Normal covers
3. UPPER BOUNDS
Antes de que la Ilustración europea empujara el proceso de secularización y, por lo tanto, antes de que la ciencia volviera su mirada hacia la cultura, ésta, es decir,
aquello que hace al hombre desarrollar su criterio personal, que lo instruye y lo vuelve, por lo tanto, culto, podía ser identificada de acuerdo a criterios cualitativos, que generalmente se correspondían con la tradición ética y estética del cristianismo, y de acuerdo a los cuales podían separarse aquellas producciones humanas -en sentido amplio, no sólo entendidas como objetos- que eran cultura, de las que no podían ser calificadas de esa manera. El mencionado proceso, junto con otros concomitantes, hicieron tambalearse hasta caer esos principios, que fueron sustituidos por nuevos valores políticos, morales y económicos, los de la libertad política, la economía de mercado y la ética de la ciencia moderna. Estos nuevos principios desdeñan, en cierto modo, la objetividad en el intento de construir una sociedad abierta que pueda acoger la libertad de aquéllos que la constituyen, por lo que su carácter será formal o procedimental, más que material. Es decir, no definen ontológicamente la naturaleza de conceptos y valores, sino que establecen procedimientos, son técnicas más que filosofías -aunque esas técnicas alberguen también una concepción, tal vez más difusa, de la existencia-. La economía se regulará por los procedimientos que definen el libre mercado, las teorías científicas serán ‘verdaderas’ si acatan el método científico, y la libertad será regulada en sus límites y manifestaciones por los procedimientos políticos desarrollados a tal efecto. Así, parece que el uso del concepto etimológico de cultura ha perdido fuerza, habiendo sido vaciado de contenido en el sentido mostrado antes, sobre todo, como hemos visto, desde que ha dejado de ser útil para las ciencias y el pensamiento social; pero esto no quiere decir que ese uso no perviva, y así lo atestigua el Diccionario de la Real Academia Española, que recoge como primera definición de cultura, como ya se apuntó, el conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico; y como segunda: conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etcétera. Es decir, como primera acepción la etimológica, y como segunda la científica. Este reconocimiento no es sólo formal, es fácil constatar que la noción etimológica de cultura se sigue utilizando en el lenguaje coloquial,
literario, periodístico, etcétera, si bien de una forma un tanto difusa, puesto que es difícil determinar que es aquello que nos permite desarrollar el juicio crítico, sobre todo en sociedades cada vez más complejas: ¿las disciplinas científicas?, ¿cuáles? ¿Las artes?, ¿se puede definir qué es el arte?, ¿hay artes con mayor capacidad para hacernos cultos que otras?, ¿quién y ateniéndose a qué criterios decide esto? Es una cuestión complicada que muchas veces ni se pretende solucionar, tan sólo se alude a la cultura como un valor necesario y compartido, definido por elementos formales y características accesorias. Así, González Quirós en este sentido aduce que:
La cultura se presenta como algo que significa libertad, igualdad y gratuidad, como un conjunto razonablemente bien tratado de ideales y prácticas cuyos objetivos no pueden ser enteramente satisfechos por el mercado, de modo que el mundo de la cultura ha de pasar a ser, necesariamente, un mundo que dependa de los poderes públicos (2003, p. 51).
De esta forma, la cultura se constituye como derecho, y así se garantiza en muchos textos constitucionales y supranacionales un derecho de acceso a la cultura, ya que es un bien esencial si nos hace libres, al que deberán tener la oportunidad de acceder todos los individuos en tanto igualmente dignos.
Como un resto de esa concepción etimológica de cultura como excelencia, ésta se ha convertido en un bien necesario, aglutinador, pero de perfiles difusos. Las sociedades liberales y democráticas contemporáneas, basadas en la libertad individual, para pensar y llegar a planteamientos propios de los que poder hacerse responsable, para creer, para expresar esas creencias, para actuar, para desarrollar los planes personales que cada uno cree que le conducirán a la felicidad, asumen como bienes, que tienen que promover, aquello que debe facilitar a sus ciudadanos alcanzar esos loables fines, la cultura entre ellos; pero están incapacitadas, dado su
carácter formal, para determinar que rasgos culturales deben promover, ya que la libertad es el principal valor que las guía.
Una posible solución sería recurrir a la distinción, ya mencionada, entre cultura oficial, académica o alta cultura, y cultura popular, entendida desde el punto de vista de la noción etimológica de cultura, como la diferenciación de las manifestaciones culturales sometidas al cuidado, al esfuerzo o a la inteligencia -la alta cultura-, de aquéllas toscas, no cultivadas -la cultura popular-, siendo la alta cultura la que merecería ser protegida y difundida. Pero esta distinción ya provoca, de entrada, preguntas e instintivos rechazos, por lo que se muestra necesario profundizar en la
7
misma y en las nociones de alta cultura , oficial o académica y cultura popular.