Path Rule Target by Location
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El patriarca de una tribu de pastores, aunque dotado con la autoridad que se le reconoce de sus funciones bélico-señoriales y sacerdotales, no goza, por lo general, de un poder despótico. Podría decirse lo mismo del «rey» de una pequeña comunidad donde, asimismo, ejerce un dominio muy limitado. Por otro lado, desde el mismo momento en que un genio militar fusionó a varias tribus de pastores en una única y poderosa masa de soldados, el poder despótico centralizado pasa a ser una consecuencia directa e inevitable104. Tan pronto como aparece la guerra, se
admite la veracidad de las palabras homéricas
104 El nomadismo se caracteriza excepcionalmente por la facilidad con la que las funciones despóticas se desarrollan como fuerzas de gran trascendencia a partir de las condiciones patriarcales. Ratzel, F. I, vol. II, pp. 388-9.
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oὐκ ἀγαθὴ πολυκοιρανιὴ, εἷς κοίρανος ἔστω εἷς βασιλεúς105
por la mayoría de tribus rebeldes, convirtiéndose en un hecho que hay que propugnar. Los cazadores primitivos libres obedecen incondicionalmente a su jefe elegido, mientras que en tiempos de guerra los cosacos de Ucrania, que no reconocen autoridad ninguna en tiempos de paz, se someten al poder de su hetman. Dicha obediencia ciega hacia su «señor de la guerra» responde a una característica común de la psicología del guerrero primitivo.
Los líderes que guiaron las grandes migraciones de los nómadas eran todos poderosos déspotas: Atila, Omar, Gengis Kan, Tamerlán, Mosilikatse, Cetawayo. De manera similar, observamos que en el lugar donde se originó un poderoso Estado territorial como resultado de la fusión de numerosos Estados feudales primitivos, existió al principio una fuerte autoridad central. Pueden encontrarse ejemplos de ello en el caso de Sargón, Ciro, Clodoveo I, Carlomagno y Boleslao el Rojo. En ocasiones, especialmente en los tiempos en los que el Estado principal aún no había alcanzado sus límites geográficos ni sociológicos, la autoridad central se mantenía intacta en aquellos terrenos gobernados por fuertes y poderosos monarcas, lo cual degeneró en ciertos casos en el demencial despotismo de algunos de estos Césares: en especial, observamos ejemplos evidentes de ello en África y Mesopotamia. No obstante, solamente pasaremos por la tangente en esta cuestión, puesto
105 «No es bueno el gobierno de muchos: uno solo el caudillo supremo y soberano de todos sea».
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que presenta poca importancia en cuanto al desarrollo y la evolución final de estas formas de gobierno. Sin embargo, es importante que, llegados a este punto, se haga mención de que el desarrollo de un gobierno déspota depende en gran medida del Estado sacerdotal de los gobernantes, además de su posición como nobles señores de guerra, sin tener en cuenta si estos gozaban del monopolio comercial como derecho mayestático adicional.
En todo caso, la combinación del César y la figura papal tienden a evolucionar hacia las formas extremas de despotismo, aunque el reparto de las funciones espirituales y físicas hace que sus exponentes se controlen y se equilibren entre sí. Puede también encontrarse un ejemplo característico de ello en las condiciones imperantes entre los Estados malayos del Archipiélago de las Indias Orientales, verdaderos
«Estados marítimos» cuyas génesis son
completamente contrarias a las de los Estados marítimos griegos. Por lo general, el monarca goza de tan poco poder entre estos como el rey en los primeros estadios de la historia de los Estados áticos. Como en el caso de Atenas, el verdadero poder descansa en manos de los jefes del clan —en Joló los denominados datus y en Achin los panglimas—. No obstante, allá donde,
al igual que en Toba, ciertos motivos religiosos dotan a los gobernantes de una posición papal, se observa una fase totalmente distinta. Así pues, los
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panglimas dependen completamente del Rajá y aparecen como meros agentes oficiales106.
Con el objetivo de referirnos a un hecho archiconocido, cuando los aristócratas y los jefes de los clanes en Atenas y Roma acabaron con el reino, estos seguían manteniendo al menos el antiguo título y autorizaban su uso a un mandatario que, de otra forma, no tendría ningún reconocimiento político, con el objetivo de que las deidades siguieran recibiendo sus ofrendas según la forma en la que se había venido haciendo hasta entonces. Por esta misma razón, el descendiente del antiguo jefe tribal se presenta como dignatario, si bien es cierto que el poder del gobierno se había transferido tiempo atrás a algún otro jefe militar: al igual que en el posterior Imperio Merovingio, donde los grandes mayordomos del Imperio Carolingio gobernaban junto con el «rex crinitus» de raza merovea, encontramos también que en Japón, el shogun —comandante del ejército— gobernaba junto con el Mikado —antiguo emperador de Japón—. Por su parte, el comandante de los incas gobernaba junto con el denominado Huica Huma — Sumo Sacerdote—, quien había sido paulatinamente limitado a sus funciones sacerdotales107,108.
106 Ratzel, F. 1, c. I, p. 408.
107 En Egipto encontramos un panorama similar: junto al fanático Amenhotep IV, el Mayordomo de Palacio Horemheb «reunía en sus manos las funciones militares y administrativas del imperio, hasta llegar a prácticamente regir el Estado». Schneider, Civilization and Thought of
the Ancient Egyptians. Leipzig, 1907, p. 22.
108 Cunow, H. I, pp. 66-7. De la misma manera que en relación a los habitantes de las islas malayas, pueden encontrarse otros muchos ejemplos en Radak. (Ratzel, F. 1, c. I, p. 267).
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Además del cargo de Sumo Pontífice, el poder del jefe del Estado aumenta enormemente a causa del monopolio comercial, función ejercida por los primeros jefes tribales como consecuencia natural del comercio pacífico de los regalos entregados a las tribus vecinas. Un monopolio comercial como tal fue, por ejemplo, el que ejerció el Rey Salomón y, posteriormente, el emperador romano Federico II109.
Por regla general, los jefes de las tribus de negros son «monopolistas del comercio»110, al igual que el Rey
de Joló111. En el caso de los gallas, dondequiera que se
reconozca la supremacía de un jefe, este se convierte de forma natural en el comerciante de su tribu, ya que a ninguno de sus subyugados se le permite comerciar directamente con individuos foráneos a la tribu112.
Por su parte, en las tribus marotse y mabunda, el
monarca representa, «de acuerdo con la
interpretación estricta de la ley, el único comerciante de su región»113.
Ratzel deja constancia, en términos inequívocos, de la importancia de este factor:
Además de sus dotes de brujería, el jefe [de la tribu] aumenta su poder mediante el monopolio comercial. Puesto que el jefe es el único intermediario en el acto comercial, todo lo que 109 Buhl, F. I, p. 17. 110 Ratzel, F. 1, c. II, p. 66. 111 Ratzel, F. 1, c. II, p. 118. 112 Ratzel, F. 1, c. II, p. 167. 113 Ratzel, F. 1, c. II, p. 218.
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sus subyugados desean pasa por sus manos, convirtiéndose él en el donante de todos estos anhelados regalos, el satisfactor de los deseos personales. En un sistema como tal, ciertamente existe la posibilidad de disfrutar de enormes poderes114.
Si en aquellos territorios conquistados donde el poder de gobierno puede ejercerse de una forma más estricta se añade el monopolio comercial, el poder real puede llegar a ser de una gran inmensidad.
También puede añadirse que, incluso en los casos de despotismo aparentemente más extremos, no existe el absolutismo monárquico. El gobernador puede impunemente atacar a la clase subyugada, si bien es verdad que es controlado por sus seguidores feudales. Tratando el tema en términos generales, Ratzel expone:
La denominada «corte» de los monarcas tribales africanos o antiguos americanos se trata casi siempre de un consejo. Aunque encontramos las huellas del absolutismo también en aquellos pueblos de inferior grado, incluso donde el gobierno es republicano, la causa del absolutismo no se encuentra en la fuerza ni del Estado ni del monarca tribal, sino más bien en la debilidad moral del individuo, quien sucumbe sin oponer eficaz resistencia al poder ejercido sobre él115.
114 Ratzel, F. 1, c. I, p. 125.
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El reino zulú refleja un despotismo limitado donde ministros muy poderosos —Induna—, un consejo en las tribus kafires, se reparten el poder, llegando en ocasiones a dominar a todos los individuos y al mismísimo jefe tribal116. Pese a dicho
control,
bajo el poder del jefe tribal Shaka Zulú, todo estornudo y carraspeo en presencia del tirano, así como no llorar tras la muerte de algún pariente de la realeza, era castigado con la muerte117.
La misma limitación se observa en los reinos de África Occidental de Dahomey y Ashanti, famosos por sus aterradoras barbaries:
A pesar de acabar con las vidas humanas en guerras, mediante el comercio de esclavos y las ofrendas humanas a los dioses, no existía un despotismo absoluto. Ben Bowditch repara en la similitud existente entre el sistema imperante en Ashanti, con sus distintos rangos y posiciones, y el antiguo sistema persa, tal y como lo describe Herodoto118.
Es importante, y quizás en un futuro se siga insistiendo en ello, no confundir despotismo con absolutismo. Incluso en los Estados feudales de Europa Occidental, los gobernantes ejercían su poder en cuestiones de vida y muerte libres de trabas jurídicas, pero, aun así, dichos gobernadores no tenían
116 Ratzel, F. 1, c. I, p. 118. 117 Ratzel, F. 1, c. I, p. 125. 118 Ratzel, F. 1, c. I, p. 346.
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poder frente a estos «señores feudales». Siempre y cuando no interfiriese con los privilegios de clase, el monarca feudal no necesitaba contener su crueldad e incluso, en algunos casos, sacrificaba a alguno de sus hombres más importantes, encontrándose en un gran problema si, por el contrario, se atreviese a tocar los
privilegios económicos de tan importantes
personalidades. Es posible analizar esta fase tan característica de los grandes imperios de África Oriental independientemente de todo ámbito jurídico y, aun así, se vería cercada por los continuos controles económicos:
En teoría, los gobiernos de Waganda y Wanyoro están basados en la ley del monarca, que regía en todo el territorio. No obstante, en realidad solamente se trata de algo aparente, puesto que, de hecho, las tierras pertenecen al jefe supremo del imperio. Eran ellos los que representaban la oposición popular hacia las influencias externas en los tiempos de Mtesa. Por su parte, Muanga no se atrevió nunca a llevar a cabo ninguna innovación por miedo. Aunque en realidad la realeza esté limitada, esta sigue ocupando una posición preponderante. El gobernante es el jefe absoluto de la vida e integridad física de un individuo y solamente ve su poder limitado en los círculos más herméticos de la corte119.
Puede decirse exactamente lo mismo de los habitantes de Oceanía, por mencionar a la última de las grandes sociedades que originaron Estados:
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En ningún lugar se observa una ausencia tan grande de representante para los trámites de mediación entre un monarca y un individuo vulgar. El principio aristocrático corrige al patriarca. Es por ello que los puntos extremistas del despotismo dependen más de la presión ejercida desde la clase y la casta que de la abrumadora voluntad de cualquier individuo120.
3. LA DESINTEGRACIÓN SOCIOPOLÍTICA