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Las montañas que flanquean el Nilo son una inagotable y omnipresente fuente de caliza, de la cual hicieron buen uso los canteros del faraón. Hasta tal punto es abundante, que apenas unos cientos de metros separan cualquier pirámide de la cantera de donde proceden los bloques que forman su núcleo; pero no todo era caliza grosera, al otro lado del río y a la altura de Menfis se encontraba la cantera de Tura, el lugar de donde procedía la blanquísima caliza en la que se tallaban los bloques que revestían después las grandes pirámides. Una piedra diferente conseguían a unas decenas de kilómetros al sur de Tebas, en las canteras de arenisca de Gebel Silsila, a la que se sumaba el granito de la primera catarata; pero para los egipcios esto no bastaba, también necesitaban basalto, dolerita y grauvaca, así como oro, plata, cobre y otros minerales.

Si bien la necesidad de metales preciosos se explica por sí misma, así como la de cobre con el que fabricar herramientas y armas, la de las piedras de diferentes colores podría parecer un capricho faraónico, pero no es así. Los egipcios usaban piedras de colores diferentes porque para ellos poseían un significado simbólico que se añadía a los edificios o las estatuas que se hacían con ellos. Por ejemplo, el basalto fue una piedra utilizada con cierta profusión durante el Reino Antiguo como enlosado de los templos altos de varias pirámides —Khufu, Userkaf, Sahura, Neferirkara y Niuserra, principalmente— y en unos pocos sarcófagos—Men- kaura—. La razón es que su color negro representaba para ellos la tierra mojada por la benéfica inundación del Nilo, así como al dios Geb. De modo que para conseguirlo organizaban unas expediciones a la única fuente de basalto que explotaron durante todo el Reino Antiguo, la cantera de Gebel al-Quatrani, situada a unos kilómetros al noroeste del lago Fayum.

El simbolismo del suelo de los templos no se limitaba al color, también incluía la disposición de sus losas, irregulares por completo, algo extraño si tenemos en cuenta que la simetría es una de las características del arte egipcio. El misterio se aclara cuando nos damos cuenta de que la forma irregular de las losas es una imagen del terreno cuarteado y deshidratado por el sol al final de la temporada seca, cuando la tierra se iba abriendo en costras, lista para recibir con ansia las aguas benéficas de la crecida.

Algo similar sucedía con la arenisca silicificada, es decir, la cuarcita. Sus vetas tienen una sorprendente variedad de colores, que van desde el dorado hasta el rojo-púrpura, pasando por el blanco, es decir, todo el espectro del cielo iluminado por el sol. Como resulta comprensible, los egipcios identificaron la piedra con el dios Ra y los bloques de este mineral solo se utilizaron para las obras de máxima calidad e importancia.

Una maravillosa demostración del juego que conseguían los egipcios con estos materiales los tenemos en el complejo funerario de Sahura, de la V dinastía (ver fotografía n.º 35). Las losas de basalto de su templo alto representan a la tierra negra, húmeda y fértil gracias a la inundación, de la cual renace la vida. Por su parte, el calor del sol que hará germinar las cosechas lo encontramos en el rodapié de granito rojo de las paredes de caliza que delimitan el patio. Una pequeña representación

mineral del mundo destinada a favorecer el renacimiento del soberano en el más allá.

No solo en los templos se buscaban estos efectos, también en algunas estatuas encontramos juegos de color que explican la necesidad de expediciones en busca de piedras concretas para fines específicos. En el Museo de Luxor se encuentra actualmente una extraordinaria estatua de Ramsés II que muestra el dominio de los materiales conseguidos por los canteros egipcios (ver fotografía n.º 36). Sedente, sin las piernas ni un brazo, el soberano está tallado en granito negro pulido, vestido con un faldellín, el rayado nemes y la corona roja del Alto Egipto... que es ¡roja! Los canteros de Su Majestad fueron capaces de localizar un bloque de granito donde se juntaban vetas de dos colores y sus artesanos se encargaron de tallar luego una estatua bicolor donde a la capacidad regeneradora de la tierra negra empapada se suma la fuerza vivificadora del rojo sol. Además de poder representar la corona de su color original. La fuente de casi todos estos y otros materiales solo cabía encontrarla lejos del Nilo. Es el caso de la «Montaña de agua de Djedefra», situada a 450 kilómetros del Nilo, en pleno desierto occidental a la altura de Edfu (fig. 21.1). Como nos cuentan algunas inscripciones encontradas allí, Khufu envió al «distrito del desierto» una expedición encabezada por dos «superintendentes de los reclutas» llamados Iymery y Beby, que tenían a su cargo a 400 hombres cuya misión era recoger mefat, un mineral que todavía no se ha podido identificar, pero que seguramente se utilizaba para hacer pintura.

Además de en busca de minerales y metales preciosos, durante el Reino Antiguo los soberanos de las Dos Tierras mandaban a sus expedicionarios al sur, a las ignotas tierras de Nubia, en busca de los exóticos materiales y productos llegados desde el África negra. La idea de que el caos rodeaba a Egipto estaba bien fundada en numerosos ejemplos, porque eran muchos los que marchaban a él para no regresar. Es el caso de Mekhu, padre de un entredicho funcionario de Pepi II llamado Sabni —fue acusado de un crimen que quizá consistió en interferir sin autorización en cuestiones nubias—. Gran conocedor del territorio, Sabni tuvo que organizar una expedición para recuperar el cadáver de su progenitor, muerto estando de misión en tierras nubias:

Escribí cartas para informar que había partido para traer a mi padre Mekhu del país de Utjetj en Uauat. Vencí esos países extranjeros [...] en el país extranjero cuyo nombre es Aatemetjer [...]. Este «amigo único» fue encontrado sobre un asno. Hice que fuera traído por las tropas de mi heredad personal, tras haberle hecho un sarcófago.[1] No obstante los peligros, un regreso triunfal de esas lejanas y peligrosas tierras llenas de riqueza —de Nubia llegaba la mayor parte del oro egipcio— suponía para el jefe de la expedición una lluvia de recompensas. Fue el caso de Herkhuf, quien realizaría varias misiones con éxito a esa región. Una de ellas fue para él un tremendo triunfo. Mediante un mensajero, Herkhuf hizo llegar a la Residencia una carta donde comunicaba al soberano su retorno y todas las maravillas que traía consigo. Una de ellas, en especial, causó una alegría inmensa al monarca: un pigmeo danzarín... Convendría aclarar, no obstante, que por esas fechas Pepi II tenía menos de una decena de años de edad; de modo que su respuesta fue la propia de un niño entusiasmado con la promesa de un juguete nuevo, nada menos que un adulto de su misma altura: ¡Ven de inmediato hacia el norte, a la Residencia! Deja todo lo demás de lado, trae contigo ese pigmeo que está a tu cargo, el cual has traído de la tierra de los Moradores-del-Horizonte. Que viva y sea próspero y tenga salud, de modo que pueda bailar para el Dios y llene de gozo y placer al rey del Alto y el Bajo Egipto Pepi II Neferkara, ¡que viva para siempre!

Cuando esté a tu cargo en el barco, coloca gente de confianza en torno a él en el puente, ¡no vaya a ser que se caiga al agua! Cuando duerma por la noche asegúrate de que gente de confianza duerma a su alrededor en su camarote. ¡Haz inspecciones diez veces cada noche! Mi Majestad desea ver a ese pigmeo más que el tributo del Sinaí o del Punt.

Cuando estés cerca de la Residencia y este pigmeo a tu cargo esté con vida, próspero y con salud, Mi Majestad hará grandes cosas para ti, más de lo que se hizo por el portador del sello del dios Werdjeba en tiempos de Djedkara Izezi, todo debido a la alegría del corazón de Mi Majestad a la vista de este pigmeo.[2]

El éxito de Herkhuf radica, sin duda, en que no era la primera vez que encabezaba este tipo de expediciones. Como explica en los textos autobiográficos de su tumba (fig. 21.2), ya durante el reinado de Merenra se encargó por tres veces de viajar a Nubia, si bien la primera vez lo hizo acompañando a su padre. Ambos permanecieron alejados de Egipto durante siete meses, uno menos de los que duró la segunda expedición de Herkhuf, esta capitaneada sin su padre. La ruta hacia Nubia de la tercera expedición fue la de los oasis del desierto occidental, hacia el sur por el desierto, encontrándose de camino con el soberano de Yam, que marchaba decidido junto a sus tropas para atacar y aniquilar al país de Tjmeh (Libia). Ejerciendo de diplomático, Herkhuf acompañó al nubio hacia el norte, consiguiendo de camino calmar su ira y retornar ambos hacia Yam. Tras pasar tiempo

comerciando y consiguiendo los bienes requeridos, Herkhuf comenzó su regreso a Egipto, tropezándose de camino con el rey de Irhet. Sin duda los productos de la expedición egipcia eran una presa muy tentadora de la que este quiso apoderarse. Desgraciadamente para él, no solo la protegía una fuerza egipcia, sino también de nubios; de modo que, rápido de reflejos, el rey de Irhet le obsequió con numerosos rebaños y le sumó como escolta su fuerza de ataque. Fue al llegar al Nilo de regreso tras su cuarta expedición cuando Herkhuf halló esperándolo un barco repleto de vituallas egipcias enviado por Pepi II, quien además añadió la carta ya mencionada donde alababa sus buenos oficios.

Como vemos, no siempre encabezar una expedición suponía terminar muerto en medio del desierto, para evitar lo cual los egipcios marcaban las pistas con grafitos en puntos destacados del paisaje e incluso dejaban recipientes contenedores[3] a intervalos regulares (fig. 21.3). A veces, incluso se producían manifestaciones sobrenaturales que convertían al jefe de la partida en alguien escogido por los dioses. Es el caso del ya mencionado visir Amenemhat. Enviado por Montuhotep IV a encontrar una piedra perfecta para la tapa de su sarcófago, durante el recorrido por el Wadi Hammamat tuvo lugar un milagro que llenó de alegría el corazón de los expedicionarios y les alivió el trabajo de la búsqueda. Min, la deidad protectora de esos lares, quizá respondió impresionado por las dimensiones de la empresa, porque las cuatro inscripciones dejadas por esta (ver fotografía n.º 7) hablan de 13.000 expedicionarios nada menos, 10.000 del Alto Egipto y 3.000 del Bajo Egipto. La manifestación divina fue la siguiente:

Vino una gacela preñada que se fue derecha hacia las personas que estaban delante de ella [...] sin darse la vuelta, hasta que encontró esta zona de la noble montaña y este bloque mientras todavía estaba en su sitio [...]. Entonces parió sobre él, mientras el ejército del rey la miraba.[4] Para los jefes de la expedición estaba claro que la gacela era una manifestación del dios, que les señalaba dónde se encontraba la piedra que andaban buscando. Como agradecimiento a Min, la gacela fue sacrificada de inmediato, justo sobre la piedra que había marcado al parir. No se trató de la última maravilla que alumbró la expedición, porque: De repente comenzó a llover y el dios apareció, su gloria pudo ser vista por los hombres; la colina se transformó en lago, y el agua creció hasta el límite de la piedra; un pozo fue descubierto en medio del valle, con unas medidas de diez codos por diez codos y llenó de agua fresca hasta el brocal.[5] El agua era una necesidad vital para los expedicionarios, así que el alivio que debió suponer para Amenemhat disponer de una fuente adicional para rellenar sus menguantes reservas de líquido hubo de ser grande. De hecho, un soberano preocupado por su rebaño se esforzaba al máximo por conseguir que sus expediciones dispusieran de agua en abundancia. Seti I —quien ya había visitado en persona las minas al este de Edfu— encargó a sus zahoríes buscar pozos en el mucho más alejado Wadi Allaqi, en el desierto oriental al sur de Asuán, pero sin ningún éxito. El objetivo era aprovisionar de agua al fuerte de Kuban, construido justo en la boca del wadi como elemento de protección de las cercanas minas de oro y para servir como lugar de almacenaje del valioso metal. La ausencia de agua había supuesto dejar un poco abandonadas estas minas, como muy bien explica la estela de Kuban:

Llegó un día en el cual Su Majestad [...] se acordó de los países desérticos de los que se traía oro; entonces se puso a pensar planes para hacer excavar pozos en las pistas desprovistas de agua; había escuchado palabras según las cuales en el desierto de Akita había numerosas minas de oro, pero la pista que conducía a ella estaba por completo desprovista de agua y si solo un pequeño número de caravaneros lavadores de oro se presentaba allí, la mitad de ellos lo conseguía, los otros morían de sed por el camino al mismo tiempo que los asnos que precedían a la caravana; ya fueran o ya vinieran, no podían llevar provisión suficiente de agua en sus cantimploras. Por eso, debido a la falta de agua no se traía más oro de esta región.[6]

dios de la inundación, Hapy: «Haz de tal modo que el agua venga a esta colina», el dios accedería a sus deseos. De inmediato fue enviada una expedición a la zona. La verdad es que los indígenas reclutados para la misión se mostraron rezongantes y dubitativos ante el éxito de la empresa. Se quejaban de que iban a tener que excavar un pozo cuya profundidad alcanzara «hasta el mundo del más allá», pero al final el éxito coronó sus esfuerzos y consiguieron terminar un pozo: «Un agua de doce codos (= 6 metros), en él, brotó de cuatro codos (= 2 metros) de profundidad».[7] La precisión referida al lugar donde debían excavarse los pozos y a lo largo de qué pista no ha de sorprendernos, pues los egipcios disponían en los archivos reales de mapas donde se conservaba esta preciosa información. Un conocimiento de primera mano del terreno, como el que poseía Herkhuf, tenía un valor inestimable y por eso se intentó que no se perdiera registrándolo en mapas diversos. Tenemos la fortuna de que se conserve un ejemplar de este tipo de documento, el papiro Turín n.os 1879, 1899 y 1969 (ver fotografía n.º 37).[8]

Se trata de un documento de la XX dinastía que resulta extraordinario porque contiene indicaciones topográficas, altimétricas, geológicas y toponímicas de la región del Wadi Hammamat, rica en minas de oro y canteras de grauvaca. Además, sus colores no estarían dispuestos con intención estética, sino funcional, siendo un elemento más de lectura que ha permitido a ciertos autores detectar en él dos zonas geológicas bien diferenciadas: el rojo/rosado correspondería a una zona ígnea con rocas de ese color, que es donde se encontrarían las minas de oro; mientras que las zonas oscuras corresponderían a rocas de varios tipos, donde se obtendrían bloques para sarcófagos, estelas y demás. El cuidado y la atención puestos en el documento quizá sugieran que nos encontramos ante un original de archivo, del que se harían copias algo menos cuidadosas para ser utilizadas por las expediciones.

Entra en lo posible, además, que el mapa tenga que ver con la gran expedición organizada por Ramsés IV al Wadi Hammamat en el año 3 de su reinado. Tras una visita personal del rey, que prospectó los lugares adecuados para extraer piedra, para organizar la expedición puso a trabajar a un trío de notables compuesto por: un escriba de la Casa de la Vida, un escriba del re-peru y un sacerdote de Coptos. El jefe absoluto de la expedición sería el «gran sacerdote de Amón» Ramsesnakhte, quien dejó recaer las menudencias del día a día de la preparación en varios mayordomos reales, en el alcalde de Tebas, en el «superintendente del ganado del templo de Ramsés III» —estos dos últimos eran además «maestros de los impuestos»— y una larga lista de otros funcionarios menores, los cuales se encargarían de disponerlo todo para quienes finalmente marcharan al desierto.

Las cifras son menos impresionantes que las de la expedición de Amenemhat, pero quizá por ello más creíbles, aunque siguen siendo muy elevadas: 5.000 soldados (había 800 arqueros apiru), 2.000 hombres del re-peru de la Casa del Faraón, 200 pescadores del Palacio, 50 policías y, pocos, muy pocos artesanos: 1 superintendente del trabajo de los canteros, 130 canteros y dadores de forma a la piedra, 2 dibujantes y 4 grabadores. Un total de 8.368 personas, de las cuales nada menos que fallecieron ¡900! Un 10,75 por ciento de bajas en una expedición relativamente próxima a Egipto hace temer por las cantidades que podían fallecer en zonas más alejadas del valle del Nilo, pero la mística de los minerales y la magia que imprimían a los objetos con ellos fabricados requería de todos los esfuerzos. Con ellos no solo el faraón quedaba satisfecho, sino también sus escultores y lapidarios,

quienes contaban con un material precioso para sus creaciones. Sin olvidarnos de los arquitectos del monarca, que como ya hemos visto podían necesitar grandes cantidades de piedras especiales para culminar sus creaciones. [1]N. Strudwick, Texts..., op. cit., n.º 243, p. 337. Extracto de la autobiografía de Sabni, en la tumba n.º 26 de Qubbet al-Hawa. [2]N. Strudwick, Texts..., op. cit., n.º 241, pp. 332-333. Fragmento de la autobiografía de Herkhuf, en la tumba n.º 34 de Qubbet al- Hawa. [3]Con una altura de 40-50 centímetros y una capacidad de 30 litros. [4]D. B. Redford, Egypt..., op. cit., pp. 71-72. [5]C. Lalouette, Historie... 1, op. cit., p. 177. [6]C. Lalouette, Historie... 3, op. cit., p. 161. [7]Todas las citas del párrafo pertenecen a la estela de Kuban y están tomadas de C. Lalouette, Historie... 3, op. cit., p. 162.

[8]La triple numeración se debe a que cuando llegaron al Museo Egipcio de Turín en el siglo XIX se pensó que eran tres documentos diferentes.

XXII. EL ARQUITECTO REAL. LOS TEMPLOS SON DE PIEDRA,

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