1.3 Overview of this thesis
2.3.2 Voting on an untrusted platform
Wolsey, como cardenal legado —título que refrendó Clemente VII en 1524 con carácter vitalicio—, junto a Warham, arzobispo de Canterbury en calidad de asesor, preside ese tribunal secreto en su residencia de Westminster. El 17 de mayo se inicia un proceso al que Enrique da su consentimiento y, habiendo comparecido el Rey, Wolsey le amonesta por haber vivido ilegalmente durante dieciocho años con la viuda de su hermano Arturo. Se ha casado con Catalina en virtud de una dispensa papal, pero existen graves dudas sobre su validez y es preciso determinar sobre ella. El Rey se somete al fallo del tribunal, nombra a sus representantes legales y se retira convencido de una rápida conclusión. Pero no se informa a la Reina de este procedimiento, que prosigue durante los días 20, 23 y 31 de mayo, aunque no debe de ser tan secreto cuando Dª Catalina puede alertar a D. Íñigo de Mendoza, embajador de Carlos V: «El cardenal, para coronar sus iniquidades, estaba trabajando para separar al Rey de la Reina y la conspiración había avanzado tanto que un número de obispos y abogados se habían reunido secretamente para tratar la nulidad de su matrimonio»32.
Algo entorpecerá la marcha de aquel tribunal secreto. Se pide el asesoramiento de John Fisher, el más notable teólogo de Inglaterra y muy afecto a la familia real. El obispo de Rochester, que hasta entonces había volcado todas sus energías en atacar la herejía protestante, consiente en dedicarse plenamente a estudiar este problema.
Considera que, para anular el casamiento de Enrique con Catalina por impedimento de afinidad en primer grado, debería probarse que el Levítico prohibía el matrimonio de un hombre con la mujer de su hermano en todas las circunstancias, vivo o muerto. En el primer caso se encontraba Herodes al retener a Herodías, esposa de su hermano Filipo. Igualmente habría que dilucidar que se trataba de una prohibición per se de la ley natural o divina y fuera del alcance de una dispensa papal. Y lo más necesario, que pudiera conciliarse con el texto del Deuteronomio (cap. XXV, versículo 5) cuando decía: «Si dos hermanos habitan uno junto al otro y uno de los dos muere sin dejar hijos, la mujer del muerto no se casará fuera con un extraño; su cuñado irá a ella y la tomará por mujer».
Pero, además, se daba el hecho de que existía una hija viva, la princesa María, dando un mentís al castigo de esterilidad al que se aferraba Enrique, como causa de la muerte tempranísima de sus hijos y de los abortos de Catalina. Había también que tener en consideración las afirmaciones de Catalina, que siempre sostuvo no haber consumado su matrimonio con Arturo, cosa que el propio Enrique no había dejado de reconocer33.
Cuando el 1 de junio llegan a Londres las noticias del Saco de Roma, el tribunal de Westminster se paraliza. Las tropas imperiales, al lanzarse contra la Ciudad Eterna por la actitud enemiga de Clemente VII, le retienen cautivo. Si la reina Catalina apelaba contra aquel tribunal, como era presumible que hiciera, sería al prisionero de su sobrino, no al aliado anti-imperialista de la Liga de Cognac. En esas circunstancias Clemente VII difícilmente refrendaría el dictamen de Wolsey34.
Inmediatamente el Cardenal decide actuar en ausencia del Papa como su representante más cualificado, presidir en Francia al Colegio Cardenalicio y así zanjar de modo definitivo la anulación del matrimonio de Enrique VIII. Escribe al Papa para que delegue su autoridad en él y tiene la osadía de adjuntarle una carta escrita para que la firme en la que le entrega su poder absoluto «incluso para relajar, limitar o moderar la ley divina», afirmando ser consciente de cuanto dice y hace, con la promesa de ratificarlo35.
Camino de Dover, en el mes de julio, se detiene en Rochester para hablar con Juan Fisher de este asunto y le informa de que la conciencia de Enrique ha comenzado a sentir escrúpulos «sobre diversas palabras que en ciertas ocasiones expresó el obispo de Tarbes, embajador del rey francés, durante las largas sesiones para la conclusión del matrimonio entre la princesa María y el duque de Orleans, hijo segundo del rey francés»36. Es decir, que el obispo de Tarbes había expresado sus dudas sobre la legitimidad de la princesa de Gales37.
A Fisher le costaba mucho creer que un embajador se atreviera a decir semejante cosa a un monarca cuando venía a pedir la mano de su hija, inservible para la diplomacia francesa si fuera ilegítima. También hace saber al Cardenal que había investigado lo suficiente para tranquilizar a Enrique sobre sus escrúpulos. Su matrimonio con Catalina era válido.
Se ha acusado a Wolsey de levantarle este escrúpulo a Enrique; así lo creía firmemente la reina Catalina:
Pero de esta congoja puedo daros las gracias, mi señor de York, porque siempre me he maravillado de vuestra soberbia y vanagloria y he aborrecido vuestra vida licenciosa y no he temido vuestra prepotencia y tiranía, y por lo tanto, de la malicia habéis encendido este fuego, especialmente por el rencor que guardáis a mi sobrino el Emperador, a quien odiáis más que a un escorpión, porque no quiso favorecer vuestra ambición de haceros papa por la fuerza, y por ello habéis declarado más de una vez que le molestaríais a él y a sus amigos; y en verdad habéis guardado la promesa; por todas sus guerras y dificultades bien puede estaros agradecido. En cuanto a mí, su pobre tía y pariente, la congoja que me habéis ocasionado con esta duda recién descubierta, solo Dios la sabe y a Él encomiendo mi causa38.
Junto a la Reina así lo testimoniaron el luterano Tyndale, el historiador oficial Polydore Vergil y Nicolás Harpsfield, biógrafo católico de Tomás Moro, quienes acusarán respectivamente a Wolsey de haber utilizado al confesor real, John Longland, para perpetuar aquel designio39. Reginald Pole, el hijo de la condesa de Salisbury, difiere de ellos atribuyendo el escrúpulo de Enrique a Ana Bolena40.
Wolsey siempre negó su responsabilidad en este asunto y afirmaría que estos escrúpulos surgieron en parte por los conocimientos escriturarios del Rey y en parte por sus discusiones con muchos teólogos41. Hasta 1527 dice no haberse enterado, y fue entonces cuando se lo declaró el Rey; horrorizado ante la magnitud del problema, se arrodilló ante él «en su cámara privada por espacio de una o dos horas para apartarle de su voluntad y deseo, pero jamás pudo llegar a disuadirle a partir de entonces»42.
Más adelante, en 1529, Wolsey, públicamente, preguntará a Enrique ante el tribunal de Blackfriars «si yo he sido el principal inductor de este asunto de Vtra. Majestad; porque soy gravemente sospechoso para todos los presentes»; a lo que contestó el Rey: «Mi
señor cardenal, bien os puedo excusar. Lo cierto es que me habéis llevado la contraria en mis intentos o explicaciones sobre ello»43.
Otra relación datada en 1528 dirá que las dudas sobra la legitimidad de María fueron insinuadas por primera vez por los franceses al embajador inglés en París y no por el obispo de Tarbes en Inglaterra. Muy significativa es también la orden que reciben los embajadores ingleses de silenciar la historia del obispo de Tarbes44.
¿Por qué tardó Enrique VIII dieciocho años en manifestar este escrúpulo, si es que de verdad le asaltó? Acostumbrado a satisfacer siempre su voluntad y a recibir elogios superlativos sobre sus dotes físicas, intelectuales y morales, había llegado a un punto de no distinguir entre la ley de Dios y sus deseos, exactamente como lo había vaticinado Skelton en Magnificence. La falta de un heredero varón legítimo y su pasión desordenada por Ana Bolena estaban enmarañando en su cerebro cuestiones teológicas, políticas y afectivas que ya serán irrenunciables para su creciente egolatría. No dejará de afirmar que actúa movido por su conciencia, su deber hacia Catalina, hacia su pueblo y hacia Dios.
El hecho es que trataba con todas sus fuerzas de anular un matrimonio y que proclamaría bastarda a su hija María, sin derechos al trono ni a casarse con el duque de Orleans.