CHAPTER 4 LDPC Decoder Implementation
4.4 Universal Decoder for Random LDPC Codes
Con el estómago lleno la vida se veía de otro color. Tumbada en mi sofá Chester de piel blanco, cortesía del arrendatario del piso, y con un Martini en la mano, cortesía de mi buena amiga Gin, decidí que aquel sábado iba a ser mi sábado y que nada ni nadie podrían amargarme la existencia nunca más en la vida. Todo era maravilloso. Yo era maravillosa. Ginebra era maravillosa y lo pedos de Clotis eran maravilla pura. ¿Qué podía ir mal? Nada. Además, acaba de decidir que no pensaba levantarme del sillón en lo que quedaba de día. Me gustaba esa nueva yo tan espontánea que no planificaba el día al segundo. Era genial. Entonces sonó mi móvil.
Mi cara pasó de la sorpresa al asombro y del asombro al más absoluto espanto. El Martini cayó al suelo empapando mi alfombra blanca de pelo corto. Esa sí que la había comprado yo y su buen precio me había costado, pero fue un antojo que no pude controlar. Mi corteza cerebral ya estaba en funcionamiento decidiendo la mejor opción para limpiar el manchurrón. Mi lóbulo occipital todavía seguía procesando la información que acaba de recibir. Mi cara debía ser un poema… bizca pérdida y con humo saliendo por mis orejas digna de un dibujo de la Warner Bross. Pero ¿qué importaba la puñetera alfombra en aquel momento? Ya la llevaría a una tintorería mañana, si seguía de una pieza. Necesitaba que todas mis neuronas trabajasen en lo mismo, procesar la información lo más rápidamente posible.
- ¿Laura? - me preguntó Gin mirando mi cara con atención- ¿Has muerto?
Intenté formular una contestación, pero mi garganta solo emitió un leve quejido que, probablemente, preocupó aun más a mi amiga.
- Laura esto es por tu bien – dijo a la vez que me soltaba un guantazo que me hizo girar las orbitas de su sitio y volver en si a la puta fuerza.
- ¡Pero serás cabrona!
- ¿Ves? Mano de santo, no falla. Ahora cuéntame que mierda te pasa. Desde que te han llamado te has quedado ida.
- ¿Recuerdas ese evento tan exclusivo en el CO2 del que te hablé? Me ha llamado mi fotógrafo… los han echado del club.
- Ostia puta… ¿por qué? Jajajaja. Perdona que me ría, pero no puedo controlarme.
La tía no estaba riéndose, se estaba descojonando, retorciéndose en el sillón. Clotis, que desde el hostiazo que me habían dado se mantenía expectante, comenzó a soltar un leve quejido dirigido a la escandalosa de su dueña.
- Tengo que ir al local… no sé bien lo que ha pasado. Voy a vestirme. - Ya estás vestida.
- Ah sí… es verdad. Bueno pues me voy entonces. - - ¡voy contigo!
Salí de casa disparada seguida por Gin y Clotis a las que les costaba alcanzarme el paso. Iba conjurando maldiciones mentales, pero no sabía hacía quien debía dirigirlas. Una fugaz idea me pasó por la mente y me erizó los pelillos de la espalda.
- ¿Y si…? No, no puede ser. No, no, no…- iba hablando sola conmigo misma mientras sacaba mi teléfono móvil para llamar a Susan.
- Mírala Clotis… tan joven y loca…
dime, por favor, que no mandaste a Gabriel al CO2…. ¿Qué? Dios no me fastidies… ¿en serio? ¿Yo dije eso? Vale, vale no te preocupes. Te cuento mañana. Adiós.
Colgué el teléfono justo cuando el local apareció ante mis ojos. Podría haber salido de dudas yo misma porque nada más cruzar la calle vi una imagen digna de estampa. Los seguratas del local tenían a Gabriel acorralado contra una pared mientras dos de mis trabajadores, el fotógrafo y un redactor, le observaban avergonzados. La competencia, como era lógico y normal, se aprovechaba de la coyuntura y sacaban unas cuantas fotos.
Me acerqué a Peter, el fotógrafo, para que me explicase lo que estaba pasando.
- Por lo visto esta lumbrera se ha acercado más de la cuenta a la mujer de quien no debía. - ¡No jodas! Soy Gin, por cierto- dijo mi amiga a la vez que ofrecía su mano a Peter.
- ¿Es muy grave? - pregunté refiriéndome a la gravedad en cuanto a escala social, que es como se medían por aquí los problemas.
- Era la mujer del anfitrión.
- ¡Pero será posible…! - grité mientras me abalanzaba sobre Gabriel abriéndome paso entre los de seguridad.
Vale, se me fue la olla, lo admito. Jamás había perdido los papeles de tal manera y, todavía hoy en día, Gabriel ha sido el único que me los ha hecho perder. Quería matarlo, estrangularlo. De hecho, era lo que pretendía hacer si Gin, Peter, el redactor e incluso Clotis, no se hubiesen interpuesto en mi camino. Los de seguridad decidieron que conmigo ya lo dejaban en buenas manos así que se retiraron en el mejor momento.
- ¡Ehhhhh! Esto es abuso de poder- se quejó Gabriel mientras se protegía la cabeza con los antebrazos.
- ¿Abuso de poder? ¡Yo te mato!
- Colega, yo creo que deberías seguir maltratándole en privado si no quieres ser portada de todas las revistas locales mañana.
Porque Ginebra tenía razón y porque aun me quedaba un ápice de cordura decidí arrastrar al petardo del becario hasta mi casa para terminar de matarlo allí. La oficina estaba mucho más lejos y necesitaba aclarar todo el asunto cuanto antes por eso lo único que se me ocurrió fue llevármelo a casa a rastras. Despedí al resto del equipo, ya habían sufrido bastante, y les aconsejé que se fuesen a descansar. Clotis no hacía más que gruñir a Gabriel cada vez que tenía la oportunidad. Se notaba el vínculo que habíamos establecido entre nosotras.
Una vez que llegamos a mi apartamento empujé al personaje sobre el Chester blanco, creo que hasta empezaba a intimidarle, quizás ya me iba tomando más en serio. Seguramente por mis ojos, inyectados en sangre, se me salían de sus órbitas y la vena del cuello empezaba a parecerse cada vez más a la de mi padre.
- Como acojonas tronca- me soltó Gin mientras me miraba de reojo con los brazos cruzados sobre su pecho. - Así que esta cosita de aquí es Gabriel…
- ¿Y tu quién narices eres? ¿Y por qué me habéis traído aquí a rastras? Se está cometiendo perjurio contra mí persona. Laura, esto puedo denunciarlo, ¿eh?
- ¿Denunciar? - pregunté mientras hacía el amago de guantearle la cara.
Gabriel se escondió tras uno de los cojines de mi Chester, demostrando lo valiente que era. Una virtud más que añadir a su “innumerable” lista.
- ¿Tú sabes el problema en el que has metido a la revista? No tienes ni idea de las repercusiones que podemos sufrir. Te estoy intentando tolerar desde que llegaste. Que seas funesto en todas y cada una de las cosas que haces pero otra muy distinta es que nos lleves a la ruina. ¿Comprendes en qué situación me pone esto? Eres un… eres un…
- Creo que deberíamos escuchar al acusado- Me interrumpió Gin.
- ¿Y tu quien eres, el abogado defensor?- pregunté irritada mientras me volvía hacia ella.
Ahí estaba de nuevo, la vena de mi cuello, herencia de mi padre, creciendo y creciendo sin parar. - No, yo soy la voz de la cordura. Créeme, tú no tienes ahora mismo- susurro junto a mi oído- A ver Ralph Lauren, explícate.
- Yo a ti no tengo que explicarte nada pero yo no tengo la culpa de que en ese local, de mala muerte, sean tan aprensivos.
- De mala muerte dice… el lugar donde cada viernes se reúnen miles de personas ahora es de mala muerte.
- Esa mujer me invitó a su reservado, yo no la conocía de nada. Como voy a saber yo que está casada si va buscando marcha.
- Giny…por favor.
No hicieron falta más palabras para que mi amiga estampara un cojín en la cara de Gabriel. Se lo había ganado a pulso por semejante comentario y por retrógrado. Cuando una ya piensa que lo ha visto todo, viene la vida y te planta delante a semejante elemento.
- ¿No te han enseñado a respetar a tus mayores o que niño?
- ¿Mayores? Esa mujer era una diosa y sigo sin saber quién diablos eres tu.- Gabriel se levanto para ponerse delante de mi- ¿Qué te preocupa jefa? Si es porque salgamos publicados en alguna revista no te preocupes, mi padre lo arreglará.
Y ahí estaba de nuevo esa altanería. Gabriel y su padre o Gabriel y su chequera. La cuestión es que seguía creyendo que podía arreglar el mundo a golpe de chequera. Pero, ¿quién lo arreglaría a él?
Empezaba a sentirme agotada. El exceso de tensión y nerviosismo siempre habían hecho sentir peor que una carrera de relevos. Había mantenido engarrotados mis músculos durante tanto tiempo que comenzaba a tener agujetas. Me dejé caer en el Chester rendida ante un niño presuntuoso que no tenía remedio.
- Lo que me preocupa es que te cargues todo por lo que he luchado tanto.
- Perdóname jefa. Déjame que yo me encargue de esto. Yo la he cagado y yo debo arreglarlo. - Ni de coña.
- De verdad, confía en mí. Además, creo que le he salvado la reputación a la revista.
Giré mi cabeza tan bruscamente que parecía que me habían poseído. Pero qué estaban oyendo mis oídos…
- Estás de broma, ¿no? Ni te imaginas el tiempo que llevábamos detrás del CO2 para cubrir la noticia de este evento… los culos que hemos tenido que comer. Claro, tu es que no sabes lo que significa eso.
- Ese local no es lo que tú crees. Lo veis como el garito del momento simplemente porque allí se concentra la elite pero en realidad es un local donde se mueve de todo. Trafico de drogas,
consumo de marihuana…
- Violencia…- añadió Gin que se mantenía expectante desde una esquina.
Si lo que Gabriel decía era verdad nos convenía mucho más mantenernos al margen. No era la primera vez que una revista o institución de prestigio apoyaba a algún local de moda que luego salía por peteneras. La imagen que se da ante la sociedad es la de relacionarte con “antros” como bien lo había llamado Gabriel. Nuestro escaso recorrido en el mercado no nos permitía cometer un error así.
- ¿Estás seguro de lo que dices? Tenemos un grupo de profesionales que se encargan de evitar que pasen cosas así. No solemos equivocarnos con una noticia.
- Jefa los consumidores del CO2 son personas influyentes, saben cubrir muy bien sus espaldas. Y yo también por eso insisto en que lo dejes en mi mano.
- Bueno, el niño parece haber resuelto todos tus males- dijo Ginebra pasándome un brazo por el cuello- ahora lo mejor será bajar a tomarnos un buen café o una tila.
- ¿Los tres? - pregunté sin poder evitar la cara de angustia. - Si, los tres. Vámonos.
Ginebra parecía tener un interés especial porque mi becario se quedara con nosotras así que como yo no controlaba mucho de interacciones sociales no tenía claro si podía estar fastidiando algo si me oponía a que Gabriel nos acompañara. Decidir callarme y dejarme llevar. Estaba muy cansada y necesitaba reflexionar mucho sobre todas las posibles soluciones para evitar el
escándalo que se nos venía encima. No estaba dispuesta a dejar nada en las manos de Gabriel, ni harta de vino, pero prefería no decírselo para que no siguiese dándome el tostón.