“La intensa atención prestada hoy en día a la cuestión de la identidad es en sí misma un hecho cultural de gran importancia”. Zygmunt Bauman (2002)
-LA CONSTRUCCIÓN SOCIOCULTURAL DE LA IDENTIDAD
En la mayoría de las ciencias sociales, la noción de identidad ha tomado una importancia fundamental a la hora de analizar y estudiar el comportamiento humano y los fenómenos y procesos sociales postmodernos. La teoría social se ha preocupado por los fenómenos identitarios porque, según Marcos Engelken (2005), proporcionan la clave de la acción social y porque señalan “qué parámetros de sentido mueven a los sujetos a actuar de una forma y no de otra y qué discursos-de-sentido son desplegados para comprender/construir el mundo circundante.53
Desde la perspectiva social, en general, se suele considerar que la identidad es la capacidad del individuo para identificarse con otros. Siguiendo a Begoña Enguix Grau, podemos afirmar que por un lado, la identidad social se fundamenta en la identificación, y por otro lado, la identidad supone el etiquetaje de un determinado grupo de individuos basándose en ciertas características que se les suponen particulares54.
Desde una perspectiva sociológica, todas las identidades son construidas. La construcción de las identidades está determinada por la biología, la historia, el emplazamiento geográfico, el clima, las culturas y los universos simbólicos, la sexualidad, las instituciones productivas y reproductivas, la memoria colectiva y las fantasías personales, los aparatos de poder y la interacción social a través de la comunicación con nuestros semejantes.
Puesto que la construcción social de la identidad siempre tiene lugar en un contexto marcado por las relaciones de poder, Manuel Castells (1998) propone una distinción entre tres formas y orígenes de la construcción de la identidad:
o Identidad legitimadora: introducida por las instituciones dominantes de
la sociedad para extender y racionalizar su dominación frente a los actores sociales, un tema central en la teoría de la autoridad y la dominación de Sennett, pero que también se adecúa a
53 La importancia de este concepto se ha ido acrecentando a medida que el fenómeno del individualismo se ha ido desarrollando en las sociedades actuales, y a medida que la noción de comunidad se ha ido devaluando “justo cuando se derrumba la comunidad, se inventa la identidad” (Bauman, 2001) Para este autor la identidad se ha convertido en un sustituto de la comunidad, ese supuesto “hogar natural”, que ya no está a nuestro alcance y que, por tanto, no puede concebirse como un refugio acogedor de seguridad y confianza. En Engelken, Marcos (2005). “La metáfora de lo uno-múltiple: Una (re-) conceptuación dialógica de la identidad personal (una crítica al reduccionismo “posmodernista”)”.
Athenea Digital, 7, 114- 132.
54
Enguix Grau, Begoña: “Sexualidad e identidades. Identidades homosexuales”. Gazeta de Antropología, Nº 16, 2000
varias teorías del nacionalismo. Este tipo de identidad genera una sociedad civil, es decir, un conjunto de organizaciones e instituciones, así como una serie de actores sociales
estructurados y organizados que reproducen, si bien a veces de modo conflictivo, la identidad que racionaliza las fuentes de la dominación estructural.
o Identidad de resistencia: generada por aquellos actores que se
encuentran en posiciones/condiciones devaluadas o estigmatizadas por la lógica de la dominación, por lo que construyen trincheras de resistencia y supervivencia basándose en principios diferentes u opuestos a los que impregnan las instituciones de la sociedad. Para Castells, puede que éste sea el tipo más importante de construcción de la identidad en nuestra sociedad, porque la identidad aquí construye formas de resistencia colectiva contra la opresión, de otro modo insoportable.
o Identidad proyecto: cuando los actores sociales, basándose en los
materiales culturales de que disponen, construyen una nueva identidad que redefine su posición en la sociedad, y al hacerlo, buscan la transformación de toda la estructura social. Para Castells es el caso, por ejemplo, de las feministas cuando salen de las trincheras de resistencia de la identidad y desafían al patriarcado y a toda la estructura de producción, reproducción, sexualidad y personalidad sobre la que nuestras sociedades se han basado a lo largo de la historia.
Para el construccionismo, las identidades son construcciones sociales que determinan a los miembros de la sociedad individualmente: cada identidad está suspendida en una gama de relaciones precariamente situadas. En palabras de Schapp (1976) cada uno de nosotros está “soldado” en las construcciones históricas de los demás del mismo modo que ellos lo están en las nuestras.
Habermas (1992), por su parte, sostiene que el individuo humano empieza pensando en términos enteramente sociales; el proceso de individuación sólo puede conseguirse por socialización. En este sentido, la identidad cultural se ha de abordar como problemática colectiva; fue Durkheim quien, al hablar de la conciencia colectiva, afirmó que ésta es más que la suma de las conciencias individuales: la trasciende y se impone a ellas por medio de la educación y de la vida social común.
La identidad cultural de una persona se enmarca, pues, en una identidad global que “es una constelación de identificaciones particulares en instancias culturales distintas” (Abou, 1995). Teniendo en cuenta esta realidad comunicativa que está referenciada sobre una comunidad de comunicación, la identidad que se adquiere, según Molina Luque, tiene dos aspectos complementarios: la universalización y la particularización: las personas aprenden a actuar autónomamente en un marco de referencia universalista, y a la vez a hacer uso de su autonomía para desarrollarse en su subjetividad y particularidad55 .
Desde la corriente construccionista, Peter Berger y Thomas Luckmann también pusieron el acento en la dimensión biológica del sujeto en la formación de su identidad. Para ellos, la formación del ser humano debe entenderse en relación con el permanente desarrollo del
55 Molina Luque, Fidel: Molina Luque, Fidel: Educación, Multiculturalismo e Identidad. http://www.cesc.cl/obscd/paginas/centro-de-documentacion-2.htm#1
organismo y con el proceso social en el que los otros significados median entre el ambiente natural y el humano. Para estos sociólogos, la vinculación entre el organismo y el yo
humanos en un ambiente socialmente determinado es excéntrica. “Por una parte, el hombre es un cuerpo; por otra parte, tiene un cuerpo, es decir, se experimenta a sí mismo como entidad que no es idéntica a su cuerpo, sino que, por el contrario, tiene un cuerpo a su disposición. La experiencia que el hombre tiene de sí mismo oscila siempre entre ser y tener un cuerpo, equilibrio que debe recuperarse una y otra vez”.
La construcción de la identidad consiste en dos luchas: una externa (la dialéctica entre el animal individual y el mundo social) y otra interna (la dialéctica entre el substrato biológico del individuo y su identidad producida socialmente).
Berger y Luckmann ponen como ejemplo de la limitación que establece la sociedad a las posibilidades biológicas del organismo: la longevidad. La esperanza de vida varía con la ubicación social; los individuos de clase baja suelen enfermar con más frecuencia que los de la clase alta y tienen enfermedades diferentes. “La sociedad, pues, determina cuánto tiempo y de qué manera vivirá el organismo individual. Esta determinación puede programarse institucionalmente en la operación de controles sociales, como en la institución del derecho. La sociedad puede mutilar y matar; en este poder que posee sobre la vida y la muerte se manifiesta su control definitivo sobre el individuo”.
La sociedad interviene directamente pues en el funcionamiento del organismo, sobre todo con respecto a la sexualidad y a la nutrición. Si bien ambas se apoyan en impulsos
biológicos, estos son sumamente plásticos en el animal humano, y ambas cuestiones son canalizadas social y culturalmente, aunque ya no lo hace de manera normativa, sino de modo persuasivo y terapéutico.
“Esta canalización no solo impone límites a esas actividades, sino que afecta directamente las funciones del organismo. (…) Ciertas funciones biológicas intrínsecas como el orgasmo y la digestión se estructuran socialmente”. La lucha surge cuando el individuo recién nacido es habituado a unos horarios de comida y de sueño; se resiste a comer cuando no tiene hambre o dormir cuando no tiene sueño, pero se le obliga a ello y forma parte de su proceso de socialización” (Berger y Luckmann).
Michel Foucault acuña el término biopoder para señalar cómo la vida humana está
condicionada por el poder que ejerce el Estado y la cultura sobre nosotros. Por ejemplo, los países con pena de muerte, con tortura, prohibición para acceder a un aborto seguro y gratuito, represión política, detenciones y torturas, la eugenesia, el genocidio, son actos llevados a cabo por las instituciones (Ejército, cuerpos policiales y aparatos represivos del Estado, poder judicial, poder ejecutivo y legislativo, etc).
La Medicina moderna es un claro ejemplo de cómo el cuerpo deja de ser de uno mismo para pasar a ser de la institución hospitalaria: el modo en cómo se han tecnificado y medicalizado los partos (que lleva implicada la deshumanización de la bienvenida a la sociedad de un nuevo ser humano), o el modo en cómo se trata a un enfermo o enferma cuando se le aplica un protocolo estandarizado que se ha de cumplir a rajatabla, aunque ello implique no dejar
descansar al paciente, atosigarlo con pruebas, inyectarle medicinas sin consultarle, medirle la temperatura, cambiarle los pañales, conectarlo a una máquina de oxígeno, colocarle una sonda nasogástrica, operarlo si es preciso, etc.
El desconocimiento de la ciencia y la jerga médica nos deja a merced de la institución, nos coloca en una situación de subordinación en la que el cuerpo del moribundo, por ejemplo, no es de uno mismo ni de su familia. A todos los cuerpos que agonizan se les obliga a volver a la vida con “bombas de rescate”, inyecciones de adrenalina, electroshoks, y mil perrerías más. De este modo ni en sus últimos momentos, una persona llega a ser dueña de su cuerpo, de su vida y de su muerte.
La biopolítica tiene como objeto insertar la ideología hegemónica en los cuerpos, someterlos al poder del capitalismo y el patriarcado a través de procesos normativos y represivos. Los cuerpos femeninos poseen, por ejemplo, una presión social hacia la maternidad; los cuerpos deformes han de invisibilizarse ante la tiranía de la belleza, los cuerpos gordos han de adelgazar y los imperfectos han de perfeccionarse (con hormonas, con operaciones, con bombas químicas, con dietas o a golpe de gimnasio). Los cuerpos ambiguos han de definirse del todo, los cuerpos fláccidos han de endurecerse, los cuerpos oscuros blanquecerse y los cuerpos blancos broncearse.
El poder político, económico y social se inscribe en los cuerpos. En los cuerpos torturados y desaparecidos de las dictaduras, en los cuerpos prisioneros que pueblan las cárceles y que no poseen libertad de movimientos, en los cuerpos que se someten a constantes cirugías para quitarse imperfecciones, años o grasas. Los cuerpos femeninos son mutilados en muchos países cuando las mujeres llegan a la adolescencia y se les secciona el clítoris, son vendidos o alquilados en redes de prostitución, son violados en las guerras, son troceados y tirados en solares descampados. Los cuerpos bellos se exhiben en las tiendas y las pasarelas, los cuerpos aprenden a bloquear el placer, los cuerpos se rajan y se abren para extraer órganos, los cuerpos se cansan de trabajar en condiciones inhumanas, los cuerpos se mueren de hambre, los cuerpos se refugian en otros países cuando en el suyo se practica un genocidio sistemático.
El cuerpo está siendo un elemento principal en las investigaciones sobre el proceso de subjetivización. Autores como Morín (2001) afirmarán que el sujeto humano puede ser entendido como “un nudo gordiano de la tríada cuerpo-mente- cultura; supondría, entonces, una entidad fruto de la confluencia sincrética de estos tres elementos”.
Otro término acuñado por Beatriz Preciado sería el de la sexopolítica: “La sexopolítica es una de las formas dominantes de la acción biopolítica en el capitalismo contemporáneo. Con ella el sexo (los órganos llamados « sexuales », las prácticas sexuales y también los códigos de la masculinidad y de la feminidad, las identidades sexuales normales y
desviadas) forma parte de los cálculos del poder, haciendo de los discursos sobre el sexo y de las tecnologías de normalización de las identidades sexuales un agente de control sobre la vida”.
En este sentido, las teóricas queer entienden la heterosexualidad como un régimen político. Monique Wittig afirmó que la heterosexualidad forma parte de la administración de los cuerpos y de la gestión calculada de la vida, es decir, como parte de la “biopolítica”; así fue como la heterosexualidad fue definida en los años 80 como “tecnología bio-política
destinada a producir cuerpos heteros (straight)”.
Coincido con Enguix (2000) en que en una sociedad compleja como la actual no se puede hablar de una identidad única e inmutable sino que más bien se debe hablar de una
pluralidad de ámbitos de identificación. Estos ámbitos se concretan en identidades
personales cambiantes, polivalentes e influidas por las relaciones sociales del individuo. Un mismo individuo puede adoptar distintas identidades desde los puntos de vista diacrónico y sincrónico, en función del momento personal que esté atravesando o del contexto social en que se halle inmerso. Esto es así porque la identidad no es un hecho dado sino un proceso que se construye partiendo del individuo y estableciendo una relación dialéctica con su cultura comunitaria, y en estos procesos, las identidades se autoconstruyen y se transforman, especialmente en la época de la posmodernidad.
La construcción social de la identidad se lleva a cabo principalmente a través de la creación de modelos de comportamiento y esquemas tipificadores variados que sirven para
aprehender la realidad, a nosotros mismos y al resto de los miembros de la sociedad. El principal esquema tipificador social es el del rol social, que es el conjunto de funciones, normas comportamientos y derechos definidos social y culturalmente que se esperan que una persona (actor social) cumpla o ejerza de acuerdo a su estatus social adquirido o atribuido. Según Berger y Luckmann, el rol es la forma en que un status concreto es asumido y desempeñado por el individuo, y de esta forma representa simbólicamente el orden institucional; es a la vez una muestra de su existencia y de la importancia que tiene en la socialización humana. Los “roles” aparecen tan pronto como se inicia el proceso de formación de un acopio común de conocimiento que contenga tipificaciones recíprocas de comportamiento, proceso que es endémico a la interacción social y previo a la
institucionalización. Todo comportamiento institucionalizado involucra roles, y éstos comparten así el carácter controlador de la institucionalización.56
Las mujeres y los hombres desempeñan a lo largo de su vida numerosos roles a menudo contrarios entre sí: una persona puede ser a la vez, y en diferentes etapas a lo largo de su vida, hija y madre, alumna y profesora, esposa y amante, jefa o subordinada, abuela y nieta, inmigrante y europea, pobre (con respecto a las minorías poderosas) o rica (con respecto a la pobreza de los países tercermundistas).
56 “En el cúmulo común de conocimiento existen normas para el desempeño de “roles”, normas que son accesibles a todos los miembros de una sociedad, o por lo menos aquellos que
potencialmente desempeñan los “roles” en cuestión. Esta accesibilidad general forma parte del mismo acopio de conocimiento; no solo se conocen en general las normas del rol X, sino que se sabe que esas normas se conocen. Consecuentemente, todo actor supuesto del “rol” X puede considerarse responsable de mantener dichas normas, que pueden enseñarse como parte de la tradición institucional y usarse para verificar las credenciales de todo aquel que las cumpla, y por la misma razón, servir de controles”. Berger y Luckmann.
Llegados a este punto, nos parece importante recalcar que en la construcción de las
identidades juega un papel fundamental el pensamiento binario que divide la realidad en dos esferas diferentes, y organizadas jerárquicamente. La primera y fundamental división que se da en estos procesos está relacionado con el género; la primera pregunta que se hace a las personas que van a criar, educar y socializar un nuevo individuo es si se trata de un niño o una niña.
El género es la primera instancia de definición de la identidad de una persona; por ello analizar esta división de la realidad en dos pares de opuestos (masculino/femenino) nos sirve para entender cómo el sistema cultural en el que estamos insertos determina nuestros modos de ser, de pensar y de sentir, de relacionarnos.
Otros factores que influyen, crean y determinan las identidades son la ideología hegemónica y las alternativas que operan a través de la religión, la educación y la socialización, los mitos y los ritos, y en general todas las representaciones simbólicas y narrativas.
LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DEL GÉNERO DESDE UNA PERSPECTIVA QUEER El género surgió como una categoría de análisis muy útil para el estudio de la construcción social de las identidades, ya que es la primera instancia de diferenciación identitaria y la base de la categorización y clasificación de las identidades en un mundo dividido en pares de opuestos. Junto a este concepto, tenemos otra categoría de análisis como la orientación sexual, que también determina enormemente la concepción que de sí mismo tiene el sujeto, y el proceso de construcción y desarrollo de su identidad.
La teoría queer parte del concepto de performance para explicar, re-pensar y parodiar la identidad de género. Los antecedentes hay que buscarlos tanto en las primeras apariciones de las Drag Queens y en las intervenciones en los espacios públicos de una serie de grupos feministas radicales norteamericanos de la década de los 70, según Beatriz Preciado. En el ámbito de la producción científica, el concepto de performatividad se toma del británico J.L Austin, que afirmó que cada vez que se emite un enunciado se realizan al mismo tiempo acciones o "cosas" por medio de las palabras utilizadas. Ese es el punto de partida de su "teoría de los actos del habla", que apareció publicada en su libro póstumo How To Do Things With Words (1953). En esta obra, Austin clasifica los actos del habla en dos grandes categorías:
- Constatativos: enunciados que describen la realidad y pueden ser valorados como verdaderos o falsos.
- Performativos: actos que producen la realidad que describen. Estos a su vez se pueden dividir en dos: los actos locutivos, que producen la realidad en el mismo momento de emitir la palabra (lo que les dotaría de un poder absoluto; por ejemplo, la declaración de
matrimonio de un sacerdote), y los actos perlocutivos, que intentan producir un efecto en la realidad, pero ese efecto no es inmediato sino que está desplazado en el tiempo (y, por tanto, existe una posibilidad de error).
Derrida duda de la naturaleza ontológica de los actos performativos que plantea la teoría de Austin, en la que la fuerza del lenguaje para producir la realidad parece proceder y depender de una especie de instancia teológica (de una voz originaria anterior al discurso). Para el autor de Márgenes de la Filosofía, la efectividad de los actos performativos (su capacidad de construir la realidad/verdad) deriva de la existencia de un contexto previo de autoridad. Esto es, no hay una voz originaria sino una repetición regulada de un enunciado al que
históricamente se le ha otorgado la capacidad de crear la realidad. En este sentido, la
performatividad del lenguaje puede entenderse como una tecnología, como un dispositivo de poder social y político.
Autoras como Judith Butler, Teresa de Lauretis y otras teóricas queers subrayan la