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Éste es el Mesías que, como revela con toda evidencia el conocido pasaje de Pablo, anunciaban los primeros misioneros de la fe (1 Cor 1,23). Y éste es el mesianismo que representa la catequesis cristológica de cada uno de los evangelistas, la cual, en el caso de los Sinópticos, halla expresión acabada en la sucesión entre la confesión de fe de Pedro y el primer anuncio de la pasión por parte de Jesús: "El Hijo del Hombre debía sufrir mucho y ser reprobado... ser matado" (Mc 8,31). De este modo quedaron unidas de forma inseparable la fe cristiana en que las esperanzas mesiánicas de Israel se habían cumplido en Jesús de Nazaret y el hecho histórico innegable de la muerte de ese Jesús en una cruz. Ahora bien, como la mayoría de los elementos recogidos de la tradición evangélica o de las fuentes, los evangelistas elaboraron también su propia teología acerca del Mesías crucific ado, Jesús de Nazaret.

3.1. Marcos

El creador de la tradición evangélica, S. Marcos, usa el título xpiatioS apenas 7 veces, la primera de ellas en el mismo comienzo de su obra, que presenta como "Evangelio de Jesús-Cristo".

Independientemente de que esta expresión se entienda en el sentido de Buena Nueva predicada por Jesucristo o acerca de Jesucristo, parece indudable que el evangelista usa aquí "Cristo" como un título de Jesús: Marcos cree que Jesús, cuya buena noticia comienza, es el Mesías de Israel; la pretensión del evangelista al escribir la obra que sigue a esas palabras iniciales es precisamente la de mostrar a sus lectores la verdad de esa fe y, más en particular, la forma en que se manifestó definitivamente esa condición de Jesús: a través del sufrimiento y de la muerte.

Este último aspecto de la catequesis de S. Marcos explica las escasas referencias de su obra a las expectativas mesiánicas del judaísmo contemporáneo, que más bien son presentadas como ocasión propicia para confundir a los futuros creyentes (cf. 13,21 y 22) y las alusiones también escasas a la ascendencia davídica del mesías (cf. 12,35). De hecho, tras las palabras iniciales, el evangelista sólo volverá a utilizar el título "Cristo" en ocasiones en que quede claro de un modo u otro la forma de realización del mesianismo de Jesús: es el caso ya citado más arriba de la confesión de fe Pedro (8,27- 29), a la que Marcos hace seguir inmediatamente la primera predicción de la pasión (8,31-33),

mediando entre ambas la conocidísima orden de silencio de Jesús sobre su condición mesiánica (8,30). Dicha orden dejará de imponerse a medida que se vaya despejando cualquier idea equivocada sobre el mesianismo de Jesús y, junto con ello, se vaya preparando el escenario adecuado para su

proclamación como Mesías.

Lo cual comienza a ocurrir en el juicio de Jesús ante el sanedrín, donde el título "Cristo" se ampliará mediante la consideración de la relación especial del Mesías con Dios expresada en el título "Hijo del Bendito" (14,61). La proclamación definitiva tendrá lugar en el momento mismo de la crucifixión: en este caso, el Evangelista resalta la condición mesiánica de Jesús de dos maneras: en primer lugar, rechazando la dimensión política y terrena de la misma expresada en el título "rey de los judíos", que se repite varias veces en labios no judíos durante el juicio ante Pilato (15,1.9.12.18) y que aparece por fin colocado en la cruz como causa de la condena de aquel ajusticiado (15,26): Jesús no es el mesías de triunfo y de gloria que esperaban los miembros de su pueblo y a quien hubieran podido temer por ello las autoridades romanas; y, sin embargo, es el "Mesías, el rey de Israel", como dirán los sumos

sacerdotes a los escribas burlándose del crucificado (15,31-32): y éste es el otro modo en que resalta el Evangelista al final de su obra la confesión de fe con la que había comenzado.

La paradoja implicada en la manifestación de Jesús como Mesías sufriente, que Marcos convierte en hilo conductor de su Evangelio, alcanza su máxima expresión en el título que acompaña al de "Cristo" en los textos del principio y del final del Evangelio a que nos hemos referido: el Mesías Jesús es además el Hijo de Dios. Este otro título, que según los mejores manuscritos sigue inmediatamente al de Cristo en 1,1, halla eco en el de "Hijo del bendito" con que el Sumo Sacerdote identifica al Cristo en la pregunta que dirige a Jesús (14,61) y es proclamado abiertamente por el Centurión en el momento de la muerte de Jesús: la esperanza de Israel en el futuro mesías queda así paradójicamente cumplida y superada en Jesús, que es el Mesías e Hijo de Dios.

3.2. Mateo

El uso que hace S. Mateo del título "Cristo" sigue las líneas señaladas por S. Marcos, que le sirve de fuente a la hora de componer el Evangelio que lleva su nombre. Sin embargo, la mayor frecuencia de tal uso (18 veces) contribuye a marcar determinados acentos propios: el primer evangelista deja claro también desde el principio que Jesús es el Mesías (cf. 1,18). Frente a cualquier otro que se presentara con semejante pretensión de serlo (cf. 24,5), él es el único a quien conviene realmente el título de Mesías, porque sólo en él se cumple la esperanza de Israel en "el que tenía que venir" (cf. 11,2-3). Ahora bien, el interés del Evangelista por remontar el título a los comienzos de Jesús no se para en los de su obra, sino que alcanza a los del propio Maestro de Nazaret: en las tradiciones sobre sus orígenes con las que inicia su Evangelio, lo primero que aparece es el enraizamiento de Jesús el Cristo en la historia de su pueblo como hijo de Abrahán y, sobre todo, como hijo de David (cf. 1,1); por ello, al que nació de María, la esposa de José, se le llama adecuadamente "el Cristo" (1,16). Como tal, nace en Belén (cf, 2,4ss) y es adorado por quienes, venidos de Oriente, y ajenos por tanto a la descendencia de Abrahán, le reconocen como rey de los judíos (2,2). Pero los mismos orígenes que manifiestan su condición mesiánica, muestran además que ésta no agota ni mucho menos el misterio de su persona: aunque enraizado en la línea de sucesión davídica a través de José (cf. 1,16), la paternidad de este último respecto de Jesús es meramente legal: Jesús nace de María, la esposa de José, pero es

concebido por obra del Espíritu Santo (1,18.20); lo singular de su concepción determina lo singular de su ser: el Mesías Jesús es "Emmanuel", es decir, "Dios con nosotros" (1,23). En línea con esta

acentuación de la referencia del Mesías Jesús a Dios, Mateo amplía la confesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo mediante el título correspondiente: para el discípulo, para cuantos lo fueron durante su vida terrena y cuantos lo serían en el futuro (cf. 28,19), Jesús es "el Cristo, el hijo de Dios vivo" (16,16); completada de este modo, la confesión de fe es aceptada por Jesús hasta el punto de proclamar por ella bienaventurado al que la pronuncia, confiándole además las llaves del reino y el poder de atar y desatar (16, 17-19).

Sin embargo, pese a esta valoración positiva de la confesión de fe de Pedro, Mateo mantiene la orden de silencio que en Marcos seguía inmediatamente a aquella confesión; es más, al asumir el motivo del silencio especifica su objeto: los discípulos no deben comunicar "a nadie que él era el Cristo". La

primera predicción de la pasión, que sigue como en Marcos al mandato de callar su condición, ayuda a descubrir el sentido de dicho silencio: el mesianismo de Jesús pasa por el sufrimiento y la muerte (16,21 ss); a través de ellos llevará a cabo la misión significada en su nombre: salvar "a su pueblo de sus pecados" (1,21).

3.3. Lucas

La elaboración singular que hace Lucas de las tradiciones evangélicas de que se ha servido en sus dos libros se manifiesta también en su concepción sobre la condición mesiánica de Jesús: también para el tercer Evangelista es Jesús el Cristo, es decir, el Mesías de Israel; según esto, los que fueron

constituidos por él testigos suyos tienen que anunciar, proclamar a Cristo (Jesús) (cf. 5,42; 8,5), o, más precisamente, mostrar que Jesús es el Cristo (cf. 9,22; 17,3; 18,5.28). Lógicamente, como en Marcos y en Mateo, el Cristo anunciado y proclamado es el Nazareno muerto en una cruz: lo acentúan los términos en los que Lucas transmite tanto la pregunta que le dirigen los judíos en el sanedrín como la misma respuesta de Jesús a la misma: "Si tú eres el Cristo" -le preguntan aquéllos- "dínoslo

abiertamente..."; "Si os lo digo" -les responde Jesús- "no me creeréis..." (22,66-68); los mismos acentos se escuchan en los insultos de uno de los malhechores crucificados con él (23,35). Con todo, al

transmitir los textos referentes a la condición mesiánica de Jesús, Lucas acentúa particularmente uno de los aspectos de las tradiciones mesiánicas de Israel, es decir, su relación con Dios; y lo hace ya desde el principio de su obra, citando expresamente el texto de Isaías sobre el Ungido (4,18; cf. Hech 4,24; 10,38), que Jesús proclama en la sinagoga de Nazaret y cuyo cumplimiento, lógicamente en su persona, afirma cumplirse "hoy" (4,21). Este "hoy" se amplía hacia atrás, al ahora del encuentro de Simeón, hombre piadoso y justo (2,25ss): en expresión adaptada al sabor judío de todo el contexto, Lucas da cuenta de que le había sido revelado que no moriría hasta haber visto "el Cristo del Señor" (2,26). En esta línea, e incluso sobre esta base, Lucas ampliará la fuente de Marcos sobre la confesión de fe de Pedro y hablará del "Cristo de Dios" (9,20); adecuando esta forma del título a la confesión de fe en el Mesías crucificado, la repetirá en el momento de la crucifixión, poniéndola en labios de los magistrados judíos: éstos la utilizan en son de burla para hablar de Jesús (23,35), pero el creyente que la escucha descubre en ella una expresión genuina de la fe en la mesianidad de Jesús, el Mesías crucificado. En este contexto de la pasión/muerte de Jesús se descubre además el verdadero alcance de la expresión "Cristo de Dios/del Señor": el Ungido de Dios es rechazado por los hombres, que, mediante la expresión "rey de los judíos" o incluso la de "mesías-rey" (cf. Lc 23,2) muestran no haber entendido ni su naturaleza ni su misión: Jesús es sin duda el Cristo de Dios; pero su misión no es terreno-política. Jesús es Mesías como "salvador" (2,14), cuyo destino pasa por el sufrimiento y por la muerte. Tales eran los planes de Dios sobre su Cristo: "Era preciso que el Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria" (24,26 y 27; cf. además Hech 3,18); y como tal se manifestará también finalmente a Israel en los tiempos del consuelo (cf. 2,25) y le ofrecerá la conversión para participar así de la salvación mesiánica (cf. Hech 3,20s).

3.4. Juan

De los cuatro Evangelios, el de Juan es el que más utiliza el término "xpiatios" (19 veces); a este dato hay que añadir el hecho de que en dos de esos usos el Evangelista indica expresamente se trata de la traducción de "µsarnas" (cf. 1,41; 4,25). La importancia cristológica que dan estos dos hechos al uso del término en el Cuarto Evangelio se añaden las siguientes indicaciones relativas a los citados usos; éstos revelan antes que nada las expectativas mesiánicas de los contemporáneos de Jesús: el mesías, el Cristo aparece como una figura conocida, cuya llegada esperaba la gente (cf. 1,19-20; 4,29), que discute además sobre su identidad, origen (cf. 7.27.41 b.42), su actividad taumatúrgica (7,31) o pervivencia (12,34). Junto a ello hay que señalar el uso casi exclusivo del término en sentido

predicativo; es decir, en el Cuarto Evangelio "Cristo" es un título que se aplica exclusivamente a Jesús y se niega expresamente a otros. Esta aplicación-negación se descubre desde el primer capítulo de la obra: a la pregunta que hacen a Juan Bautista los enviados de los judíos venidos de Jerusalén sobre la identidad del precursor, éste responde abiertamente: "Yo no soy el Cristo" (1,19-20; cf. 1,25.28); frente a ello, Andrés habla de Jesús a su hermano Simón en términos más que claros: "Hemos encontrado al Mesías, que quiere decir Cristo" (1,41). La importancia de la condición mesiánica de Jesús en el Cuarto Evangelio la revela, en fin, el hecho de que el Evangelista hace de ella el punto de separación entre los seguidores de Jesús y la sinagoga, que decidió expulsar de su seno a quienes confesaran que Jesús era el Cristo (cf. 9,22); es más, según declaración expresa de su autor, uno de los objetivos fundamentales de la obra es que sus lectores crean "que Jesús es el Cristo" (Jn 20,31).

Ahora bien, la continuación de esta frase marca la distancia entre la concepción joánica -y cristiana- sobre el Mesías Jesús y las correspondientes ideas del judaísmo: la fe cristiana en Jesús de Nazaret sólo es completa cuando afirma, no sólo que es el Mesías, sino además el Hijo de Dios. Juan había

vinculado los dos títulos al principio (1,49) y a mitad de su Evangelio (11,27); pero sólo desde el conjunto de la obra se comprende que, dicho de Jesús de Nazaret, el título "Hijo de Di os" no es sólo una forma acentuada de marcar la relación del Mesías con el Dios de Israel, como parecían mostrar sobre todo la sucesión de los títulos "rey de Israel" e "Hijo de Dios" en 1,49 (cf. además 18,33-19,11: "rey de los judíos" - "Hijo de Dios"): Jesús, el Mesías, es el Hijo Unigénito del Padre (1,18).

Las expectativas mesiánicas del judaísmo quedan superadas de otro modo, que resulta no sólo

extraordinario sino además paradójico: el Mesías de Israel es Jesús Nazareno, el crucificado. Pese a la cristología de la filiación divina que le caracteriza y que suele calificarse de "alta", el Cuarto

Evangelista integra en su obra este componente esencial de la fe cristiana, que también los otros evangelistas recogían con acentos diversos en las suyas. Sobre la cruz de Jesús había una inscripción que lo proclamaba abiertamente: "Jesús Nazareno, rey de los judíos"; y, pese al rechazo de los judíos, así quedó escrito para siempre. Con todo, esta dimensión del Mesías Jesús la mantiene el Cuarto Evangelista proyectando sobre ella la luz de otro de los títulos capitales de su obra, es decir, el de "Hijo del Hombre": para Juan, el Mesías Jesús es el Hijo del Hombre, que viene del cielo, pero cuyo camino en el mundo pasa necesariamente a través de la cruz (cf. 12,33). Sólo entonces, en la hora de su muerte, que es también la de su glorificación, entenderán los discípulos lo que significaba el mesianismo de Jesús, proclamado como rey de Israel en su entrada en Jerusalén (12.13 y 16). --> mesías; mesianismo; conciencia.

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Juan Miguel Díaz Rodelas

Crucifixión (historia)

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