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5. Visual Skips

Últimamente es inevitable que en algunos momentos surja la conversación en torno a los casos de pederastia en el clero. Como uno es cura, también las personas quieren saber qué opinas, cómo lo ves, etc. Y cuando uno se adentra en la conversación, es frecuente que, por parte de bastantes interlocutores, en algún momento se deslice la afirmación de que «es que habría que suprimir el celibato obligatorio». Creo que esa cuestión sobre el celibato obligatorio está pendiente, es necesaria, y seguramente llegará. Pero asociarla a

este tipo de escándalos es tramposo. Es tramposo porque parece afirmar que es tan imposible vivir el celibato que esto lleva a comportamientos enfermizos y delictivos. Como si no hubiera tantísimos sacerdotes que viven su compromiso con honestidad, entrega y aceptando la parte de renuncia y lucha que inevitablemente conlleva. Es atroz el pensar en los abusos. Es sobrecogedor pensar que vengan de gente que parece haberse comprometido a anunciar una buena noticia. Es enervante imaginar tal traición a aquellos a quienes uno debería proteger. Pero no se sigue que su causa sea el celibato. O al menos quiero creer que no se sigue, porque, con sinceridad, si fuera así, ¿dónde nos deja eso a los célibes?

Hace falta reflexionar, hace falta dialogar, y hace falta discutir. Sobre la pederastia. Sobre el silencio cómplice (y sobre el celibato, y sobre tantas otras cosas). Pero antes de enzarzarnos en discursos y opiniones polémicas, en diagnósticos gruesos o en declaraciones simples, se hace más necesaria que nunca la información, la formación y la reflexión serena y en profundidad sobre todo lo que ha ocurrido y todo lo que está en juego. Lo merecen las víctimas. Lo piden los creyentes. Y lo necesita la Iglesia.

Intolerancia

Hace unos días un grupo de jóvenes asaltaron la capilla de la Universidad Complutense de Madrid46. Lo justificaban como gesto de protesta por la presencia de un espacio religioso en una oficina pública, con actitudes impropias e insultantes, e incluso delictivas –con tal grado de desfachatez, que pensando que era una gracia más lo colgaron en YouTube…–. Hubo reacciones en su contra. Después, el obispo auxiliar de Madrid presidió una celebración que llamaron de desagravio. Y por último, una asociación de estudiantes de izquierdas convocó una cacerolada para protestar por la presencia de dicha capilla. ¿Se habrá acabado aquí la historia?

Los enfoques para tratar de entender esta cuestión son muy distintos. Podemos ir al debate de fondo sobre la libertad religiosa y los espacios públicos; a la pregunta concreta sobre la actuación de las autoridades académicas ante determinados conflictos en las instituciones que dirigen; a la pregunta crítica sobre quién está detrás, azuzando a algunos jóvenes a comportarse así; a la pregunta pastoral sobre cómo puede haber una percepción tan distorsionada y agresiva sobre la religión, y sobre la polarización de discursos y demás; o al comentario irónico sobre la incoherencia de asociaciones no académicas que, desde los despachos que tienen en las universidades, cuestionan que otras asociaciones puedan tener espacios en esas mismas universidades.

Pero, sinceramente, más que entrar en análisis prudentes, razonables y sutiles, tengo ganas de gritar contra la intolerancia faltona que parece cebarse a menudo con los católicos. Contra esa manera de querer imponer las propias convicciones –no religiosas– en nombre de una libertad que se está negando. ¿Ha sido la Iglesia intolerante en muchas

épocas? Sin duda. Pero me temo que el fundamentalismo va por barrios, y hoy hay quien debería mirar un poco a su propio vecindario.

Motivos

A veces uno se siente mediocre en un mundo mediocre, y decepcionado en una Iglesia que aparece muy gris. Frente a la pasión del evangelio y el reino de Dios, frente a la lógica fascinante de las bienaventuranzas, frente al grito de un Dios hecho hombre pobre y humilde, se levantan nuevas torres de Babel, personales e institucionales. Y la vida se achata un poco, y las rencillas, las preocupaciones, los politiqueos, las inercias o las descalificaciones, todo eso va limando la ilusión.

Pero luego, otras veces, te sientes fascinado al ver cómo las semillas de la Verdad emergen. Te sientes lleno al intuir que la Vida, pese a todo, se impone. Y que el Amor fecundo, especialmente por los desamados, encuentra cauces para cantar, con fuerza incontenible, un evangelio necesario.

Hoy quiero recordar, con orgullo, la vida de seis compañeros jesuitas y dos mujeres que trabajaban en su comunidad, y fueron asesinados hace ahora veinte años47. Ese orgullo no quiere ser prepotencia o soberbia, sino más bien admiración y alegría. Es el orgullo de sentirse parte de una Iglesia en la que tantos hombres y mujeres siguen dándolo todo, a veces de forma trágica, y otras veces de forma callada, por amor. Es la conciencia de que hay en nuestra historia muchos maestros que nos enseñan, con su testimonio, a vivir desde la coherencia, desde la honestidad y desde la opción por los más débiles, aceptando el conflicto que ello pueda acarrear.

La mayoría de las veces no todo es maravilloso ni todo es decepcionante. La realidad, compleja y llena de matices, tiene su cara y su cruz, su pasión y su flojera, motivos para el orgullo y otros para la vergüenza. Pero hoy, por las vidas que nos recuerdan que es posible creer, solo cabe dar las gracias.

La nostalgia

Hay un sentimiento muy común a todos los mortales. Es esa mirada que tiende a anclarse en episodios del pasado, en épocas distintas, en recuerdos felices. La memoria tiene esa capacidad fascinante de limar las aristas y mitificar lo vivido, así que cuando el presente resulta difícil, áspero o incómodo, es una tentación fuerte el refugiarnos en el sueño de los viejos tiempos. Uno, entonces, piensa en los días hermosos de tal o cual relación, cuando cada encuentro era una fiesta y cada palabra una declaración de amor. O piensa en otras etapas de la vida, en las que el trabajo llenaba más, o las actividades eran más interesantes, o la oración estaba más habitada por Dios… o piensa en otras

épocas de la Iglesia, en que los templos estaban llenos, y la gente participaba de creencias, culto y prácticas con otra devoción…

Pero puede haber cierta trampa en la mirada nostálgica. Primero, porque poco a poco idealiza el pasado, sin acordarse de sus dolores, incertidumbres y vacíos. Segundo, si acaso queda cautiva de ese tiempo anterior, en lugar de abrirse, con esperanza, a un presente lleno de posibilidades y a un futuro que, necesariamente, ha de ser diferente, y no un retorno a lo que quedó atrás.

Pues bien, ante algunas declaraciones que de vez en cuando se oyen, acerca del pasado y el presente en esta Iglesia nuestra; ante ciertos diagnósticos que parecen evocar «aquellos gloriosos días» y contraponerlos a «este sombrío presente», no puedo menos que protestar. Me temo que el problema de la Iglesia no es que haya cambiado demasiado, sino que ha cambiado demasiado poco. El catolicismo del siglo XXI no puede ser el del XIX. Sin duda, caricaturizo lo que a veces se percibe en los nostálgicos, y tal vez es una simpleza de órdago decir algo así. Pero no podía menos que decirlo.

Apostasía

Leo en un periódico gallego que, con motivo de la venida de Benedicto XVI el próximo otoño, un grupo de personas organizarán un acto de apostasía pública de la Iglesia. El festejo incluye entrega de papeles en el arzobispado y banquete celebrativo después. Parece ser que los organizadores intentan hacer lo mismo cada vez que la Iglesia tenga algo importante que celebrar –aunque digo yo que lo que es apostatar, apostatarán solo una vez y banquetearán ciento– y animan a sumarse a todos los descontentos.

Mi primer sentimiento es cierto enfado. Me incomoda el tono jocoso del tema. Pero, pensándolo en frío, el disgusto tiene más bien que ver con que me duele que haya gente que abandone la Iglesia. No por proselitismo ni necesidad de que seamos más o menos. Es más bien la sensación de fracaso. Especialmente por el tono de resentimiento y enfado de muchos de quienes se bajan del carro. En la mayoría de los casos no hablan de fe en Dios, sino de pertenencia a una institución que rechazan.

Me gustaría hablar con ellos. Me gustaría contarles que la Iglesia es más amplia, profunda, compleja y evangélica, aunque también se equivoque y muestre su fragilidad muchas veces y de muchas maneras. Me gustaría hablarles de los motivos para seguir – intentando, como parte de dicha Iglesia, que la verdad del evangelio se vaya haciendo más real, también en su propio seno–. Me gustaría contar que hay mucha milonga anticlerical y mucha ideología simplificadora en bastantes discursos públicos sobre la Iglesia. Pero entiendo también que no basta culpar de todo a la sociedad, al contexto o a la ignorancia. También es necesaria la autocrítica. Hay muchos que se borran porque a ellos también les gustaría decir algo. Y no se sienten escuchados. Y en su adiós hay una invitación a preguntarnos, con humildad, qué estamos haciendo mal.