Los orígenes de la Alianza Nacional Popular se remontarían al año de 1961 y particularmente a una concurrida reunión que tuvo lugar a finales de lo que había sido el primer gobierno del Frente Nacional (FN), específicamente durante la presidencia de Alberto Lleras Camargo (1958-1962):
“El 23 de abril de 1961, en la casa de Ernesto García, se reunieron las siguientes
personas: Generales Gustavo Berrío Muñoz, Jaime Lozano Bahamón, Ezequiel Palacios; el Coronel Guillermo Padilla Manrique; los doctores José María Nieto Rojas, Gabriel Díaz, Francisco Plata Bermúdez, Bernardo Uribe Holguín, Ernesto García Acero, Enrique Cipagauta Galvis, Alfonso Amézquita, Francisco Palacios, Benjamín Burgos, Carlos Monroy Reyes, José Castañeda Morales, Fidel Perilla Barreto, Alfonso Suárez Pineda, Carlos V. Soto, Ernesto Harker, Guillermo García Carvajal; los Capitanes Manuel Pérez González y Juan B. Godoy; y las señoras Alicia Sierra de Díaz y Beatriz Leiva de Uribe Holguín. El invitado de honor fue el General Gustavo
Rojas Pinilla” (Rojas, 2000, p. 435).
Dichos personajes buscaban crear lo que se denominará en principio un “movimiento”, dadas las rigurosas limitaciones iniciales del FN para quienes pretendían crear un “partido” que no fuera estrictamente Liberal o Conservador, al menos formalmente o por su propia naturaleza y militancia. La figura de Rojas Pinilla se presenta como un
elemento central dentro de la misma reunión y, fuera del valor puramente anecdótico, su importancia no puede subestimarse. Medófilo Medina confirma lo anterior al afirmar:
“[La ANAPO] comenzó en 1961 como un Frente Nacional por abajo cuando el ex-
dictador General Gustavo Rojas Pinilla emprendió una asombrosa parábola de recuperación política. El ex-dictador quiso presentarse luego de un sonado debate que se le siguió en el Congreso por parte de los dirigentes de los partidos tradicionales como un perseguido por la oligarquía. Otra vez las masas se movilizaron al calor de invitaciones a la revancha social y de las consignas antioligárquicas teñidas de fuerte coloración nacionalista” (Historia Crítica, 1989, enero a junio, pp. 20-32).
Aquí encontraríamos una interpretación interesante de lo que sería, en un principio, buena parte del arsenal ideológico de dicha agrupación política y cuál sería su objetivo básico: crear una especie de coalición bipartidista rival “desde abajo” que vendría a ser la otra cara del Frente Nacional, la de los sectores sociales y políticos excluidos por su funcionamiento o por sus deficiencias. Los candidatos del partido representarían a dichos sectores utilizando plataformas liberales o conservadoras, según fuera el caso, para así lograr participar en las elecciones a medida que se iban alternando tales banderas tanto desde el oficialismo como desde la nueva oposición (Hartlyn, 1993, pp. 210).
No podría, en cualquier caso, hablarse de la participación del antiguo gobernante y ahora ex-militar en ese nuevo proyecto sin mencionar lo que fue su rehabilitación
política, ya que es precisamente allí donde encontramos el origen de otra característica anapista: la rehabilitación simbólica no únicamente del individuo sino de toda la administración rojaspinillista y sus logros, reales o percibidos, que le darían a su plataforma política cierto sustento dentro del imaginario popular. En palabras del autor César Augusto Ayala Diago, los referentes de la ANAPO “se remontan, inevitablemente, al paso del General Gustavo Rojas Pinilla por el poder. Los contenidos y las imágenes que identificaron posteriormente al anapismo fueron herencia dejada por este período [...] La ANAPO parecía resurgir de las ruinas de los fracasos políticos del General, de sus múltiples experiencias, de su peculiar escuela política” (1996, pp. 15-16).
Las audiencias del que sería calificado como juicio político tuvieron lugar en el Senado a partir del 22 de enero de 1959. Al finalizar el proceso, Gustavo Rojas Pinilla sería declarado “indigno [...] por mala conducta en el ejercicio del cargo de Presidente de la República” y se le condenaría a perder los derechos políticos para elegir y ser elegido en su calidad de ciudadano colombiano (Rojas, 2000, p. 304). Años después, la sentencia finalmente perdería cualquier efecto jurídico gracias a una serie de decisiones judiciales posteriores, incluyendo el pronunciamiento del Tribunal Superior de Bogotá en 1966 confirmado al año siguiente por la Corte Suprema de Justicia, pero sólo en noviembre de 1967 la Registraduría Nacional habilitaría formalmente a Rojas Pinilla para volver a hacer parte del censo electoral (Rojas, 2000, pp. 350-353),.
La ANAPO entra en escena como una formación política con dos alas, una liberal y otra conservadora, de una manera que podríamos considerar bastante útil para adaptarse al flujo de la alternancia y paridad dentro del sistema bipartidista imperante. A su vez,
Rojas Pinilla y sus partidarios sabían que debían apelar a una audiencia mucho más amplia, más allá de las lealtades políticas como tales. Desde el mismo 23 de abril ya el principal líder anapista hablaba, usando un lenguaje directo con ciertos tintes católicos y populistas, de una variedad de temas mucho más específicos.
“Rojas habló [...] del hambre y de la angustia del pueblo que sufría el recrudecimiento
de la violencia; se quejó del monopolio que ejercían sobre la economía y las riquezas, las sesenta familias que desde la independencia explotaban al pueblo; considerando que la necesidad y el hambre no tenían color político, instó a organizar un movimiento de recuperación moral y material sin distinciones partidistas que evitara una
revolución anárquica y atea” (Ayala, 1996, p. 154).
Cuando la naciente ANAPO participó por primera vez en el proceso electoral en 1962, obtendría el 3.7% de la votación total y el 8.2% del voto conservador para las corporaciones públicas, una suma pequeña pero a la vez considerable para lo que era una nueva agrupación, sobre todo en regiones como Valle, Boyacá, Cundinamarca, Antioquia y Santander (Ayala, 1996, pp. 195-196, 278). En seguida intentó llevar el nombre de quien fuese su caudillo a las urnas para las elecciones presidenciales del mismo año, sin importar las dificultades legales, pues los votos correrían el riesgo de ser declarados nulos por las autoridades electorales como efectivamente sucedió en dicha ocasión. La participación de Rojas Pinilla, en una elección donde los candidatos debían ser ostensiblemente conservadores por motivos de la alternancia acordada, obteniendo apenas un 2.1% de los votos, sería rechazada no solamente por el gobierno sino el conjunto de las fuerzas políticas del Frente Nacional (Ayala, 1996, pp. 203-207).
No todos los anapistas buscaban atenerse única y necesariamente a las vías electorales y lo mismo podría decirse de su jefe máximo. Según Ayala Diago, por tal motivo se había creado una percepción negativa que habría indispuesto a los votantes contra el mismo Rojas en 1962 (1996, p. 207).
Vale la pena resaltar que los seguidores de Rojas dentro de las Fuerzas Armadas no se habían quedado quietos, aunque es de suponer que con el tiempo su número iría disminuyendo. El 2 de mayo 1958 ya habían intentado un nuevo golpe que pretendía crear las condiciones para el derrocamiento del gobierno frentenacionalista y así posibilitar un nuevo ascenso de Rojas, con su bendición. Simbólicamente, el fracaso de tal manifestación castrense ilustraría la naturaleza dual del anapismo y de su propio líder, pues mientras el movimiento intentaba organizarse como una alternativa electoral válida, no dudaba en promover una interpretación que podríamos inclusive considerar apologética de tales medidas de fuerza. Para la hija del General Rojas, quien se reconoce a sí misma como “protagonista de un episodio político-militar, al borde de la victoria, y cuyo triunfo le habría ahorrado al país 40 años de infortunio“ (2000, pp. 263), lo acontecido prácticamente se justificaba:
“El pueblo se sintió frustrado porque no había tenido éxito la sublevación del 2 de
mayo y regresó a sus labores, oprimido y explotado por los voraces personeros del Frente Nacional que se habían instalado en el poder. Tengo la lista tanto de militares como de civiles comprometidos en aquella memorable jornada pero no me anima ningún interés en causarle daño a nadie [...] Si ese movimiento hubiera triunfado, lo
repito, el país se habría ahorrado muchos años de miseria, desolación y
muerte“ (Rojas, 2000, pp. 265-267).
La vena conspirativa del anapismo no se había detenido allí y se tienen noticias de al menos seis planes o intentonas golpistas adicionales hasta 1963 (Ayala, 1996, 231-233). Como ya ha sido señalado, tal circunstancia era un evidente motivo de rechazo en ese momento de la historia colombiana, pero no sería un obstáculo inamovible para las aspiraciones políticas futuras del movimiento a medida que sus actividades proselitistas le daban mayor impulso y el FN empezaba a perder el suyo propio.
Si bien Rojas Pinilla se proclamaba a sí mismo como conservador y católico, los antiguos aliados que una vez tuviera dentro de esa tradicional colectividad lo veían a él y a la ANAPO como un elemento perturbador del orden social y político. Los sectores ospinistas y alzatistas, quienes había apoyado al mismo Rojas para el golpe de 1953, llegaron a atacarlo con el argumento de que “Rojas Pinilla está apoyado estratégicamente por el comunismo porque este cree que con ello resta fuerza al conservatismo” (Ayala, 1996, p. 241). De hecho, en torno a las elecciones de 1964 se estaban presentando esfuerzos específicos por restarle a la ANAPO cualquier simpatía conservadora, afirmándose en comunicados oficiales que era “un movimiento anárquico cuyo programa contenía principios incompatibles con la ideología conservadora” y se utilizaba el pasado dictatorial de Rojas como un fantasma que contaría en contra de su movimiento político (Ayala, 1996, p. 241).
Como lo ha anotado Ayala Diago, había aspectos en común entre las plataformas políticas anapistas y comunistas en cuanto a que rechazaban el estado actual del país y proponían alternativas para mejorarlo, desde sus respectivos puntos de vista, apelando a las difíciles condiciones de vida que afrontaban las masas populares y el país en general, pero el Partido Comunista en realidad no había apoyado la candidatura de Rojas en 1962 (Ayala, 1996, pp. 205-206). Dicho partido tampoco creía que un movimiento liderado por el antiguo General fuese una verdadera fuerza de oposición cuando, como fuera el caso, él mismo había declarado su ilegalidad en 1954 durante su paso por el poder (Uribe, 1977, p.1177). Igualmente, se mantenía en la memoria el recuerdo del bombardeo contra Villarrica en 1955, cuando fueron atacados los enclaves comunistas de la región y sus grupos de autodefensa campesina (Safford y Palacios, 2002, p. 323).
Por su parte, dentro del liberalismo se podían oír argumentos semejantes a los de sus pares conservadores, cuando Julio César Turbay Ayala afirmó “que no era improbable la hipótesis de que un reaccionario como Rojas se hubiese alineado con un revolucionario como Castro puesto que la alianza se ajustaba bien a las metas diabólicas de ambos” (Ayala, 1996, p. 242). La culpa por asociación o, quizás más exactamente, por coincidencia ideológica se convertía en un arma política efectiva. No sería, sin embargo, la única, y en varias ocasiones habría acontecimientos en los cuales distintas autoridades interferirían con la realización de actos políticos anapistas, a la vez que Rojas amenazaba inclusive con reaccionar o “castigar” cualquier posible fraude por medio del uso de la fuerza, apelando a la “dialéctica de los puñales“ (Ayala, 1996, pp. 261-263).
Nuevamente se reitera la existencia del lado menos amable y civil de la ANAPO, pero ambas acusaciones contra el movimiento de Rojas Pinilla parecerían ser contradictorias o al menos algo simplistas. En medio de las críticas provenientes de ambas direcciones, hacia 1966 la ANAPO había logrado crecer considerablemente. Después de obtener en los comicios regionales de 1964 una amplia representación parlamentaria con el 13.7% de los votos, en buena parte gracias a “un aparato organizativo que operaba en la mitad de los municipios del país“, el partido no podía estar en mejores condiciones (Ayala, 1996, pp. 278-279, 261).
En contraste, el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) de Alfonso López Michelsen, que se había configurado a inicios de la década del 60 como la disidencia liberal que representaba la alternativa más clara al Frente Nacional, después de unos pocos años se encontraba en una etapa de lenta pero progresiva decadencia que culminaría con su reintegración al seno del oficialismo en 1967 (Pécaut, 2006, p. 194), al tiempo que la ANAPO estaba tomando fuerza como una nueva opción política para muchos de sus antiguos votantes.
Entre 1959 y 1961 había predominado en el MRL un discurso radical, incluyendo su participación activa en la organización de huelgas obreras y su apoyo a las reivindicaciones agrarias, dando lugar a que numerosos miembros de sus juventudes inclusive escucharan el llamado que los invitaba a unirse a los que para ese entonces eran apenas unos nacientes focos guerrilleros a la sombra de la Revolución Cubana. Las
relaciones del partido con su similar comunista también fueron bastante productivas, permitiendo que los diferentes candidatos del PCC se reunieran bajo las banderas del MRL para así ejercer plenamente sus derechos políticos de elegir y ser elegidos. Sin duda que el MRL fue en un principio sumamente atractivo para amplios sectores de la oposición al sistema frentenacionalista, lo que llevó a que en las elecciones de 1962 sus resultados electorales superasen el medio millón de votos, pero a partir de 1964 la división entre una línea “blanda” más moderada y otra “dura” más revolucionaria preferida por los comunistas empezaba a demostrar que había grietas tanto en su estructura como en su caudal electoral (Pécaut, 2006, pp.193-194), (Ayala, 1995, p. 210).
No debe sorprendernos, por lo tanto, el que la ANAPO pudiera aprovechar el debilitamiento relativo del MRL en beneficio de su propio crecimiento. En la elección presidencial de 1966 el candidato del ala liberal del anapismo sería José Jaramillo Giraldo, quien a pesar de ser considerado como “poco conocido” obtendría unos 742.133 votos, equivalentes a un cuarto de la votación total en medio de una tasa de abstención cada vez más alta, como lo han indicado Pécaut (2006, p.42) y Alarcón (2007, p. 80). A pesar de que no se esperaba su victoria, para la ANAPO no dejaba de ser una buena señal (Rojas, 2000, pp. 368-369). Como lo ha indicado Ayala (1995, p. 210) al tomar una muestra de doce departamentos (Antioquia, Boyacá, Cundinamarca, Huila, Santander, Norte de Santander, Tolima, Atlántico, Bolívar, Caldas, Meta y Valle), de los más de 497.000 votos por el MRL en 1962 se había pasado a los 298.000 y 294.000 de 1964 y 1966, respectivamente, mientras que la ANAPO había incrementado su respaldo en dichas regiones al aumentar sus 16.000 votos de 1964 a más de 100.000 en 1966. En otras palabras, “los éxitos del anapismo liberal sobre el MRL en cuatro ciudades
capitales: Bogotá, Medellín, Barranquilla y Tunja fueron el inicio de su conversión en la segunda fuerza liberal del país y en la primera como Movimiento de oposición” (Ayala, 1995, p. 223).
La formación y consolidación de la ANAPO daría lugar a una de las controversias más importantes que seguirían al partido durante esta etapa de la historia colombiana: tanto para la izquierda como para la derecha, el gobierno y sus opositores, la ANAPO representaba una especie de cuerpo extraño, algo que parecía estar más allá de su comprensión superficial porque no se ajustaba del todo a las categorías políticas ortodoxas. Tal vez como el mismo Rojas Pinilla, era a la vez algo conocido y algo desconocido, lo que, al menos en potencia, proporcionaba tanto una amenaza para el status quo del régimen bipartidista como una competencia para las ambiciones revolucionarias de otras fuerzas.
Al mismo tiempo, quizás esa misma situación le daría a la ANAPO la flexibilidad suficiente para embarcarse seriamente en el que sería su mayor reto electoral, despertando las más grandes esperanzas y a su vez las más grandes decepciones.
CAPÍTULO 3