CHAPTER 3. OVERVIEW OF THE APPROACH
3.7. Extraction Phase
3.7.1. Vector Space Model
Recuerdo cuando Irene (enferma del pecado de sumisión) solía contarme su lista de agravios:
Juan me gritó en público y me hizo quedar en ridículo delante de sus amigos y lo perdoné. Prometió acompañarme a la cena con mi familia y al final dijo que no iba y tuve que ir sola. Pues no se lo tuve en cuenta y lo perdoné. Una semana después tuvo la cara de pedirme que fuera yo a recoger a su hermana al aeropuerto y fui, aunque no me lo reconoce, pero yo se lo perdoné.
Varias sesiones después podía insistir en la misma tónica. Recuerdo que mientras Irene hablaba de esa manera, se iba elevando por encima del sillón en el que estaba sentada. Irene levitaba. Le empezaron a salir unas alitas en la espalda y una coronita de luz brillaba por encima de su cabeza. Ella era buena, ¿Qué digo «buena»? ¡Buenísima! Comprensiva, compasiva y magnánima.
Con cada historia que contaba, la figura del Juan de Irene se transmutaba. Le crecían los colmillos, se hacía cada vez más peludo e iba perdiendo el don de la bipedestación. Juan era una bestia. Estaba claro quién era el malo, un malo muy malo, despiadado, insensible, un monstruo, un animal. ¿Cómo pueden relacionarse dos seres que viven en sitios tan apartados? La una, en las alturas, por allá arriba, encaramada en una nube. Él, en cambio, en lo hondo, en el rincón más oscuro del infierno, donde las llamas han perdido el violeta y ya no son ni tan siquiera llamas, son ceniza.
¿Qué se puede hacer ante una situación así? En la historia anterior, la de «Eva y Adán», vimos lo que unas buenas amigas fueron capaces de hacer: presentarse en el despacho del malo y ponerlo en su sitio.
Ante una situación tan desigual, ¿qué puede hacer un terapeuta? Lo cierto es que yo sólo contaba con las palabras de Irene y su significado, con su relato de la historia actual y lo que me había contado de su historia infantil. Yo sabía de Irene que era la única hija de una madre viuda, y que desde muy pequeña se había sentido una pesada carga y, por otra parte, el único consuelo para aquella mujer deprimida que había perdido a su marido prematuramente. No sabemos cómo vivió la madre de Irene esta situación, pero sí el efecto que tuvo en su hija. De sentirse un peso para su madre, la responsable de su desgracia y la culpable de que la madre no hubiera podido rehacer su vida hasta hacía muy pocos años, Irene había pasado a sentir que ella ocupaba el lugar del «marido» y estaba a cargo de su madre, obligada a procurar su bienestar, para lo cual se esforzaba en exceso. Esto que le pasaba con su madre, le pasaba también, como vimos, con sus amigas, con el trabajo, y ¡por supuesto con su Juan!
El haber perdido tan pronto la una al marido y la otra al padre hizo que madre e hija se unieran de una manera muy particular, tanto, que con frecuencia no sabían entre ellas dónde empezaba la una y dónde acababa la otra. O, mejor dicho, Irene no lo sabía, parecía que su madre sí, pues era tan capaz de pedirle que durmiera con ella en la misma cama como de mandarla a su habitación sin cenar según soplaran para ella los vientos de soledad
o de compañía.
El caso es que durante esas sesiones, las palabras que Irene repetía respecto a Juan, ese «yo lo perdoné, yo lo perdoné», resonaban de una forma insistente. Entonces se me ocurrió repetirlas para que ella se escuchara a sí misma. Así, cada vez que ella pronunciaba:
—Yo lo perdoné.
Yo repetía como un eco con signos de interrogación: —¿Usted lo perdonó?
Al principio Irene no se dio por aludida y pasó por alto mi manera de preguntar, pero en un momento dado ella misma puso en cuestión tanto perdón y dijo: «No, no es que yo le perdone todo eso, es que yo le consiento que me haga todo eso».
una palabra por otra, sino que cambia una cierta posición ante la vida por otra muy diferente. Si en vez de pensar que perdona, Irene descubre que consiente, para empezar, deja de ser sólo víctima de una situación ante la que no tiene nada que hacer, para pasar a sentirse cómplice de esa misma situación que deplora. Así, deja de ser objeto pasivo para ocupar el lugar de un sujeto activo. Irene descubre que en la película de su propia vida, ella no es un «extra» que pasaba por allí por casualidad, sino la actriz principal. Es verdad que el guión lo han escrito las circunstancias de su historia infantil y las características de su historia actual, pero ella sólo podrá participar en el libreto una vez que caiga en la cuenta de que Juan no es su madre, de que esa historia ya pasó y de que las cosas pueden ser de otra manera.
Aunque aparentemente ella es una víctima pasiva que está siendo malquerida, lo cierto es que cuando Irene reconoce que lo que ella hace es «consentir» una y otra vez, lo que está diciendo es algo parecido a: «Yo no quiero ser una carga para ti, y estoy dispuesta a hacer lo que haga falta para no resultarte “pesada”. A mí no me duele nada de lo que tú hagas porque me lo merezco y yo puedo soportarlo todo». Entonces Irene descubre que su capita de supermujer no la convierte en todopoderosa, sino en una niñita con Síndrome de Estocolmo que quiere complacer a su madre para tenerla contenta a cualquier precio.
Cuando Irene descubre todo esto, el halo de luz en torno a su cabeza se esfuma, las alitas desaparecen de su espalda e Irene desciende aquellos centímetros de divinidad, de sufrida dignidad, que la habían elevado a las alturas de su incómoda nube y vuelve a ser humana, tal vez más humana que nunca. Perder ese lugar en el firmamento es duro, no tiene gracia. Por suerte, este cambio también tiene ventajas. Ahora Irene sabe que ella podrá hacer otra cosa, algo distinto a perdonar pasivamente. Es probable que si rompe la cadena de «consentimientos», rompa también la compulsión de perdonar… ya no dará ocasión a la ofensa y al maltrato continuados.
La próxima vez, en vez de consentir en silencio, o perdonar magnánimamente, podrá decir con claridad: «Esto no me gusta y no estoy dispuesta a tolerarlo». Para esto es preciso que sepa que el cielo, o el amor del otro, no se ganan a través del sacrificio y que sentirse capaz de sufrir muchísimo, más que los demás, es una forma muy triste de quedar rebajado, por encima del otro y de obligarle a que la quieran.