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Validity of Test

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5.3 Validity of Test

En 1871 aparecía El origen del hombre y la selección en relación al sexo; en donde, por primera vez, aplicaba de forma explícita su teoría de la evolución por selección natural al ser humano, defendiendo que África debía de ser la cuna de la humanidad, puesto que allí se encontraban los seres vivientes más parecidos a los humanos, naturalmente se estaba refiriendo a los grandes antropomorfos africanos (los gorilas y los chimpancés). No sostenía que los humanos actuales procediéramos de alguno de estos simios, sino que ellos y nosotros debimos tener un antepasado común, que habitó en África central u oriental, a partir del cual divergieron las líneas evolutivas que condujeron hasta los representantes actuales de los tres grupos.

Fue en este libro en donde Darwin utilizó por primera vez el término evolución en su sentido actual. Hasta entonces había usado los vocablos transformación o transmutación de las especies para referirse a lo que hoy llamamos evolución. Aunque el libro está dividido en tres partes, en realidad versa sobre dos grandes temas: por un lado enfoca el estudio del origen del hombre como si fuera una especie animal más; por otro, trata sobre la selección sexual. Esta cuestión, a su vez, se divide en dos apartados, correspondientes a la segunda y la tercera parte del libro, abordando en una la selección de los caracteres sexuales de uno de los sexos en función de las preferencias del otro en los animales, y en la otra hace lo mismo pero centrándose en el hombre.

En este trabajo Darwin había decidido azuzar nuevamente el fuego de la polémica al prescindir de todos los rodeos tomados hasta la fecha y afirmar de un modo claro y rotundo que todas las cualidades consideradas hasta entonces como exclusivamente humanas, tales como la inteligencia, el lenguaje o la moral, también habían surgido gradualmente por selección natural. Esto significaba que la diferencia entre el hombre y los animales era sólo cuantitativa y no cualitativa. Fue precisamente, en este punto, donde tuvo las mayores discrepancias con su buen amigo Alfred Russell Wallace, ya que éste opinaba que no todo en la naturaleza podía ser fruto de la selección natural. En su opinión las cualidades propiamente humanas habían sido creadas por Dios, un parecer que también compartía Henslow. A Darwin le preocupaba esta postura de Wallace y por ello le rogaba que no matara a su hijo en común, refiriéndose a la selección natural. Para sorpresa del propio Darwin, a pesar de su planteamiento materialista tan explícito, este libro despertó mucho menos revuelo que el publicado en 1859. Sin duda, la sociedad se había ido acostumbrando a la idea de la evolución de las especies y a la consideración de que el hombre, desde el punto de vista

biológico, no era una excepción. De este modo las críticas que recibió no fueron tan virulentas como las acaecidas doce años antes.

5.3.

Las dudas de Darwin sobre la teoría de la

evolución.

Al año siguiente de publicar El origen del hombre apareció: La expresión de las

emociones en los animales y en el hombre. Un texto que perseguía la misma

finalidad que el de las orquídeas y el de las variaciones de los animales: aportar más pruebas a favor de la teoría de la evolución.

Desde el punto de vista del desarrollo de su teoría el libro presenta un dato interesante. Lord Kelvin (1824-1907), seguramente el físico más famoso y con mayor prestigio de la segunda mitad del siglo XIX, sostenía que la antigüedad de la Tierra estaría entre 400 y 20 millones de años, por lo que no habría habido tiempo suficiente para el desarrollo gradual de las variaciones que habrían configurado el devenir evolutivo de las especies tal como lo concebía Darwin. En efecto, una de las objeciones más serias contra la teoría de la evolución darwiniana (aparte del tema de la por entonces tremenda precariedad del registro fósil y de la carencia de una explicación plausible para la transmisión de las variaciones), era el hecho de que muy pronto se hizo evidente que la evolución, para que se desarrollara tal como la concebía Darwin, es decir: entendida como un proceso gradual de cambios, necesitaba mucho más tiempo del que estimaba Kelvin para la Tierra. Para que el gradualismo evolutivo darwiniano pudiera ser admitido se necesitaba una Tierra que tuviera una antigüedad de varios miles de millones de años a fin de que pudiera actuar la selección natural; algo impensable en aquel momento.

Estos datos desanimaron a Darwin, y a sus seguidores, por venir de una fuente tan autorizada. La influencia que tuvo sobre Darwin este hecho fue tan grande que los últimos años de su vida llegó a perder parte de su fe en la selección natural como motor de la evolución acercándose a las posturas de Lamarck, ya que la transmisión de los caracteres adquiridos no requería periodos de tiempo tan largos.

Fue un error por parte de Darwin, pero no podía hacer mucho más, la alternativa hubiera sido una fe ciega en su teoría, postura dogmática que se aleja del espíritu crítico que se les supone a los científicos. No obstante, lo cierto es que, para alivio de los seguidores de Darwin, décadas después de la muerte del ínclito naturalista de Down se fue sabiendo que la Tierra no tenía unos cuantos centenares de millones de años, sino miles de millones. Hoy se estima que tiene una antigüedad que ronda los 4500 millones de años.

tal como ya hemos dicho antes, que Darwin no sabía cómo se transmitían de una generación a otra las variaciones que iban apareciendo.

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