CHAPTER 6: THE EXPERIMENTAL STUDY
6.2 Study 2a
6.2.3 Variable operationalisation
Así, podemos afirmar que todas las cosas participan de la lengua, dado que son ellas las que, en la expresión, se dan a conocer al hombre para que éste las nombre. Esto no niega, sin embargo, la evidencia de su silencio, el hecho por todos verificable de que las cosas son mudas. Existe, dice Benjamin, una comunidad de la materia que es en donde las cosas se expresan, es decir, su lengua. A esta lengua le ha sido negada “el puro principio formal lingüístico: el sonido”,102pero no dejan, por esto, de comunicarse con el
hombre. La lengua de las cosas, a diferencia del lenguaje del hombre, es imperfecta ya que en ella no se identifica su ser espiritual y su ser lingüístico, es decir que no todo en las
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Collingwood-Selby, Elizabeth, Walter Benjamin: La Lengua del Exilio, en
http://www.philosophia.cl/biblioteca/Colinwood/la%20lengua%20del%20exilio.pdf 102
cosas es enteramente comunicable en su lengua, que parte de su esencia no logra manifestarse. Es por esto que las cosas necesitan que el hombre las nombre, necesitan que la palabra del hombre reciba aquello que su expresión material comunica y la exprese en el nombre.
Lo dicho hasta ahora agrega una nueva dimensión a la concepción de la lengua que intentamos formular anteriormente, esto es: la intensidad de la lengua denominante del hombre se comprende cabalmente sólo si la entendemos como traducción. Traducción de la comunicación parcial de las cosas innominadas, a la expresión absoluta que adquieren en el nombre. Entender la lengua como traducción implica concebirla no sólo como el traspaso del mundo de lo mudo al sonido de la palabra sino, sobre todo, como una transformación que perfecciona la potencialidad comunicativa del ser material; y este traspaso, nos dice el filósofo, de “una lengua imperfecta a una lengua más perfecta, no puede menos que añadir algo, es decir, conocimiento”.103
Nombrando las cosas el hombre llega a conocerlas, pero este nombrar del hombre, como ya ha sido dicho, esta sujeto al modo como las cosas se comunican con él. La palabra con la que el hombre nombra lo materialmente existente no puede surgir como mera convención, como puro signo, “no es una creación espontánea, no procede de la lengua absolutamente, sin límites e infinitamente como ésta”,104 tal como quisiera
creer la concepción burguesa de la lengua. Sin embargo, agrega Benjamin:
Resulta equívoca también la refutación de la teoría burguesa por parte de la teoría mística del lenguaje. Para ésta en efecto la palabra es sin más la esencia de la cosa. Ello es inexacto porque la cosa en sí no tiene palabra: la cosa es creada por el verbo de Dios y conocida en su nombre según la palabra humana.105
En este marco, el nombre adquiere una importancia ejemplar dado que se erige como el lugar en donde el hombre conoce el resto de las cosas que son. Pero este conocimiento, tal como se deriva de la cita, no proviene de la creación del hombre ni de su intención de significar lo dado. Este conocimiento es sólo posible en el nombre como escucha, como recepción del ser lingüístico que se expresa. “Esta receptividad, se dirige a la lengua de las cosas mismas, desde donde a su vez se irradia, sin sonido y en la muda magia de la naturaleza, la palabra divina”.106 La palabra creadora de Dios,107 a partir de la 103 Ibíd., Pág. 98. 104 Ibíd., Pág. 97. 105 Ibídem. 106 Ibídem.
cual existen todas las cosas del mundo (es decir, el verbo divino), funciona entonces como garante de la traducción de las cosas en el nombre, ya que permanece en ellas esperando que la palabra humana las reciba y las complete nombrándolas.
Es por esto, entonces, que la lengua del hombre, tal como ya ha sido dicho, es lengua denominante; lengua que al decirse nombra, apostrofa todos los seres del mundo. Lengua que en el mismo instante en que se expresa y en un mismo movimiento es, por un lado, escucha y recepción de aquello que se dice en la materia y, por el otro, comunicación del ser espiritual del hombre que al decir, se dice. Al nombrar lo que lo rodea, el hombre comunica su propia esencia espiritual (lingüística) y, siendo que lo comunicable de cada ser es su lengua, “la esencia lingüística del hombre -nos dice Benjamin- es por lo tanto nombrar las cosas”.108 El nombre es ese instante ejemplar en donde el hombre comunica, inmediatamente, la totalidad de su propio ser espiritual, es decir en donde coinciden plenamente su ser espiritual y su ser lingüístico. Tal y como lo afirma Benjamin, “la lengua humana es la esencia espiritual del hombre; y sólo por ello la esencia espiritual del hombre, el único entre todos los seres espirituales, es enteramente comunicable”.109 A diferencia de las cosas cuya lengua es imperfecta, en el nombre, en cambio, se sintetizan plenamente el ser espiritual y el lingüístico, no haciendo falta ya insistir en esta distinción. El nombre es, entonces, la inmediatez de esta correspondencia, el instante en el cual coinciden simétricamente ser, comunicabilidad y lengua, no siendo ya el nombre un medio a través del cual se comunique nada sino aquello “en lo cual la lengua misma se comunica absolutamente”.110
Tal como dijimos, en el nombre no sólo la totalidad del ser del hombre se comunica sino que también y simultáneamente se expresan todas las cosas del mundo. Todos los seres se expresan, porque no podrían no hacerlo, aunque más no sea parcialmente en la lengua y en ella, al hacerlo, es con el hombre con quien se comunican. El nombre es entonces el centro de la comunicación, el espacio-tiempo en donde contemplación, escucha y alocución coinciden inmediatamente, en donde culmina, en palabras del autor, “la totalidad intensiva de la lengua como del ser espiritual absolutamente comunicable, y la totalidad extensiva de la lengua como de ser
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La teoría del lenguaje desarrollada por Benjamin en el artículo aquí trabajado resulta inseparable de sus indagaciones sobre la tradición judeo-cristiana. Sin embargo, la problemática relación entre el lenguaje y lo divino excede ampliamente los alcances de esta investigación. Es por esto que no abordaremos aquí la complejidad de dicha relación aunque resulta imposible no mencionarla, dado que la misma se erige como fundamento de la teoría del lenguaje como traducción que aquí desarrollamos.
108 Ibíd.., Pág. 91. 109 Ibíd.., Pág. 92. 110 Ibídem.
universalmente comunicante (denominante)”.111El ser del hombre es, en el entonces del
nombre, comunicabilidad pura, expresión absoluta, es decir la lengua misma ya sin contenido, comunicándose plenamente. Y esta expresión absoluta que como dijimos traduce y perfecciona la comunicación muda de las cosas al acogerlas en la plenitud del nombre, es condición de posibilidad del conocimiento del hombre.
Lo desarrollado hasta aquí no explica, sin embargo, cómo es posible que el hombre nombre las cosas y las conozca de tan diversas maneras como lenguas existen; cómo es posible que existiendo una relación de comunicación entre el ser, su lengua y el hombre, sintetizada en el nombre, sea éste tan disputado y exprese sentidos tan diversos.
La traducción que implica el traspaso de la mudez de las cosas al sonido del nombre, se vuelve plural y se resuelve en tantas traducciones como lenguas existen, apenas cae el hombre del estado paradisíaco en que sólo conocía una lengua: la lengua conocedora por excelencia. Esta lengua remite, como ya ha sido dicho, a la palabra originaría, a aquella que sólo conocía, en el nombre, a los demás seres existentes que se comunicaban en su lengua con el hombre. A esta lengua ejemplar del nombre le estaba negado el acceso al conocimiento de todo aquello que carecía de posibilidad de nominación. Le estaba impedido, por tanto, el conocimiento del bien y del mal, por ser ajeno a la llamada y a la escucha característica del nombre que, ahora caído, intenta en cambio imitar, defectuosamente, la lengua creadora de Dios. Dice Benjamin:
El nombre sale de sí mismo en este conocimiento: el pecado original es el acto de nacimiento de la palabra humana, en la cual el nombre no vive ya más intacto, es la palabra que ha salido fuera de la lengua nominal, conocedora, y casi se podría decir: que ha salido de la propia magia inmanente para convertirse en expresamente mágica. La palabra debe comunicar algo (fuera de sí misma). Tal es el verdadero pecado original del espíritu lingüístico.112
La caída del nombre implica, entonces, que la palabra del hombre se aleja de la espontaneidad del decir, que estaba unido a la escucha, que era al mismo tiempo su condición de posibilidad. A la magia inmanente a este apostrofar del nombre, se impone una magia expresa; la palabra ya no surge motivada por aquello que habla en ella, sino que es imitación -en la convención- de la creación. La palabra se convierte, así, en mero signo, en palabra contenedora, en un medio a través del cual se comunica algo absolutamente ajeno a su propio decirse. Un algo que es un objeto carente de expresión y
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Ibíd..,Pág. 93. 112
absolutamente cognoscible, aunque inexistente. La palabra que nombra cede, así, su lugar a la palabra que juzga y ésta lejos de ser un conocimiento fundado en la alocución central de la lengua, se convierte en mera charla.
A la caída le siguió inevitablemente, por esto, la confusión, el desconocimiento de los demás seres que habitan el mundo conjuntamente con el hombre:
Dado que los hombre habían ofendido la pureza del nombre, bastaba sólo que se cumpliese el apartamiento de aquella contemplación de las cosas mediante la cual la lengua de éstas pasa al hombre, para que les fuese quitada a los hombres la base común del ya quebrantado espíritu lingüístico […]. Al sometimiento de la lengua a la charla sigue el sometimiento de las cosas a la locura casi como una consecuencia inevitable.113
Perdida la comunicación de las cosas con el hombre, éste ya no puede nombrarlas ni tampoco conocerlas. El exilio del paraíso no es sino el instante donde se origina el abismo que separa a la palabra del mundo, y con éste la imposibilidad del lenguaje de conocerlo, de nombrarlo. Constatada su impotencia, la palabra poética del hombre ya no puede ser sino llamada, deseo de comunicar aquello que es ahora incomunicable, indecible en su totalidad. No puede más que invocar la presencia de aquello que percibe en retirada, de ensayar modos de traducción que indiquen aquella región, ahora inaccesible, donde el nombre, la palabra del hombre, y la lengua de las cosas se encontraban conciliadas en la pura lengua que entablaba su continuidad.