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CHAPTER 3 PREFORM PROCESS DEVELOPMENT

3.2 Proposed UV cured preform process

3.2.2 UV process development

Las denominaciones "serpiente de mar" y "monstruo lacustre" tienen un aura mitológica que sugiere que los extraños animales a los que se refieren están fuera de la realidad. Sin embargo, hay miles de noticias irre- futables de su existencia, desde Siberia hasta Escocia y dondequiera que hay aguas profundas. Esos mons- truos ubicuos han sido vistos repetidamente por gru- pos de personas no relacionadas entre sí, en ocasio- nes hasta doscientas al mismo tiempo. Algunas de esas criaturas incluso han vuelto a diario, como para dar a todo el mundo la oportunidad de asombrarse. En opinión de algunas autoridades, entre ellas el doctor Frederic A. Lucas, "hay más declaraciones juradas a favor de ese animal de las que necesitaría cualquier tribunal como prueba de un caso común y corriente".

Pero ¿qué es esa misteriosa forma de vida? Para empezar, no se trata de una sola criatura. Parece evidente, por los relatos de los testigos, que hay varias especies de enormes animales subacuá- ticos, algunos de los cuales han sido identificados de manera provisional. Los gigantescos seres con ten- táculos con los que tan a menudo nos tropezamos en los anales griegos y romanos, y a los que llamaban kraken los marinos noruegos, son para la mayoría de los autores el calamar gigante. El zoólogo Bernard Heuvelmans, que distingue nueve tipos diferentes de serpiente de mar, ha documentado la existencia de ca- lamares que miden 73 metros de tentáculo a tentácu- lo. El doctor Roy Mackal, que sigue el rastro del mokele-mbembe, sugiere que otro posible kraken pue- de ser un tipo de pulpo gigante, que, según él, mide hasta 60 metros.

Algunas manifestaciones desconcertantes resultan tener explicaciones sencillas aunque sorprendentes. El doctor Mackal no duda en identificar al monstruo del río White de Arkansas basándose en múltiples descrip- ciones de testigos: "El caso del río White", escribe Mackal, "es un claro ejemplo de un animal acuático conocido que es observado fuera de su hábitat o zona normal, y en consecuencia no es identificado por unos observadores no familiarizados con él. El animal en cuestión era sin duda un gran macho de elefante ma- rino", un solitario que había remontado el Mississip- pi y penetrado en e) río White.

Mackal tiene algunas ()tías sugerencias interesan- tes, basadas en la apariencia física y en la posible per- sistencia de algunas formas arcaicas. Afirma que el tipo de serpiente de mar grande y que ondula verti- calmente puede muy bien ser el zeuglodonte, una pri- mitiva ballena dentada que se cree extinguida desde hace mucho tiempo. El doctor Mackal cree que aún puede sobrevivir una pequeña población de

zeuglodontes. El monstruo del lago Okanagan corresponde

a la descripción del zeuglodonte, lo mismo que el

El dibujo sugiere que Nessie esta relacionada con el elas- mosauro, que vivió hace más de 70 millones de años. monstruo del lago Champlain y las serpientes de mar de la Columbia Británica.

Cuando los científicos japoneses acabaron de exa- minar la masa descompuesta izada a bordo del Zuiyo Maru (ver pág. 149), llegaron a una conclusión pro- visional. "Se parece mucho a un plesiosauro", dijo uno de ellos, y a ninguno se le ocurrió una idea mejor. Las imágenes del monstruo de Loch Ness muestran un notable parecido con el plesiosauro, un gran reptil acuático de la era mesozoica. Según Dennis Meredith, miembro de la expedición de 1976 al Loch Ness, "un tipo concreto de plesiosauro, el elasmosauro, es el me- jor candidato".

Los monstruos acuáticos tienen una sorprendente cualidad. Al verlos, algunas personas se quedan co- mo petrificadas, presa de una repugnancia paralizan- te que hace que se olviden de utilizar las cámaras que tienen en la mano o que se confundan al enfocarlas. Incluso F.W. Holiday, un avezado entusiasta de los monstruos, piensa que hay algo muy especial en el de loch Ness, y admite sentir "una mezcla de admira- ción, temor repulsión". Y. sin embargo, ese mons- truo, al que algunas personas encuentran "inmundo", es conocido afectuosamente por el diminutivo feme- nino de Nessie, como si se tratase de un ser lindo y encantador.

Muchos monstruos acuáticos tienen estos apodos tranquilizadores: Champ el del lago Champlain; Ogopogo el del Okanagan; Igopogo el del Simcoe , cerca de Toronto; Manipogo el del Manitoba; Chessie, la serpiente de mar de la bahía de Chesapeake; Slimy Slim o Sharlie el del lago Payette, en Idaho, y Whitey el monstruo del río White, en Arkansas. Uno se pre- gunta si esos nombres cariñosos corresponden a un sentimiento de camaradería o a un intento de reducir lo increíble a algo que no nos sobresalte.

tacado de su empresa fue el descubrimiento de "enor- mes huellas y una amplia franja de vegetación dobla- da y aplastada. El rastro conducía al río". Por su ta- maño, las huellas eran comparables a las de un ele- fante, pero la vegetación aplastada sugería que el ras- tro había sido obra de una criatura reptiliana "más alta y más ancha que cualquier cocodrilo conocido". Mackal, que está ahora "más convencido que nun- ca" de la existencia del animal, cree que habita en los pantanos pero utiliza los ríos para desplazarse. Se es- peran nuevos intentos de encontrarlo. (Animal King- dom, 83:4-10, diciembre de 1980; The New York Ti- mes, 18 de octubre y 10 de diciembre de 1981) Por resolución oficial del 6 de octubre de 1980, las fuerzas vivas de Port Henry, un pueblo situado al ex- tremo meridional del lazo Champlain, en el estado de Nueva York, prohibieron molestar a los monstruos marinos. Los defensores de Champ resolvieron que "...por la presente se declara que todas las aguas del lago Champlain cercanas al pueblo de Port Henry es- tán prohibidas para cualquiera que intente de algún modo hacer daño, hostigar o dar muerte al monstruo marino del lago Champlain".

Como animado por esta declaración, el monstruo fue generoso en sus apariciones durante 1981.

Al alcalde de Pon Henry, Robert Brown, no le dis- gustó este estímulo al negocio turístico. Según el New York Times, al menos tres docenas de personas vie- ron al animal durante el año, incluidos "17 alumnos de un curso sobre la Biblia". Según el alcalde, una jo- ven había tomado cuatro fotos de Champ, que esta- ban siendo analizadas. Añadió, muy orgulloso, que quienes participaban en un seminario de verano para aspirantes al doctorado en filosofía habían llegado a esta conclusión: "Es evidente que ahí hay algo." ( The New York Times, 4 de octubre de 1981; Pursuit, 14:51, segundo trimestre de 1981)

MONSTRUOS TERRESTRES, PRINCIPALMENTE BIPEDOS

ANTES DE 1900

Un aventurero inglés llamado Andrew Battel pasó mu- chos años en África durante el siglo xvi y al volver a su patria le hizo un relato detallado de sus experien- cias a su amigo Samuel Purchas. El relato figura en la famosa recopilación de escritos de viajes Purchas his Pilgrimes, publicada en 1625. Según Battel, asom- brado ante los mandriles, monos y micos de las sel- vas, dos clases de monstruos eran también comunes, ambos muy peligrosos:

El mayor de esos dos monstruos recibe en su lengua el nombre de Pongo, y al más pequeño lo llaman

Engeco. Ese Pongo es en todas sus proporciones como un hombre, pero su estatura es más de gigante que de hombre, porque es muy alto, con rostro humano, ojos hundidos y cejas muy pobladas. Su cara y orejas no tienen pelo, y tampoco sus manos. Su cuerpo está lleno de pelo,

pero no muy espeso, y de un color pardusco. No se diferencia de un hombre a no ser por sus piernas, que carecen de pantorrilla. Camina siempre sobre ellas, y lleva las manos en la nuca cuando va por el suelo... Van muchos juntos, y matan a muchos negros que trabajan en los bosques. Muchas veces caen sobre los elefantes que vienen a comer donde están ellos, y los golpean de tal modo con el puño cerrado y con estacas que huyen de ellos bramando. A esos Pongos nunca los cazan vivos, porque son tan fuertes que diez hombres no logran sujetar a uno de ellos... [Bernard Heuvelmans, On the Track of Unknown Animals, pág. 43]

"Las huellas de los cascos del Diablo" fueron llama- das así por los asombrados aldeanos que las vieron aparecer de la noche a la mañana en la Inglaterra ru- ral de 1855. La mañana del 8 de febrero fueron des- cubiertas en la nieve caída en torno a 18 aldeas del con- dado de Devon un número incontable de huellas ini- dentificables. Tenían forma de pequeñas herraduras e iban en líneas absolutamente rectas, una detrás de otra, como si el que las había hecho tuviese sólo una pierna, o bien estuviera jugando "gallo gallina".

En una sola noche el desconocido animal había via- jado unos 160 kilómetros, cruzado un ancho río y me- rodeado en torno a las casas. Al parecer, en algunos sitios habla subido por las paredes y caminado por los tejados, y aquí y allá las huellas daban la impresión de que incluso los había atravesado.

Durante algún tiempo, la gente no se atrevió a salir después de oscurecer, y los supersticiosos creían que las huellas habían sido dejadas por el mismísimo Sa- tán. (Bernard Heuvelmans, 017 the Track of Unknown

Animals, págs. 324-25)

Dos testigos oculares hicie- ron estos dibujos de las "huellas de los cascos del Diabló", vistas en Devón en 1855.

Un animal parecido a un gusano, gigantesco y posi- blemente anfibio, fue visto en diversas partes del Bra- sil durante el decenio de 1860. Más adelante, un tal Francisco de Amaral Varella vio algo parecido a una enorme lombriz de tierra a orillas del río Das Cavei- ras. Tenía más de cuatro palmos de grueso y un hoci- co como de cerdo en lo que era presumiblemente la cabeza. Cuando el testigo llamó a sus vecinos, la cria- tura desapareció en el suelo, dejando en su camino profundos surcos de unos cuatro palmos de ancho. (Bernard Heuvelmans, On the Tracks of Unknown Animals, págs. 298-99)

En 1889, en el principado nororiental de Sikkim, el mayor Laurence Austine Waddell , del Cuerpo de Sa- nidad del Ejército de la India, encontró grandes hue-

Un encuentro con un hombre mono en las tierras vírgenes de la costa noroccidental del Pacifico dejó a un joven trampero tan afectado que añós más tarde aún temblaba cuando se lo recordaban.

Has en Las nieves del Himalaya, a 5 000 metros de alti- tud. Escribía en su libro Among the Himalayas (1899):

Dijeron [los sherpas] que era el rastro de los hombres peludos que se cree que viven entre las nieves eternas, lo mismo que los míticos leones blancos, cuyo rugido afirman que se escucha durante las tormentas. Todos los tibetanos creen en esas criaturas. [Bernard Heuvelmans , On the Track of Unknown Animals, págs. 127-28; John Napier,

Bigfoot, págs. 34-35]

Teodoro Roosevelt no era persona crédula, pero lo im-

presionó una historia que contó en su libro The Wil-

derness Hunter, publicado en 1893. El incidente, ocu- rrido muchos años antes, le fue contado a Roosevelt, según decía,

por un viejo cazador montañés, canoso y curtido, llamado Bauman, que había nacido en la frontera y se había pasado la vida en ella. Debía de creer lo que decía, porque en algunos puntos de la historia no pudo reprimir un estremecimiento...

Cuando ocurrió, Bauman era todavía joven, y estaba cazando con trampas, en compañía de un socio, en las montañas que dividen los brazos del

río Salmon del nacimiento del río Wisdom No habían tenido mucha suerte, y decidieron subir a un desfiladero particularmente salvaje y solitario por el que corría un pequeño arroyo donde decían que había muchos castores. El paso tenía mala fama porque el año anterior un cazador solitario que se había aventurado en él fue muerto allí, al parecer por un animal salvaje, y sus restos medio devorados habían sido encontrados por prospectares mineros... apenas la noche anterior.

Pero Bauman y su compañero eran atrevidos y no les preocupó aquella historia. Acamparon en un pe- queño claro y marcharon corriente arriba a colocar sus trampas. Al anochecer regresaron.

Les sorprendió ver que durante su corta ausencia alguien, aparentemente un oso, había visitado el campamento y había estada revolviendo sus cosas, esparciendo el contenido de sus bultos y

destruyendo su cobertizo con todo descara. Las huellas del animal eran muy claras, pero al principio no se fijaron mucho en ellas...

Más tarde las examinaron con mayor atención y vie- ron que el intruso caminaba erguido, pero las huellas no eran de un ser humano.

A media noche, a Bauman lo despertó un ruido, y se incorporó en sus mantas. Al hacerlo le llegó a la nariz un fuerte olor a animal salvaje, y vio la silueta borrosa de un gran cuerpo en la oscuridad de la entrada del cobertizo. Agarró su rifle y disparó a la vaga y amenazadora sombra, pero sin duda falló, porque inmediatamente oyó aplastar la maleza mientras aquello, fuera lo que fuera, se adentraba en la impenetrable oscuridad del bosque nocturno.

Los dos hombres no durmieron mucho después de aquello y al día siguiente no se separaron mientras tra- bajaban. Al volver al campamento vieron que estaba otra vez desbaratado y todo su equipo de acampar y su ropa de cama revueltos. En la tierra blanda que ha- bía a lo largo del arroyo cercano se veían claramente huellas de dos patas. Los tramperos pasaron la noche sentados junto al fuego, alternándose en la guardia y escuchando preocupados el crujir de las ramas y el gri- to de algo que profería un "lamento interminable y discordante, un sonido extrañamente siniestro".

Por la mañana decidieron recoger sus trampas y marcharse esa misma tarde. También ahora trabaja- ron juntos, hasta que sólo quedaban por recoger tres trampas. El sol estaba alto, las trampas distaban sólo unos tres kilómetros del campamento y acordaron que Bauman iría por ellas mientras su compañero volvía al cobertizo para empaquetar el equipo.

En las trampas había tres castores, y a Bauman le llevó algún tiempo prepararlos. Al iniciar la marcha hacia el campamento notó con desasosiego lo bajo que estaba ya el sol.

Al fin llegó al borde del pequeño claro donde estaba el campamento y al acercarse gritó, pero no hubo respuesta. La fogata se había apagado, aunque todavía ascendía una columnilla de humo azul. Junto a ella estaban los bultos, ya dlspuestos. Al principio Bauman no pudo ver nada. Al no recibir respuesta a su llamada, se adelantó y volvió a gritar, y cuando lo hacía su mirada tropezó con el cuerpo de su amigo, extendido junto al tronco de un gran abeto. Al precipitarse hacia él, el trampero vio horrorizado que el cuerpo estaba todavía caliente, pero tenía el cuello roto y cuatro grandes marcas de colmillos en el cuello.

Las huellas del animal desconocido, profundamente impresas en el suelo blando, explicaban lo ocurrido.

El desafortunado hombre, al terminar de recoger, se habla sentado sobre el tronco de abeto frente al fuego, dando la espalda a los espesos bosques, a esperar a su compañero. Aquello no había devorado el cuerpo, pero al parecer había retozado y

brincado a su alrededor con feroz regocijo, revolcándose a veces sobre él, antes de escapar una vez más a las insondables profundidades de los bosques.

Bauman, totalmente desconcertado, y pensando que la criatura con la que tenía que habérselas era medio hombre o medio diablo, lo abandonó todo menos su rifle, salió a toda velocidad desfiladero

abajo y no paró hasta llegar a la pradera donde seguían pastando los caballos trabados. Montó y galopó en medio de la noche hasta estar seguro de hallarse fuera de su alcance.

Aunque Roosevelt no tuvo experiencias personales de este tipo durante sus años en el Oeste, no pareció desechar la historia por inverosímil. (Theodore Roo- sevelt, The Wilderness Hunter, págs. 441-47)

DE 1900 A 1970

Un monstruo ergnido y peludo de casi dos metros y medio de estatura, que esgrimía una maza, aterrori- zó a un grupo de patinadores cerca de Chesterfield (Idaho, E.U.A.) en 1902. Sus huellas, con cuatro de- dos, medían 55 centímetros de largo por 17.5 de an- cho. (Janet y Colín Bord, Alíen Animals, pág. 175) Un topógrafo de Sydney llamado Charles Harper, que acampaba con varios compañeros en el monte Cu- rrockbilly, de Nueva Gales del Sur (Australia), tuvo una experiencia desconcertante una noche de 1912.

Alarmados por los ruidos procedentes de los bos- ques cercanos, los hombres echaron más leña a la fo- gata, y el círculo de luz se ensanchó hasta incluir a un extraño monstruo. Como Harper dijo después a la prensa:

Un enorme animal parecido a un hombre estaba erguido a menos de 20 metros de la fogata,

gruñendo... y golpeándose el pecho con sus enormes zarpas como puños. Miré a mi alrededor y vi que uno de mis compañeros se había desmayado. Estuvo inconsciente varias horas. La criatura permaneció en el mismo sitio durante algún tiempo...

Calculo que su estatura cuando estaba de pie sería de 1.72 a 1.77 metros. Tenía torso, piernas y brazos cubiertos de un largo pelo rojo pardusco, que se estremecía a cada movimiento. El pelo de toda su espalda parecía a la débil luz de la fogata negro azabache, y largo; pero lo que me

sorprendió... fue la forma aparentemente de hombre, y sin embargo tan diferente.

...La estructura corporal era enorme, e indicaba una gran fuerza y capacidad de resistencia. Los brazos y las zarpas delanteras eran extremadamente largos y anchos, y muy musculosos, y estaban cubiertos de pelo más corto. La cabeza y la cara eran muy pequeñas, pero muy humanas. Tenía los ojos grandes, oscuros y penetrantes, muy hundidos. Una boca horrenda estaba adornada con dos grandes y largos caninos, que cuando cerraba las mandíbulas sobresalían del labio inferior. Todas estas observaciones me llevaron unos minutos, mientras la criatura permanecía erguida, como si la luz de la fogata la hubiese paralizado.

Tras unos cuantos gruñidos más, y golpeándose el pecho, se alejó, los primeros metros erguida, y después a un rápido trote a cuatro patas por entre el monte bajo. Nada haría ya a mis compañeros continuar la excursión, lo que no me contrarió en absoluto...

Harper se apresuró a salir del territorio de lo que creía que era un gorila, pero en Australia no hay gori- las. Lo que si hay es un animal peludo de dos patas, un hombre salvaje al que llaman elYowie. (Janet y Co- lí n Bord, Alien Animals, págs. 151-52)

Cuando el teniente coronel C.K. Howard-Burv y sus

acompañantes iban de Jarta a Lhakpa La, en el Tí- bet, durante la primera expedición de reconocimiento al Everest en 1921, divisaron varias formas oscuras en un campo nevado situado muy por encima de ellos. Cuando el 22 de septiembre llegaron al lugar donde habían estado esos seres, vieron —a más de 6 000 me- tros de altitud— numerosas huellas de enorme tama- ño. Howard-Burv dijo que al principio parecían hu- manas. pero eran unas tres veces mayores de lo nor- mal, y luego declaró que sin duda habían sido hechas por un gran lobo gris.

Pero las criaturas vistas eran varias. Los sherpas es- taban seguros de que las huellas habían sido hechas por un humanoide erguido al que llamaban metoh o

mehteh kangmi ("criatura de las nieves o salvaje" ). Un periodista lo bautizó más tarde como Abomina- ble hombre de las nieves.

Según los sherpas, el Abominable es una mezcla de hombre y animal, enorme y peludo, que vive en cue-

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