6. EXPERIMENTAL STUDY and SUMILATION SOFTWARE RESULTS
6.2 Using PQV to Choose the Best Path
Juan José Vega. Historiador (Perú) Pampayruna era la “mujer pública”, según el Inca Garcilaso de la Vega1.
La prostituta, que vivía sola en los arrabales del Cusco o en las afueras de la ciudad.
Sorprende la afirmación del mestizo cronista, dado que todos conocemos que su tendencia es más bien a idealizar el Incario, a verlo en la forma en que seguramente lo entendían los aristócratas orejones imperiales cuzqueños, de quienes descendían por línea materna. Al respecto consideramos que Garcilaso en lo concerniente a la prostitución cayó en errores conceptuales y no supo diferenciar, en general, las mujeres disolutas de las prostitutas. Por otro lado, también tuvo fallas de temporalidad. Al ser informado que existían prostitutas en su época, creyó que siempre el Perú las había conocido. Pero, avanzando ideas ¿qué es la prostitución?.
La prostituta
La mejor definición sigue siendo la de Justiniano, el emperador de los códigos romano-bizantinos: “mujer que se entrega por dinero y no por placer”.
En la sociedad incaica no hubo dinero, ni nada que se le pareciera. Por esta sencilla razón, señalar que hubo prostitución en el Incario rompe con todos los esquemas; lo que es peor, deshace todas las demás informaciones en torno a
la sociedad incásica. Resulta así imprescindible una revisión del caso, porque
- como bien se sabe - “la profesión más antigua” es históricamente una de las más nuevas. También porque en aquel estadio histórico, que finalizaba, el sexo aún no constituía pecado ni existía el concepto de virginidad en el seno del pueblo. Tampoco se requería de prostitutas en los palacios, donde menudeaban las favoritas y ciertas accllas estaban para favorecer la poligamia señorial. Además, las fiestas religiosas y las demás celebraciones agrícolas y ganaderas ayudaban la liberalidad en las costumbres, como en todas las sociedades más antiguas y como venía ocurriendo hasta hace poco tiempo en zonas quechuas, aimaras y selváticas del país.
Lo más probable es que Garcilaso confundiera con prostitutas a las mujeres livianas, ligeras o sencillamente libres, que las hubo en el Incario, como en el resto del mundo. Sobre el tema no está de más apuntar que los términos prostituta, ramera, meretriz, hetaira, mesalina, puta y otros muchos similares,
se han otorgado desde tiempos inmemoriales tanto a las mujeres públicas (las que venden sus favores), como a las mujeres vistas por los hombres como livianas, infieles o ligeras; tendencia debida al fuerte patriarcalismo y que, atenuada, aún impera en las sociedades modernas. Ni siquiera las mujeres sencillamente libres para escoger al hombre que desean se han librado de tan rígidas acusaciones varoniles. Naturalmente, Garcilaso no fue una excepción a estos lineamientos patriarcalistas. Es confusión de conceptos muy propia de rígidas sociedades patriarcales: él tenía herencia incaica y española, ambas con predominio del varón.
También resulta muy factible que las prostitutas que aparecieron tras la Conquista Española, a las cuales se llamó, en efecto, con el quechuismo
pampayrunas, aumentasen la confusión señalada. Hecho que, además, es el
resultado del recato que tuvo siempre Garcilaso en torno al sexo. Escribió de oídas, porque todo indica que de joven llevó una vida completamente casta (tardíamente ya en España tuvo un hijo en una ¿esclava? morisca). No resulta muy aventurado suponer que, pese a haber dejado el Cusco en 1560, a los veinte años de edad, no conociese a las auténticas prostitutas, que ya existían en ese tiempo (indias, negras, mestizas y algunas españolas) que cobraban por sus encantos. De sus informes no brota ningún recuerdo personal, del tipo “yo vi”, frecuentes en otras páginas de los Comentarios Reales.
Pero dejemos de lado las suposiciones y vayamos a los datos concretos.
Los hechos
Las aseveraciones de Garcilaso en torno a la prostitución debemos confrontarlas con otras fuentes, necesidad tanto más sentida si recordamos que escribió la mayor parte de su obra, casi setenta años después del derrumbe del Incario; aún más, Garcilaso, que se alejó joven del Perú, en 1560, tuvo algunos olvidos y yerros, como todo ser humano, y a veces se guió por referencias de terceros, no suficientemente comprobadas o imposibles de verificar.
Resulta así inevitable confrontar lo que sostiene Garcilaso con lo que afirman otros cronistas muchos más antiguos que él. Veamos primero lo que él expresa:
“Resta decir de las mujeres públicas, las cuales permitieron los Incas por evitar mayores daños. Vivían en los campos, en unas malas chozas, cada una por si y no juntas. No podían entrar en los pueblos porque no comunicasen con las otras mujeres. Llámanles pampairuna nombre que significa la morada y el oficio, porque es compuesto de pampa, que es plaza o campo llano (que ambas significaciones contiene), y de runa que en singular es persona, hombre o mujer, y en plural quiere decir gente. Juntas ambas dicciones, si las toman en la significación del campo, pampairuna quiere decir gente que vive en el campo, esto es por su mal oficio; y si las toman en la significación de plaza, quiere decir persona o mujer de plaza, dando a entender que, como la plaza es pública y esta dispuesta a recibir a cuantos quieren ir a ella así lo están ellas y son públicas para todo el mundo. En suma quiere decir mujer pública”2
“Los hombres las trataban con grandísimo menosprecio. Las mujeres no hablaban con ellas, so pena de llevar el mismo nombre y ser trasquilada y en público y dadas por infames y ser repudiadas de los maridos si eran casadas. No las llamaban por su nombre propio, sino pampairuna, que es ramera”3.
2 Garcilaso, ob. cit. Idem. 3 Garcilaso, ob, cit. Idem.
La información de Garcilaso resulta sorprende. Como lo señalamos, lo que dice carece de confirmación en otras fuentest indias o mestizas. Lo que resulta incontrastable es que recién tras la Conquista Española y a través de una economía que empezaba a monetarizarse y, sobre todo, con el derrumbe cataclismo de las prostitutas indígenas solo pudieron surgir tras la conquista española, y a través de una economía que empezaba a monetarizarse y, sobre todo, con el derrumbe cataclísmico del antiguo régimen social surgieron las prostitutas en buen número debido a la miseria generalizada. Por supuesto esto no quiere indicar que en el Incario faltasen algunas mujeres ligeras, en todas las clases sociales. Pero venta de favores eróticos no hubo; porque no podía darse en los pobres ayllus ni en los palacios ricos, por carencia de moneda. En cambio, nació tal costumbre con la dominación europea. El cronista quechua Guaman Poma de Ayala incluye en su obra dos dibujos en los cuales un negro pasa una
moneda a una india, demandándole sus mejores caricias; y a un español o
criollo haciendo un gesto obsceno a una mesalina mestiza muy bien ataviada44.
Por último, no han constancia de que en el Tahuantinsuyu se rapase la cabeza como signo de infamia, que es costumbre europea. Más bien constituía símbolo de distinción de los Hanan-Cuzco. Tal como se puede leer en varias crónicas5 y en los dibujos del citado Guaman Poma.6
Otras fuentes
No existe ninguna referencia a prostitución incaica en las miles de páginas que integran las crónicas y extensas cartas del siglo XVI que versan sobre el Imperio de los Incas; al contrario, muchas son las que expresamente lo niegan. Guaman Poma expresaba con orgullo que en el Incario no había “ni putas, ni putos”77, aunque por cierto no negaba festines y liviandades de la nobleza
cuzqueña.. El conquistador Mancio Sierra, que falleció de avanzada edad, no puede menos que reconocer aunque exagerando, que en el Imperio que ayudó a subyugar “no había ladrón ni mala mujer”. Extensa sería la lista de informantes respecto a la inexistencia de prostitución en el Imperio.
Los conquistadores, nimbados del mágico prestigio del dinero, pudieron en cambio corromper con facilidad a las mujeres en una sociedad diezmada por las guerras de la conquista, con viudas y huérfanos que sumaban decenas de miles y donde la antigua economía se derrumbó catastróficamente: cien mil personas murieron de hambre a las puertas del Cuzco, hacia 1538, según las más precisas fuentes españolas.
Reparemos en que los españoles, al principio, usaron sin escrúpulos determinadas creencias ingenuas de la población nativa; en este caso la convicción inicial de que los conquistadores eran semidioses y que nada malo había en unirse con ellos; al contrario fue sentimiento muy común, inicialmente, entre mujeres de etnias sojuzgadas por los Incas. Era, además, la ley del vencedor. Asimismo, por recuperar su libertad y acabar con su forzosa virginidad, numerosas acllas se fueron con los españoles, y casi la totalidad de ellas acabarían abandonas, vejadas y hasta infamadas con hijos en los brazos.
4 Felipe Guaman Poma de Ayala. Nueva Crónica y Buen Gobierno.(¿1615?). París, 1936, folio 709 y 534. 5 Entre los principales informantes de esta costumbre están: Joan Cabezas en carta a Gonzalo Fernández de
Oviedo en 1537 (p.99, ed. BAE)); Juan de Betanzos, en el Cap. I. de la Suma y Narración. (1551). Molina El Almagrista (p.32); Pedro Pizarro (p. 83); Agustín de Zarate, Cap. I. etc.
6 Guaman Poma, Ob.cit., folio 442
Contribuyó a diluir las antiguas formas éticas incaicas la presencia de auténticas y recién llegadas prostitutas procedentes de la colectividad dominante: unas pocas españolas como Juana Hernández y varias moriscas, negras y mulatas liberadas por los amos. Su presencia es nítida en las fiestas con las cuales celebrábase el botín del reparto del Perú. El más famoso caso es el de la orgía realizada en la misma iglesia principal del Cuzco por el capitán de todos los ejércitos españoles del Perú, Hernando Pizarro, el auténtico dueño del país, mucho más que su ilegítimo, iletrado y dubitativo hermano, Francisco, el Gobernador, muchísimo mayor. Consta la acusación almagrista como en 1539, en el templo de La Trinidad, “derribó las imágenes, deshizo los altares, echó en el suelo campanas y cruces y se entró a vivir a dicho monasterio e hizo caballerizas de caballos y viviendas de putas indias y cristianas e infieles.8
Los conquistadores –denunciaría el Padre Luis de Morales (en cierta forma el Bartolomé de las Casas del Perú)- “viven a la manera de la ley de Mahoma” y “quiero decir que hay chiqueros en algunas casas de paridas y otras de preñadas y otras de sueltas”.9
No hubo prostitutas en el Incario
El más antiguo entre los españoles que tocaron el tema de la prostitución es Cristóbal de Molina, llamado “El Almagrista”, quien en 1553 afirmaba con toda razón y con extremada claridad: “...y la india más acepta a los españoles; aquella pensaba que era lo mejor, aunque entre estos indios era cosa aborrecible andar las mujeres públicamente en torpes y sucios actos, y desde aquí se vino a usar entre ellos de haber malas mujeres públicas, y perdían el uso y costumbre que antes tenían, de tomar maridos. Porque ninguna que tuviese buen parecer estaba segura con su marido, porque de los españoles o de sus yanaconas era maravilla si se escaparan”.10
Suponemos así que Garcilaso tomó las antiguas referencias de su niñez y juventud, oídas respecto a mujeres deshonestas o libérrimas, (también llamadas en el tiempo incaico pampayrunas) como si fuesen informes sobre prostitutas. La confusión –reiteramos- suele ser común en un lenguaje de antiguo cuño moralista en todas las culturas y es fruto del dialogo varonil, especialmente dentro del sentido que las mujeres modernas llaman “machista”; tendencia insultante hacia las mujeres. En realidad, tal sustitución de conceptos ha existido en toda la historia patriarcal de la humanidad, merced a un doble y absurdo código ético. Y no sólo entre hombres se hablaba así, pues también usarían de tal lenguaje las damas y las que aparentaban serlo en el seno de la sociedad incásica.
Garcilaso fue arrastrado por esta tendencia, pues era cristiano muy observante y hasta pudoroso frente a las mujeres, y fue quizá el factor que lo llevó finalmente a vestir hábito religioso. Y así vio prostitutas en el Incario, donde sólo había mujeres livianas. Toda su obra en realidad se halla teñida de un intenso eticismo sexual cristiano, al igual que Guaman Poma, quien asimismo pertenecía a la primera generación católica.
8 Toribio Medina. Colección de Documentos Inéditos para la Historia de Chile. T. VI, pág. 404. 9 Luis de Morales. Memorial de la Iglesia de España. Sevilla, 1943, “Protesta 47”, pág. 70
10 Cristóbal de Molina. (El Almagrista). Destrucción del Perú. Lima: Colección: Los Pequeños Grandes Libros de la Historia Americana. Serie I, T. VI
Livianas, nada más
Esta hipótesis aparece confirmada por el hecho singular de que el primero que escribe la palabra pampayruna es Pedro Cieza de León en 1551, sesenta años
antes de Garcilaso. En la Tercera Parte de la Crónica del Perú, el bien calificado
“príncipe de los cronistas” relató como el belicoso General Rumiñahui mató a todas las mujeres que quisieron la paz con los españoles, tras apostrofarlas con el epíteto de “pampayruna”11
En verdad sólo se trataba de acllas imperiales, esto es, mujeres que encerradas, realizaban en los acllahuasis diversas tareas de artesanía y servían como semillero de la poligamia aristocrática de los orejones. Seguramente muchísimas de ellas - como hemos dicho ya - creyeron hallar su libertad yéndose tras los españoles, vistos, además, como semidioses en aquella etapa inicial de la desintegración del Incario. Pero no existe allí ninguna incriminación de que fuesen prostitutas. Máximo, Rumiñahui las acusó de infieles y hasta ligeras.
Tanto mujer como hombre
La segunda referencia cronológica a pampayruna es lingüística. Tampoco en este registro quechua indica prostitución. Al igual que en el ejemplo de Cieza, el vocablo apenas revela liviandad y, asunto importante, liviandad tanto
femenina como masculina. Puede verse que el Lexicón de Fray Domingo de
Santo Tomás (1560) señala que pampayruna es “hombre dado a mujeres o
mujer dada a hombres”.12 Alúdese pues a liviandad y aún lujuria, en cualquier
sexo. Ni remotamente se refiere a la prostitución, que como hemos señalado, tiene como eje el cobro de los servicios sexuales.
El Diccionario Anónimo de 1586 consigna pampayruna como “disoluta mujer”, y, cosa interesante, ya fuese en el sentido que no era difícil tener acceso a ella13 o que vendiera sus caricias; esto porque hacia aquella época ya
había transcurrido más de medio siglo de presencia occidental en el Perú y los préstamos idiomáticos empezaban a ser frecuentes. Tomó doble significación.
Cuando en los finales del siglo XVI, Diego González Holguín recogía pacientemente su enorme vocabulario quechua en los Andes, hacía ya tiempo que Garcilaso residía en España. La diferencia es necesario recalcarla, puesto que para el célebre quechuista todavía pampayruna es tanto “mujer mundana” como “mujer pública”; y “mujer cantonera” era la que vivía con deshonestidad. Es suma, pampayruna valdría por “mujer mundana” en el quechua de los indios y por “ramera” sólo en el quechua colonial14 de mestizos, criollos y seguramente
un sector nativo rico.
Había surgido ya una nueva acepción colonial para la pampayruna. No en vano habían transcurrido sesenta años de aniquilamiento de los viejos moldes económicos, sociales y éticos del Imperio de los Incas.
Por su lado, el Padre Diego Torres Rubio, que publicó más tarde su Diccionario Quechua, en 1619, dijo que la “hayhayñic huarmi” es la “mujer de todo, vil y fácil” y señala ya a la pampayruna como “ramera” momento en el cual tenemos, nos parece, el asentamiento por escrito, definitivo, del quechuismo colonial que,
11 Pedro Cieza de León. Tercera Parte (1550). Roma, 19 Cap. LXX
12 Fray Domingo de Santo Tomás. Lexicón o Vocabulario de la Lengua General del Perú (1560) Lima;, 1951, p. 335. Edición fascimilar.
13 Anónimo. Diccionario Quechua 1586. Lima, 1951 pp. 68,136, 163.
14 Diego González Holguin. Vocabulario Quichua 1608. Lima, Editorial San Marcos, 1952, pp. 446, 596, 647, 651 y 506.
usado antes sólo oralmente, había llegado ya a España, a través de cartas, en su nueva significación, engañando a Garbillado. Ya circulaban por entonces en el trato diario entre españoles y mestizos, negros y seguramente indios y se refería a las prostitutas propias de la Colonia, vale decir, en el quechua hablado por los mestizos, criollos y seguramente un sector nativo impresionado con el poder casi mágico de las monedas. Se acentuaba la transición.
Había plasmado ya una nueva acepción colonial para pampayruna. No en vano había transcurrido ochenta años de aniquilamiento de los viejos moldes sociales y éticos del Imperio de los Incas.
Por su lado, el Padre Diego Torres Rubio, que publicó su Diccionario quechua en 1616, dijo que la “hayhayñic huarmi” es la “mujer de todos, vil y fácil” y señala ya a la pampayruna como ramera. Este es el momento en el cual tenemos, nos parece, el asentamiento por escrito, definitivo, de aquel quechuismo colonial que usado sólo oralmente había llegado a España, en su nueva significación vía de visitas o de cartas, confundiendo a Garcilaso. Sin embargo, en el Perú ya circulaba en el trato diario entre españoles y mestizos, negros y seguramente algunos indios y se refería a las prostitutas indígenas propias de la Colonia15.
Asímismo, Holguín - que editó en 1608 - consigna varios sinónimos de
pampayruna, como pampahuarmi, huptascahuarmi, “mujer de muchos”, etc16
Conviene, asimismo, reiterar que runa, como bien se sabe, es voz quechua que designa al ser humano en general y no solamente a la mujer. En ambos casos “era gente de la plaza, de la pampa”, cuando menos desde el primer siglo colonial porque creemos que el vocablo en cuestión fue temprano quechuismo en el castellano del Perú, por introducción de vocablos indígenas. Pero de aquellos que cambiaron en parte su significación quechua, como huaca, chupe, inca, antis, quelca, illapa y tantos más.
Un caso especial
Es el que nos trae solitariamente el cronista español Juan de Betanzos. Pero cabe desechar por completo que fueron prostitutas “cierta cantidad de mujeres de las que así fuesen tomadas en las guerras, con quien los tales mancebos conversasen”17, porque esas desdichadas estuvieron sujetas más
bien a continuas violaciones, cautivas allí contra su voluntad, encerradas como prisioneras de guerra. No eran, pues, prostitutas. Eran comunes a la fuerza. No vendían sus favores, ni los intercambiaban con nada. Aunque, claro, sí había hijos - dice el cronista - eran “sapsi” que en este caso significa común, sin padre conocido.
Anexo
La actual palabra pampera, que designa a la prostituta o a la mujer muy ligera, viene sin duda de pampahuarmi. Pero es chuchumeca el vocablo más conocido. Posee numerosos sinónimos en el habla castellana del Perú, porque nada tiene mayor número de nombres que las cosas innombrables. Dentro del habla criolla del Perú hemos registrado, por lo pronto, las siguientes denominaciones, con variantes de época y de región:
15 Diego de Torres Rubio. Arte de la Lengua Quichua (Chuquisaca, 1638). Cusco, 1963, p. 158. 16 González Holguín, ob. cit. pp. 597, 204.
Boca pintada, cucurbitácea, chivata, chusca, grandísima, hembra de arroz quebrado, hembra del coco, horizontal, lavandera, lolita, lucha, Magdalena, mariposa nocturna, maroca, maroquera, meca, moscona, moza de partido, mujer de la vida alegre, mujer de la calle, mujer libre, mujer ligera, ninfa, pacharaca, pampera, palla, patinadora, pelona, percuncha, perendeca, perendenga, pindonga, perrita, prosti, puerca, pupila, puputalán, ravisalsera, ruca, rufa, tambera, tropezalona, visitadora, zorra.