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Desde los orígenes del linaje humano, encontramos dos procesos que interactúan en la conformación de lo humano: un homo faber (artesano fabricador), factor material de la especie, y un homo loquens (ser simbólico), factor espiritual del sujeto, productor de símbolos y signos para la empresa de la comunicación entre iguales que son diferentes.

Ya en este momento de la evolución cósmica, momento del pensamiento conciencia, de la construcción de la cultura y la sociedad, se entrelazan los factores materiales con factores ideales y espirituales en la hechura de lo humano. Donde cada hombre en su presencia terrenal es único, irrepetible y autónomo para ser «igual» en la diversidad social. Además, este ser humano, producto de la fusión de las relaciones sociales y culturales con relaciones genéticas-bióticas, que le dan especificidad y su propia individualidad, está dotado de un cerebro donde conviven en perfecta interacción el mundo lógico-conceptual con el mundo onírico-intuitivo (hemisferios izquierdo y derecho), donde no es posible el saber sin la motivación, el lenguaje sin el emocionar. Como señala H. Maturana, «Como el convivir humano tiene lugar en el lenguaje, ocurre que el aprender a ser humanos lo aprendemos al mismo tiempo en un continuo entrelazamiento de lenguaje y emociones. Por esto el vivir humano se da, de hecho, en el conversar».9

De esta manera, somos seres capaces de hablar del mundo en que vivimos y también acerca de nosotros mismos. Es decir, somos seres en condiciones de desarrollar el acto humano de observación y autoobservación. Somos seres de una especie poseída de Eros físico y espiritual en la libertad del amor. Seres que somos Dos desde la diferenciación cromosomática y Uno desde la multiplicación del género humano y la complementación amorosa.

El hombre, dotado de las tres estructuras ónticas, se interrelaciona con su mundo por medio de sus actividades y, específicamente, por medio de su práctica cognoscitiva, ideológico-valorativa y transformadora de la realidad.

De esta manera el ser humano es el resultado de una inmensa y compleja evolución. Todo hombre está dotado de tres estructuras fundamentales: es un ser físico, un ser biótico y principalmente un ser antrópico.

Cuando hablamos de lo físico, nos referimos a ese enorme parentesco del ser humano con las estrellas, somos partículas, átomos y moléculas simples como el agua; pero a través de ese proceso evolutivo, se constituyeron estructuras más complejas con capacidad de cumplir funciones propias de todo ser vivo, como reproducirse, nutrirse, desarrollarse, autoperpetuarse, morir y transformarse. Hasta este nivel compartimos características y funciones comunes entre lo humano y lo biológico.

Desde que el hombre comienza a interactuar con el mundo, a abstraer objetos y eventos cotidianos y producir a través de ellos las ideas y significaciones simples, da origen con ello a las primeras formas de conocimiento propiamente humanas; en ese sentido, comienza a construir lenguajes simbólicos que le permiten atrapar la experiencia y transmitirla a otros. Estas formas básicas del lenguaje lo llevan a comprender señales físicas a simple semejanza del entorno, como para un cazador es una huella o un rastro en el camino de un animal de caza, árboles de cientos de formas y colores que lo guían en una ruta al encuentro de vegetales comestibles, la significación de la nube con relación a la lluvia, los relámpagos y el trueno. El hombre, así, construye formas de lenguaje, como mediadores culturales entre la realidad (empezando por su cotidianidad) y él mismo; para comprender su acción en el mundo y comunicar sus emociones, sentimientos y aprendizajes, originando un nuevo estadio de desarrollo de la evolución, estableciendo el mundo de lo simbólico.

En este sentido todo signo construido por el hombre es un erguirse de su estado físico y biótico, para entrar en el ámbito de lo cultural. En esta dirección, todo símbolo es una forma de representación de las cosas, es una forma de entender las cosas, es una forma de representar y dar sentido a lo que lo rodea, facilitando con ello la interacción con los iguales y la interacción comunicativa que permite aprehender y socializar la experiencia.

Si bien al comienzo estas representaciones simbólicas estuvieron asociadas con su propia experiencia —vivencias interpersonales—, empezaron a ser objeto de relaciones con su semejante y se evoluciona así de un lenguaje de una sola expresión (monofémico) a un lenguaje de múltiples expresiones (polifémico), que no guardan necesariamente una correspondencia de semejanza o de continuidad con el entorno, sino producto cultural, que mediante la interacción social tiende a universalizarse, en sus múltiples expresiones, como mediadores entre la realidad y el pensamiento.

Con el surgimiento de la escritura (Sumerios), las estructuras simbólicas como mediadores culturales multiplican su capacidad de capturar y comprender el entorno, produciéndose en un breve período evolutivo del hombre multiplicidad de lenguajes y construcciones simbólicas como la matemática y los códigos científicos y estéticos, con ello penetrar al pasado, entender el presente e imaginar el futuro a través de textos escritos, que como magia permiten comprender la obra de seres humanos que ya no tienen presencia terrenal, pero sí una enorme presencia cultural depositada en lo que pensaron y dejaron escrito y otros tantos que nos dejaron su música, su arte, su historia, sus formas de organización social, sus creencias y valoraciones éticas.

Los símbolos —con el desarrollo de la ciencia, las artes y la tecnología— fueron tomando cada vez mayor complejidad; los genetistas se basaron en símbolos, para explicarse el código genético; los químicos adoptaron símbolos para representar los átomos y las moléculas; los físicos describieron, a través de complejas escrituras matemáticas, el estado y evolución del universo, y en los últimos veinte años de este siglo se desarrolla la informática satelital, que permite a través de los propios códigos informáticos la comunicación instantánea de eventos y acontecimientos que son conocidos en todo el mundo en el instante en que están ocurriendo.

Todos estos formidables desarrollos de lenguajes complejos no se corresponden con la dinámica de la evolución social. En el presente, millones y millones de seres se encuentran marginados de comprender esta aceleración del conocimiento y el lenguaje complejo. Corremos con un evidente riesgo de generar un abismo cada vez más profundo que distancia a los poseedores de este saber de las inmensas mayorías marginadas o excluidas de la posibilidad de acceder a la comprensión del mundo moderno: millones de hombres y mujeres que no comprenderán la inteligencia simbólica con que se escribe el mundo moderno. Quizás en esta perspectiva, la educación sea la única alternativa de lograr el aprendizaje de estas nuevas estructuras simbólicas con que está hecho el mundo contemporáneo, pero sin olvidar que la palabra dialogada, las miradas afectuosas, las sonrisas a flor de piel, el mundo del silencio y la autorreflexión es la otra cara de ese lenguaje convencional complejo donde parece que el ser humano se nos escapa y desaparece en una enorme tormenta simbólica.

Categorías comprensivas de procesos físicos, bióticos y