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Urban Jonsson

Ante las preocupaciones de considerar a la imagen como certidumbre de la realidad, se propone utilizar a la huella no como elemento de veracidad, sino como una impronta que resguarda en su registro elementos que no podrían ser elucidados a simple vista. Así

plantear a la huella visual como una imagen etnográfica la cual ofrece la textualización que ocurre al representar al “otro”. En la teoría semiológica que Charles Pierce (1986) propone, el índice en contraste con el signo, que es una semejanza o imitación del objeto que representa, se distingue por tener un vínculo real de lo que hace referencia, es decir, indica algo sobre el objeto al cual se refiere y siempre hay una conexión física con éste. La huella es tal vez el ejemplo más claro de un signo indexical y se explica “como operador existencial que interrelaciona la imagen, la historia y la memoria” (Wahlberg, 2000: 251). La huella justamente por estas cualidades ha sido utilizada como un disparador de narrativas pues apunta a mostrar las posibilidades sociales y significativas del trazo, la evidencia sobre el espacio. De alguna manera podría uno ir coleccionando arqueológicamente estas huellas sobre un espacio específico de la ciudad para reconstruir todo lo que queda invisible tras la marca de algo que fue visible, tal como pretendo identificar en el paisaje del barrio de La Florida, la cual desde hace cinco años ha registrado huellas que plantean la memoria del paso de la migración cubana en él.

La fenomenología francesa que se caracteriza por un enfoque sobre la percepción, la memoria y la imaginación, a través de autores como Jean Paul Sartre (2006), Emmanuel Levinas (2000), Paul Ricoeur (1999) y Roland Barthes (2009) se interesarían por el término de la huella (la trace) para incluir la relación entre materialidad y experiencia en el ámbito semiótico. Levinas, por ejemplo, en su texto La huella del otro, usaría la figura de la huella como metáfora intersubjetiva para vincular la experiencia del pasado y las del presente. Esta perspectiva plantearía a la huella como “un objeto intencional cuyo modo de ser es equivalente a su función como inscripción del pasado en el presente” (Wahlberg, 2000: 254).

La fenomenología y la huella tienen uno de sus ecos más importantes en la fotografía. No sólo porque mecánicamente implica la huella de la luz sobre un papel fotosensible sino también implica un dispositivo que traza un momento del tiempo pasado. Roland Barthes en su texto dedicado a la fotografía La cámara lúcida de 1980, plantearía a este medio como huella de la realidad (Barthes, 2009). Levinas explica cómo desde el pensamiento Griego la visión se relacionó con el saber. Por lo tanto todo lo iluminado y por lo tanto visible podía ser aprehendido. Por el contrario la sombra, la

metáfora heliológica, haciendo relación al sol como fuente de luz para el saber (Sartre, 2006). Levinas cuestionará este paradigma y planteará a la huella, a través de la sombra, de lo que no es la presencia original, sino su marca la posibilidad de ver lo invisible y privilegiar esta condición para la comprensión del pasado y la experiencia. Por lo tanto acerca la idea de la huella con la idea del otro. Como otro que la presencia. Y en esa materialidad de lo invisible radica lo siniestro:

El signo no logra apresarla, la huella escapa al significado y por lo tanto pertenece al orden de lo siniestro, lo familiar que aparece inesperadamente-. La -siniestra- huella perturba inexorablemente el orden del mundo, porque escapa a la presencia y es el eco de una ausencia: significa sin hacer aparecer (Ravinovich citado en Levinas, 2000: 23).

Entonces la huella permite el encuentro del otro “un extranjero que me ha revelado mi extranjería al abrirme a mí mismo, huella del Otro en el rostro del otro que significa lo extraordinario" (Ravinovich, 2000: 28). De tal forma la fenomenología nos abre un campo para la investigación a partir del vestigio. Walter Benjamin sería pionero en la recuperación arqueológica de huellas sobre la ciudad. David Frisby sobre la imagen del flâneur, planteado por Benjamin, encuentra un tipo de ciudadano espacial que rescata dentro de la nueva definición del hombre urbano, la posibilidad de desarrollar habilidades críticas frente a su propia condición (Benjamin, 1989). Frisby argumenta que “el flâneur como observador no puede ser reducido al espectador pasivo (…) la actividad de la observación vigilante en la metrópoli moderna es un método multifacético para aprehender y leer los complejos e innumerables significantes del laberinto de la modernidad.” (Frisby, 2007: 52). En el cine, la narración fílmica, las imágenes de archivo, las fotografías, la grabación sonora pueden evocar la presencia de la huella desde los actos testimoniales y las posibilidades fílmicas de cartografiar marcas y cicatrices en los cuerpos y en los paisajes para no sólo representar a la huella, al significado del rastro sino conducirnos a la memoria y el pasado. Paul Ricoeur propone estas huellas como una alternativa para contar la historia, en las que las experiencias del pasado encuentran otra posibilidad a la historicista para introducir micropespectivas (Ricoeur, 1999). Justamente por la cualidad de la huella para mostrar “los conflictos invisibles y las relaciones complejas que siempre se esconden bajo la apariencia coherente” (Wahlberg, 2000: 261).

Y es a lo que Barthes apuntaba con su noción de punctum en La cámara lúcida donde propone a la fotografía como una huella reveladora de un pasado que permite ver más de lo que la propia imagen representa, es decir, la luz y la sombra (Barthes, 2009). Por lo tanto la huella en este caso podría verse como la indicación de algo que ha sido mientras que el significado de ese “ha sido” no está dado del todo. Implica para empezar que no hay dos personas que perciban de forma precisamente visual la misma realidad ni dos grupos sociales que hagan exactamente la misma valoración de su medio (Tuan, 2007). A partir de la huella se abre el pasado histórico y los significados que se han modificado según su la actitud que se presente frente a ella. Sartre en ese sentido explicaría en La imaginación como los significados se transforman continuamente (Sartre, 2006) por lo tanto lo que importa es el proceso que convierte la huella en signo. Esto es pasar de un trazo aparentemente imperceptible en el tiempo a uno sujeto a un contexto y temporalidad específica, es una negociación constante entre la huella (sea fotografía, audio, cine, dibujo) y el significado y éste da énfasis a los procesos pragmáticos por los cuales la imagen se convierte en memoria. En la investigación Entre el ir y venir de los objetos: objetos que nos hablan de la migración Karla Ballesteros antropóloga visual explica cómo sobre los objetos de los migrantes se impregnan las huellas de los sujetos a través de su materialidad se presenta la ausencia (Ballesteros, 2012). Es decir, la huella genera un aura de lo ausente (Huyssen, 2001), y estas huellas se alojan en el paisaje, no sólo como escenario de contemplación sino como un campo de acción. Horacio Capel, geógrafo español, explica como “el paisaje es una especie de palimpsesto como un manuscrito que conserva huellas de una escritura anterior, hay en él partes que se borran y se reescriben o reutilizan” (Capel, 2002: 20). Por ello, el uso de huellas visuales para construir una lectura sobre el barrio de La Florida, como se planeta más adelante, nos ofrece comprender cómo se amalgaman los imaginarios y estereotipos en el interés de comprender el paisaje.

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