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La categoría perijóresis es propuesta con el fin de explicitar de manera integral las relaciones intratrinitarias para poder llegar a la unidad divina. Xabier Pikaza traduce intencionalmente la palabra

perijóresis como “danza divina”226. En otras palabras, da a entender Pikaza que las relaciones

trinitarias acontecen como una danza, de modo que, bailando sean uno:

En esta danza se mantiene la identidad de las personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo), y las relaciones de cada una con las demás se caracterizan por un amor de in-habitación, que implica una reciprocidad e interpenetración mutua, de carácter total, de manera que cada una es solo en sí siendo en las otras.227

Las tres Personas divinas en su alteridad se relacionan perijoréticamente, permaneciendo la una en la otra, en una danza de amor que genera en ellas la unión. Es solo por aquel vinculo amoroso que la Trinidad llega a ser el único Dios verdadero: el Padre que permanece en el Hijo y el Espíritu; el Hijo que permanece en el Padre y en el Espíritu; y el Espíritu que permanece, de igual manera, en

225 Ibíd., 76.

226 Pikaza, Trinidad, 461. 227 Ibíd.

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el Hijo y en el Padre. Esto es perijóresis: una relación que en permanencia mutua, acontece como baile divino.

Zarazaga lo enuncia con su apuesta antropológica “hacia una ontología trinitaria”, como proyecto de vida, cuando dice que, “la vida divina es desde siempre, acto puro de comunicación interpersonal y perijorética de amor”228. Si la Trinidad ha de relacionarse en un baile divino para gozar

de la comunión en un ejercicio de permanencia mutua, ¿qué deberá hacer entonces cada uno de sus miembros para participar de esta unión? La Iglesia no solo posee en sí la dicha de contemplar la Trinidad, su entrega amorosa en permanencia recíproca, sino la capacidad de entrar en ella: hacer parte de esta danza.

De esta manera cobra vital importancia el seguimiento de Cristo: única manera de “cogerle el paso” a la Trinidad. El creyente en su adhesión al Hijo participa de la dinámica trinitaria. Solo el sarmiento aferrado a la vid puede participar de la relación amorosa con el viñador, para que posteriormente pueda dar frutos. Por esta razón los últimos estudios sobre ontología trinitaria no parten del principio de “ontología de la substancia”229, sino del ser personal que se gesta de manera

relacional-comunional, mediante un “juego” de don y recepción -categorías correlativas, pero no idénticas-, en palabras de nuestra investigación, permanencia mutua.

Solo en el ejercicio perijorético entre el viñador, la vid y los sarmientos (en la vid), puede gestarse aquella estrecha y vital comunicación. En la relación plural de las diversas personas se genera la comunión divina. En palabras de Gisbert Greshake:

La comunión de Dios se autocomunica, y se abre para incorporar el reino a su propio acontecer: a Jesús y a sus seguidores. Dios no acontece sin abrigar en su seno a la Nueva Creación. La propuesta actual de la teología trinitaria perijorética incluye la invitación de que la comunidad humana “reproduzca”, en la distancia infinita que media entre lo divino y lo humano, el movimiento de personalización descubierto en el Dios-comunión230.

De esta manera la Trinidad se autocomunica como modelo utópico de comunidad perfecta231,

garantía cierta de la esperanza del creyente, que es participe de ese don que se hace recepción mediante la permanencia recíproca de cada uno de sus miembros, y que, en medio de la pluralidad, bailan para ser uno.

228 Zarazaga, “Aportes para una teología de la comunión”, 165. 229 Greshake, Dios Uno y Trino, 535.

230 García-Murga, “Seguimiento de Cristo y comunión trinitaria”, 432. 231 Ver: Ibíd.

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Desde allí, es planteada una fenomenología del ser personal: el ser-yo (autónomo y diferencia del otro) y el ser-relación (referenciado al otro: tú), en permanencia perijorética, constituyen plenamente el nosotros-comunional232. Dios en su alteridad (Padre-Hijo-Espíritu) se relaciona

perijoréticamente para pasar del yo-tú al nosotros; a ese nosotros está llamada la Iglesia. En palabras de Zarazaga:

Dios es uno. Pero es uno como vida y relación comunicativa de amor, como autodonación perijorética interpersonal. Su unicidad es unidad en la alteridad y alteridad en la unidad como la comunión más infinita perfecta y gozosa. La creación en verdad una relación233.

Sin embargo, es necesario poder identificar como lo señala Gonzalo Javier Zarazaga, tres puntos en los cuales no se puede caer al entender la comunión234 a imagen de la Trinidad como

paradigma eclesial:

La comunión no puede ser entendida meramente por un hecho ideológico, categorial o netamente doctrinal, “ni una perspectiva espiritualista o moralizante sin consecuencias concretas, históricas o reales”235.

La comunión no puede entenderse como un espacio o una esencia espiritual entendida como una realidad en la cual existen las diferencias. “Tampoco se funda en alguna forma de unidad originaria y fontal a partir de la cual surge la pluralidad, la alteridad o la diferencia como en un segundo momento”236.

Finalmente, la comunión no puede entenderse como un “resultado final de una comunicación unificante entre realidades originalmente constituidas como individuales, plurales e independientes”237 de la cual surge una unión moral o un

vínculo gestado de manera aleatoria.

Por el contrario, el ejercicio comunional acontece como mediación entre la unión y la pluralidad, donde cada una de ellas son concebidas “simultáneamente y respectivamente

232 Ver: Greshake, Dios Uno y Trino, 542.

233 Zarazaga, “Aportes para una teología de la comunión”, 163. 234 Ver: Ibíd., 164.

235 Ibíd. 236 Ibíd. 237 Ibíd., 165.

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constitutivas”238. De esta manera, el creyente en relación con la Trinidad, permaneciendo en el Hijo,

se “descubre destinatario y receptor de la donación”, y entra en esta dinámica no solo de percepción y recepción, sino también dándose. Comunión es movimiento, dinamismo, donación-recepción, perijóresis, danza.

Entonces, la paroimía de la vid, el viñador y los sarmientos, es un paradigma fundamental de la dinámica discipular, a partir del evangelio de Juan, para entender mejor la participación del creyente en la vida divina. El evangelio de Juan, expone la capacidad que posee todo creyente- sarmiento para alcanzar la comunión con Dios, comprendida como la permanencia del discípulo en la vida intra-trinitaria.

Desde allí se entiende la experiencia mística de intimidad plasmada por Isabel de la Trinidad, cuando al inicio de sus meditaciones propone la paroimía como máxima vital de su itinerario espiritual:

“Permaneced en mi”. Es el Verbo de Dios quien da esta orden, quien manifiesta esta voluntad. Permaneced en mí no sólo unos instantes, algunas horas pasajeras, sino “permaneced…” de un modo permanente, habitual. Permaneced en mí, orad en mí, adorad en mí, amad en mí, sufrid en mí, trabajad, obrad en mí. Permaneced en mí para presentaros a cualquier persona, a cualquier cosa, penetrad siempre cada vez más en esta profundidad. Es ahí en lo más profundo donde se efectuará este encuentro divino, donde el abismo de nuestra nada, de nuestra miseria, se encontrará cara a cara con el Abismo de la misericordia, de la inmensidad del todo de Dios. Es ahí donde encontramos la fortaleza para morir a nosotros mismos y, perdiendo nuestro propio rastro, seremos cambiados en amor. “Bienaventurados los que mueren en el Señor” (Ap 14, 13).239

Isabel de la Trinidad sabe que en esto consiste la máxima de vida que la lleva a sumergirse en la Trinidad: permanecer en Dios, y a partir de ello, acontece su cotidiano vivir, todo desde Dios, en Dios, así como el sarmiento asido a la vid, permanece en el amor. De esta manera el creyente tiene vida, su alimento proviene de las entrañas de la Trinidad, y Jesús como modelo autentico de relación trinitaria se ofrece al discípulo para que entre en ella y tenga vida. Como es señalado por Casas: “esta estrecha relación entre la comunión y la vida será un motivo fundamental en la tradición joánica en que la unión de Jesús con el Padre constituye el modelo de la unión entre los creyentes con la finalidad de tener vida, una ‘vida en abundancia’”240.

238 Ibíd.

239 Isabel de la Trinidad, Obras Completas, 96. 240 Casas, “Cuerpo, conyugalidad y mesa común”, 173.

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La vida es, entonces, el fruto veraz de una auténtica comunión entre los creyentes y la Trinidad. Allí, la Iglesia como familia-casa-escuela de comunión y como icono de la Trinidad ejerce su labor con cada uno de sus miembros; una sola es su finalidad: llevar a cada uno de los creyentes a dicha unión para dar frutos de vida que permanecen, ese fruto que emana de la misma Trinidad.

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