4. European standards
4.3. Justice, freedom and security
4.3.1. Visa, border management, asylum and migration
Con las anteriores actividades transcurrió el invierno y mis primeros cuatro meses de estadía en un suburbio de la zona metropolitana de Chicago. A la aparición de las tonalidades pastel (los colores que identifican a la Primavera), un sol de verdadera calidez y no sólo que iluminara, al mismo tiempo también me llegó la oportunidad de sondear el territorio laboral en este país.
Como antes lo expliqué, en ningún momento vine con la idea de trabajar en el periodismo en este país. Ya estando aquí descarté aún más la posibilidad al vivir en carne propia la problemática del inmigrante ilegal, es decir, sin contar con permiso del gobierno estadounidense para poder trabajar y así desenvolverme como cualquier otro ciudadano que cuenta con la documentación necesaria que lo respalda como miembro activo de la sociedad. Sin permiso legal para manejar, sin vehículo propio (indispensable para transportarse) y un total desconocimiento de las principales arterias de la ciudad, decidí emerger de mi refugio, al igual que la naturaleza lo hacía ante la llegada de la nueva estación. Acudí a una entrevista de trabajo, misma que concerté por teléfono tras escuchar en una estación radial que una publicación solicitaba un profesional con conocimientos del español, hablado y escrito.
Tras vencer mis temores a lo desconocido pero, sobretodo, preocupada por mis limitaciones en el inglés, así como por la ausencia de documentos laborales que usualmente un candidato debe presentar al solicitar una vacante laboral, llegué a la cita que un día antes había acordado telefónicamente para entrevistarme con el propietario
de la publicación a quien llamaban el Publisher. Aunque mi inestabilidad legal y
sociocultural en este país era muy grande, fue más fuerte mi curiosidad, los deseos de sondear aunque fuera la mínima posibilidad de aplicar mis conocimientos en esta tierra ajena y el propio espíritu de alcanzar nuevos horizontes, mismos que motivaron el inicio de toda esta experiencia. Por lo que después de una corta espera y sobreponiéndome a la situación caminé decidida hacia una pequeña oficina en la que tras un enorme escritorio lleno de cables y accesorios para computadora me sonreía un hombre de mediana edad, el publisher, Ezequiel" Zeke" Montes.
Ante lo tensa que me resultaba la situación, me animaba que interiormente me carcajeaba de nervios pero externamente sonreía ampliamente ante la sola idea de que él iniciara la conversación en inglés. Pensé que en último de los casos la persona que me había recibido y hablaba español nos interpretaría pero, obviamente, yo tendría mi primera gran desventaja, pensando que tuve alguna.
“¿Cómo estás?”, fue su primera frase, lo que me permitió dos cosas: comprobar que era descendiente de hispanos y que pertenecía al grupo de los que no les disgustaba hablar el idioma y la otra, respirar profundamente, más, mucho más relajada. Con tropiezos en el uso de la lengua por parte del propietario de la publicación, la entrevista se desarrolló en español. Sus preguntas se basaron en mi formación académica y experiencia previa dentro del periodismo. A cada referencia laboral se detenía a pedir una descripción más a fondo, intuía que de esta manera quería comprobar que no le contaba algo imaginario, incluso me pedía ejemplos, pues
comentaba que él conocía a tal o cual persona, lugar o publicación que yo mencionaba. También percibí su evidente preocupación sobre mis conocimientos en sistemas de
cómputo; pero sus dudas quedaron disipadas cuando hablamos de ciertos softwares
con los que estaba familiarizada.
La última parte era la que más me atemorizaba, pero finalmente llegamos a ella: mi estatus laboral y mi conocimiento del inglés. Me hubiera gustado decirle que conocía esta lengua tan bien como mi español, pero la verdad era otra. Ante mi respuesta de "estoy estudiando, pero puedo leerlo más fácilmente que escribirlo o hablarlo", cambió su expresión optimista para quedarse meditando por unos segundos con la mirada sobre su escritorio. En seguida de ese primer tropiezo pasó al segundo: “¿tienes papeles para trabajar? "No”, contesté tajantemente como para concluir lo más pronto posible con mi martirio.
Ezequiel Montes, propietario de la revista de entretenimiento Tele Guía de
Chicago, buscaba un editor o editora que se responsabilizara de la publicación semanal, teniendo bajo su cuidado la producción general supervisando cada uno de los departamentos integrados por programación, ventas y publicidad, editorial --que incluía reporteros--, redacción, diseño y composición gráfica.
La vacante significaba un alto rango para mí: tener bajo control todos esos departamentos representaba una posición a nivel gerencial y aunque no lo mostré, ni me apresuré, sentí que el trabajo no era para mí; conociendo de antemano mis limitaciones idiomáticas y gubernamentales --mismas que cuando hablamos de ellas observé en él evidentes cambios de actitud--. Por adelantado interiormente me autodescalifiqué.
Durante la entrevista no me sentí incómoda de hablar con "Zeke" Montes - como lo llamaba el anglo ante la dificultad que les representaba pronunciar su nombre, Ezequiel-; me parecía un proceso natural y en lo que a mí tocó la conduje lo más honestamente posible. Tras interrogarme sobre mi vida personal calló por unos minutos, por mi parte deduje había terminado el encuentro. Mientras tanto, diversas ideas pasaban por mi mente, pensaba que una vez que me rechazara podría dejar la
puerta abierta a otras posibilidades, quizá como colaboradora o haciendo trabajos free
lance.
Finalmente retomó la conversación. Empezó a hablar pausada y cuidadosamente sobre mi estadía en este país, mi condición de indocumentada, los riesgos y peligros a los que esa situación me exponía, mientras ese monólogo ocurría, para mí significaba el preámbulo a una justificación a fin de hacer menos desilusionante el momento en que dijera: " seguiré entrevistando otros candidatos, voy a elegir entre los que se han presentado; déjame pensar y te hablaré en unos días o, discúlpame pero dada esa condición no podemos hacer nada". Hablaba y hablaba. Me explicaba de cuestiones laborales en Estados Unidos que en ese entonces ni me preocupaban y ni siquiera entendía desconocía las instituciones por lo que todo ese tiempo permanecí sólo escuchando.
Por último dijo: “Esta es una compañía pequeña y te puedo pagar por ahora sólo el salario mínimo. ¿Quieres pensarlo o cuándo quieres empezar?”.
Pies de página:
1) J. Antonio Paoli, La Comunicación. (Méx. 1977), p.42.
2) Paoli, op. cit., p. 39.
3) Florence Toussaint, Crítica de la Información de Masas. (Méx. 1988), p.15.
4) David K. Berlo, El Proceso de la Comunicación: Introducción a la Teoría y la
Práctica. (Buenos Aires, 2000), p.117.
5) "Pequeño Larousse Ilustrado", Ediciones Larousse. (Méx.1979), pp. 22-585.
6) Berlo, op. cit., p.117.
7) Ibid., p.125.
8) Sapir-Whorf, cit pos., David K. Berlo, El Proceso de la Com. (Buenos Aires, 1978),
p. 41.
9) Berlo, op.cit., p.142.
10) Ibid., p.143.
11) Paoli, op.cit., p. 32.