La historia de las relaciones entre los países que hoy integran el MERCOSUR con los que confor- man ese vasto escenario que es América Latina y el Caribe, y con los que, a su vez, integran la Unión Europea, es tan antigua como la que transcurre entre los procesos independentistas del siglo XIX y los proyectos de integración lati- noamericana que prosiguieron en el siglo XX y los que todavía están vigentes para hacer posi- ble un ideario de una “América Nuestra”, o como diría Atahualpa Yupanqui, nuestro poeta y pensador: “América Latina, un mismo pon- cho”. Es en ese contexto donde puede evaluar- se mejor la relación de las políticas culturales y
comunicacionales del MERCOSUR tanto con América Latina como con el Viejo Continente.
Adelantando que, mientras que las coinci- dencias histórico-culturales con la región de la cual forma parte han sido siempre importantes, con la UE, por el contrario, ellas se caracterizan, salvo algunas excepciones, por intereses predo- minantemente económicos, arancelarios y de intercambio comercial.
Resulta evidente que los países de América Latina y el Caribe afrontan en nuestro tiempo desafíos distintos a los de dos siglos atrás, como son las posibilidades de inserción en un mundo globalizado y las insuficiencias existentes aún para un afianzamiento de los procesos de inte- gración regional, base de un desarrollo integral
Notas sobre lo regional y lo subregional
en las relaciones del MERCOSUR cultural
con América Latina y la Unión Europea
La consolidación de un espacio iberoamericano que reconoce la multiplicidad de matices, conlleva voces que dialogan con otras culturas. Es necesario fortalecer las estructuras regionales de cooperación con la finalidad e crear mejores condiciones para la inserción de Iberoamérica en el escenario global.
sostenible, pero no menos cierto es también que el carácter y el tratamiento de dichos desa- fíos sigue respondiendo de algún modo a los idearios que condujeron la independencia de España y que incluían en ella, tal como señala- ba Simón Bolívar en su Carta de Jamaica, la “idea grandiosa de pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola nación, con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo”. El proyecto de una “nación de repúbli- cas” tenía sólidas bases fundantes, como era las de “un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, y por consiguiente(la necesidad)
de tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse”.
En aquel contexto aparecían en dramática colisión no sólo los intereses de los pueblos lati- noamericanos con España, sino también con las naciones europeas, bastando recordar que las mismas demoraron muchos años para recono- cer la independencia de las nuevas naciones del Nuevo Mundo, por cuanto estaban unidas en un sólido frente conservador en torno de la Santa Alianza que respaldaba a España en sus nostálgicas pretensiones imperiales sobre las ex colonias. El reconocimiento recién comenza- ría a partir de las alianzas que Gran Bretaña estableció –empréstitos y alianzas comerciales mediante– con las oligarquías que surgieron tras la independencia y con la derrota de los proyectos de un nacionalismo continental esgri- mido como resistencia a las acechanzas y ata- ques exteriores. A lo que pronto se sumaría el
proyecto imperial de la los Estados Unidos, des- tinado a desplazar de la región a España –y más tarde a Europa– e instalar con la Doctrina Monroe de 1823 la idea de una “América para los americanos”. Obviamente los americanos del norte, ya que tal como proponía el senador Lodge en 1901 en el Congreso de su país, “tene- mos más inteligencia y un mayor espíritu de empresa”, retomando las ideas de Woodbine Parish, el premier cónsul inglés en la Argentina, quien había escrito en 1824: “Muy poco se han alterado las costumbres de estos selváticos hijos de las llanuras sudamericanas: medio salvajes, medio cristianos… Cada adelanto de nuestra maquinaria contribuye a la comodi- dad y bienestar de las clases más pobres de aquellos remotos países, al mismo tiempo que perpetúa nuestros predominio en sus merca- dos”1.
Con esa presunción, tanto desde el imperio del norte como desde las naciones europeas, se alentaría un proceso de desmembramiento regional, cuando no de ocupación militar de territorios, como ocurriría con la apropiación de más de tres millones de kilómetros cuadrados –la mitad de la nación mexicana– por parte de los Estados Unidos, o la balcanización del norte de Sudamérica, arrebatando a Colombia su pro- vincia norteña e inventando allí la “soberanía” de la “República” de Panamá. Un proceso que se extendería en el istmo centroamericano y el Caribe –además de otras partes del mundo, baste recordar Filipinas– que ya tenía sus ante-
cedentes en el siglo XIX en el sur de la región, y que estaría representado por lo que el senador norteamericano Preston había esgrimido ya en 1838, cuando anunciaba: “La bandera estrella- da flotará sobre toda la América hasta la Tierra del Fuego, único límite que reconoce la ambición de nuestra raza”.
En ese contexto, las oligarquías locales aso- ciadas inicialmente a Gran Bretaña y otras naciones europeas, y luego a los Estados Unidos, se ocuparon de acrecentar sus intereses sectoriales, iniciando en las grandes ciudades- puerto el período de “organización nacional” o de formación de las nuevas naciones. De ese modo erigirían no sólo fronteras con los países vecinos sino también otras de carácter interior en cada país con el lema de terminar con la “barbarie” y de erigir en su lugar la supuesta “civilización”.
Aquella consigna bolivariana, compartida por todos los grandes libertadores de la región, de “Sólo la unión de los pueblos latinos de América los hará grandes y respetables ante las demás naciones”, sería seguida pocos años después por un declarado desapego de las éli- tes dirigentes nacionales por la causa integra- dora, a lo que se agregaría la desconfianza sobre los vecinos transfronterizos y el inicio de conflictos limítrofes que se tradujeron a veces en sangrientas guerras tanto entre países de América del Sur como en Centroamérica. Baste recordar para el siglo XIX la llamada Guerra de la Triple Alianza donde los ejércitos de Brasil,
Argentina y Uruguay, con el respaldo de Inglaterra, arrasaron Paraguay o la llamada Guerra del Pacífico entre Chile y Perú. O las con- frontaciones políticas y militares del siglo XX, entre Perú y Ecuador; Bolivia y Paraguay; Honduras y El Salvador; Argentina y Chile, etcé- tera. Guerras cruentas, sin duda, pero muy leja- nas de la barbarie que ha sido común en las contiendas libradas en Europa a lo largo del siglo pasado y del actual.
Las políticas educativas, culturales y comu- nicacionales se caracterizaron entonces, a lo largo del siglo XIX y en la mayor parte del siglo XX, por la creación de prejuicios y estereotipos con relación a los pueblos de las naciones limí- trofes, con la convicción etnocentrista de que lo bueno sólo podía estar del lado interior de las fronteras. Una visión para lo cual, y a la manera sartreana, “el infierno son los otros”.
Tal como observaba el sociólogo argentino Gregorio Recondo: “Las élites dirigentes no se atrevieron a plantar en el jardín iberoamerica- no las semillas que hicieran florecer una edu- cación común para la integración. La educación levantó muros interfronterizos en lugar de construir puentes”2. Sólo en algunos,
aunque contados momentos, donde aparecie- ron claras amenazas de agresión a ciertos paí- ses, América Latina estrechó filas, como sucedió, por ejemplo, frente a las amenazas de España contra Perú y Ecuador en el siglo pasado, la ocu- pación francesa de México, el bloque europeo a Venezuela en 1902, el conflicto por el canal de
Panamá entre este país y los Estados Unidos en los años 60, y más recientemente, la guerra de las Malvinas, en 1982.
Pese a estas limitaciones impuestas por la asociación de intereses económicos y políticos de las élites locales con naciones europeas o con Estados Unidos, la historia latinoamericana ha demostrado la presencia permanente de un proyecto integrador regional que con sus flujos y reflujos, estuvo a cargo de los más esclarecidos hombres de la cultura. Ello se extendería desde el siglo XIX y a lo largo del siglo XX, con figuras como el poeta y patriota cubano José Martí (“El deber urgente de Nuestra América es enseñar- se como es, una en alma e intento”), o el joven uruguayo José Enrique Rodó (“Patria, es para los hispanoamericanos, la América española”) quien con su obra Ariel, de 1900, dio inicio del “arielismo” en el que confluyeron organizacio- nes de jóvenes militantes de la cultura en la mayor parte de América Latina, o poco después, el Ateneo de la Juventud en México, con José Vasconcelos y Pedro Henríquez Ureña, entre otros, procedentes de una cultura “hispanista” aunque pronto orientados a rescatar las propias raíces de la cultura mexicana. En este proceso se sumó también la prédica de pensadores de todo el continente, como fue el caso del argentino Manuel Ugarte –un socialista y a la vez naciona- lista democrático– opuestos firmemente a la noción del “panamericanismo” que impulsaba Estados Unidos y dedicados en las primeras décadas del siglo XX, a promover el “hispanoa-
mericanismo” y a ”fomentar el acercamiento de las repúblicas hispanas y combatir en todas sus manifestaciones el imperialismo del Norte”, para lo cual se planteaba la creación de la Unión Latinoamericana y el concepto de “Patria Grande” en América Latina como línea histórica continuadora de lo que habían procla- mado las guerras independentistas de inicios del siglo XIX3.
Junto a estas manifestaciones latinoamerica- nistas, hispanoamericanistas o iberoamericanis- tas, aparecieron también grandes movimientos políticos y sociales cuyo ideario recuperaba la vocación de integración regional, marcada por las características propias de cada país. En Perú, por ejemplo, se incorporaba por primera vez en una constitución latinoamericana, a finales de los años 60 el ideal integracionista, sosteniendo que “Perú promueve la integración económica, política, social, y cultural de los pueblos de América Latina, con miras a la formación de una comunidad latinoamericana de nacio- nes”. De una u otra manera, estos idearios estu- vieron implícitos o explícitos en grandes movimientos “nacionales y populares” además de democráticos –bautizados como “populis- tas” por las izquierdas y derechas ideológicas del establishment internacional– con una visión latinoamericanista antes que estricta- mente local, y que representaron pese a sus limitaciones el rasgo político e ideológico más original y distintivo que surgieron en el siglo XX en tierras de América.