El cambio histórico moderno ha alcanzado niveles de universalidad muy coercitivos, además de un cambio constante de las normas sociales y estereotipos de la imagen, que sirven para acoplar al individuo a determinado grupo, convirtiéndose en una amenaza latente a la identidad.
Para la construcción de la identidad, se debe tener en cuenta el contexto histórico en el que vive el individuo, puesto que este entorno es el que le brinda un número limitado de modelos con los cuales identificarse. Algunos de estos modelos son realmente significativos, es decir, que satisfacen de manera simultánea la necesidad de maduración del organismo y la decisión sobre el estilo de la síntesis del yo y las exigencias de la cultura.
Estos modelos son inculcados en la socialización primaria del menor comenzando por lo más simple, como por ejemplo: lo que es bueno y malo, además de los lineamientos con los cuales el mundo se organiza y cuáles son las perspectivas del plan colectivo de vida; sin embargo, estos van cambiando a través de la historia personal de cada individuo.
En la modernidad, estas limitaciones de los individuos en la sociedad o imágenes preestablecidas cambian de manera tan súbita que provocan en los individuos escenas de pánico cargadas de una variedad de conflictos afectivos, creando así problemas psicológicos graves que pueden llevar el individuo a la muerte si no se controlan a tiempo.
Cuando estas crisis de identidad se unen al mismo tiempo con crisis grupales, el resultado puede variar entre regresiones individuales o sentimiento de culpa y vergüenza, por lo tanto, el desarrollo grupal también es importante para el desarrollo individual de la persona.
Estas patologías o crisis son causadas por elementos independientes entre sí, que en vez de causar la regulación de la identidad causan un cortocircuito que daña los mecanismos para dominar los cambios simultáneos en el organismo, el ambiente y el yo, llevando a una crisis de identidad en el individuo.
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Por lo tanto, podemos decir que la construcción de la identidad empieza desde que la persona es un infante y cualquier patología después desarrollada tiene origen en este estadio para posteriormente manifestarse en la adultez. Sin embargo, en el mundo tan cambiante que nos rodea debemos aprender a reconstruir nuestra identidad de manera que nos adaptemos al medio en que vivimos de forma rápida, tratando de desarrollar la seguridad de que pertenecemos a la sociedad. De otra forma, el individuo caería en las patologías del yo.
Estas patologías crónicas del yo son lo que se denominan “identidades malignas inconscientes” (Erikson, 1971: 48), las mismas que se construyen mediante las características a las que el yo más teme parecerse y que se ven reflejadas en cuerpos dañados o minorías rechazadas.
De esta manera, se establece una falsa identidad del yo, o “falso yo”, que más que sintetizar las experiencias y funciones comienza a suprimirlas, poniendo en peligro al individuo y a su yo corporal.
En primer lugar, cuando el yo corporal es el que está causando problemas por medio de una equivocada visualización de la imagen, la parte del cuerpo que nos molesta parece más grande a los sentidos, comenzando a poseer un tono diferente para el yo, de tal modo que se la percibe de manera más notoria como si estuviera separada del cuerpo o simplemente como si este comenzara a extenderse a la totalidad corporal, además que parece ser que concentra la atención de los otros, obsesionando al individuo con la imagen física que proyecta.
En segundo lugar, generalmente la equivocada construcción de la identidad lleva consigo un intento fallido por adaptarse de manera rápida al cambiante mundo de la modernidad y a las diferentes identidades que rodean al individuo. Estas identidades pueden ser individuales, de clase, territorio y culturales, deviniendo en constante incapacidad de escribir la síntesis del yo.
De tal manera que los límites que separan las fronteras de los yoes han perdido la capacidad para absorber el constante movimiento de la sociedad, fomentando a que cualquier cosa muy intensa les provoque ansiedad o angustia y les impida algún tipo de ligazón emocional.
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Esto puede darse debido al cansancio que sienten al tener que acoplarse a demasiados cambios en simultáneos aspectos, lo cual conlleva al desconocimiento de quiénes son, a una pérdida de identidad del yo y a la desaparición del rol social.
En esta sociedad ya no es posible cometer errores en cuanto a nuestras acciones y peor con respecto a nuestra imagen corporal, lo que convierte el futuro del individuo en algo muy inquietante. Sin embargo, en toda sociedad hay dos clases de individuos: los que no logran construir su identidad junto al progreso incesante de la sociedad y caen en patologías, y otros que logran formar un yo fuerte.
Los individuos que logran construir un yo fuerte son descritos por Erikson en la siguiente cita:
Así como un yo débil no logra verdadera fuerza mediante el “apoyo” constante, un yo fuerte, protegido en su identidad por una sociedad también fuerte, no necesita y en realidad es inmune a cualquier intento deliberado de inflación artificial. Tiende a verificar en la realidad lo que siente como real, a dominar aquello que funciona, a comprender lo que demuestra ser necesario, a gozar de lo vital y a superar lo morboso. Al mismo tiempo se inclina hacia la creación de un vigoroso refuerzo mutuo con los otros en un yo grupal que transmitirá su propósito a la generación siguiente (Erikson, 1971: 58).
Sin embargo, es difícil convertirse en un yo fuerte, debido a que los mecanismos de adaptación del individuo están dejando de funcionar en una sociedad con un múltiple mundo de identidades que se van expandiendo universalmente. La educación para lograr crear una verdadera identidad del yo en condiciones tan cambiantes exige a los adultos conocer toda esta heterogeneidad de identidades y así pasar a los infantes este conocimiento.
Para la formación de identidades fuertes debemos conocer más a fondo cuál es la tarea del yo, ya que es uno de los tres procesos más importantes para la construcción del individuo: el proceso biológico, el proceso social y el proceso del yo.
El que nos interesa de manera especial para la investigación es este último, que significa
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personalidad coherente porque posee mismidad y continuidad tanto en su auto experiencia
como en su realidad para los otros”(Erikson, 1971: 61).
De todas formas hay que mencionar que los tres procesos se unen y son dependientes entre sí, esto quiere decir que influirán en sus propios cambios, a su vez que influyen en los cambios del individuo. Cada proceso tiene una señal de alerta que indica al individuo cuando corre alguna clase de peligro.
Como conclusión, podemos indicar que para estudiar la identidad del yo se debe tomar en cuenta los cambios históricos que el individuo ha sufrido en la infancia, adolescencia y edad adulta. Así, cada estadio que atraviesa el individuo en su vida se convierte en cierta forma en una crisis10 porque el crecimiento de la conciencia incipiente concuerda con un cambio de energía, causando vulnerabilidad en el sector donde se encuentre la persona.
En esta ocasión nos concentraremos en la adolescencia, donde la identidad sufre una crisis que la induce a construirse nuevamente.