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Stumpf nació en 1848 en la ciudad de Wiesentheid, una pequeña lo­ calidad del sur de Alemania. Inició sus estudios universitarios en la uni­ versidad de Wurzburgo, donde recibió la enseñanza de Franz Brentano,

en quien reconoció siempre un maestro de profunda y duradera in­ fluencia. Por recomendación de Brentano se trasladó a Gotinga para continuar allí su formación bajo la dirección del fisiólogo y psicólogo Hermann Lotze (1817­1881), con quien se doctoró en 1868. En Gotinga entró también en contacto con Weber y Fechner, los «padres de la psi­ cofísica», cuya obra habría de influirle también poderosamente y a quienes tuvo la ocasión de servir como observador en algunos de sus experimentos. Tras habilitarse como docente, sucedió a Brentano en la cátedra de Wurzburgo (1873), el primero de una serie de puestos acadé­ micos (Praga, 1879; Halle, 1884; Múnich, 1889) que culminarían con su nombramiento como Catedrático de Filosofía de la universidad de Berlín (1893), la más prestigiosa de su tiempo. En Berlín iba a permanecer ya hasta su jubilación (1921), y allí moriría algunos años después (1936) (Stumpf, 1930; Sprung y Sprung, 2000).

Al igual que Wundt, su principal rival académico, Stumpf fue una figura clave en el establecimiento de la psicología como disciplina inde­ pendiente, que tuvo en el Instituto Psicológico de Berlín por él dirigido uno de sus más reconocidos centros de referencia (Reisenzein y Sprung, 2000). Pero la independencia lograda no pretendía ser sino puramente externa o institucional, ya que, desde el punto de vista interno o teóri­ co, Stumpf —como Wundt— abogó siempre por mantener la psicología estrechamente vinculada a la filosofía, algo de lo que su propia obra dio permanente testimonio. Se oponía así a la creciente tendencia de algunos psicólogos más jóvenes, como Külpe o Titchener, a deslindar totalmente ambas esferas de conocimiento. A esta aspiración, a su juicio equivocada, se refería en cierta ocasión con estas palabras:

«[La psicología] (…) es la rama más joven [de la filosofía], que a algunos inquietos jardineros les gustaría recortar. No han conseguido podarnos todavía, y aún nos es posible compartir nuestras juveniles fuer­ zas con la filosofía. Si alguna vez llegara a darse una separación externa [entre nuestros campos], la actitud interna (…) tendría que permanecer. De otro modo la filosofía quedaría totalmente separada del mundo y de la vida, y la psicología se transformaría en una disciplina meramente aplicada» (citado por Sprung, 1997, p. 249).

De modo que, para Stumpf, si la psicología necesitaba de la filosofía para dotarse del fundamento teórico y científico que le era imprescindi­

ble para no quedar reducida a un saber meramente práctico, no menos necesitaba la filosofía de la psicología para no perder su conexión con la realidad «del mundo y de la vida»; o, dicho de otro modo, para dotarse de anclaje o fundamento empírico.

Y es que, siguiendo las huellas de Brentano, Stumpf fue un empi­ rista convencido que, como él, rechazaba las grandes construcciones especulativas de la filosofía idealista que habían proliferado en la Alemania de la primera mitad del siglo. Su empirismo, sin embargo, incorporaba además una exigencia experimental que iba más allá de las enseñanzas de su maestro. Porque, en su opinión, el material empírico reclamaba la experimentación tanto para poder analizarse de manera adecuada y fiable como para hacer posible su reproducción y compro­ bación posterior por parte de otros sujetos, esto es, para hacer meto­ dológicamente válida su utilización científica. Sus investigaciones se convirtieron en modelos de exploración sistemática de los fenómenos estudiados a través de la variación controlada de los estímulos relevan­ tes y le proporcionaron un gran prestigio como psicólogo experimental (Spiegelberg, 1972).

Particular mención a este respecto merecen sus libros Sobre el ori-

gen psicológico de la representación del espacio (1873) y, sobre todo, Psicología de los sonidos (publicado en dos volúmenes en 1883 y 1890),

que constituyó su principal contribución a la psicología empírica. Se trata de un conjunto de estudios que Stumpf inició muy temprana­ mente, en 1875, y de cuyos temas y problemas continuó ocupándose ya el resto de su vida. Entre las cuestiones abordadas en esta obra monumental se cuenta, por lo pronto, la de la determinación de las propiedades de los sonidos puros, una investigación para la que empleó unos tubos diseñados expresamente para destruir los armónicos de los sonidos investigados a fin de dotarlos de la pureza deseada. Se interesó asimismo por el fenómeno de la consonancia, fundamental en música, que interpretó en términos de la propensión de dos o más sonidos a fundirse y sonar como uno solo (sonoridades consonantes serían aque­ llas cuyos componentes tendieran a percibirse como un sonido único). Otro de los temas a los que dedicó también considerable atención fue el del oído musical, que analizó en sí mismo y en otros sujetos, y que comparó en individuos especialmente dotados y negados para la músi­ ca (Stumpf, 1930).

Para estos y otros estudios en los que de lo que se trataba en definitiva era de alcanzar una descripción precisa de distintos fenómenos acústicos y musicales y establecer a partir de ellos las leyes de su combinación, Stumpf creía necesario contar con observadores fiables, que estuvieran por tanto específicamente entrenados en este tipo de discriminaciones perceptivas que, en su opinión, no estaban al alcance de cualquiera. Esta posición le llevó a enfrentarse con Wundt en una agria polémica que tuvo un eco considerable y en la que venía a cuestionarse en última instancia la validez misma de la psicología experimental (Blumenthal, 1985; Boring, 1950). Porque mientras que Wundt defendía a rajatabla los resultados obtenidos en el laboratorio con los aparatos y métodos psicofísicos y en las condiciones de control experimental al uso (en el caso que propició la polémica se trataba de los resultados del estudio de uno de sus discípulos sobre la capacidad humana de hallar el sonido de altura intermedia entre otros dos), Stumpf, que poseía una excelente formación musical (tocaba varios instrumentos y ya había compuesto un oratorio a los diez años), no estaba dispuesto a admitir la validez de unos resultados que contradecían abiertamente su experiencia de músico experto. Así, pues, a la confian­ za que Wundt depositaba en las condiciones objetivas del laboratorio, Stumpf oponía su propio convencimiento en el valor de la experiencia subjetiva del individuo con la formación adecuada, que terminaba eri­ giéndose así en el árbitro de los resultados experimentales mismos. Dos visiones contrapuestas, como puede advertirse, del alcance y la significa­ ción últimos de la experimentación en psicología.

La obra de Stumpf no se limitó exclusivamente al terreno de la psico­ logía empírica y experimental, sin embargo, sino que atendió asimismo a una amplia variedad de cuestiones de índole teórica, filosóficas y psico­ lógicas (como sus reflexiones sobre la teoría de los todos y las partes, la clasificación de las ciencias o el problema de la relación mente­cuerpo), entre las que se incluyen consideraciones sobre la naturaleza y clasifi­ cación de los fenómenos mentales que atañen al núcleo mismo de su concepción de la psicología (Reisenzein y Sprung, 2000; Stumpf, 1930).

Stumpf se instaló decididamente en la perspectiva de la psicología del acto de Brentano. Aceptó sin cuestión la distinción brentaniana entre el acto psíquico y su objeto; y, como su maestro, consideró que era de los actos, no de sus objetos o contenidos, de lo que la psicología debía en rigor ocuparse. Ahora bien, según Stumpf, el estudio de esos actos

(o funciones psíquicas, como los iba a llamar ahora: percibir, asociar, desear, querer…) debía ir necesariamente precedido del estudio de sus contenidos (sus correlatos objetivos), de los que, como vimos, los actos psíquicos resultan inseparables. A estos contenidos los llamará fenóme-

nos, y a su estudio fenomenología. La fenomenología, ciencia descriptiva

de los fenómenos, se erigía por tanto en el pensamiento de Stumpf en una disciplina anterior y fundante de la psicología5.

Los fenómenos de los que la fenomenología se ocupaba, por otra parte, podían ser según Stumpf de dos tipos. Unos hacían referencia a aquellos contenidos de la experiencia inmediata que se dan a nuestros sentidos (como los sonidos o los colores, por ejemplo); son los que llamó «fenómenos primarios». Otros, en cambio, los «fenómenos secunda­ rios», son las imágenes que de los primarios nos ofrece la memoria. Sin embargo, no todos los contenidos mentales son propiamente fenómenos, esto es, no todos se dan o presentan, sin más, a la mente. Algunos son por el contrario producto o resultado de su actividad; Stumpf los deno­ minó «constructos», y distinguió cuatro fundamentales: «agregados», «conceptos», «contenidos de juicios o estados de cosas» y «valores». De ellos no se ocupará ya la fenomenología, sino otra ciencia, previa como ella, a la que dará el nombre de «eidología». Un tercer tipo de pre­ciencia o estudio previo, junto a la fenomenología y la eidología, será la «doctri­ na de las relaciones», que tendrá por objeto el examen de las relaciones entre los fenómenos y los constructos. De las tres, desde luego, era la fenomenología la más básica, ya que las otras la presuponen necesaria­ mente; Stumpf la consideraba como el primer paso obligado para poder acceder al estudio de cualquier ciencia (Spiegelberg, 1965).

Sorprendentemente, de acuerdo con esta caracterización, las obras por las que llegó a ser más conocido e influyente, aquellas que consolida­ ron su reputación como psicólogo experimental (y de manera particular su Psicología de los sonidos), no eran para Stumpf en rigor obras de psi­ cología, sino de fenomenología; mera propedéutica fenomenológica, por tanto, de una ciencia psicológica que, como vimos, entendía en sentido estricto como un estudio de funciones o actos, no de fenómenos.

5 Aunque no sólo de la psicología, ya que a todas las ciencias, tanto naturales como humanas, les resultará igualmente imprescindible el análisis, descripción y estudio de las relaciones de los fenóme­ nos que la fenomenología proponía.

Entre las funciones psíquicas (como se esquematiza en la tabla 1) Stumpf distinguía dos tipos, las intelectuales y las emocionales, reco­ nociendo en ambas, a su vez, una jerarquía de funciones en la que cada miembro quedaba subsumido en el siguiente. Así, la esfera intelectual incluía los actos de «percibir», «asociar», «concebir» y «juzgar», cada uno de los cuales venía a suponer e incorporar al anterior. En la esfera emocional, por su parte, distinguió a su vez entre «funciones emocionales pasivas» (sentir) y «funciones emocionales activas» o propiamente voliti­ vas (querer). Las primeras incluían a su vez los «sentimientos elementa­ les» (ligados a percepciones o imágenes sensoriales, como el dolor —los «sentimientos perceptivos»— o vinculados a acciones o realización de tareas, como el agrado y el desagrado —«sentimientos funcionales»—) y las «emociones» propiamente dichas, como la alegría o la tristeza, que consistían en la valoración de hechos o situaciones y suponían necesaria­ mente el conocimiento previo de esas situaciones. En cuanto a las «fun­ ciones emocionales activas», Stumpf reconoció tres grupos principales: «impulsos» (tendencias elementales), «deseos» (tendencias hacia objetos juzgados como valiosos) y «voluntad» (que definió como un estado in­ terno cualitativamente determinado que presuponía sensaciones, ideas, juicios y funciones emocionales pasivas) (Pastor, Sprung y Sprung, 1997; Pastor, Sprung, Sprung y Tortosa, 1999; Stumpf, 1930).

Tabla 1. Las funciones psíquicas, según Stumpf

FUNCIONES

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