Ruth Carlino*
esperadamente mientras los interrogantes de lo vivido azotaban mi cuerpo de manera gradual.
Del cielo empezaron a desprenderse unas minúsculas gotas que presagiaban el llanto al que el firmamento iba a entregarse. La mágica sensación de la lluvia sobre mi cara pareció despertar los sentidos que habían decidido abandonarse a aquel sueño infi- nito y mortal, que tanto me había costado apartar de mi vida mientras todos los demás se rendían a sus pies. Agradecí la bendita lluvia purificante que ya me bañaba hasta calar mis huesos.
Corrí aún más en busca de aquel tren del cual había perdido las coordenadas exactas, corrí enloquecidamente como si fuese lo úl- timo sensato que haría en mi vida, corrí hasta que mis pies parecieron volar por un asfalto polvoriento del cual quería escapar y que parecía lleno de grasa de motor que me adhería al suelo del que quería huir. Y vi el tren en movimiento, lo vi eclipsándome por su belleza, lo vi fundiéndose en los ca- minos de hierro, pero no sabía a ciencia cierta si llegaba o se marchaba, y corría tras él aún a sabiendas que de haber partido ya nunca se detendría. Llegué a golpearlo con todas mis fuerzas y con toda mi rabia, por- que en él se escondían mis sueños e ilusio- nes, mi vida lejos de la cuidad dormida... Unos intensos pitidos anunciaron el cierre de las puertas mecánicas tras de mí. Recobro el aliento perdido sentándome junto a la ventanilla, cuando nuevamente el tren se pone en movimiento lentamente para ir entregándose progresivamente a la velocidad para la que fue engendrado. Siento el efecto de la inercia sobre mi cuerpo ya desacostumbrado a los vaivenes y al sutil movimiento, al que pronto voy acostumbrado cada órgano de mi cuerpo. Pierdo la vista en aquel paisaje de marrones y ocres que se aleja tras de mí, mientras fijo sutilmente la mirada en la instantánea di- minuta de la cuidad dormida, que se difu-
mina por segundos y de la cual veo emerger largos brazos, como queriendo atrapar aquel tren con el que me alejo para descu- brir aquello que ni siquiera sé si existirá re- almente, aquello con lo que he soñado desde el momento en que decidí no entre- garme a la somnolencia general y soñar despierto, pero soñando realmente, para cubrir de vida los sueños; aquello que in- útilmente traté de contar a los seres con los que cohabitaba en aquel espacio y tiempo que sin duda no era el mío, aquello que yo llamo "La Cuidad Azul" y que vagamente fue catalogado como sueños de un bohe- mio loco.
Vuelvo a situarme nuevamente en el inte- rior de mi ansiado tren, alejándome de aquel paisaje que me devuelve el entorno, pues es tan despreciable y miserable como la propia cuidad dormida; y es en ese pre- ciso instante en que vuelvo la cara cuando los descubro ahí sentados asimétricamente, separados los unos de los otros por un asiento o una hilera de los mismos, con sus caras cadavéricas enclavadas en mí. Un sudor frío recorre nuevamente mi espalda para latigar mi espina dorsal. Instintiva- mente me observo a mí mismo, para ver si mi imagen es la misma que desprenden ellos mismos, pues allí parecen todos igua- les; y con alivio descubro que yo sigo siendo yo a pesar de todos estos avatares de mun- dos perdidos en los que estoy inmerso; pero una duda atenaza mi mente, y me pre- gunto inquisitivamente cómo me verán ellos, pues igual ven en mí también los tra- zos de la osamenta que cubre mi cuerpo re- flejando así la misma imagen cadavérica que ellos me transmiten; pero el hecho de que todos y cada uno de ellos me mire tan fijamente me da a pensar que de algún modo intuyen algo diferente en mí, algo que no es común entre todos ellos, algo que quizás hasta les infunda miedo o temor, aunque realmente el asustado siga siendo yo mismo... R
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¡No os engañéis! Los homosexuales no heredarán el reino de Dios”. Según algunas versiones castellanas de la Biblia, así de claro habla el apóstol Pablo. La declaración aparece en una carta dirigida a la joven comunidad cristiana establecida en la ciudad griega de Corinto (1 Cor 6,9- 10). Para cualquier lector de hoy, el mensaje es fácil de entender: un homosexual no puede ser cristiano, y a la inversa. O lo uno o lo otro. Según varios estudios recientes, la disyuntiva se vive diariamente en muchas partes del planeta. Tanto es así que, en una serie de ambientes eclesiales, la sexualidad del individuo se ha convertido en criterio determinante para admitirlo, o rechazarlo, como miembro de la comunidad creyente. Actualmente miles de teólogos y pastores de diferentes iglesias defienden a ultranza la postura esbozada: heterosexuales, sí; homo y bisexuales, no. Interrogados sobre su motivación para adoptar una postura tan contundente, suelen contestar: “Lo dice la Biblia”.En su inmensa mayoría los cristianos de habla hispana acceden a las sagradas escrituras por medio de las versiones castellanas. Tal situación deposita un enorme poder en manos de los traductores porque de su interpretación
del texto original depende nuestra comprensión del mismo. Ahora bien, si analizamos detenidamente la redacción griega de la citada carta apostólica, nos topamos muy pronto con una sorpresa: en el pasaje no figura la palabra “homosexual” ni otra que se le parezca. Esta situación se debe a factores históricos y culturales. Resulta que el vocablo homosexual se acuña en Alemania en 1869, tratándose de un neologismo que pertenece a la época moderna. Es importante aclarar que responde en la actualidad occidental a varias situaciones y fenómenos: (a) es una palabra de uso común y generalizado; (b) describe la orientación sexual de un individuo determinado, elemento que lo diferencia de un heterosexual y de un bisexual; (c) se aplica por igual a hombres y a mujeres; (d) abarca las parejas formadas libremente y en condiciones de igualdad jurídica por personas del mismo sexo, y (e) se hace extensiva a todo el colectivo social de individuos, parejas, grupos y organizaciones que se definen de una u otra manera usando el término homosexual.
En el texto paulino, redactado a mediados del siglo I, aparece en el lugar indicado la palabra griega arsenokoitai, “varones- cama”. Puesto que es totalmente des-