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Chapter 3 Temporal aspects of urbanization patterns

3.2 The urbanization process since 1978: two different tracks

3.2.1 Urbanization trend since 1978 reflected in

de darse a sí mismo un marco legal de actuación

susceptible de ser corregido legalmente. Hemos constatado que el capitalismo resulta incompatible con la democracia y el Estado de Derecho. Pero además de esta

incompatibilidad, cada vez resulta más evidente e incontestable la incompatibilidad –si cabe, aún más preocupante– del capitalismo con nuestra simple super vivencia física. Ninguna de las grandes decisiones globales que haría falta tomar para atacar con alguna posibilidad de éxito los acuciantes problemas que hoy amenazan la super vivencia de la humanidad pueden ser tomadas allí donde el mercado se impone frente a cualquier otra consideración. Tanto la crisis energética como el

deterioro ecológico que padecemos podrían ser abordados por una sociedad de naciones cuyos gobiernos, a través de sus parlamentos e instituciones públicas, pudieran tomar decisiones capaces de modificar esencialmente el rumbo de la economía global, pero no por naciones sometidas a un sistema que deja toda decisión económica de impor tancia en manos de la libre iniciativa privada de los grandes capitalistas. Ni de la General Motors ni de las grandes empresas petroleras cabe esperar que reduzcan su volumen de negocio en favor de otras formas de transpor te y energía menos perjudiciales para las futuras generaciones. Una decisión de este tipo sólo cabría esperarla de gobiernos nacionales, sometidos a la ley y a la voluntad ciudadana, que tuvieran bajo su control las industrias petroleras y las empresas fabricantes de automóviles.

A

estas alturas, no es seguro que un mundo socialista fuera capaz de apor tar una solución satisfactoria al problema energético y ecológico que tan seriamente

amenaza nuestra super vivencia, pero sí es seguro que bajo el modo de producción capitalista y la economía de

mercado no existe la menor posibilidad de conseguir nada en este sentido. Es fácil de entender que a una empresa que acaba de hacer una transacción por valor de un billón de dólares, le impor te un comino si dentro de diez años subirá un grado la temperatura media del planeta o si al parlamento del país donde se halla ubicada le ha dado por aprobar una ley que impide llevar a efecto sus planes. En Inter venir

políticamente en el rumbo de la economía global

un mundo organizado como lo está el nuestro, tal empresa dispone de mil maneras de persuadir al gobierno de turno para que le deje las manos libres; y, si no, siempre puede llevarse su negocio a otra par te o financiar la campaña electoral de un par tido que, una vez en el gobierno, no ponga trabas a su negocio.

S

e suele objetar a este respecto que el «socialismo real» no fue menos destructivo con el medio ambiente de lo que lo ha sido el capitalismo. Y es cierto. Probablemente los gobiernos socialistas del Este europeo tomaron las peores decisiones políticas que se podían tomar en relación con el medio ambiente y, además, las tomaron de forma dictatorial. En todo caso, si tomaron decisiones equivocadas es porque podían decidir, y esto es justamente lo que, bajo el

capitalismo, ningún gobierno puede hacer. El socialismo es un sistema que depende de la instancia política y que puede decidir tanto lo peor como lo mejor. El socialismo no es en sí

Imposibilidad de tomar decisiones políticas El caso de los países socialistas en el siglo XX

mismo la solución a ninguno de los gravísimos problemas a los que nos referimos. Pero sí constituye la condición para que tales problemas puedan algún día ser solucionados. Habría que estudiar por qué los países socialistas (siempre condicionados por la «guerra fría» con Occidente y por el demencial ritmo de «crecimiento» de los países capitalistas) tomaron regularmente decisiones tan erróneas desde el punto de vista ecológico y medioambiental, y si el hecho de que sus decisiones fueran erróneas tiene algo que ver o no con el hecho de que fueran socialistas (si es que de verdad lo fueron, que también eso habría que analizarlo). Pero esto no es algo de lo que podamos ocuparnos aquí. Lo que sí estamos en condiciones de poder afirmar, sobre la base de todas las razones expuestas anteriormente, es que, bajo el capitalismo, el vertiginoso proceso de destrucción ecológica y medioambiental en el que estamos metidos no puede ser detenido.

H

asta los más acérrimos defensores del –hoy ya casi planetario– sistema económico vigente saben que, si algo del mismo no cambia drásticamente, los días de los hombres están contados. Hoy, casi es posible poner fecha al momento de su último suspiro: aquél en el que, por la pura necesidad de producción de plusvalía y de realización de la misma en el mercado, el mundo se haya hecho definitivamente inhabitable. Para evitar que esta catástrofe final acontezca, haría falta sentar las bases de un sistema político que permita a los ciudadanos tomar las decisiones de índole económica que el carácter privado de la economía capitalista no permite que puedan tomar. Haría falta impedir que el rumbo de la economía dependa enteramente de la libre iniciativa privada de los grandes poseedores de capital y del enfrentamiento de éstos en el mercado, y establecer unas condiciones bajo las cuales la economía pudiera ser políticamente gobernada. Ahora bien, el establecimiento de tales condiciones exige la abolición de la tiranía del

mercado y la asunción por par te de las instituciones ciudadanas del control de la producción y la distribución de la riqueza. Y a esto es justamente a lo que llamamos «socialismo».

Las peores decisiones

La tiranía del mercado

¿Acaso creéis que yo habría llegado a vivir tantos años si me hubiera ocupado de los asuntos públicos y, al ocuparme de ellos como corresponde a un hombre honrado, hubiera prestado ayuda a las cosas justas y considerado esto lo más impor tante, como es debido? Está muy lejos de ser así. Ni yo ni ningún otro hombre.

Apología de Sócrates, 32e

S

ócrates arroja esta pregunta al tribunal de los

atenienses que lo condenó a muer te. Él no se extraña de que lo vayan a condenar. Se sorprende de que no lo hayan hecho antes. Si ha conseguido llegar a viejo es porque ha procurado hacerse notar lo menos posible. Sócrates, en efecto, ha ido por aquí y por allí, preguntando qué es un zapato o qué es la vir tud, pero siempre se ha cuidado muy mucho de ir con sus preguntas a la asamblea o de inter venir ahí en los asuntos públicos.

«

Quizá pueda parecer extraño que yo privadamente, yendo de una a otra par te, dé estos consejos y me meta en muchas cosas, y no me atreva en público a subir a la tribuna del pueblo y dar consejos a la ciudad.» El motivo, continúa diciendo Sócrates, es que tengo una vocecita interior que me dice todo el rato que no caiga en la tentación de meterme en política. «Y creo que me lo dice con acier to. Pues sabéis muy bien, atenienses, que si yo hubiera intentado anteriormente realizar actos políticos, ya haría tiempo que estaría muer to. Y no alborotéis tan indignados, sabéis que os estoy diciendo la verdad.»

Epílogo

El juicio de Sócrates

P

or supuesto, Sócrates tenía razón. En esa sociedad machista, esclavista, supersticiosa y xenófoba, la voz de la ciudadanía no tenía ninguna posibilidad. Atenas no iba a sopor tar que Sócrates se metiera en política. Sócrates era demasiado molesto incluso cuando andaba por ahí

recordando a la gente que esa ciudad y esa democracia no eran más que una estafa.

L

os más poderosos no estaban dispuestos a plegarse a las reglas de una existencia civil verdaderamente ciudadana, en la que nadie pudiera usurpar el lugar de las leyes. Antes que eso, preferían pasar a la historia como unos miserables que habían condenado a muer te a un viejo de setenta años que no había hecho otra cosa en su vida que preguntar y dialogar.

D

esde luego, los dueños del siglo XX no fueron ni más tolerantes ni más benévolos. Al contrario, cada vez que se les intentó recordar que el lugar de las leyes no era de su propiedad, cada vez que la voz de la ciudadanía se alzó para legislar contra ellos, no se molestaron en recurrir a los tribunales para condenar a nadie. Se dedicaron a matar a diestro y siniestro a viejos y a jóvenes, a hombres, mujeres y niños, recurrieron a la tor tura y a las desapariciones, bombardearon parlamentos y arrasaron países. Luego, ofrecieron la democracia a los super vivientes. En realidad, esto que Santiago Alba ha llamado «la pedagogía del millón de muer tos» ha sido la verdadera «educación para la

ciudadanía» que hemos tenido hasta ahora. Básicamente la cosa consiste en que cada treinta o cuarenta años se mata a casi todo el mundo y después se convocan elecciones. Esta forma de educar a la ciudadanía ha sido, hasta el momento, suficientemente eficaz para que los votantes eligieran como Dios manda. Y así es como el capitalismo ha logrado ser compatible con la democracia durante periodos a veces relativamente largos. En España debemos ser bastante tozudos, porque para hacer posibles treinta años que ahora llevamos de democracia, se hizo necesario educar a los ciudadanos españoles nada menos que durante cuarenta años de dictadura. Algunos confían en que, como se ve normalmente en el resultado de las El mundo de hoy La pedagogía del millón de muer tos y la educación para la ciudadanía

elecciones, de todos modos, aprendimos la lección. Que ya sabemos bien que somos enteramente libres para votar a las derechas, si queremos, o, si lo preferimos, a las

izquierdas que están dispuestas a gobernar con programas de derechas. Que ya aprendimos lo que significa salirse de ese marco y que ese marco es a lo único que tenemos derecho a llamar «democracia».

A

lgunos, sin embargo, todavía pensamos que la

democracia comenzará un día ahí donde se ponga fin al chantaje con el que el capitalismo educa para la

ciudadanía.

El caso español