacionalidad británica —mister Carrow Ashley Cooper— enamorado de doña Lola y convertido a! catolicismo ulteriormente. Según los datos que me transmite Guirao, la semblanza moral de Mr. Cooper guardó escaso parecido con la del Mr. Witt forjado por Sender; es de notar, sin embargo, que el matrimonio de aquél con doña Lola Arderius no tuviera hijos, y que Cooper anduviera hacia 1935 por los 51 ó 53 años de su edad: dos datos que recuerdan, ciertamente, el matrimonio de Milagritos con Jorge Witt. Todo ello establece la posibilidad, según dejé advertido más arriba, de
que Sender montara la compleja y rica construcción psicológica y filosófica de la pareja Jorge Witt-Milagritos sobre la realidad plástica de estos tipos humanos que pudo, quizá, conocer en el Huerto de la Rueda. También debo a Guirao la sugerencia —que, en este caso, me ha sido dado profundizar un tanto— de la posible relación existente entre Joaquín Arderius y el Huerto de la Rueda, Fermín Galán, y la elaboración novelesca del personaje histórico Froilán Carvajal llevada a cabo por Sender. Como es sabido, Joaquín Arderius participó en el levantamiento republicano de Jaca, en diciembre de 1930, cuyo fracaso costó la vida a los capitanes Fermín Galán y Angel García Hernández, que murieron fusilados tras el correspondiente juicio sumarísimo. No faltan indicios que avalan una posible relación entre Galán y Sender; más estrecha y manifiesta hubo de ser la que unión al malogrado capitán con Joaquín Arderius, el cual escribió una Vida de Fermín Galán en colaboración con José Díaz Fernández (Madrid, Zeus, 1931). Que la recreación de la vida y la muerte de Carvajal llevada a cabo por Sender trasunta determinados aspectos de la vida y la obra de Galán, es algo que estimo fuera de toda duda. Recordemos, dejando a un lado las semejanzas obvias entre las trayectorias de dos jóvenes conspiradores que acaban fusilados, que Galán dejó escrito un volumen de Cartas políticas, género literario al que no resulta ajeno el Froilán Carvajal que Sender nos presenta en el capítulo octavo de su novela; recordemos la insistencia de este último en el rechazo de la confesión por parte de Carvajal, cosa que no parece coincidir con la realidad histórica en el caso del fusilamiento de Ibi, pero que si hacen constar sus biógrafos en cuanto se refiere a los últimos momentos de Fermín Galán, y la venda, el pañuelo que rechaza Galán cuando van a cubrirle los ojos, y que Carvajal se arranca de los ojos antes de recibir la primera descarga. Ahora bien, si, por una parte, el personaje de Milagritos nos conduce al mundo de Lorca, y dentro de Lorca a ese Huerto de la Rueda desaparecido en 1973 y que cantara en una bella elegía Carlos Clementson, por otra nos está invitando a indagar su posible gestación en el conjunto de la obra senderiana anterior a 1935. La verdad es que nos encontramos ante el personaje femenino de ficción más humano, complejo y vigorosamente esbozado entre cuantos diera a luz, hasta entonces, la pluma de Sender; no sería inoportuno enfocarlo a la luz de esa continuada preocupación del novelista por el tema de la mujer. Preocupación bien manifiesta en su profunda, fascinada admiración hacia Teresa de Jesús; en el trazado de las dos figuras femeninas que aparecen en Siete domingos rojos; en la Carta de Moscú sobre el amor dirigida “a una muchacha española”; en determinadas referencias de
La noche de las cien cabezas. Esta presencia de lo femenino en la obra del Sender
de los años treinta cristalizará, ya desde los primeros años del exilio, en “uno de los personajes más puros y naturales que han salido de la pluma de Sender (...): Valentina, la musa niña de la Crónica del alba”. La verdad es que me parece indispensable, con miras a una comprensión cabal del “discurso de Milagritos” tan relevante en la historia de Mister Witt, su colocación en el contexto que dejo apuntado.
Dentro de este último, Carrasquer ha subrayado el parentesco entre la imagen de Teresa de Jesús viva en la admiración de Sender y la imagen de Valentina, que “parece hermana gemela” de aquélla. Prescindiendo del antecedente teresiano, yo he creído vislumbrar una continuidad temática entre tres grandes personajes femeninos de nuestro novelista: Amparo —la novia de Samar sacrificada en Siete domingos rojos—, Milagritos y Valentina. A mi manera de ver, el tema presente en estas tres encarnaciones de lo femenino en la imaginación de un Sender que atraviesa por entonces la treintena, consiste en lo que pudiéramos llamar “mito de la inocencia perdida”; a ello me he referido con algún detenimiento en mi libro sobre Historia y novela en Ramón J. Sender, actualmente en prensa,
haciendo innecesaria toda repetición aquí. La noción de blancura y de claridad, tan relacionada con la imagen que Milagritos proyecta sobre la narración, bien pudiera ser símbolo y trasunto sensorial del tema significado en estas tres mujeres senderianas. Por lo demás, no quiero silenciar aquí —por lo que supone de indicio convergente, un tanto desconcertante, en favor de la hipótesis de una influencia de la biografía mitificada de Galán sobre el universo novelesco de Sender— la presencia en la vida de aquél de una novia “burguesa y católica”, cuyo parentesco con la Amparo de Siete domingos rojos estimo bastante probable. En fin, muchos cabos sueltos y pocas certidumbres, de las que los historiadores exigimos y necesitamos. Sírvame de excusa la clásica sentencia de Braudel: historiador no es tanto quien agota archivos como quien levanta problemas. Esperemos que una investigación rigurosa sobre fuentes fiables establezca precisiones en torno a lo que, en el estado actual de mis conocimientos, no puede pasar de mera sugerencia.
Pasemos, pues, a otra dimensión del “discurso de Milagritos”, harto más directamente implicada en el cuerpo de la narración. En efecto, si una lectura superficial de la novela puede limitar nuestra visión de Milagritos a su condición de “esposa de Mr. Witt”, vértice necesario en la trama de una dramática historia de celos, bastará que recordemos la significación del inglés en la novela como prototipo de una “personalidad” desaforada para que nos planteemos la pregunta de si no habrá correspondido a Milagritos la significación de la “hombría”. Claro está que esta última condición corresponde primariamente, en el conjunto de la novela, al pueblo que protagoniza —anónimamente— la revolución cartagenera. Pero la propensión a la representación ginecomórfica de la revolución estaba lo suficientemente arraigada en la literatura (y en las artes plásticas) como para que Sender eludiera la tentación de hacer del personaje femenino central de su novela una especie de símbolo vivo de la revolución de los cantonales, en cuyas actitudes, en cuyas reacciones espontáneas y en cuyos comportamientos no es difícil sorprender sendas encarnaciones de otros tantos movimientos colectivos. De esta manera Milagritos viene a ser, como la joven Star en Siete domingos rojos, una especie de personificación y símbolo de la revolución inventada por Sender sobre el cañamazo factual que le brindara el levantamiento cartagenero del 73.
Y, en efecto, la atractiva, impulsiva, vital y abnegada mujer de Mister Witt comparece en la narración como verdadero contrapunto de la obsesión del inglés por su “personalidad”; es decir, como encarnación de la “hombría” senderiana. Creo que no sería difícil relacionar los rasgos psicológicos y morales que definen a Milagritos en el conjunto de la acción novelesca, con los caracteres que presenta la “hombría” en la construcción senderiana y a los cuales me he referido más arriba. En Milagritos no hay propensión al análisis, ni proclividad competitiva, ni celos, ni sentimientos de inseguridad; hay espontaneidad, presencia a flor de piel de los instintos solidarios, visión sintética de las cosas. Hay una radical generosidad, una incapacidad de resentimiento súbitamente puesta de relieve en una anécdota tan pequeña que corre el riesgo de pasar inadvertida al hilo de la narración, pero que se levantará clamorosa para presidir el desenlace de la novela. Frente al entorno “personal” del inglés —su despacho—, el ambiente y el mundo de Milagritos estará en la calle; en la bulliciosa, policroma y abigarrada calle mediterránea. Y en el capítulo XVI de la novela tendremos ocasión de presenciar, sobre la cubierta del Buenaventura, su manera de vivir la naturaleza —el mar— como disfrute; una actitud ante la muerte posible que queda muy cerca de la que Sender estimara propia de la “hombría”. En fin, vale la pena recordar aquí la extrañeza de Milagritos ante la exclamación irónica de su marido: “¡Una revolucionaria con sus rentas bien seguras!” “¿Y qué? —le replicó—. ¿Qué tiene que ver eso?”. Y es que no era el de Milagritos
un compromiso anclado en motivaciones sociales ni en afinidades ideológicas —no entendía de política—; sino en una intuición visceral que le aproximaba a los humildes. Porque “ciegamente, confusamente, desdeñándolos y todo, estaba con ellos” (cap. IV).
Creo innecesario insistir en la medida en que un tipo humano así esbozado sugiere necesariamente una significación radicalmente antagónica con respecto a la que corresponde a Mister Witt. Ello constituye la prueba definitiva de que la acción novelesca que liga los destinos del inglés y de la lorquina desborda las exigencias de una mera historia de celos o de una novela psicológica, para convertirse en representación del encuentro entre dos formas de concebir la vida: una anclada en la noción de “hombría”, y otra derivada de la necesidad angustiosa de afirmar la propia “personalidad” —entendiendo siempre ambas palabras en la peculiar