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La cultura era altamente estimada en los siglos iv y v. Era uno de los legados de la Antigüedad y gozaba de una «veneración casi religiosa» (Dannenbauer). Todavía en el año 360 una ley del emperador Constancio podía declarar que el cultivarse era la virtud suprema. Y realmente mu- chas familias nobles de aquella época, galas y romanas, se consagraban a ella y particularmente en el seno de los proceres senatoriales. Pero eran ya simples custodios de la cultura, a la que no enriquecían. Y también ha- bía por doquier círculos y fuerzas sociales de índole muy distinta; incluso en las más altas posiciones. El rey cristiano Teodorico el Grande portaba ciertamente la espada lo suficientemente bien como para atravesar con ella a parientes como Recitaquio o a rivales como Odoacro, pero ya no era capaz de escribir ni el propio nombre sobre los documentos: ni lo eran tampoco la mayoría de los príncipes cristianos hasta la época de los Stau- fer. Teodorico escribía las cuatro letras LEGI («lo leí») por medio de un molde áureo expresamente forjado para él. La instrucción de los niños godos estaba prácticamente prohibida por él, pues, como parece haber di- cho, quien tembló ante los varazos del maestro nunca sabría despreciar los tajos y acometidas de la espada en la batalla.115
En la Galia, al parecer, donde el sistema escolar floreció desde co- mienzos del siglo ni hasta las postrimerías del iv, las escuelas públicas van desapareciendo en el transcurso del siglo siguiente por más que aquí y allá, en Lyon, Vienne, Burdeos y Clermont hubiese aún escuelas de gra- mática y retórica aparte, naturalmente, de las privadas. Pero todas las en- señanzas, al menos las literarias, servían exclusivamente para el acopio de material para sermones y tratados, para ocuparse con la Biblia y para la consolidación de la fe. La indagación científica era ya cosa del pasado; ya no se contaba con ella ni se la deseaba. El conocimiento del griego, que desde hacía siglos era el requisito -también en Occidente- de toda autén- tica cultura, se convirtió en una rareza. Hasta los mismos clásicos roma- nos, tales como Horacio, Ovidio y Cátulo se leían y citaban cada vez menos."6
Pero también en Oriente se hizo patente la decadencia. Para Epifanio, obispo de Salamis, la misma filosofía en cuanto tal era sospechosa de «herejía». Su debate con la Antigüedad se limitó a la «pura negación» (Altaner/Stuiber). Pero también el Doctor de la Iglesia Cirilo de Alejan- dría, supuestamente, «un tipo de intelectual eminentemente cerebral» (Jouassard), se formó ostensible y primordialmente con la Biblia y debió
de rechazar la filosofía. Es más, se ha opinado que deseaba vetar su ense- ñanza en Alejandría. En general y ya en el siglo iv, la profesión de maes- tro apenas si resulta atractiva en Oriente. Libanio, el paladín de la cultura helenística, el más famoso profesor de retórica del siglo, se queja de la aversión suscitada por esa profesión. «Ellos ven —dice refiriéndose a su¿ alumnos- que esta causa es despreciada y tirada por los suelos; que no aporta ya fama, poder o riqueza y sí una penosa servidumbre bajo mu- chos señores, los padres, las madres, los pedagogos, los mismos alumnos, que ponen las cosas del revés y creen que es el profesor quien los necesi- ta a ellos... Cuando ven todo esto evitan esta depreciada profesión como un barco los escollos.»117 .'
En la época de Agustín apenas hay ya escuelas de filosofía en Occi- dente. La filosofía está mal vista, es cosa del demonio, padre original de toda «herejía», y causa espanto a los piadosos. Incluso en un centro de cul^ tura tan importante como Burdeos hace ya tiempo que no se enseña filo- sofía. E incluso en Oriente, la mayor y más importante de las universida- des del Imperio Romano, la de Constantinopla, fundada en 425, sólo tiene una cátedra de filosofía entre un total de 31."8
El conocimiento de un saber existente desde hacía mucho tiempo se perdió en casi todos los ámbitos. El horizonte espiritual se fue haciendo más y más estrecho. La cultura antigua languidecía desde las Galias has- ta África, mientras que en Italia desaparecía prácticamente. El interés por la ciencia natural se esfumó. Sólo quedaron restos de un saber elemental y una predilección convencional por fenómenos de la naturaleza abstru- sos, curiosos o considerados como tales. También la jurisprudencia, al me- nos en Occidente, sufre «estragos», una «pasmosa demolición» (Wieacker). En vez de filosofar se citan lugares comunes, en vez de historia se leen anécdotas. No interesan ya ni la historia más antigua, ni la posterior, ni la más reciente. El obispo Paulino de Ñola, muerto en 431 y sucesor de Pa- blo de Ñola, no leyó nunca a un historiador: actitud bien típica del mo- mento. Caen en el olvido épocas enteras, verbigracia, la época de los em- peradores romanos. El único historiador de renombre en las postrimerías del siglo iv es Amiano Marcelino, un pagano. Se desiste de leer las bellas letras. Resulta peligrosa a fuer de mundana. Sínodos enteros prohiben a los obispos la lectura de libros paganos. En suma: cesa la investigación científica; no se experimenta; se piensa cada vez con menos autonomía: la crítica se paraliza; el saber mengua; la razón se desprecia. «El claro es- píritu crítico de los científicos griegos parece haber expirado del todo» (Dannenbauer). En cambio, en todos los ámbitos «profanos», en la biolo- gía, en la zoología, en la geografía, al igual que en la religión, se creen cosas cada vez más absurdas; cuanto más disparatadas, tanto mejor. Triun- fan la ciega obediencia a la autoridad y la mística fantástica. El poder de los santos cura más que el arte de los médicos, dice hacia el año 500 un
sacerdote italiano. Unas décadas después ningún médico pudo sanar al obispo Gregorio de Tours, un hombre con la mente llena de supersticio- nes, pero sí, milagrosamente, un trago de agua con algo de polvo tomado de la tumba de san Martín."9
La educación de los seglares, que todavía persiste en el siglo vi, se extiende prácticamente durante siglos. Sólo los clérigos sabrán aún leer y con frecuencia más que suficientemente mal. Hasta un historiador como Gregorio de Tours (muerto en 594) nos sirve de escandaloso ejemplo. Su estilo es bárbaro. Abunda en gravísimos deslices gramaticales, con usos de- fectuosos de las preposiciones -cosa que él mismo sabe y confiesa- con empleo del acusativo en lugar del ablativo y viceversa. Confunde a menu- do los géneros, usa nombres femeninos por masculinos, masculinos por fe- meninos, masculinos por neutros. Hasta los reyes fueron durante un largo período analfabetos. En el siglo vn la cultura estaba prácticamente postra- da. Desde África hasta las Galias, la única lectura eran leyendas de santos y novelas monacales. La única base de la instrucción en las escuelas eran los salmos. Sólo en España, donde al menos había algunos obispos semi- letrados, hallamos un saber mínimo en el clero, limitado, desde luego, al conocimiento de la Biblia y de las leyes canónicas. Pues ocurre que en la medida en que la cultura profana languidece -caduca, de hecho- en los ini- cios de la Edad Media, la eclesiástica se hace más estrecha, unilateral y rí- gida. Los prejuicios contra aquélla aumentan. Su rechazo es cada vez más decidido y pasa por impropia del estado sacerdotal. El auténtico manual de instrucción del clero son los salmos y son particularmente los monjes quienes desarrollan una decidida aversión contra la cultura, especialmente contra la filosofía. Todo ello es superfluo, nocivo, necia sabihondez.120
Para la admisión en un monasterio benedictino del siglo vi no cuenta para nada el hecho de si se sabe o no se sabe leer y escribir. Si se leía algo, había de ser la Biblia, la lectio divina. «En ninguna parte hallamos mencionada otra finalidad de la lectura» (Weissengruber). Lo decisivo para ingresar en el monasterio era que el novicio comprendiera unas re- glas monacales machaconamente inculcadas. No había enseñanza para novicios y si algo se aprendía era como autodidacta. La lectio, como se llamaba a semejante studium, no era tanto un proceso de enseñanza y aprendizaje como un ejercicio ascético-religioso. «En la mayoría de los casos a la lectio se le asignaba el papel de mera oración», era un «acto sa- cral» (Illmer). Y durante la «clase», los niños -algunos de los cuales ve- nían ya con cinco años o directamente de la cuna al monasterio- estaban allí metidos entre otros monjes, analfabetos adultos, algunos casi ancia- nos. Situación que se denominaba schola sancta.m
Como quiera que casi todo el mundo se entontecía gradualmente, au- mentaba también la creencia en toda clase de bobadas, verbigracia, en toda una caterva de espíritus malignos.